CAPITULO 2 LA TIA

En un bar de una famosa ciudad...

Un hombre tomaba un trago en la barra.

"¡Elías! al fin te veo, es bueno que nos des un poco de tu precioso tiempo". Comenta Salvador Alvarado a su amigo que llegó contentó saludando a su amigo que se sienta junto a él y pide un trago.

"La empresa va muy bien, así que tengo más trabajo estos días, perdona si no me haya comunicado contigo recientemente". Contesta Elías Valle, empresario reconocido mundialmente por VIKCompany, empresa dedicada al entretenimiento y espectáculo en el País.

Era un hombre bien parecido, alto, piel aperlada, sus ojos cafés y sonrisa traviesa que te hacían suspirar, pero al mismo tiempo su mirada era penetrante y desconfiada, la mayor parte del tiempo era un hombre serio y tajante en sus decisiones, esto lo convertía en un hombre exitoso y líder nato.

"Vamos al club habrá fabulosas chicas que estarán encantadas con un hombre como tú". Salvador le comentaba con sonrisa pícara levantando sus cejas esperando que su amigo aceptara.

Elías lo observó con ojos profundos, sabía lo que Salvador tenía en mente, siendo guapo y rico, la mayor parte de su tiempo libre lo dedicaba a tomar sin medida, a divertirse con diferentes mujeres y despertar con ellas en las mañanas.

Elias suspiro cansado, tomó su bebida de un trago. "Me voy a casa, Dalia debe estar esperando". Dejó el vaso en la barra y se levantó acomodando su saco.

"¿Desde cuándo te interesa Dalia?". Salvador sabía que él no quería acompañarlo a "disfrutar" la noche.

Sin mirarlo ni contestarle Elías caminó hacia la salida del bar, estaba cansado solo quería tener un buen sueño y seguir al otro día su trabajo pendiente.

Además Dalia lo esperaba para cenar, sabía que al llegar ella estaba pendiente en la ventana y ella se alegraba de verlo entrar a la casa con una tímida sonrisa, él observaba sus ojos verdes que le fascinaban, pero no al grado de tener algún sentimiento por ella, lo tenía muy claro.

Desde el portón de la entrada a la residencia "La farola" donde vivían juntos Dalia y Elías, se escuchaba una hermosa melodía de piano era su instrumento favorito.

Elias entró a la casa, observó hacia las escaleras de donde venía la música, dejó su saco y maletín en el recibidor y se dirigió a la  habitación de Dalia, se recargó en el marco de la puerta cruzando sus brazos para escucharla hasta que ella terminara.

Ella estaba inmersa en la profundidad de la música, con las yemas de sus dedos tocaba cada tecla del piano de una forma delicada y singular, su cabeza se movía en ocasiones al ritmo lento de la música y sus ojos permanecían cerrados disfrutando la melodía.

Al finalizar abrió sus ojos lentamente y sintió la presencia de Elías, volteo bajando su cabeza para verlo apenada.

"¡Haz vuelto!, ¿qui.. quieres cenar?".

La observó detenidamente antes de contestar. "Si".

Él pensaba que era realmente una mujer muy hermosa pero no le gustaba su timidez y seriedad, rara vez tenían conversaciones largas, ella casi nunca lo veía a la cara, pocas veces estaba alegre y era tan pequeña su sonrisa sin ningún sonido cuando lo hacía, esto la tornaba una mujer aburrida para su gusto.

Sentados a la mesa los cubría el silencio, solo se escuchaba el sonido de los cubiertos, ella lo observaba de reojo mientras comía.

Elías soltó una pequeña sonrisa y le preguntó "¿Quieres decirme algo?".

Dalia se sonrojo alzó su rostro y dijo "¿Podrías... hablar con mi padre?, creo... creo que tiene problemas con algo sobre la hipoteca, pero no quiere hablarlo conmigo".

Elias observó el sonrojo de la mujer y sonrió. "Está bien, un día de estos iré a recogerte después del trabajo y aprovechare para platicar con él".

"Gracias". Ella empezó a recoger la mesa para poder lavar los platos, mientras Elías subía a su despacho a terminar algunos pendientes de la empresa. Inmerso en los papeles escucho que tocaban a la puerta.

"Adelante".

Dalia entra en silencio, lleva consigo una taza de leche para Elías. Tenía la costumbre de hacerlo a diario. "Tomalá está tibia, para que tengas un buen descanso".

"Gracias. Dalia mañana no llegaré a cenar, no me esperes".

"Está bien, mañana iré a visitar a mi tía Magdalena, ha estado delicada de salud. ¡Buenas Noches!".

"Descansa".

..................................................

Al día siguiente el chofer llevaba a Dalia a casa de su tía, era hermana de su madre, pero eran tan distintas, siendo amable, comprensiva y amorosa.

Antes vivía con ellos en la mansión y cuido de Dalia cuando era pequeña, recuerda más afecto de parte de su tía que de su propia madre.

Cuando ella cumplió 10 años su madre obligó a su tía a mudarse, comprando una casa a las afueras de la ciudad cerca de una loma alta desde donde se podía observar toda la ciudad. Era un lugar hermoso pero solitario.

El ama de llaves abrió la puerta, "¡Lupita!, ¿Cómo estás?, ¿Dónde está mi tía?".

"Señorita Dalia, pase, ella está en el jardín" Magdalena tenía un hermoso huerto, lleno de frutas y flores de colores, su especialidad era plantar diferentes tipos de rosas.

Ella era una enfermera retirada, tuvo un accidente automovilístico cuando era más joven y su cadera no quedó bien, fue cuando decidió retirarse y cuidar de Dalia siendo tan solo una bebe.

"Tía deberías estar descansando, sabes que ya es otoño, te dolerán tus huesos".

"No te preocupes por esta vieja, disfruto de la brisa fresca, además mis rosas necesitan de mi cuidado".

"Vamos a almorzar traje la comida que tanto te gusta". Juntas disfrutaron la tarde platicando y riendo como si fueran madre e hija.

"Dalia ¿Cómo van las cosas con Elías?"

Desviando su mirada hacia la ciudad ella contestó. "Bien tía, quiero que funcione".

"Mi niña se que tu mama tuvo que ver con que te casaras sin amor, pero si no estas feliz deberías hablarlo con Elias, deben intentar enamorarse, pero si no funciona sepárense en buenos términos, lo único que quiero es que seas feliz".

"Lo sé, tía"

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