Capítulo 3

Azul temblaba, luchaba para ayudar a su amigo, pero aquel hombre la tenía agarrada con fuerza, casi la asfixiaba, su amigo solo recibía golpes por donde fuera, se estaban ensañando con él porque lo veían débil, ese era el pensamiento de azul, siempre había una persona cruel que ofendía a su amigo por ser gay. 

—Por Dios déjenlo— gritó desesperada y al borde del llanto, le estaban dando una buena paliza, su amigo solo se quejaba con cada golpe —llévense todo pero déjenlo por favor… lo están matando— lloró al ver que su amigo ya no se quejaba —se los suplico ya basta— gritó con todas sus fuerzas, al parecer había funcionado lo habían dejado en paz, pero el que la sostenía le arrebató su bolso, ella sin importarle que eso le costaría después se acercó a su destrozado amigo, Cosy estaba casi inconsciente —cariño háblame por favor… dime algo— le pidió suplicante.

—Aaiiss mi Diosa… me han dado duro, pero no como me hubiera gustado— bromeó provocando el llanto de su amiga —no llores Diosa— susurró Cosy con voz ahogada, estaba realmente lastimado y ensangrentado.

—Ayuda…— gritó Azul al ver que su amigo tosía con dificultad, Lucían que lo había visto todo obligó a su amigo a que se acercara, no la dejaría sola, era hora de actuar —hola… por favor— Gritó Azul agitando las manos al ver que un coche se acercaba, dejó con cuidado a su amigo en el piso y corrió para detenerlos, lo malo de su barrio era que casi no transitaban coches a esas horas y los malos estaban a la orden del día —gracias a Dios— exclamó aliviada al ver que detenían el auto, Rocco y Lucían bajaron con prisas, debían actuar a la perfección —es mi amigo, lo han lastimado— Lucían al verla llorar de esa manera se maldijo, las cosas le afectaban mucho, siempre era así.

—Déjeme ayudarla por favor…— se ofreció Rocco inmediatamente, ella fue tras él ignorando a Lucían, eso le dolió, ella ni siquiera le había recordado, pero el caso era que no lo había visto, Azul estaba muy nerviosa y solo quería ayudar a su amigo.

—¿Estoy en el cielo?— susurró Cosy al verse en los brazos de aquel fortachón rubio —for the love of sex… es un sexy rubio…— Roco alzó las cejas ante las palabras del hombre, ¿realmente era gay? Se preguntó incrédulo. Subidos al auto Azul llevaba la cabeza de su amigo sobre sus piernas, no dejaba de llorar, si a él le pasaba algo por defenderla no se lo perdonaría —Diosa, si no dejas de llorar me voy a enojar— le miró atreves de sus pestañas, tenía los ojos casi cerrados por lo hinchados que estaban —debes agradecer que me pasó esto, mira… hay dos galanes, uno para ti y otro para mí— Azul sonrió entre lágrimas.

—No cambias, mírate cómo estás y tú sigues bromeando, no hables, debes descansar— le pidió acariciando tiernamente el cabello largo y moreno de su amigo —muchas gracias por la ayuda, realmente se los agradezco mucho— miró hacia el frente —si no hubieran llegado no sé lo que haría, nos robaron y no tenía como llevarlo a un hospital— Lucían sonrió con disimulo, ella realmente no lo había reconocido, pero se lo haría pagar, aprovecharía la situación, mirando a su amigo que conducía asiente, Rocco suspiró, su amigo era un desalmado, pero obedeció, los llevaría al hospital más caro del lugar, de esa manera tendrían que gastar mucho dinero y no tendría posibilidad de pagar su deuda.

—No se preocupe, ha sido todo un placer— contestó Lucían en ruso, eso le detuvo el corazón a Azul, aquella voz que resonaba siempre en su cabeza y que ahora escuchaba la reconocía, nunca la olvidó, cuando él miró por el retrovisor ella se encontró con esos ojos engañosos, aquel hombre con el que se había portado mal le estaba ayudando, se sentía morir de la vergüenza, pero antes de que pudiera decir algo el coche se detuvo, Rocco bajó del auto e inmediatamente tomó al hombre en brazos, Azul cerró los ojos al escuchar un quejido de su amigo, pero el alma se le fue del cuerpo al ver a qué hospital la habían acercado, era uno de los más caro, sin embargo no había más que hacer, su amigo necesitaba la atención.

