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Capítulo Diecinueve

Mi maleta pesalo que una pluma. Me detengo en una tienda de camino a Punta Cana. Adam me prestó su carro, un Škoda Fabia color negro de 2012. Es bien cómodo y pequeño. Lo tiene en venta, pero como casamentero —quizás él no opine lo mismo— me lo prestó por unos días diciendo que no tenía nada planeado hasta dentro de unos días. El carro es de su difunta esposa. Ella, al morir,dejó todo para Adam. A él no le interesa, según me pareció, utilizar nada que le recuerde a su mujer muerta. 

«Comprensible».

Camino por el lobby del hotel del padre de Julio y llego a la recepción. Tengo puesto un vestido negro discreto. Compré ropa para al menos tres días y varios bikinis por si mis planes se dan como espero, a menos que Julio hubiese pasado página, de modo que no tendré respuesta ni estoy preparada. Una negativa ahora que decidí darle una oportunidad a nuestra felicidad.Me cuesta siquiera pensar que lo perdí. 

«¡Solo han pasado unos pocos días!».

Por primera vez, la voz
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