4

-Adiós, imbécil – eso es todo lo que le digo, cuando voy a cortar, me habla -.

-No cortes, Danna. Esto cambia todo, ¿sabes?

-Nada cambia nada. No seas idiota – Juan me mira atento -. Si tienes algo que decir, hazlo a través de nuestros abogados.

-Por supuesto que lo haré – y cuelga -.

No sé qué rayos quiere. Dudo mucho que realmente le importe que esté embarazada, lo que quiere es molestar. Además, estoy segura de que, si Carlota supiera de esto, ya me habría dejado en paz.

Juan se acerca y me abraza.

-Hey, tranquila – me mira y me acaricia el rostro con una mano –

. Nadie nos puede dañar.

-Pero tengo miedo de lo que pueda hacer.

-Está desesperado. Es obvio que no es feliz y ahora quiere recuperarte.

-Ya les avisaste, ¿verdad? Quiero irme. Necesito dormir – cambio el tema porque no quiero agotarme ni preocuparme por nada -.

-Sí, sólo dos deben volver por sus chaquetas y bolsos. Los demás se irán desde donde están.

-Quiero pedirle algo a mi jefe – le digo mientras le cojo la solapa de la chaqueta -.

-Dame un segundo – cierra los ojos y me mira serio, quita mis manos y me las deja al costado -. Dígame, Danna, ¿qué necesita de mí?

-Quería saber… - trato de contener la risa, esto es muy tonto -. ¿Puedo tomarme las tardes? Es sólo por un par de semanas, hasta que me acostumbre a este nuevo ritmo.

-Mmm… no lo sé. He tenido demasiadas concesiones contigo – dice poniendo su dedo índice en la boca y mira hacia el techo -. Las demás van a querer lo mismo.

-Entonces, no me quedará más remedio que mudarme a mi departamento. Así puedo prepararme algo de comer la noche anterior y aprovechar de dormir una siesta en mi hora de almuerzo.

-Por supuesto que no lo harás – me toma de la cintura y me aprieta contra él -. Eres mi mujer al fin y no te dejaré escapar otra vez.

Me besa con tanta pasión, que duele en lo profundo de mi ser. Le deseo, quiero que me acaricie y me desnude aquí, ahora. Al demonio lo del sexo en la oficina. De pronto, escuchamos a los muchachos y nuestro beso se desvanece. Me sonríe y se separa.

Salimos a encontrarlos y bajamos con ellos en el ascensor. Juan me toma la mano y me acaricia los nudillos con el pulgar. Eso hace que mi deseo aumente más, no sé si han sido los días sin intimidad o que mis hormonas están disparadas, lo más probable una mezcla de ambas. Nos despedimos de ellos y seguimos hasta el subterráneo.

Salimos camino a casa. En el auto, el aire es irrespirable, está cargado de nuestra abstinencia y lo que ruegan nuestros cuerpos por disipar esa necesidad de ser uno.

-Danna, por favor – me dice sin apartar la vista del camino -. Deja de mover tus dedos, ya estoy lo suficientemente distraído con estas ganas de quitarte la ropa, como para que tenga que evitar ver tus movimientos.

-Creí que sólo yo me sentía así – le miro sorprendida, él sonríe con la vista fija en el camino -.

-Amor, desde que supe que estás embarazada, lo único en que he pensado es en besar cada centímetro de tu cuerpo y llegar a ese vientre maravilloso, que cobija a nuestro hijo.

Ay, caray. ¿Por qué decidimos ir a su casa y no a mi departamento, que estaba más cerca? Necesito llegar pronto y sacarme ese dolor que aguarda desde ayer para ser aliviado. El resto del trayecto lo hacemos en silencio trato de no moverme, pero me siento incómoda. Necesito bajar de aquí ahora.

Después de lo que parece una eternidad, llegamos a casa. Esta vez no espero a que me abra la puerta. Bajo deprisa y corro a la puerta de entrada, dejo todas mis cosas en el auto, sólo saqué mis llaves. Cuando giro la manilla, Juan me gira para quedar frente a frente.

Me embiste con un beso que no da lugar a nada, me toma en sus brazos para avanzar más rápido. Cuando creo que vamos a su habitación, me deja sobre la alfombra de la sala. Se quita la chaqueta y así iniciamos la molesta tarea desnudarnos, sólo que esta vez mi blusa y su camisa pueden esperar. El sofá basta para terminar lo que ayer inició.