Como era de esperarse no le permitieron entrar con su amigo, ahora que estaba a la espera pensaba en que le habían robado todo, ahora las cosas se le complicarían más, sacar su documentación costaba y no se podía estar dando ese lujo, seguramente su amigo tendría que utilizar sus ahorros en el hospital, solo rogaba que alcanzara, ella no tenía como ayudarlo.

 Abrumada por todo lo que le estaba pasando lloraba desconsoladamente, al perecer a todos los que le rodeaba le pasaba algo, si su amigo no hubiese estado con ella no lo hubieran golpeado ni robado. Lucían al verla así no lo resistía, si bien eso era lo justo que tenía que pasar algo en su corazón se oprimía, sin poder controlarlo se arrodilló ante ella y le obligó a que le mirase, Azul clavó sus oscuros ojos llenos de lágrimas en la mirada de aquel tipo, él le sonrió de una manera que la tranquilizó, cuando le sintió secar sus lágrimas era como si aquel contacto lo reconociera.

—Yo iré a buscarle agua a la señorita— se ofreció Rocco sabiendo que su amigo estaba dando el paso que esperaba desde hace más de un mes.

—No llores— le pidió en un susurro —todo estará bien ya lo veras— Azul incapaz de apartar su mirada de la de él sollozó, aquella voz le hacía sentir bien —¿Quieres contarme que sucede?— ella mordió sus labios, la manera en la que lloraba la delataban, se sabía que no lloraba solo por su amigo.

—No es nada— contestó en una voz apenas audible —es solo que estoy muy nerviosa por lo que pasó— no le contaría sus problemas a un desconocido —él solo me defendía para que no me hicieran daño, pero tal parece que las personas no aceptan a otras cuando son diferentes— Lucían frunció el cejo confundido, ella al verlo sonrió —mi amigo es gay, pero es majo, jamás se mete con nadie, simplemente estaba cuidando de mí, y ellos al escuchar su voz menos varonil sin piedad lo lastimaron— Lucían se sintió como la peor mierda del mundo, aquel era gay y no representaba peligro, pero no había nada que hacer, el plan funcionó y ahora estaba dando su paso, iba a responder cuando el móvil de Azul inició a timbrar, ella al ver de dónde la llamaban se levantó asustada casi tumbándolo en el proceso, cuando recibía esa llamada a esas horas no era nada bueno. Contestó en medio de los nervios, tras escuchar la noticia se apresuró a llamar a su amiga.

—Voy para allá Diosa, no tardo— respondió Blanca dejando al hombre a medio polvo, sus amigos eran más importantes que cualquier revolcón, Lucían veía el ahora peor estado de su obsesión, ¿Qué pasaba? ¿Por qué se puso tan nerviosa después de esa llamada? ¿Sería su ex quien había vuelto? ¿Acaso sus hombres no hicieron su trabajo? Su cabeza se llenó de muchas preguntas, tantas que casi no se da cuenta que Azul estaba corriendo para salir. Corriendo él también tras ella le alcanzó.

—¿A dónde vas?— preguntó deteniéndola del brazo, Azul que estaba a nada de un infarto se soltó y pidió disculpas para seguir corriendo —solo quiero saber— le detuvo nuevamente con más firmeza —no tienes dinero y tampoco tienes coche, déjame ayudarte— ella que cayó en cuenta cerró los ojos sin contener el llanto, apenada por tantas molestias asintió.

—Muchas gracias, prometo que le pagaré las molestias— él simplemente sonrió después de cerrarle la puerta, por supuesto se lo pagaría todo —el lugar al que voy es al Memorial Sloan Kettering Cáncer Center— a Lucían se le paralizó la existencia al escuchar aquel nombre del hospital, ¿Acaso estaba ella enferma y había recibido unos resultado desfavorables?

—¿Estás mal?— preguntó preocupado, eso a Azul le pareció extraño, ¿Por qué un desconocido reaccionaría así? Pasando de su propia pregunta negó.

