CAPÍTULO 7

Fabio intentó concentrarse de nuevo en el informe del caso que tenía delante, pero todo su buen humor se había esfumado con aquella brevísima conversación de la que había sido testigo por casualidad.

Llevaba un pantalón fresco y una camisa de lino blanco con las mangas levantadas, y se había quedado descalzo en un intento de aliviar la presión del día. No necesitaba ocuparse del trabajo justo en ese momento, pero lo cierto era que resultaba un pequeño descanso para su cerebro. Valentina era mucho más compleja de lo que imaginaba y también tenía muchos más secretos.

Apuntó las cosas que debía investigar: el señor Abernaty, el paquete… pero ya no pudo seguir haciendo conjeturas, la puerta de madera preciosa se abrió sin hacer un sonido, dejando paso a un fenómeno que le robó el aliento aún estando preparado para ello.

— Te sienta bien. — reconoció sonriendo.

¡Maldición, él mismo había elegido aquel vestido! ¿Cómo era posible que hubiera una diferencia tan provocativamente drástica entre aquel traje en un maniquí y aquel traje moldeando su cuerpo? ¡Y lo más espectacular de aquel vestido de seda blanca, vaporoso y escotado, eran las tremendas ganas que tenía de quitárselo!

— Gracias, no me ha quedado más remedio que alabar tu buen gusto.

Valentina se inclinó frente a él con una sonrisa mordaz, segura del impacto que era capaz de causar en sus defensas, e hizo a un lado los papeles para ofrecerle su propio vaso de coñac. Fabio hubiera pensado que se contentaría con esa pequeña estocada, pero ella lanzó un suspiro cansado y se dejó caer tranquilamente sobre sus piernas, acomodándose como si estar sentada sobre él fura lo más natural del mundo.

— Pensé que tendría el placer de verte usar tu brazalete.

— ¿Braz…? ¡Ah, sí! Tu “insignificante regalo”. — Valentina pasó el brazo derecho por detrás de su cuello y le acarició el hombro — Creo que vi un modelo igual en Tiffany´s.

— Quiere decir que es muy costoso.

— Quiere decir que no es único, querido, y a mí no me gusta la producción en serie.

Fabio enmarcó su cara con las manos.

— Las cosas especiales, Valentina, son para chicas especiales, y tú…

— Yo no lo soy. — lo interrumpió ella con un brillo siniestro en la mirada que heló la garganta del magnate — No es la primera vez que lo escucho.

Y tampoco era la primera vez en aquel día que cualquier intento de Fabio por ofenderla terminaba en una completa aceptación por su parte. Aquello tenía que herirla de alguna manera, pero ahí estaba, sonriendo en un reto abierto, abrazando aquella ofensa para usarla como… ¿qué…? ¿cómo escudo?

— ¿Entonces no te ha gustado?

— ¡Oh, no, por el contrario, me ha gustado mucho! Especialmente porque no ha pasado un día y ya estás cubriéndome de joyas. Tal vez no sea especial pero soy muy afortunada de haberte encontrado.

Fabio suspiró divertido. No era que el vestido fuera extremadamente revelador, era casi transparente y le ofrecía una vista perfecta de su ropa interior de diseñador. No era que estuviera sobre él, apoyando el costado contra su pecho, rodeando su cuello con la libertad de una amante consentida. No era que sus piernas cruzadas, largas y blancas, fueran toda una tentación para las manos. ¡Noooo! ¡Era que Valentina planeaba matarlo de un colapso por sobreexcitación!

Bebió un sorbo de coñac y la acarició lentamente por encima de la seda, pero de repente ella sacó otro tema con agobiante indiferencia, como si sus caricias no le provocaran nada.

— ¿Qué tal el trabajo? ¿Otro pez gordo con problemas judiciales?

— No puedo decirte de quién se trata, pero sí, mi bufete solo se implica en casos de gran envergadura, y mi actual cliente ha desfalcado una fortuna con la que vivirían tranquilas sus próximas diez generaciones.

— Entonces espero que le regalen una larga estadía en la cárcel.

— Pues yo me encargaré de que eso no pase, no tengo por costumbre perder mis juicios… pero no sabía que estuvieras interesada en la justicia.

— ¿La justicia? No. La justicia era roja y se la bebió un vampiro; en todo caso, la ley. Pero no te agobies, querido, fue un mero comentario, no voy a hacerte la ofensa de pensar en tu presencia.

Fabio tomó su barbilla con dedos firmes y la obligó a mirarlo, con los labios a escasos centímetros de su boca.

— ¿Crees que me gustan las mujeres que no pueden pensar?

— Hagamos el juego más parejo, Fabio, ya que tú pareces saber tanto de mí, yo he investigado un poquito sobre ti, y debo decirte que tu largo historial de modelos descerebradas no deja lugar a dudas. ¡Eres un astuto manipulador!

