Linajes
Linajes
Author: Blanca Rios
CAPÍTULO 1

El sonido de mi respiración era lo único que podía escuchar. Siempre me pregunté qué pasó con mis padres y por qué me abandonaron. Sin embargo, dejé de preguntarme por ellos al entender que nunca saldría de este lugar.

Este era mi destino. Jamás saldría de este sitio. Mi vida estaba confinada a permanecer aquí hasta mi último suspiro.

Muchas noches rogué que alguien me ayudara y me sacara de este infierno, pero ¿quién ayudaría a un chica extraña y calva que era más un cadáver viviente?

 Incluso rogué muchas veces que mi mate me sacara de aquí, pero con el pasar de los años entendí que nunca llegaría, porque lo más probable es que ni siquiera existía o no le importaba mi existencia.

Lloraba noche y día por el sufrimiento que mi cuerpo pasaba, pero con el tiempo mi cuerpo dejó de sentir el dolor y dejó de sufrir.

Al sentir el dolor, dejé mi cuerpo a merced de mis verdugos para que hicieran con él lo que quisieran mientras mi mente divagaba en algún lugar ajeno a este.

Extrañamente, siempre tengo sueños confusos y hermosos al mismo tiempo. Para mí eran suficientes, ya que me mantenía con una esperanza de ser feliz cuando cerraba los ojos; me veía corriendo hacia un hombre, pero no lograba ver su rostro.

Aunque solo fuera cuando lograba dormir por unas horas, era más que suficiente para mí. Esa paz que sentía al dormir desaparecía al verme encarcelada en esta fría celda. Me usaban como rata de laboratorio; hacían heridas tan profundas que algunas nunca lograron sanar por ellas solas y metían líquidos en mi sangre. Eso hizo que mi cabello dejara de crecer a muy corta edad. ¿Por qué lo hacían? ¿El motivo? No lo sabía. Siempre deseaba ver el exterior, ¿cómo era?, pero cada día que pasaba perdía las esperanzas de salir de aquí. Mi cuerpo estaba en su límite, y lo sentía. Ya solo deseaba la muerte para dejar de sufrir. Me alimentaban una o dos veces al día, pero era una miseria la comida que recibía para que no muriera de hambre. No obstante, mi cuerpo me daba a entender lo contrario.

Me llevaban de nuevo a mi celda. Otro día más de sufrimiento. Ya ni siquiera veía piel en mí, solo veía huesos. Encadenaron mis brazos y mis pies. Los guardias salieron entre risas por mi desgracia. Yo, en cambio, deseaba dormir y no volver a despertar.

—Solo… quiero dormir —musité cansada cerrando mis ojos.

Solo me dejaría llevar otra vez por mi sueño porque era el único lugar en el que podía ser libre, sin cadenas.

Mi vista pesaba demasiado. Estaba exhausta y solo quería dormir, pero el sonido de un estruendo me hizo abrir mis ojos. Observé mi alrededor; las paredes no dejaban de temblar. Otra explosión se hizo presente en la celda donde me encontraba encerrada. Solté un quejido de dolor al sentir mi brazo arder a causa de los movimientos de las cadenas sujetadas a las paredes que mantenía mis brazos estirados.

Otra explosión más sacudió los cimientos del lugar. Las paredes se derrumbaron. Mis brazos y pies se liberaron. Había mucho humo. Al desaparecer, vi que mi brazo estaba dislocado. Mis ojos dejaron de ver mi brazo derecho al ver unos destellos de luz en la única pared aún de pie. Me di la vuelta hacia mi espalda. Mis pupilas no dejaban de admirar el hermoso paisaje que tenía frente a mí; las paredes de ladrillos ya no estaban a mis espaldas, ahora tenía el hermoso paisaje del bosque.

—¡Capturen a todos los prisioneros que han escapado! —gritó una voz que provenía de los corredores.

Aún tenía las cadenas sujetas a mis brazos y tobillos, pero ya no estaban sujetas a la pared. Tenía una oportunidad de salir de aquí, y la tomaría. Rogué a mi cuerpo que se moviera para escapar. Si tenía una oportunidad para vivir una vida diferente, la tomaría, aunque muriera en el intento. Mis piernas temblaban gracias a mi delgadez y desnutrición. Me forcé a mí misma a correr. Como pude, logré conseguirlo. Me adentré en el bosque. Podía oír las voces de quienes buscaban a los que se escaparon, así que corrí lo suficiente. Miré hacia atrás para asegurarme de estar lejos de ese lugar y también lejos de ellos.

Mi respiración era agitada. Me sentía mareada y cansada.

La respiración se me dificultó demasiado, al punto de ahogarme por la falta de aliento, pero podía comprender por qué me sentía así.

—Y-Ya no puedo más.

Fatigada, busqué un lugar donde pudiera descansar. Apoyé mi cuerpo contra un árbol y me quedé quieta. Intenté tomar aliento y descansar un poco para seguir corriendo.