—Es mi madre, ha tenido una recaída— intentaba parar el llanto, todo le estaba saliendo mal, ya no lo aguantaba más —necesita un tratamiento más fuerte para que pueda resistir más y ver si pueden hacerle la operación, pero me han robado y ya no tengo para pagarlos, si no mejora no será candidata para la operación y cada vez quedará más abajo en la lista— eso a Lucían le partió el alma, mataría al imbécil de su amigo, creyó que ya ella estaba muerta, no le dijeron nada de eso, esa mujer era importante para él, por ella se salvó en más de una ocasión de las palizas de su padre. Sin decir nada aceleró, ese mismo día la tendrían que operar, si estaba en sus manos ayudarla lo haría, ella era un asunto independiente de su hija, jamás la dejaría morir si podía ayudarla.

Al llegar se apresuró a entrar tras de Azul, ella no se percataba del estado de aquel extraño, Lucían tenía miedo, si a esa mujer le pasaba algo se sentiría culpable, tantos años trató de buscarla y ahora que la encontró estaba en un estado crítico, maldecía una y otra vez a Rocco, el idiota no investigó como se debía.

—Hola Azul— le saludó la recepcionista de turno, ya la conocían, habían sido muchas las veces que Azul prácticamente vivía en ese hospital, su madre había tenido una mejora, pero recientemente había recaído con más fuerza, sus riñones estaban casi dejando de funcionar y si no se operaba lo antes posible el cáncer podía extenderse.

—¿Dónde está? ¿Puedo verla?— la mujer suspiró siempre le tocaba ver llorar a mucha gente, pero con Azul era distinto, esa mujer luchaba por su madre sin importar nada, trabajaba cuantas horas pudiera y la venia a ver siempre no importaba lo cansada que estaba —es mi culpa, el trabajo me ha absorbido esta semana y no la pude venir a ver— Lucían cada vez se sentía más culpable, pero no por ella, por la mujer que estaba enferma.

—Realmente está mal Azul, no te voy a mentir ni a dar falsas esperanzas, si te llamé era para saber si pagarías el tratamiento que ella necesita, recuerda que cada vez está más abajo en la lista y…

—Denle el tratamiento, yo lo pago— interrumpió Lucían captando la atención de las dos mujeres —quiero que la pongan en la lista de primera, yo pagaré todos los gastos incluido la operación— Azul se sintió morir, no comprendía porque ese hombre se ofrecía a tanto, aquella operación era costosa al igual que el tratamiento, mismo que se le negaba por la considerable deuda que tenía.

—¿Qué?— pregunto Azul incrédula —por supuesto que no, no tendría como pagarle algo así— Lucían que esta vez estaba ofreciéndose sin esperar nada a cambio negó.

—Quiero hacerlo, ¿Acaso no quieres que tu madre se recupere? Pues esta es una oportunidad y debería aprovecharla— ella le miraba atónita.

—Azul— le llamó la recepcionista —no seas tonta, acéptalo, recuerda que tu madre ha sufrido mucho, recuerda esos tantos días que no descansabas porque debías trabajar y cuidar de ella. Tienes una deuda bastante grande y no tendrás la facilidad de cancelar para que ella sea considerada en lo que necesite, piénsalo— Azul deseaba que su madre se recuperara, ¿pero cómo aceptaría ella algo así? No conocía a ese hombre, la primera vez que se vieron ella lo insultó como nunca antes había insultado a nadie. Soltando un gran suspiro mira a los ojos a ese hombre que le miraba sin parpadear y con un gesto bastante serio.

—Está bien, muchas gracias por esto, prometo que le pagaré cada centavo aunque esto me tome toda la vida— él negó, esto no quería que se lo pagara, esto lo hacía por amor a esa mujer que fue su salvadora y protectora cuando era un niño.

—Te ves cansada, ve y siéntate, yo lo arreglaré todo— al ver que no obedecía resopló —no puedes ver a tu madre, obedece lo que digo— casi gruñó, ella al escuchar aquel tono asintió y se retiró dejándolo con la recepcionista, estaba confundida, ¿Cómo era que ese hombre llegó de la nada y salvó a su amigo? Y ahora también a su madre, quizás su suerte estaba cambiando, o quizás aquel hombre hacia eso con un propósito, ¿pero con cuál? Era mucho dinero y no había algo en el mundo que pudiera querer tanto como para ayudarla de esa manera.