— Y tú eres una bruja.

No necesitaba acercarla más. El aliento cálido con olor a frutas silvestres y a mujer sabia estaba tentándolo desde hacía rato, y dejó toda resistencia a un lado. Buscó sus labios con un deseo que no se molestó en ocultar, cerró los brazos alrededor de su cintura y la atrajo hacia sí, retrocediendo un poco cada vez, haciendo más entrecortado aquel beso hasta que Valentina fue quien lo buscó, hasta que fue ella quien se ancló a su boca, la que enredó los dedos en sus cabellos para no dejarle marchar.

En un solo segundo era capaz de convertirla de una escéptica contrincante a una mujer febril, deseosa y cálida, los dos lo sabían y eso era lo peor, que cuanto más Fabio lograba hacer retroceder las defensas de Valentina, tanto más bajaba las suyas. Podía sentirla vibrar contra su cuerpo con la serenidad de quien lo apuesta todo a una sola carta, y de repente la separó de él con brusquedad, dispuesto a tirar de cada cuerda sensible de su carácter.

— Ha sido maravilloso, preciosa, pero tengo que trabajar, así que por favor… márchate.

Esperó el estallido de una bomba nuclear, los gritos, los aires de dama ofendida, el enojo que solo podría disminuir a costa de otra joya, porque nada sentaba peor a una mujer que el rechazo. Sin embargo no hubo el más mínimo rastro de incomodidad en la expresión de la chica cuando se levantó, contoneándose mientras le obsequiaba otra de sus nefastas sonrisas.

— No trabajes demasiado, cariño. Si quieres otro trago solo avísame, voy a estar en la biblioteca, leyendo un poco.

¿Pero qué demonios sucedía con ella? ¿De verdad estaba tan acostumbrada a que la maltrataran o era tan escaso el interés que sentía por él? Con un resoplido de disgusto se zambulló en los archivos que se había traído de la oficina, intentando olvidar que deseaba retorcerle el cuello tanto como deseaba besarla.

Los siguientes días fueron exactamente iguales, se provocaban hasta la saciedad, aunque de alguna manera alguno de los dos lograba retirarse justo a tiempo, de modo que el juego continuaba. Y cuando la situación se tornaba insostenible él se hundía en la investigación del caso y ella se escondía estratégicamente en la biblioteca.

Aquel día habían pasado ya tres horas desde el atardecer, la biblioteca estaba completamente a oscuras y a Fabio la inquietud no lo había abandonado en toda la tarde. Una pequeña lámpara con sensor de movimiento encendió su débil foco en cuanto abrió la puerta. No podía decirse que Valentina estuviera durmiendo con los ángeles porque su sueño era inquieto y sudoroso, y el libro había caído a un lado del diván sin que alguien pudiera reconocer la página en que se había quedado.

Un instinto desconocido aguijoneó la tranquilidad del italiano, un instinto por despertarla, por abrazarla, por alejar de su cabeza cualquier pesadilla, pero se retractó en el mismo segundo que daba el primer paso para acercarse. Valentina era una mujer muy peligrosa, en especial bajo aquella aparente fragilidad. Valentina dormida era una diosa, Valentina despierta era una diosa del caos, y no debía confundirlas.

¡Tenía treinta y dos años, por Dios, y aquella chiquilla lo estaba volviendo loco!

Cenó solo en su habitación, sumido en la expectación que la muchacha le había hecho habitual en solo unos días, y aguardó, aguardó tranquilo, hasta que escuchó el clic de la puerta al abrirse. No iba a detenerla, no quería detenerla, pero comprendió que no tenía ninguna estrategia válida si ella no regresaba.

Desde lo alto de la escalera la vio caminar de puntillas, silenciosa como una gata, para atravesar el salón y descolgar las llaves de uno de los coches. Llevaba unos sencillos jeans y una camiseta oscura de mangas largas, nada ostentoso si se consideraba el esfuerzo que Fabio había puesto en su guardarropa. Y la curiosidad del abogado terminó por ganar.

Le dio el margen de tiempo suficiente para que creyera que había logrado su propósito de salir sin ser advertida, y luego la siguió en su camioneta. Durante quince minutos la vio dar vueltas sin sentido a lo largo del centro de la ciudad, de modo que, o no la conocía, o estaba descartando toda posibilidad de que la siguieran. Y de las dos Fabio optó por la segunda opción, porque Valentina parecía cualquier cosa menos una mujer que no sabía lo que buscaba.

Finalmente la vio aparcar frente a un tranquilo restaurante, demasiado sencillo en comparación con los sitios que ella acostumbraba frecuentar, y el sexto sentido del abogado le dijo que aquella mujer debía estar metida en algo muy torcido para rebajarse a visitar un lugar tan alejado de su categoría.

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