No eres tú ¡Soy yo!
No eres tú ¡Soy yo!
Author: Andrea Paz
EL METRO

«No necesito demostrarle a nadie lo dañada que está mi alma. Nadie entenderá nunca lo que es tener alas y no poder volar jamás… »

♫¸¸.☆.¸¸♫

No estoy segura de cuánto tiempo llevo aquí... miro de un lado a otro, esperando respuestas que nada ni nadie me puede dar. El ruido de la gente se escucha como un eco muy lejano, suena por los parlantes que el próximo carro tiene un retraso. 

Ya he dejado pasar cinco carros y aún no me armo de valor. Sigo mirando hacia todos lados buscando algo que me ayude a tomar la decisión correcta. Siento ese viento correr que anticipa la llegada del metro, «¿lo hago o no? ¿tengo el coraje para hacerlo?», tengo un nudo en la garganta, lloro por dentro, pero no quiero hacer evidente mis reales intensiones. 

«Es ahora o nunca» digo para mi misma. 

Se aproxima el carro del metro, me acerco al andén lo más posible cruzando la línea amarilla de advertencia, mi corazón está a mil por hora, pero no quiero sufrir más, ya no quiero más de nada ni de nadie, y por mucho que quiera que pasen mil cosas en mi vida, ya no tiene sentido, estoy cansada, nada tiene sentido para mí. 

Tengo el metro a unos segundos de llegar a mi encuentro, cuando me armo de valor y trato de dar un paso más para caer a las vías y terminar con todo, pero unos brazos fuertes me agarran del bolso que llevo en la espalda y evitan que me deshaga del dolor que siento. Me tiro al suelo y lloro por la frustración y porque todo se a acabado para mí, ya no habrá otra oportunidad, «¡Sabía!» en mi interior sabía que no habrá mas oportunidades como ésta.

El guardia me sostiene aún con fuerza, me ayuda a ponerme de píe mientras otro se sitúa al otro lado y me guían hacia un lugar dentro de la estación. Ninguno dice una sola palabra mientras caminamos, no logro ver nada por las lagrimas que siguen rodando por mis mejillas. Entramos a una oficina y me hacen sentar. Frente a mí un policía ordenando unos papeles, no logro distinguir su cara, ya que tengo la vista nublada por las lagrimas.

—La estuvimos observando a través de las cámaras, lleva más de una hora parada al inicio de la estación. Sabíamos sus intenciones cuando dejó pasar el tercer carro, lo hemos visto en miles de ocasiones; Necesito sus documentos —dice el oficial con un tono serio.

Busco en el bolso mis documentos y le entrego lo que me pidió, sin decir una sola palabra, aún sollozando, con espasmos y tiritones en el cuerpo.

—¿Usted cree que lanzándose a las vías del metro se termina todo? —dice con tono enojado mientras se pone de pie y pone ambas manos sobre su escritorio. 

—Le informo que además de paralizar el servicio, tenemos que cortar el suministro de energía, cerrar la estación y dejar a miles de pasajeros a la deriva por ser hora punta. Tendríamos que llamar a sus padres o a su familia para informarles lo que usted hubiese hecho, y que además tendrían que pagar por todos los gastos que implica hacer semejante barbaridad. —Me mira con ojos acusatorios y el ceño fruncido mientras me tiende un pañuelo de papel.

—Yo… yo... no lo ssasabía —dije aún con la voz quebrada. Nuevas lágrimas se acumulan en mis ojos nublando mi vista, mientras aprieto fuerte los ojos para que los abandonen.

—¡Claro que no lo sabía! Nadie sabe estas cosas, porque no piensan antes de hacer cosas como éstas —bufa con impotencia —¿Tan terrible es su vida señorita —lee mi identificación —Emilia?. —Mientras se sienta nuevamente en su lugar.

—Usted no sabe nada... no lo entendería... nadie lo entiende... —digo con impotencia y la voz casi como un susurro.

—La voy a llevar detenida y necesito el número de algún familiar para contactarme con ellos. —dice revisando unos papeles sobre su escritorio.

Me quedo en silencio, mi cabeza da miles de vueltas y lo único a lo que reacciono hacer es mover mi cabeza de un lado a otro en negación —¡No! ¡No por favor!— es lo único que logro decir casi como una suplica.

—Es el procedimiento señorita —dice sin levantar la vista de sus papeles.

—¡Por favor! —digo poniéndome de pie. —el hombre me mira por unos instantes —Le prometo que salgo de la estación y no vuelvo a intentar una tontería como esta, pero por favor, necesito salir de aquí... sin que mis padres se enteren de nada... por favor. —le digo esto último casi sin aliento y con lagrimas saliendo de mis ojos.

—Está bien, pero dejaré en el registro lo que sucedió hoy, y dejaré una alerta roja con sus datos y una foto. —Que toma de inmediato sin haberlo previsto —Esto es para que en las otras estaciones estén al tanto de sus intenciones, así que ni se le ocurra intentarlo nuevamente. —me advierte amenazante. —De momento queda prohibido el ingreso de usted a esta estación.

Me quedo en absoluto silencio pensando que nada me había salido como esperaba... y que mi vida era cada día más mierda que el día anterior.

Hago un asentimiento con la cabeza, el oficial me tiende la identificación con la mano estirada, cuando logro tomarla él la sostiene con fuerza. 

—Tengo una hija de su edad, refúgiese en su familia y no tome una decisión que quebrará a su familia para siempre... piénselo. —me dice en un tono “paternal” soltando el documento finalmente.