Mientras Lucían se ocupaba de todo ella llamó a su amiga para saber cómo iba todo con su amigo, tras darse cuenta que pudieron pagar la cuenta entre los dos y que lo habían dejado en observación insistió en ir con ellos, pero sus amigos tenían razón, debía descansar, estaba pasando por mucho.

Pagadas las cuentas y con fecha de operación para su madre permitió que aquel hombre le llevara a su casa, pero la sorpresa que le esperaba ahí le hizo sentirse destrozada, la felicidad de que su madre se repondría se le fue al piso, ¿De qué valía si ella salía de todo cuando después no tendría donde tenerla? Sentada en el piso miraba todas sus cosas fueras del departamento, no salía de una cuando ya estaba en otra, se suponía que le habían dado 3 días.

—Ya no puedo más— susurró con sus manos en la cara, su vida parecía un chiste, si bien sus amigos no la dejarían en la calle cuando saliera su madre no la podía tener con ellos, estaba atada de manos y de pies.

—Wow…— susurró con asombro —¿Te han echado?— Azul le miró y descomponiendo el gesto asintió, Lucían sonrió internamente, ese día le estaba saliendo todo bien, y aunque lo de Azucena le había afectado ya con la esperanza de que podría curarse no tenia de que preocuparse más que cumplir lo que deseaba, hacer pagar a esa mujer frente a él y de paso quitarse esa obsesión por tenerla a su lado.

—Sí, me habían dicho que sería dentro de 3 días, pero no sé lo que ha pasado— se limpió las lágrimas que no dejaban de salir —ahora mis amigos están en el hospital y no podré ir— revisó sus cosas por inercia, realmente no estaba mirando nada.

—Ven conmigo a mi casa— le ofreció Lucían, si ella tocaba esa casa estaría perdida y él estaría a nada de iniciar su plan de lleno, Azul negó horrorizada, lo que menos quería era seguir incomodando a ese hombre —me lo debes, has dicho que no sabías como pagarme todo, pues bien, estás en la obligación de dejarte ayudar más por mí— ella frunció él cejo, ¿ese hombre estaba loco o realmente era un ángel que había venido a salvarla?

—No podría, ya me ha ayudado mucho, no quiero abusar de usted, además yo me comporté muy grosera aquel día del accidente, estoy realmente apenada— le miró a los ojos después de limpiarse los suyos —no podría aceptar algo así— él sonrió, no podía con ella, era tan buena que deseaba con todo su ser corromperla y que aprendiera como era el mundo realmente.

—Si realmente quieres mis disculpas ven conmigo— le sonrió.

—¿Para qué vino aquí?— preguntó ella cambiando de tema, Lucían que ya tenía su plan le mostró un paquete.

—Supuse que no habías comido nada y fui por algo de comer, pero ahora que lo pienso bien te lo daré únicamente si me dejas ayudarte— Azul sorbió sus mocos, no entendía el afán de aquel hombre por ayudarla.

—No lo entiendo, ¿Por qué me ha ayudado tanto?— él resopló, se estaba cabreando.

—Porque cuando yo estaba en una situación como la tuya nadie me ayudó, supongo que me crucé en tu camino para esto, si tengo la oportunidad de darte una mano lo haré, sé muy bien lo que se siente estar en tu lugar— esas palabras hicieron pensar a Azul, se escuchaba sincero, él realmente le ayudaba porque le nacía y no por querer aprovecharse de ella —así que me debes unas disculpas, y solo te puedes redimir dejándote ayudar, creo que molestar a tus amigos con lo que está pasando no es nada bueno…— Azul era muy fácil de manipular, inmediatamente se sintió mal, él tenía razón, sus amigos no estaban en condiciones de ser molestados y ese hombre solo quería ayudarla.

—Está bien— accedió finalmente —solo déjeme ir con un vecino para que me cuide mis cosas, no puedo dejarlas aquí— lucían que se regocijaba por la primera de sus victorias quedó serio al escuchar eso de vecino.

