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CAPÍTULO 4

Alessandro clavó los ojos en Gaia a través del cristal, y ella le respondió con una mirada inteligente aunque un poco perdida.

— ¿Puedes explicarte mejor? — le pidió a Jasper.

— Quise hacerle una resonancia para asegurarme de que no hubiera ningún traumatismo físico, y la buena noticia es que su cuerpo no sufrió lesiones, pero en cuanto escuché cómo hablaba me di cuenta de que algo no iba bien.

— La fuga disociativa es la respuesta del cerebro a una situación extrema. — continuó el psicólogo — La paciente sufre una pérdida de la identidad personal, no recuerda quién es o qué ha pasado en su vida, y no logra establecer las relaciones sintácticas. Por eso habla como una bebé, su mente reconoce los conceptos, pero le es difícil encontrar las palabras adecuadas y construir frases. Por eso le es más fácil decir “guau, guau” que “perro”.

Alessandro se mesó los cabellos.

— ¿Tiene amnesia? ¿Eso es lo que quieres decir?

— Es un poco más complicado. La fuga es la forma en que el cerebro se protege de un shock, es algo temporal, pero el cerebro se reinicia. — explicó el especialista — Esa es la razón por la que pregunta por ti a cada momento, eres la única persona que recuerda, que conoce, y sabe que tú la salvaste.

— Yo no la… — el italiano se mesó los cabellos — Sólo la encontré. ¿Hay algún tratamiento?

— Las terapias son diversas. — intervino Jasper — Algunos recomiendan enfrentar al paciente al mismo trauma pero yo no lo considero prudente. Ahora mismo necesita sentirse a salvo, estar tranquila, descubrirse a sí misma poco a poco y eso es lo que más va a ayudarla a recordar.

Di Sávallo agradeció al psicólogo con un apretón de manos, se volvió una sola vez para mirar a Gaia y se despidió repentinamente de su amigo.

— ¡Espera! ¿A dónde vas? — Jasper lo persiguió hasta la salida, sorprendido por aquella retirada.

— Tengo que estar en el aire en dos horas.

— ¿Y la vas a dejar así?

— Ella es una paciente, tú eres su médico, no puede estar en mejores manos.

— Pero ella confía en ti, Alessandro. ¡Eres probablemente la única persona con la que se sentirá a salvo!

— Jasper, — sentenció el italiano, deteniéndolo— solo es otra víctima del naufragio y ya he hecho todo lo que podía por ella, ahora tengo otras cosas de las que ocuparme. Esa mujer tiene familia.

— Esa mujer se llama Gaia y va a ser un duro golpe para ella saber que la única persona que conoce se ha largado sin despedirse. — le contestó el doctor con voz gélida — Pero tienes razón, ya no puedes hacer más, a partir de ahora queda en mis manos, — sonrió — y sabes que son buenas manos.

Hizo un gesto breve antes de marcharse y Alessandro no supo por qué aquellas palabras le habían dejado tan amargo sabor de boca. A sus treinta y cinco años Jasper era seis años mayor que él, pero parecía incluso más maduro, más serio. Las mujeres corrían detrás de él como gallinas locas y el italiano sabía que Jasper era lo suficientemente educado para satisfacerlas a todas y comprometerse con ninguna. Muchas eran las razones que los habían convertido en amigos, y una sola cosa los diferenciaba: un secreto del que solo Jasper estaba al tanto; un secreto con nombre y apellido que le había roto el corazón en cientos de pedazos hacía más de un año, y que lo había hecho levantar aquella necesaria muralla.

El día pasó más lento y agotador que ningún otro. Durante las primeras tres horas su pequeño pájaro blanco y rojo hizo dos incursiones a mar abierto, después vino un caos diferente.

Alessandro había visto aquello otras veces: el hospital de Barbaggio estaba saturado de pacientes y de equipos, un pequeño edificio como aquel no estaba preparado para catástrofes de esa envergadura y los fusibles habían saltado como petardos. Los generadores eléctricos habían exhalado un último suspiro y ahora tenían que trasladar a más de seiscientos heridos a los hospitales más cercanos.

Los procedimientos se volvían entonces brutales: los enfermos menos graves eran sacados de sus habitaciones y ubicados en los corredores, y los que estaban en posición de valerse por sí mismos aunque fuera un poco eran dados de alta inmediatamente. Alessandro comenzó una acelerada rutina de vuelo hacia los hospitales de Bastia, Petrabugno y St Florent, y algo de nerviosismo le cosquilleaba en las palmas de las manos al recordar que Gaia no se consideraba un herido de gravedad. Agradeció mentalmente que su último vuelo de aquel día, sobre las nueve de la noche, llevara su helicóptero justo al hospital de St Florent.

Recorrió sin prestar mucha atención los pasillos atestados de médicos, enfermeras y pacientes, y se dirigió directamente a la habitación de Gaia. No se sorprendió de verla ocupada por otras dos personas, pero no supo por qué aquello, tan previsible, era capaz de angustiarlo tanto.

Jasper, él era el único que podría darle razones sobre el destino de Gaia, así que decidió ir a buscarlo a la pequeña habitación que la administración del hospital le había asignado para su descanso entre guardias.