—Gracias —digo bajito.

Salgo de la estación rápidamente, escoltada nuevamente por los guardias de seguridad, solo el sonido de sus Walkie Talkie suenan con códigos que sólo ellos entienden, sin mirar atrás... subo las escaleras y me pongo a caminar sin saber a dónde; sólo quería alejarme lo más posible.

No me preocupa la hora, porque había llamado a mi madre para decirle que tenía que quedarme hasta más tarde en el trabajo, que no sabía a qué hora nos desocuparíamos y que avisaría cuando fuera en camino...

La noche estaba fría, con mucho viento, el centro de la ciudad se iba apagando de a poco, no quedaba tanta gente en las calles, imaginaba todas esas personas llegando a sus casas con total normalidad, con sus familias o sus vidas siguiendo con sus rutinas, mientras yo echaba tierra a mi propia tumba, otra vez, sintiéndome muerta en vida como todos los días.

Caminé sin rumbo por varios minutos, pero esto no podía ser eterno, en algún minuto debía volver a casa, por lo que me subí a un autobús, me puse mis audífonos y le di play al reproductor mientras sonaba Wake Up de Mad Season. Me sentía peor cada vez, pero me exigí no llorar más para borrar todo rastro de lo que sucedió hace unos momentos... No tenía las agallas de volverlo a intentar.

Llegue a casa, saludé a mis padres, dejé mis cosas en mi dormitorio, lave mis manos, la cara y me acerqué al comedor con la mejor cara que podría tener, donde me esperaban para acompañarme a cenar, inventé una historia sobre un cliente con requerimientos presuntuosos, y que por lo mismo nos tuvimos que quedar hasta más tarde en la oficina, pero no le di muchas vueltas al asunto. 

Terminé de cenar, les dije que estaba cansada, me di una ducha, me puse el pijama, tomé mi medicación y me refugié en mi cama, la que gracias a Dios me atrapó rápidamente para llevarme a los brazos de Morpheo.

1 semana después…

Los días pasaban y todo seguía igual, me refugiaba en mis amigos virtuales «ya que no podía tener otros de otra forma», seguía hundida en mis pensamientos. Ya nada me motivaba. Estaba cansada de seguir actuando, haciendo como si mi vida fuera maravillosa. Abro una nueva ventana de chat y le escribo a mi amiga Lucía:

Emilia: tengo que contarte algo —digo algo angustiada.

Lucía: ¡Hola! Salúdame primero, al menos!  —dice alegre como siempre.

Emilia: si, hola...

Lucía: ya... ¿qué pasó ahora? —dice y la imagino poniendo caras.

Emilia: lo de siempre... pero esta vez ya no tuve atajo... ¿puedo ir a verte? Necesito salir de esta casa...

Lucía: si, obvio, Natsh no está, así que podremos conversar tranquilas—dice y suspiro, por suerte no está, sólo necesito hablar con ella por ahora.

Emilia: veré cómo salgo de acá y voy.

Invento una excusa con mi madre para poder ir a casa de Lucía —Mamá. voy donde Natasha!, —Le digo mientras tomo las llaves del auto de papá y salgo, con la indicación de siempre: 

—No olvides volver a las 21:00 horas en punto ni un minuto más, y avisar cuando llegue a mi destino, no salir a ninguna otra parte y dejar un número de contacto para verificar si realmente estás en casa de Natsh o no. «odio esto... no soy una niña… ¡¡tengo 25 años por Dios!!» digo para mi misma.

Llego a casa de Lucía, mi mentora si podemos definirla de alguna manera, ella era mi profesora en la escuela. Siempre fue muy cercana y amiga de los alumnos, sobre todo de un grupo en particular, donde yo estaba incluida, pero excluida a la vez. Me había hecho muy amiga de su hija Natasha, éramos uña y mugre en la escuela, pero esta vez, necesitaba hablar de cosas más profundas, que con Natsh no siempre conseguía. Me bajo del auto y toco el timbre. 

—¡¡Te dejé abierto Emi, pasa!! —me grita desde su dormitorio que da hacia la calle.

Entro a la casa y voy a su cuarto, me siento en la cama donde ella se encuentra y me largo a llorar, ella me acoge entre sus brazos y me acaricia el cabello por unos momentos.

Levanto la mirada y comienzo a vomitar todo lo que tenía dentro, a decirle todo lo que había hecho, lo que sucedió ese día en el metro, ella escuchó todo como siempre. Ya sabía mi situación con mis padres, sabía de sobra mi manera de pensar y, sobre todo, sabía todo sobre mi dolor. Cuando terminé de hablar, me mira por unos minutos con lágrimas en sus ojos, hace un chasquido —Mi Emi... quiero que veas algo —me dice mientras se pone de pie, enciente la tv y pone un DVD en el lector.  —Quiero que mires esto, sin reclamar, sin decir absolutamente nada y cuando termines hablamos si es que quieres. —dice sin dejarme hablar, por lo que asiento con la cabeza —Comienza “El Secreto”, nunca lo había visto, había leído algunas reseñas, pero mi depresión era más fuerte, nada menos un libro me haría salir del hoyo en el que me encontraba, y si el libro tiene “película” debe ser malísimo, pensaba.

Algo en mi interior hizo “click”. 

La miré, ella me sonrió. La abracé y no dijimos nada. Le di un beso, tomé mis cosas y me fui, no sin antes decirle gracias desde la puerta.

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