—Mis trabajadores vendrán por todo ya mismo, no quiero que vayas con ningún vecino— el tono con el que le habló sorprendieron a Azul, ¿Qué le sucedía? —venga vamos, ya los llamaré— ella sin decir nada y extrañada por aquel comportamiento asintió y caminó hasta quedar frente a él, Lucían miraba el culo de Azul con deseo, esa noche ella seria de él y así iniciarían con ese juego donde él saldría victorioso.

El camino fue silencioso, Azul estaba algo nerviosa y no podía evitar la desconfianza, estaba quedando loca, estaba con un hombre que no conocía de nada pero que le ayudó de una menara en la que nadie lo haría, se dirigía a su casa sin saber dónde quedaba, pero por mucho que no lo hubiera aceptado no tendría donde dormir, sus amigos tenían compañeros de piso y no podría estar tanto tiempo con ellos, realmente no tenía opción.

Tras 1 hora de camino finalmente llegaron a una mansión, Lucían jamás la llevaría a su piso, la tendría lo bastante lejos de todo, ella solo seria de él, eso lo iba a lograr sin que ella lo notara, Azul miraba todo asombrada, estaba en una mansión, ella jamás se había imaginado eso, pero no dice nada, se limita a seguirlo sin curiosear demasiado, no era de las que se llevaban por los lujos.

Llegados a la habitación donde ella dormiría desde ese día entran, Azul lo miró todo, estaba enorme y muy bonita con esos colores claros, sonrió al ver la cama, era enorme, era su cama multiplicada por unas 5, eso era demasiado.

—Muchas gracias por esto, ahora te debo más de lo que te debía— sonrió, estaba dispuesta a pagarle, desde luego le llevaría toda la vida, quizás convirtiéndose en esa cantante que soñaba lo podría hacer, pero a como marchaban las cosas era difícil.

—No tienes que agradecer— suspiró sin dejar de mirarla, su plan había marchado a la perfección, ahora solo tenía que hacer que ella aceptara quedarse con él, quizás le propondría que fuera su amante, pero eso le asustaría, por otro lado ella era bastante manejable —¿Puedo hacerte una propuesta?— Azul frunció el cejo, pero aun así asintió —eh visto que estás sola y necesitas mucha ayuda, te propongo que vivas aquí conmigo, junto a tu madre claro, por cierto mañana la trasladan a un hospital mejor— esa idea no le estaba gustando, se le hacía muy extraño —yo también estoy solo, no hay problema con nada, si aceptas mi propuesta tu cuenta conmigo se saldará— el corazón de ella latía con fuerza, no debió confiarse en ese hombre.

—Está loco, no soy de esas mujeres, jamás pagaría nada con mi cuerpo— estaba asustada, eso era una locura.

—Créeme, lo vas a disfrutar tanto que no lo verás de esa manera— sonrió al verla tan inofensiva y asustada, estaba hecho, ella ya era suya. 

Lucían estaba extasiado al ver a su obsesión en la misma habitación, sus pensamientos oscuros cubrieron su mente, no dejaría pasar la oportunidad. Antes de que ella pudiera dar un paso para alejarse de él, la tomó por el cuello y la pegó contra la pared sin soltarla, era pequeña, hermosa y tentadora, le miraba como si fuera lo único valioso que había en el mundo, Azul estaba asustada, aquel hombre la tenía del cuello, no la lastimaba, pero su gesto serio no era nada conciliador, quizás en otras circunstancias ese acto fuera erótico, pero que él la estuviera presionando con su cuerpo fuerte le hacían sentir un peligro que no existía, y que ella insistía en ver, no debió confiarse, solo había estado en esa casa 5 minutos y ya él la tenía acorralada después de su indecente propuesta, aquel sensual acto se le hizo muy conocido, pero sensualmente como pensó él había visto su gesto al acorralarla contra la pared le cruzó los testículos con la rodilla, no se dejaría manosear, ella no era así, no lo conocía y si bien le debía mucho no era con su cuerpo que pagaría. Lucían Molcovick vio a Dios por primera vez frente a él, la excitación y la calentura del momento se esfumaron con aquel golpe igual como pasó aquella vez en esa bodega.

