CAPÍTULO 5

— Sígueme. — y tras la breve orden Ángelo sintió como si de veras tuviera un sargento al mando de su vida.

No obstante la siguió por entre las mesas de la pequeña cafetería sin rechistar. La madrugada anterior no habían dejado nada en claro, así que la había citado para conversar y saber su respuesta.

Malena había elegido un pequeño café a las afueras de Milán y lo había esperado allí, y aunque no lo supiera, aquella era su prueba de fuego. Ángelo generalmente tenía dos conflictos de los que necesitaba ser protegido: las mujeres y la prensa. Y debía saber que ella podía hacer bien ese trabajo.

Miró a todos lados. La diminuta mesa donde se habían sentado no estaba cerca de la entrada principal ni de la salida trasera, más bien estaba junto al baño de mujeres, y el italiano pensó, casi decepcionado, que tal vez no lograría pasar el examen.

— ¿Qué vas a pedir? — le preguntó ella sacándolo de su ensimismamiento — Déjame adivinar: chocolate.

— Y tú café, puedo asegurar. ¿Ya te has decidido?

La muchacha no contestó de inmediato y en lugar de eso se dirigió a una camarera para pedirle un chocolate y un café expreso.

— Antes de que me digas nada — murmuró él — hay algo que he querido preguntarte.

— Adelante.

— Ayer dijiste que no se había perdido nada de valor con el asalto, excepto un poco de orgullo de los dos. En mi caso el hecho de que una mujer me torciera la muñeca como si fuera una barra de mantequilla ya es una respuesta, pero en el tuyo…

— ¿Quieres saber cómo es que mi orgullo salió lastimado anoche? ¿Es eso?

— Digamos que sí.

— Un hombre me cargó por casi medio kilómetro.

Ángelo se recostó a su asiento con expresión insondable. La mayoría de las mujeres adoraban ser llevadas en brazos por un hombre, en plan doncellas desvalidas… ¿Por qué ella tenía que ser tan diferente?

— ¿Y eso te molestó? ¿Que te llevara?

— Por supuesto.

— ¿Por qué? En el ejército es usual que los soldados se cuiden unos a los otros, alguien debe haberte cargado alguna vez.

— Pues no. — negó ella con tanta naturalidad que el italiano no pudo hacer otra cosa que creerle.

— ¿Me estás diciendo que soy el primer hombre que te lleva en brazos?

— Es una vergüenza… pero sí.

— ¡Vaya! — rio él con gesto feliz. Cada palabra suya era una verdadera sorpresa.

¡Era una vergüenza, pero sí! La suficiencia de aquella mujer era casi desconcertante. Y por más discreto que quisiera ser, no pudo evitar preguntar más sobre su vida.

— ¿De dónde eres?

— ¿De dónde crees? — le respondió Malena evadiéndolo.

— Bueno… hablas muy bien inglés pero es indudable que tus genes son latinos. Por tu nombre diría que eres brasileña, colombiana, argentina… pero tu apellido suena americano así que me inclinaré por… ¿Puerto Rico?

“Frío, frío.” Pensó la muchacha, pero le devolvió una sonrisa satisfecha haciéndole pensar que había acertado. Poco importaba de dónde pensara Di Sávallo que fuera, mientras menos información necesitara revelarle mucho mejor.

— ¿Puedo preguntar exactamente qué estás haciendo tan lejos de casa? — se interesó Ángelo.

— Estoy escapando de mi madre.

Y eso lo hizo lanzar una estentórea carcajada.

— ¡No puedo verte como el tipo de persona que escapa de nada ni de nadie! — bramó él incapaz de contener la risa — ¡Lo siento pero es tan gracioso!

Malena también sonrió, sin embargo, era cierto. Estaba en Italia escapando de la vida que la Teniente Coronel Hitchcock había elegido para ella, escapando de los enfrentamientos con las guerrillas. Pero la verdad era, en efecto, más difícil de creer que cualquier historia que pudiera inventarle.

Durante algunos minutos todavía rieron mientras tomaban sus bebidas, y entonces un murmullo en el exterior le anunció a Ángelo que el momento crucial había llegado. La única forma de probar la efectividad de Malena era creando una situación difícil.

Dago se había encargado de llamar a la prensa y darle su ubicación, solo faltaba ver si la exsoldado podía sacarlo sin que los descubrieran.

Por unos segundos y a pesar del alboroto que había afuera la muchacha permaneció con la taza suspendida frente a los labios y la mirada fija en algún punto de la mesa. Levantó la vista luego, mirándolo con una ternura que rayaba en la condescendencia, y comprendió que no había estado errada al suponer que él se traía algo entre manos.

Y cuando los empleados del café no pudieron contener a la tromba de periodistas y fotógrafos que pretendían abalanzarse dentro del recinto, Malena se levantó con un gesto ágil y armonioso, rodeó la mesa en un instante y se paró tras él. Ángelo sintió que aferraba con fuerza el cuello de su cazadora y lo obligaba a agacharse con un movimiento preciso, dejándolo completamente oculto tras la mesa.

Aún no lo habían visto, por supuesto, y para llegar a ellos los paparazzi debían atravesar toda la estancia, que eran unos siete metros de sillas, mesas, clientes, bandejas y camareras. El baño de mujeres estaba a menos de un metro y Malena lo arrastró hacia él con decisión. Abrió la puerta del último servicio, que daba a la pared del fondo y se metieron allí los dos.

