Share

CAPÍTULO 6

Gaia tragó saliva cuando el auto deportivo se detuvo frente al Centro de Conferencias, que en aquel momento fungía como sede de operaciones para la respuesta al naufragio del crucero. El edificio de ocho pisos bullía como un nido de avispas, y cientos de personas recorrían los pasillos. Sentía una extraña necesidad de asir la mano de Alessandro y salir de Alessandro y salir corriendo de allí, pero él tenía una vida con la que no podía interferir y su decisión había sido clara.

—Blake es un experto en manejo de desastres. — había dicho — Estoy seguro de que a pesar de todos los contratiempos encontrará a tu familia en pocas horas.

La dejó sentada en la silla de metal más incómoda que alguien podía imaginar y se fue a hablar con Ethan para encomendarle personalmente la custodia y el bienestar de Gaia. Al salir de la oficina, sin embargo, la sonrisa con la que pretendió tranquilizarla le salió forzada.

— Ethan va a buscar a tu familia. Sé que parece un poco atolondrado pero es porque tiene demasiadas cosas en la cabeza.

Ella asintió en silencio, abrazándose como si de repente se sintiera desprotegida.

— Ten. — Alessandro le extendió una mochila mediana de color negro — Hay dinero y algunas chucherías para que entretengas al estómago por algunas horas.

— No — Gaia rechazó el regalo con cortesía — Yo bien, gracias.

— Sé que vas a estar bien, pero tómala. También hay un celular adentro, con mi número. ¿Sabes usar un celular, verdad?

Jasper le había dicho que no debía tener problemas con los conocimientos de rutina y ella lo confirmó con una afirmación de cabeza.

— Perfecto, en verdad me quedaría más tranquilo si tuvieras este celular para llamarme en caso de emergencia.

Gaia estuvo a punto de soltar una carcajada. ¡Ella toda era una emergencia! Pero en lugar de eso tomó la mochila y la estrechó contra su pecho.

— Muy bien, entonces… ¿Prometes que me llamarás si algo sucede?

—No. — la respuesta fue tan sincera que Alessandro casi se sintió rechazado.

— ¿Cómo que no?

— No molestar. — rezó ella muy bajito — Tú cosas que hacer. Mí no molesta más.

— Gaia no es una molestia… — ¿pero qué otra cosa si no le estaba dando a entender abandonándola a su suerte de aquella manera? — Mira, si necesitas cualquier cosa llámame. ¿De acuerdo?

— Tarde. — contestó ella señalando su reloj — Ve.

Alessandro dejó escapar un suspiro y se rascó la nuca.

— Supongo entonces que aquí nos despedimos.

Gaia forzó una sonrisa que no engañaba a nadie, se adelantó y poniéndose de puntillas le dejó un beso breve y dulce en la mejilla.

— Gracias. — murmuró, y el gesto de adiós de su mano fue como una bofetada para Alessandro. La muchacha era lo suficientemente perspicaz para saber que allí terminaba su papel en aquella aventura y no reclamaba nada más.

Se dio vuelta para alcanzar las escaleras y mientras estas descendían lo último que vio fue a Gaia sentándose en aquella silla, con la mochila abrazada y la vista perdida en algún punto indefinido frente a sus pies.

Las doce horas que corrieron a partir de ese minuto consistieron en esperar. Esperar una llamada de Blake para asegurarle que todo estaba resuelto y que nunca más volvería a ver a Gaia; o esperar una llamada de Gaia para pedirle que fuera por ella, porque todavía no tenían información y estaba cansada. Pero el celular no sonó, y ninguna de aquellas noticias llegó para pacificar su día.

— Alessandro… ¡Alessandro! — el grito de su compañero de vuelo lo sacó de aquel mar de pensamientos— Vamos por unas cervezas. ¿Quieres unirte?

Negó mentalmente y recogió su chaqueta sin responder. Se había pasado el día literal y metafóricamente en las nubes, era un milagro que el helicóptero siguiera de una sola pieza. Gaia no salía de su mente, ni siquiera después de aquel absurdo ejercicio de convencimiento de que la había dejado en buenas manos y ya no era su responsabilidad. El Mercedes oscuro se deslizó entre las calles iluminadas en dirección  a la casa de la playa, pero no llegó a tomar la desviación, Alessandro giró el volante con un gesto frustrado y veinte minutos después se estacionaba de nuevo frente al Centro de conferencias.

La escalera mecánica le pareció más lenta que de costumbre, y la única razón por la que no subió los escalones de dos en dos fue porque estaba seguro de que no encontraría a Gaia. Iba solo por una confirmación de Blake de que la mujer estaba ya de regreso con su familia, y sobre todo, con el hombre que había puesto aquel brazalete en su muñeca.