—Jamás en tu vida vuelvas a tratarme así— estaba asustada, pero trataría de sonar tan dura como pudiera, debía dejarle claro que ella no era de esas —no soy un ratoncito a quien puedas acorralar— sentenció, ¿De qué hablaba? Se preguntó Lucían, aquel gesto era erótico, cualquier mujer hubiera caído tentada al estar contra la pared y su cuerpo, no creía lo que veía. Sin recuperarse totalmente del golpe al ver las intenciones que ella tenía de marcharse se acercó y tiró de su brazo con la fuerza suficiente para que girase, su fornido cuerpo la detuvo, esta vez la tomó por las mejillas con sus dedos y la besó, aquel beso era fuego, era pasión y deseo, fue correspondido, nadie por muy fuerte que fuera podía resistirse a esos tentadores labios que exigían de manera pasional. Los labios de Lucían eran deseados por muchas, y aquellas que no lo deseaban, solo bastaba probarlos, Azul reconoció aquel beso, era ese que no se había sacado de la cabeza. Lucían separándose un poco de esos labios que eran los más dulces que él había probado le miró a los ojos, Azul estaba confundida, ¿Cómo era posible? ella jamás lo vio en el bar del hotel, ¿Cómo era posible que ese  hombre ante ella era el mismo de la bodega?

—Jamás, jamás en tu vida vuelvas a cruzarme las bolas con las rodillas, si lo vas hacer que sea con tu lengua— eso a Azul le causó gracia, por supuesto lo haría siempre que él pensara acorralarla, pero no con su lengua.

—Idiota— le insultó, esta vez si se lo merecía, ahora todo podía tener sentido, aquel hombre la seguía y ella no se daba cuenta, era la única explicación para todo lo que había pasado. Como resultado de aquella ofensa obtuvo un beso —imbécil— intentó nuevamente, pero el resultado fue el mismo —patán— seguía intentando, algo debía dolerle, pero no era así, él le daba un beso con cada insulto que recibía, ella siguió hasta que se dio cuenta que él no se detendría, pero era una cabezota y seguía atacando —capullo— Lucían sonrió, ella jamás se daba por vencida.

—Gastaría tus labios antes de responder a tus insultos, por mi puedes seguir y así yo disfrutaré más de esto— las mejillas de Azul estaban doliendo, ya era mucho el tiempo que él se las estaba presionando, pero no quería salir de ahí sin verle herido o perturbado por sus palabras, ese hombre era frío y parecía no tener sentimientos, de esa misma manera reaccionó aquel día que le insultó —piensa en lo que te he propuesto, solo tienes que pertenecerme y tu deuda estará saldada, te daré todo lo que tú quieras, te atenderé siempre que lo exijas, solo tienes que darme tu cuerpo— ella decide soltarse y salir de ahí no lo soportaría más, por supuesto no aceptaría algo así. Al dar dos pasos se ve nuevamente contra el cuerpo de ese hombre que se sentía duro —no faltes a la cena que he preparado para ti, te quiero ahí a tiempo, que sea en 30 minutos, así que yo tú no salgo de aquí y me apresuro a arreglarme, de no ser así me obligaras a castigarte— Azul sonrió con desprecio.

—Solo ver tu cara de ogro estreñido supone un castigo— sin decir más se sentó en la cama, por alguna razón la palabra castigo no le había agradado, no lo entendía, ¿Por qué a ella? habían muchas mujeres de las que podía obtener lo que quería sin esfuerzo, pero ahí estaba ella mirando aquel andar chulesco de ese hombre que la ayudó, pero que ahora le pedía su cuerpo para saldar su deuda —eso Azul… sigue pensando que hay gente buena que ayudan así sin más— se regañó, pero no podía estar molesta del todo, su madre tenía las esperanzas de mejorar gracias a ese hombre, además le estaba ofreciendo un techo junto a su madre. Sacudió la cabeza ante sus pensamientos que consideraban aceptar aquella propuesta.

Lucían quería volver a la habitación, desnudarla sobre la cama y después follársela contra la pared hasta dejarla inconsciente, pero con ella no debía ser así, aquellos impulsos debía dejarlos de lado, su frío corazón se derretía cada vez que pensaba en ella y era mejor ir despacio o podría salir mal todo y no estaba dispuesto, él siempre controlaba todo y a todos.