Me recuesta en el suave mueble que un par de veces sirvió para lo mismo, y hace exactamente lo que dijo que quería hacer. Deja mi boca para seguir por mi cuello, muy tiernamente. Siento que algo en mí agoniza. Sigue por mi pecho, uno a uno quita cada botón y baja hasta mi vientre. Cuando me besa allí, mi cuerpo ya no puede más, sólo alcanzo a ver su mirada fija en esa parte de mi cuerpo.

-No sabes cuánto te amo – dice al fin, mirándome con tanto amor y devoción, que siento ganas de llorar. Una lágrima cae y él sube hasta mi rostro otra vez, para quitarla con sus dedos -. No llores, mi amor.

-Es que siento tanto amor, que llega a abrumarme.

Me sonríe y me besa, seguro que él se siente igual. Y allí, al fin, los dos dejamos que nuestros sentimientos fluyan y se reflejen en cada caricia, cada beso, cada movimiento de nuestros cuerpos. Nuestros latidos de vuelven uno, nuestra respiración agitada se vuelve el aire para el otro. Toda esa magia se vuelve una eternidad, que poco a poco inicia su estallido que termina conmigo gritando su nombre y con él cayendo sobre mí.

Intenta apartarse, pero con mis piernas no lo dejo. Me besa y me sonríe.

-Trato de no aplastarte.

-Bueno, eso no me importó hace unos segundos atrás. Me gusta tenerte así.

-Lo sé, pero me preocupa… ya sabes – y dirige su mirada hacia mi vientre -.

-Lo estoy cuidando bien, no te preocupes – le digo, mientras quito mis piernas de su cintura -. Sólo dejaré que te muevas porque necesito beber algo.

-Yo también, vamos – me toma de la mano y me ayuda a ponerme de pie -.

Intento cubrir mi desnudez con mi blusa, lo que le causa mucha gracia. Me la quita y me hace girar. Hace un gesto con su boca, como si estuviera viendo un delicioso dulce. Me sonrojo, porque esto es vergonzoso. Sí, lo sé. No tiene sentido, después de tanta intimidad, pero ahora me siento extraña.

Él lo nota y va hasta la habitación. Me trae un albornoz para que me cubra, me besa y se sirve un vaso de jugo. Pero antes de beberlo, se quita la camisa, quedando completamente desnudo. Me mira fijamente y se bebe el jugo, por los dioses del Olimpo. Yo me tengo que beber esta vista maravillosa, de pies a cabeza. Me quedo pasmada de ver que está listo de nuevo para más acción. Me bebo un vaso de agua esta vez y me voy a la habitación.

Me quito el albornoz y el brasier, me meto a la cama y me tapo hasta los ojos. Escucho sus pasos, como se acerca a la cama y me acompaña en mi escondite.

-Ven aquí, preciosa – me abraza por la espalda. Puedo sentir su pecho y sus labios buscando mi cuello -. Tú querías dormir.

-Pues sí, pero ahora tengo ganas de otra cosa – me giro para quedarme frente a frente -. ¿Crees que se pueda?

Me besa y en cuestión de segundos estoy a horcajadas sobre él.

Me despierto con un exquisito aroma en el aire, huele a canela y caramelo. Es un postre, pero no imagino cuál puede ser. Al salir de la cama, siento frío. Me pongo el pijama y las pantuflas de conejito que me regaló hace dos semanas. Voy por él a la cocina.

Me lo encuentro cocinando sémola con leche, lo que es una delicia. También está con pijama y delantal, se ve tan condenadamente sexy que no sé si quiero comer su receta o a él de postre.

-Hola bella – me regala su hermosa sonrisa tímida, me encanta -. Te estoy preparando un postre delicioso para la cena.

- ¿Tengo que esperar hasta la cena?

-Si no te importa comerlo caliente, pues no – me dice mientras saca la preparación del fuego -.

-Dame, por favor – aplaudo como niña pequeña -.

Me extiende un poco de la preparación en una taza, que ya tenía apartado. Cómo me conoce. Pone el resto en un molde con caramelo en el fondo y lo cubre. Yo pruebo mi parte y está delicioso, esto está muy bueno.

-No entiendo cómo puedes ser tan perfecto – le digo con sinceridad -.