— No hagas ni un ruido. — le advirtió mientras apoyaba la espalda en la puerta y concentraba la vista en un punto indeterminado, esforzándose por escuchar.

Solo entonces Ángelo se dio cuenta de que había estado tan absorto en el desenlace de la prueba que no había reparado en el aspecto experimentado que ella tenía. Llevaba unos vaqueros de mezclilla oscura totalmente ajustados al sinuoso cuerpo y una camiseta blanca de cuello alto.

La gabardina de cuero era muy ligera, permitiéndole absoluta movilidad, y las botas a las rodillas, de tacón alto y cuadrado, no emitían un solo sonido mientras caminaba. Llevaba el cabello recogido en una coleta que le llegaba a media espalda y no traía bolso. Ni bolso, ni cartera, ni ningún aditamento de los que usualmente solían entorpecer las manos de las mujeres.

— ¿Estás seguro de que está aquí? — gritó una voz afuera.

— ¡Por supuesto! Mi fuente es más que confiable.

— ¡Entonces tiene que estar en algún lugar!

— ¡Busquen bien!

— ¡Debe haberse escondido!

Fuera del baño el griterío se hacía cada vez más agudo, era obvio que periodistas y fotógrafos estaban echando abajo el establecimiento en busca del millonario Di Sávallo.

Malena se quitó la gabardina y se la entregó.

— Quédate en esa esquina, ahí no podrán verte. — le ordenó en un susurro mientras se desabrochaba los dos botones y la cremallera de los vaqueros.

Ángelo hizo un gesto contrariado para detenerla, sin saber exactamente qué pretendía, pero la muchacha se llevó un dedo a los labios para indicarle que hiciera silencio.

El trastabilló de la puerta principal del baño, que daba hacia los lavabos, le dio la señal. Abrió la puerta de su servicio con un movimiento seguro y se bajó los vaqueros hasta la mitad de los muslos, dejando al descubierto unas preciosas bragas de encaje negro.

Cuando el periodista asomó medio cuerpo en el baño femenino lo primero que vio fue una mujer que aún no terminaba de vestirse, y el grito de Malena alcanzó toda la cafetería en una fracción de segundo.

— ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! — y en eso no era igual, sino mejor que otras mujeres — ¡Hay un hombre en el baaaaaaaño!

El chillido estridente hizo que el periodista diera un paso atrás, conmocionado, y cerrara la puerta con fuerza: situación momentáneamente controlada.

Pero cuando se dio la vuelta Ángelo estaba allí, extasiado, con su gabardina en una mano, los labios entreabiertos y los ojos clavados en el encaje delicado que le cubría el trasero. ¡Diablos! Si antes le había parecido una mujer en extremo atractiva, después de aquel avance sería difícil controlar el deseo volcánico que empezaba a sentir por ella. ¡No le cabía duda de que Dios se había esmerado en su construcción como en la de ninguna otra criatura!

Malena se subió los pantalones con gesto de impaciencia y lo sacó tirando de su brazo.

Abrió la ventana del baño, bastante grande dado que antiguamente el edificio no estaba diseñado para ser un café, y lo obligó a pasar el otro lado.

— Entra — ordenó señalando un pequeño Fiat que estaba estacionado en la acera de enfrente.

— ¿Vas a robar un auto?

— No seas tonto, es el mío. — replicó ella quitándole la cazadora y lanzándole un abrigo de deporte azul y una gorra.

— ¿Y por qué lo estacionaste aquí?

Malena lo empujó al asiento del copiloto, se sentó luego al volante y echó a andar el auto, perdiéndose en la vorágine del tráfico.

— ¡A ver, genio! La puerta delantera no era una opción, y había un noventa por ciento de probabilidades de que la trasera también estuviera obstaculizada. ¡Te persiguen demasiados periodistas! — explicó ella — La ventana del baño de mujeres era la mejor alternativa, por eso estacioné el auto detrás.

— ¿De modo que siempre planeaste sacarme por ahí?

— Ajá, solo que no pude hacerlo tan rápido como quería.

Ángelo parecía completamente abrumado.

— ¿Entonces eso que bajarte los vaqueros…?

— Tuve que improvisar.

Y por un segundo Malena pensó que al italiano le daría un ataque.

— ¿Improvisaste? ¿Es que no tienes una gota de pudor? — y como si eso no fuera suficiente la mujer lanzó una carcajada que terminó de desconcertarlo.

— ¡Oye! En mi comandancia había doscientos noventa y seis hombres y cuatro mujeres, eso necesariamente me convirtió en una persona práctica. ¿Crees que me quede rastro de pudor? ¿Tienes idea de cuántas veces me han visto desnuda?

Ángelo apretó los puños sin que ella lo viera. No, no tenía idea, y no quería tenerla. No quería saber cuántos hombres habían pasado por su vida y sobre todo, no quería que fuera tan… práctica, ni siquiera por él.

— Nos fuimos sin pagar. — murmuró entre dientes.

— No te preocupes, ya yo había pagado antes de que llegaras. — y la sonrisa de satisfacción en el rostro de Malena le aseguró que, independientemente de lo que él pensara, sabía que había pasado la prueba.

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