La cena se dio en total silencio, Lucían como el capullo que era comió lo que había comprado en el restaurante de comida rápida, se burló de Azul, aquella pensaba que era una cena importante y se topó con un montón de cajas chinas.

Azul cansada y con ganas de irse de aquel lugar volvió a la habitación que le habían asignado, pensar en que estaba en las manos de ese hombre le horrorizaba, quería llamar a sus amigos, pero temía que si lograba salir de ahí él ya no ayudaría a su madre, por lo que llorando se durmió, lucían quien la veía a través de la pantalla sonrió, era su momento de darle una buena demostración a esa mujer, llegado a la habitación con sumo cuidado la desnudó, ella estaba tan cansada que no se movía ni por sentir su contacto. 

Miraba aquel cuerpo perfecto, estaba nítido, sonrió de manera lujuriosa al tenerla finalmente desnuda para él, no se la follaría como quería, aunque su polla estuviera desesperada por hundirse en ella se abstendría, tenía que ser inteligente, ella era fácil de dominar, pero por alguna razón en el sexo era muy cerrada así que le haría desearlo hasta el punto de que ella sola cayera. Atada de manos y de pies Azul dormía plácidamente sin saber lo que pasaba, aquel sueño con ese hombre de la bodega y que hoy había conocido le daba placer, lo sentía como si fuera real, siempre era así, gemía, se aferraba a las sabanas con fuerza por el gusto que estaba sintiendo, la lengua de ese idiota recorría cada rincón de su cuerpo y su vello se erizaba tanto que dolía. Lucían sonrió al escucharla gemir con tanto desespero, lo estaba disfrutando, pero le parecía extraño que no despertara, así que dando una pequeña mordida en su clítoris obtuvo lo que deseaba, su sabor era único y delicioso.

—Era hora— susurró contra la humedad que saboreaba, Azul le miraba con ojos cristalizados por el placer, quería quitarlo o presionarlo más, quería gritar por ayuda, o solo por placer, no sabía muy bien como sentirse ese hombre la estaba saboreando y a ella le gustaba, sentía calor y mucho deseo por él. Intentar tocarlo o moverse y no poder le abrumaba, estaba desesperada, quería explotar, en su bajo vientre había una presión que cada vez le hacía sentir más calor y convulsionarse como una loca.

—Ya… ya por favor— le pidió en medio de temblores, pero él no se detendría, aquel orgasmo lo bebería todo y se quitaría cuando ella perdiera todas las fuerzas –Aaahhh… Dios…— chilló con ganas de apartarlo, era mucho placer y no sabía qué hacer, aquel orgasmo casi la mataban por la intensidad, ese hombre la estaba matando a lengüetazos y ella no podía hacer nada más que disfrutar y gritar cuanto pudiera —por favor… ya basta… ya no lo soporto— las lágrimas recorrían sus mejillas, ese placer era tanto que deseaba que parara o siguiera, era delicioso, caliente y muy intenso, Lucían no se quitaba, succionaba, lamia y mordía siempre que podía, ese elixir era el mejor que había probado en su vida, quería más de ella, ya no quería parar nunca más y aquel deseo que estaba sintiendo le aterraba. Confundido y con ganas de destrozarla con sus empellones se despegó bruscamente, Azul le miró agitada, los dos se veían a los ojos, eso a ella le gustó y deseaba más, él quería poseerla hasta el cansancio, pero no lo haría, su plan estaba antes que todo y el siguiente paso era que ella lo deseara. Dejándola ahí desnuda y atada con solo una manta cubriendo su cuerpo salió de la habitación bastante confundido, debería sentirse menos atraído, ya la tenía ahí, la había probado como tantas veces deseó, ¿Por qué sentía esa necesidad por ella más grande de lo que la sentía cuando no la tenía? Confundido y con el olor a ese coño delicioso en la cara se acostó y asustado por lo que sintió se durmió.

Azul por su lado se sentía desmayar, él le había dado tanto placer que la agotó, quería sentirse mal por lo que él le había hecho sin su consentimiento, pero el sueño y la debilidad le ganaron la batalla. Con ojos llenos de lágrimas, respiración agitada y completamente atada y desuda se volvió a dormir con una relajación que no sentía desde hace mucho.


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