-Sólo lo dices porque te gustó mi postre – me hace un morrito con la boca, parece un niño en cuerpo de adulto -.

-Por eso, porque eres detallista, porque me demuestras que me quieres y porque me haces el amor como siempre soñé.

- ¿En serio? – su mirada marca sorpresa y diversión -.

-Eres dulcemente un erudito en esa materia. Probablemente, si tuviera mucha más experiencia, diría que eres el mejor.

-Prefiero quedarme con tu percepción de ahora – me dice mientras se sienta frente a mí -. Que no tengas más experiencia, es bueno. Así buscamos lo que nos gusta juntos.

-Me gusta como vamos – sé que me estoy poniendo del color del tomate frente a mí -. Pero si quieres probar otra forma de hacerlo, no me importaría intentarlo – le digo encogiendo mis hombros, tímida, sonrojada y con la cuchara en la boca -.

-Ya lo veremos. No creo que tengamos problemas para comunicarnos con palabras o con otro método – me mira con su sonrisa seductora. Me pongo de pie y le abrazo -.

-¿Por qué tuve que enamorarme del hombre perfecto? – sus latidos son arrulladores -.

-No soy perfecto, para nada – me toma de la cintura y me deja entre sus piernas -. Soy el hombre con más defectos.

-Sí, eres gruñón cuando tienes hambre, eres demasiado olvidadizo con las cosas de la oficina, guardas secretos por años…

-Pero ya me perdonaste por todo eso, ¿cierto? – apoya su frente sobre la mía -.

-No estaría esperando a nuestro bebé si no fuera así.

-Muchas gracias por su misericordia, su majestad – me da un beso fugaz -. Suena tan hermoso cuando dices “nuestro bebé”.

-Suena mejor cuando me dices “majestad” – me río y me da besos en el cuello, que me provocan cosquillas. Se detiene, se pone de pie y me levanta, dejándome las piernas rodeando su cintura -.

-Usted necesita que le demuestren otro tipo de reverencia.

Me lleva a la habitación, trato de zafarme, pero no puedo. Se ríe de mis movimientos infructuosos y yo ya no lo intento más.

-No quiero hacerlo otra vez – le digo apoyando mi cabeza en su pecho, espero que no le moleste -. No creo que pueda.

-Yo menos, así que no te preocupes por eso – sin soltarme, echa atrás el edredón y me siente en la cama -. Tú te vas a quedar aquí y yo iré a preparar la cena. ¿Algo que quieras comer?

-Sopa de pollo y tu ensalada especial.

-Muy bien – dice buscando sus pantalones y una chaqueta -. Tengo que salir, ya no tenemos pollo.

-Voy contigo, espérame – trato de levantarme, pero me detiene con un gesto de su mano -.

-No, afuera hace mucho frío – me arropa otra vez -. No quiero que te enfermes. Volveré pronto, te traeré chocolates, muchos chocolates de reserva.

Me da un beso en la frente y se va. Cuando escucho que cierra la puerta, enciendo la televisión, cualquier cosa es mejor que el silencio. Pero no duro mucho frente a ella, así que me voy a la habitación de invitados. Entro en ella y no puedo creer que hace un mes estuviera aquí, como refugiada de mi desastrosa vida. Si estoy parada ahora es por Juan, porque jamás me dejó.

Es como si fuera una historia que no tiene principio ni final.

Observo cada rincón y, sin querer, comienzo a pensar en cómo pintarla, dibujos para hacerla más infantil. Dónde poner la cuna y tal vez un sillón para amamantar por las noches. Me toco el vientre y sonrío como una boba, de seguro. Estoy tan inmersa en mis pensamientos que no escucho cuando Juan llega a casa.

Me sorprende con un beso en el pelo y me abraza desde atrás, pone sus manos sobre las mías.

- ¿Qué haces aquí, mami? – sus palabras cerca de mi oído me producen algo extraño, como un brinco repentino en el corazón -.

-Pensaba en que esta podría ser la habitación del bebé, si a ti no te molesta, claro.

-Por supuesto que no, ¿dónde más sería?

-Es que, esta es tu casa. Tú debes decidir.

-Oye… - me gira y apoya sus manos en mis hombros -. Desde que aceptaste ser mi mujer, esta también es tu casa. Si quieres construir una nueva habitación, lo haces. Si quieres venderla y comprar una nueva, lo haremos – me abraza y siento sus latidos, sinceros como siempre -. Es nuestro hogar, nuestro nido, donde criaremos a nuestros hijos.