— ¡Jasper! — entró como una tromba — ¡Jasper! ¿Dónde estás?

La habitación parecía vacía, así que su mano se dirigió automáticamente hacia el picaporte del baño.

— ¡Jas…!

Las palabras se le atoraron en la garganta y lo único que se le escapó fue un sonido bajo, no supo si de sorpresa o excitación. La ducha estaba abierta y el agua caía sobre aquellos hombros como una cascada de perlas. Los cristales se habían empañado con el vapor, pero podía distinguir las formas de aquel cuerpo lo suficiente para saber a quién pertenecía. Podía reconocer el color moreno de aquella piel, el cabello rozando aquel trasero firme y perfecto, y se dio cuenta de que en las últimas doce horas se había imaginado demasiado esas curvas que ahora tenía enfrente.

Tembló solo de pensar cómo sería estar con aquella mujer, dentro de aquella mujer… se le antojó terrible para el sexo y maravillosa para hacer el amor. Por alguna razón que no podía explicar, no era precisamente su desamparo intrínseco lo que le creaba aquella necesidad de protegerla.

— ¿Pensando en el paraíso? — la voz queda de Jasper a su lado lo sobresaltó, y cuando giró la cabeza se dio cuenta de que su amigo contemplaba el mismo paisaje con un gesto tan embobado como el suyo.

— ¿Qué haces? — le espetó cerrando la puerta de un tirón.

— Admiraba la vista, exactamente igual que tú pero con menos baba. — bromeó el doctor.

— No estaba babeando, no seas payaso. Solo me sorprendí de encontrarla en tu cuarto de baño personal, no era precisamente lo que esperaba.

— Pero es lo que hay. — Jasper hizo un gesto de cansancio — Tuve que sacarla de su habitación, la deshidratación ha ido remitiendo y ya no se considera una paciente de gravedad. Su estado físico es aceptable y lamentablemente, con la cantidad de heridos que están llegando, su estado psicológico no es una prioridad para el hospital.

— ¿Y qué va a pasar con ella?

Jasper frunció el ceño con curiosidad, estaba seguro de que hacía ya mucho tiempo que no escuchaba a Alessandro preguntar dos veces por la misma mujer. No desde…

— He estado valorando las posibilidades, ahora que Gaia es mi responsabilidad, y creo que lo mejor es que me ocupe de su custodia hasta que aparezca su familia.

— ¿Y desde cuando te consideras responsable de Gaia? — inquirió Alessandro con fingido interés.

— Desde que tú me diste ese trabajo. Y pretendo cumplirlo lo mejor que pueda. Por lo pronto déjame pasar, traje ropa limpia para ella y necesito dársela.

— ¡¿A dónde vas?! — casi gritó el italiano, escandalizado.

— Voy a entrar. Tengo que darle la ropa…

— ¡Tú no vas a ningún lado! ¡Está desnuda ahí dentro!

— Y mientras no tenga un pantalón y una playera que ponerse así va a seguir, así que con tu permiso…

— ¡No lo tienes!

Alessandro le arrebató la ropa con un suspiro enojado y entró al baño, cerrando la puerta tras él. No había ejercicio más simple que dejar las prendas sobre el lavabo, pero otra vez la parálisis lo asaltó. No fue consciente de que estaba mirándola como un idiota hasta que ella apoyó una mano sobre el cristal y limpió una franja que dejó al descubierto sus ojos. Aquellos ojos lo miraron sin un rastro de temor o de inquietud, y Alessandro reaccionó como si lo hubiera alcanzado un rayo, dejó la ropa y salió, esforzándose por respirar normalmente.

— Blake no debe tardar en encontrar a su familia. — pensó en voz alta y Jasper asintió.

— Eso espero, pero mientras tanto no puede quedarse en el hospital, necesita tranquilidad para recuperarse. Mañana a primera hora la voy a llevar con Blake y los chicos de comunicación, ellos se ocuparán.

El italiano se tranquilizó, era un procedimiento aceptable, no era la primera vez que Blake lidiaría con una víctima complicada… hasta que las palabras “a primera hora” resonaron en su cabeza como una advertencia.

— ¿Y dónde va a pasar esta noche? — preguntó arrugando el entrecejo.

— Me la voy a llevar a mi departamento.

¡Su departamento! Alessandro lo conocía muy bien, su departamento era una trampa de romance para cualquier mujer que pusiera un pie dentro.

Gaia salió del cuarto de baño enfundada en un pantalón de franela oscura y una playera ancha, y el italiano se molestó al reconocer la ropa de Jasper. Seguía pareciendo una sirena, sonriente y medio mojada, que alargó los brazos para estrecharlo con familiaridad.

— Feliz que regresas. — dijo tocándose el pecho para referirse a sí misma — ¡Gracias!

Alessandro se permitió perderse por una fracción de segundo en la calidez de aquel abrazo, y después la decisión salió de su boca sin que la pensara siquiera.

— Jasper, te libero de tu responsabilidad. — asió la pequeña cintura de Gaia y la dirigió a la puerta — Esta noche se queda en mi casa.

Y la arrastró fuera dejando al médico sorprendido.

Comments (1)
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Elizabeth Giraldo
jajaja tan protectores los dos, diríamos que son unos angelitos
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