Capítulo 4: Veinte Mal contados

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—Firma aquí, por favor. —El hombre mira el papel y luego a mí.

No me inmuto.

Mi mano está sobre el papel donde especifica qué acepto y qué no, aparte de establecer mi

precio y mis condiciones de privacidad.

Hace diez años entregué mi virginidad a un alcohólico. Aunque me hubiese gustado que mi

primera experiencia fuese bajo la luna, con amor y delicadeza, la realidad es distinta. Creo que

no todos obtenemos lo que creemos merecer.

—¿No sirve con mi palabra? —cuestiona el chico de pelo oscuro y ojos almendrados.

Es atractivo. No entiendo por qué busca mi compañía si bien podría conseguir chicas de su

edad con un poco de palabrería.

A mis veintiocho años evalúo a las personas a mi alrededor sin que me dirijan la palabra.

Las actitudes gritan lo que somos. Cómo caminamos y qué tomamos en una cita, cómo

vestimos y cómo peinamos el cabello, cómo sonreímos y cómo miramos a la persona que nos

habla.

El cuerpo habla.

A veces las palabras no dicen lo que en verdad sentimos.

Ellas no son suficientes.

—Cariño, si me llevara de la palabra de todos no llegaría a ningún lado. La desconfianza es

la base de un buen trato —manifiesto.

Es ley de vida. Por más amigos o conocidos que seamos de alguien, al momento de hacer

negocios la claridad de los términos nos brindará paz.

El chico termina de firmar todo y me lo entrega. Constato que todo está en orden.

—Subamos.

Llevo un vestido negro hasta las rodillas. Mi cuerpo es esbelto. Tengo, según muchos, una

figura atlética. Quizá porque trabajo mucho, por el gimnasio o por el sexo. El sexo es el mejor

ejercicio físico y mental que existe.

Nos encaminamos al vestíbulo del hotel Cantabria. Pido la habitación acostumbrada.

Trabajar en esto tantos años me ha dado seguridad, una que no tenía cuando era una simple

camarera. Manejo mi tiempo y mis limitaciones son especificadas en todo momento. Mis pasos

suenan en las baldosas hasta que llegamos al ascensor. Llevo unos tacones de diez

centímetros. El joven, según vi en el contrato, tiene veintiún años. Él me observa, azorado. Su

intranquilidad me hace pensar que nunca ha estado con una mujer o que jamás le ha pagado a

ninguna para estar con ella. Entramos en el elevador y pincho el tercer piso. Al abrirse las

puertas en el segundo piso un hombre de tez aceitunada y cejas tupidas me dirige la mirada sin

amedrentarse. Ya no llevo el pelo azul cielo como hace diez años y no soy virgen.

Y Joshua tampoco está.

Su simple nombre, el recuerdo de mi hermano menor, me hace querer morir otra vez como

tantas veces deseé.

—Buenas —dice el hombre con un acento español.

Quizá por eso su piel es tan tostada y distinta. Sus ojos están puestos en mí. Aun cuando

las puertas del ascensor se cierran, no baja la vista.

Sé que no soy fácil de obviar y que no paso desapercibida, lo tengo claro. Mis ojos parecen

dos gotas de agua lluvia y mis labios parecen inyectados de tan carnosos. Uso siempre mi

color favorito en ellos: rojo sangre. Evito maquillarme, a menos que la ocasión lo amerite, pues

de por sí mis luceros y mi piel blanca como la leche llaman suficiente la atención. Mi cabello es

oscuro ya al natural y por completo lacio. Las puntas chocan en el comienzo de mis nalgas.

Me mantengo en silencio, aunque mi lengua está loca por desatarse.

El chico, mi cliente, se pasa el peso del cuerpo de un pie a otro, nervioso e inconstante.

Al fin se abren las puertas y llegamos a nuestro destino.

Coloco la llave electrónica en el lector de la puerta y de inmediato esta se abre.

—Vamos —le digo al chico.

Quiero caerle a golpes. Allí de pie en la entrada de la habitación parece más joven de la

cuenta. Levanto las cejas en un gesto que me sale prácticamente automático.

—¿Te estás arrepintiendo? —Odio cuando esto sucede—. De ser así, estás a tiempo. Aún

no me has dicho cómo te gusta ni que te gusta. Como estás de nervioso, creo que nunca has

estado con una mujer o nunca has pagado para tener sexo. En cualquiera de los dos casos, te

informo que está infravalorado.

—Señora... Digo, señorita… Yo… —El balbuceo me causa gracia.

La puerta sigue abierta y me adelanto a cerrarla.

No soy partidaria del público en el sexo.

Justo cuando voy a cerrarla veo al mismo tipo del ascensor parado en la puerta de enfrente.

Es atractivo y oscuro. Sus ojos recorren todo mi cuerpo en fracción de segundos. Mis pezones

se erizan y desecho mi deseo personal.

¿Será un policía?

Aunque la preocupación de cualquier persona que hace lo mal hecho, según la sociedad, es

ser atrapado por los que hacen el bien, el mío en particular es llegar a enamorarme de uno de

mis clientes.

Por eso me obligo a realizar un contrato.

No puedo enamorarme. Eso es perder la noción de un futuro prometedor.

O no fue hecho para mí.

Apuesto más a la segunda.

Cierro la puerta y me giro.

—¿Qué harás entonces, Michael? ¿Te quedas o te vas? La decisión es tuya. Ni siquiera

tendrás que pagarme por el tiempo perdido. —No trabajo por emociones. En realidad, me vale

par de tres que él decida hacerlo o no siempre que mi identidad se mantenga bajo perfil. Es mi

requerimiento más importante.

—Lo... siento... Lo siento, señorita. —El balbuceo de nuevo.

—Tranquilo, son cosas que suceden. Cuando estés listo, me localizas. Ya sabes dónde

encontrarme. —Le sonrío para tranquilizarlo.

Me mira, apenado.

Suspira y se va de la habitación. Cierra la puerta tras de sí.

Prendo un cigarrillo y le doy una calada.

¿Qué mierda estoy haciendo?

Ya no tengo necesidad de esto.

Mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados. A pesar de tener veintiocho años, mi

mente y mi corazón parecen pensar que tengo ochenta. Me desconozco. Más bien ahora me

conozco en realidad, y no me gusta mucho lo que veo.

Estoy vacía.

El sonido de la puerta detiene mi cigarrillo en la segunda calada.

No espero a nadie. Además, ordené que nadie me interrumpiera. En este momento se

suponía que iba a darle una buena chupada al recién salido de la adolescencia.

Me acerco a la puerta a ver si el sonido se repite.

Entonces escucho el toque otra vez.

Dejo mi cartera en la mesita de noche. No pensaba quedarme mucho tiempo, disfrutaría del

cigarrillo y me iría al terminar.

Seguro es el chico que se arrepintió. A lo mejor se pensó mejor su respuesta.

No me alegro, pero al menos cobraré por lo que salí de mi casa en primera instancia.

Abro la puerta y me quedo de piedra al encontrarme con el tipo español del ascensor.

—Hola. ¿Necesitas algo?

Él me observa; en sus ojos hay unas diminutas líneas rojas. Están inyectados de sangre.

—Te necesito a ti. Ahora. —Me quita el cigarrillo de entre los dedos.

Estupefacta, no puedo articular movimiento.

La supervivencia siempre será lo principal en un instante como este.

No esperaba escuchar eso.

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