- ¿Hijos? – me aparto para mirarlo -. ¿Quieres más hijos?

-Sí, ¿tú no?

-Es que… perdona la comparación, pero… me había resignado a tener sólo uno, si es que lo conseguía, porque el idiota no quería más.

-Pues porque era un idiota – rueda los ojos y le sonrío. Creo que no debí compararlo con ese -. Yo soy hijo único y no quiero lo mismo para este bebé y sé que tú quieres más hijos. Siempre quisiste tres.

-Gracias – me cuelgo de su cuello y lloro de alegría -. No imaginé que recordaras algo así.

-No llores, no tienes nada que agradecer. Soy yo el agradecido por todo esto.

Nos miramos y nuestros ojos se funden en este amor que sentimos.

-No, tengo que preparar la cena – me besa y se aparta de mí -. Y tú tienes que ir a la cama.

-Necesito mi teléfono, tengo que revisar mis mensajes. Lo dejé en el auto.

-Yo lo traigo, dame unos minutos.

Se va a la cocina y yo me voy a la cama, tal como me dijo. A veces puede ser muy sobreprotector, pero me ama. Conoce cuáles son los límites de esa sobreprotección y no los traspasa, o sabe que es discusión segura.

Me entrega el bolso, donde tengo el teléfono, me sonríe y se va a la cocina. Cuando lo reviso, tengo cinco llamadas de Óscar y varios mensajes suyos, lo llamo de inmediato.

-Danna, por fin. Me llamó María José, ¿estás embarazada? – maldito Rodrigo -.

-Sí, me enteré hace dos días. Hoy lo confirmé.

- ¿Estás bien? -suena muy preocupado -.

-Mejor que nunca, en realidad.

-Mmmm… necesito verte. Pero como amigos, nada que ver con lo legal.

-Mañana por la tarde – Juan está entrando a la habitación, me mira con cara de pregunta – Vamos a esa cafetería, el pie de limón estaba rico aquella vez.

-Perfecto, yo paso por ti a la oficina.

-No, ven a buscarme a mi casa – trato de no mirar directamente a Juan, pero sé que sonríe por esas palabras -.

- ¿Te estás quedando en tu departamento otra vez? – su voz parece sorprendida -.

-No, ya te dije que estoy viviendo con Juan.

-Muy bien – siento su decepción -. Entonces, a las cinco paso por ti. Adiós.

-Adiós.

Me mira sonriendo, pero sé que quiere saber qué haré mañana. Espero que esto no sea pelea.

-Saldrás con Óscar.

-Sí… ¿te molesta que lo haga?

-Por favor, claro que no. Es tu abogado. Aunque deberían verse en su oficina.

-Es que no es por algo legal. Es más… una reunión de amigos.

-Mmm… - que no se enoje -. Entonces me traes de ese pie de limón, no creo que sea más rico que el de Camila.

Me lanzo a su cuello y lo beso. Cada vez que quería salir con él mientras estaba con Rodrigo fue un problema. Es tan diferente, perfecto, que me da miedo que esto se termine. Se aparta un poco y me acaricia la mejilla.

-Nunca pienses que me molestaré porque sales con otro hombre. Los celos que pude sentir por él, quedaron atrás desde que inició nuestra relación.

-Te amo tanto.

-Yo también – me da un beso rápido -. Ahora prepárate, porque tu cena está casi lista.

Aplaudo como niña pequeña, me besa la frente y se va otra vez. Recibo un mensaje de mi madre, que quiere saber cómo me fue, pero quiere verme, a solas. Tendré que esperar cualquier cosa, porque no estaba tan emocionada como creí. La verdad su reacción me dejó un ligero toque amargo entre todo esto.

Esos pensamientos se esfuman en cuanto Juan viene con la bandeja. Huele delicioso, se sienta en una silla al costado de la cama y deja la bandeja entre los dos. Empezamos a comer, hablar de muchas cosas y reírnos por los posibles nombres que este bebé podría tener.

Por ahora nada interrumpe nuestra felicidad retrasada.

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Hola mis queridos lectores:

Espero que les gustara el capítulo. Dejen sus comentarios y su estrellita, además de compartir ;)

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Cariños a todos y que viva la lectura.

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