Pero cuando llegó al segundo piso el corazón se le subió a la garganta, viendo el mismo cuadro de tristeza y de una soledad insoportable. Gaia estaba sentada en la misma silla en que la había dejado, en la misma posición, abrazando aquella mochila como si fuera su única conexión con la realidad; la mirada seguía perdida en un punto indefinido y a Alessandro se le antojó una estatua, una de esas que los artistas ocultaban en algún lugar recóndito de sus jardines.

— ¿Gaia? — se arrodilló frente a ella con el rostro congestionado por el miedo — ¿Cielo, estás bien?

Ella levantó los ojos y le sonrió como si doce horas no hubieran pasado.

— Por favor, dime que has comido algo. — casi rogó y en respuesta la muchacha abrió una de sus manos, donde guardaba los envoltorios de todas las chucherías que había comido en el día — ¿Blake ha dicho algo?

— Llama, busca… todavía no.

—¿No ha encontrado nada? — Alessandro arrugó el entrecejo y tomándola del brazo la hizo levantarse — Ven conmigo, vamos a ver qué pasa.

Golpeó sin mucha paciencia la puerta de cristal del despacho de Blake y el hombre le hizo un gesto para que pasara, sin soltar el teléfono que traía colgando de la oreja y por el que daba órdenes a gritos. Finalmente coló y se llevó a los labios la taza de café que ya se había puesto frío. Hizo una mueca de asco y luego suspiró con cansancio.

— Me alegro de que hayas regresado, Di Sávallo — dijo estrechándole la mano cordialmente — estaba a punto de llamarte.

— No hay buenas noticias. — sentenció sin necesidad de que Blake lo confirmara.

— Me temo que no. Ha sido imposible localizar a su familia porque ni siquiera hemos podido ubicarla a ella.

—¿Cómo? Ethan sé que el manifiesto de ese barco es enorme pero tienes el mejor equipo de respuesta a desastres de toda Europa. No puedes decirme que ninguno de tus muchachos ha sido capaz de localizar su nombre. ¡Tampoco es tan común por amor de Dios!

— Di Sávallo… siéntate. — le pidió Ethan con ademán preocupado — Llevamos algún tiempo trabajando juntos y tengo plena confianza en tu discreción; por eso, y sólo por eso, voy a hacerte partícipe de la situación que estamos enfrentando y que, por supuesto, no hemos revelado a los medios. El manifiesto de pasajeros del Imperial Princess se hundió con las computadoras del barco. No tenemos manifiesto.

— Pero la compañía…— Alessandro no podía dar crédito a aquello — La compañía tiene que guardar registro en otros servidores.

— No hay nada. Aparentemente el sistema de la naviera fue hackeado y la información de este viaje desapareció. Estamos trabajando con los datos de las agencias de viajes que vendieron el crucero y con la reclamación de los familiares, pero comprenderás que recolectar todo un manifiesto es una tarea titánica. Estimamos unos seis mil pasajeros, pero no hemos logrado recolectar más de tres mil ochocientos nombres. Eso significan dos mil doscientas personas que aún no han sido identificadas.

— Gaia entre ellas.

— Gaia entre ellas. — confirmó Blake. — Revisé dos veces todos los archivos, nadie ha reclamado a un familiar con su nombre y no sale en los manifiestos de las agencias. Parte de nuestra apuesta está ahora en las cajas de seguridad de los camarotes, los buzos se están encargando, pero comprende que no puedo prometer nada. — Se volvió hacia Gaia con un gesto de consuelo — Entiendo que están en una situación muy delicada, muchacha, pero esto tomará tiempo. Le pediré a una de mis chicas que te consiga alojamiento para las próximas semanas y esperemos que buenas noticias nos lleguen pronto.

Alessandro la observó con el rabillo del ojo. Gaia tomó una larga inspiración como si necesitara armarse de coraje y luego se pasó la mochila a la espalda.

— Ok— fue todo lo que dijo con aquel acento de obligada valentía que el italiano había aprendido a reconocer.

— Bien, déjame llamar a darla para que…

— No es necesario. — Alessandro rodeó los hombros de la muchacha con un brazo — Gaia puede quedarse conmigo el tiempo que quiera. Ethan tienes mi número, si te llega cualquier información no tardes en llamarme por favor.

La muchacha dijo adiós a Blake y tomó a Alessandro de la mano para abandonar el edificio. Justo en el momento en que le abría la puerta del pasajero de su coche, ella se colgó de su cuello con un abrazo que era casi un reclamo y suspiró contra su pecho.

— Gracias. — dijo mordiéndose el labio inferior con alegría y luego se tocó el estómago — ¡Hambre, mucho!

Related chapters

Latest chapter

DMCA.com Protection Status