Empecé a preocuparme al escuchar pasos cerca de mí. El miedo me invadió por completo, ya que no tenía las fuerza para continuar. Si ellos venían por mí, ya no podría hacer nada para escapar.

Unas manos gruesas me tomaron por la espalda y cubrieron mi boca. El temor inundó mi cuerpo al imaginar que mis esfuerzos por huir fueron en vano. Lo único que podía pensar era que iba a volver a los calabozos a sufrir.

Cuando me imaginé en aquella fría y mugrienta celda, mis lágrimas rodaron por mis mejillas al no querer volver a ese lugar y seguir siento torturada.

Quería un milagro.

No quería volver a sufrir.

Quería vivir una vida como una chica normal.

—Shhh.

Con la poca fuerza que tenía trataba de moverme para poder huir del hombre que me tenía aprisionada. Su respiración estaba muy relajada en comparación a la mía, que se encontraba acelerada por el miedo de que los vampiros me capturaran.

Al ver que también estaba escondiéndose de los vampiros, me quedé pensativa. ¿Acaso él tampoco quiere ser atrapado?

Empezó a aflojar su mano de mi boca al oír las voces alejándose. Cuando me soltó, intenté alejarme de él entre empujones, pero mi cuerpo estaba débil. Con torpeza, me enredé con mis propios pies y caí sentada sobre las hojas húmedas que cubrían la tierra.

Me desplomé rendida al sentir el suelo sin importarme que estuviera con alguien que podría matarme de un solo golpe, pero yo solo quería cerrar mis ojos y descansar un poco.

—No te duermas —pidió el extraño.

Escuché su voz algo lejana.

Abrí mis ojos un poco y pude visualizar a un hombre de unos 35 años. Cabello negro, alto y de buen parecer. Se veía imponente. Su vestimenta le favorecía mucho a sus rasgos faciales.

—¿Q-Quién eres? —inquirí nerviosa al no saber quién era.

—Soy Jonathan —respondió con serenidad—. La pregunta debería hacerla yo, ¿no crees? Es más, ¿quién eres tú y qué haces aquí?

—¿P-Por qué habría de contestarle a un desconocido? —murmuré cansada.

—Porque yo te dije quién era. —Se colocó en cuclillas frente a mi

Tenía temor, pero él tenía un buen punto a su favor. Al haberme dicho quién era, no parecía una persona mala. Además, si quisiera asesinarme, ya lo habría hecho, ¿no?

—Cha-Charlotte —respondí sin fuerzas.

 Él me observaba en silencio; trataba de encontrar rastros de mentiras en mis palabras, pero eso era lo de menos para mí. Lo único que se cruzaba por mi mente para invadir mi cuerpo era el miedo de que me llevara de regreso a los calabozos. No quería volver ahí. Lo extraño era que no parecía un soldado.

—¿M-Me llevarás de nuevo con ellos?

—No te preocupes —me sonrió—, estarás bien. Vamos. —Asustada, solté un pequeño grito cuando me cargó con facilidad en sus brazos—. Hay que salir de aquí.

—¿A d-dónde? —pregunté algo audible.

—A mi hogar.

«¿A su hogar? ¿Por qué me llevará ahí?».

Mis ojos ya pesaban y empezaba a escuchar su voz como un eco que se alejaba poco a poco.

—Oye…

—Solo quiero dormir. —Cerré mis ojos mientras era cargada por un extraño que podría ser un enemigo, pero aun así no pude evitar descansar en algo que no fuera en aquella fría celda.

Ya mi cuerpo no soportaba más el cansancio.

No sabía hacia dónde me llevaba este hombre y tampoco estaba segura si en verdad me llevaba a su hogar como él decía, pero solo deseaba concederle a mi cuerpo un poco de descanso. Mi organismo se sentía pesado. Imaginé que era a causa de la debilidad.

Parpadeé un par de veces a medida que abría los ojos poco a poco. Visualicé la silueta de una mujer parada a mi costado derecho mientras me observaba. Sentí un poco de peso en mi mano izquierda. Al logra ver con más claridad, miré a mi alrededor y luego fijé mi vista en lo que me daba tanto peso en mi brazo. ¿Un niño? Había un niño durmiendo con placidez sobre él. Era idéntico al hombre que me rescató.

—¡Ya despertó! —La mujer alzó su voz un poco—. ¿Como te sientes? —cuestionó con una sonrisa cálida.

—B-Bien. —Abrí y cerré mis ojos para ver mejor.

—Me alegra mucho. —Observó al niño.

—Veo que a mi hijo le caíste muy bien —comentó el hombre, que apareció en la entrada.

Contemplé al niño.

—¿Por qué me ayudan? —tartamudeé.

Escruté al hombre que se presentó como Jonathan, pero él solo se fue sin responder a mi pregunta. Me sentí mal al pensar que mi atrevimiento era mucho después de que me salvara.

—¿Como que por qué? —Levanté mi cabeza al escuchar la voz de la mujer—. Apenas eres una pequeña que estaba al borde de la muerte. —Me miró con tanta ternura que me sentí acongojada por unos segundos. Se acercó a mí y acarició mi mejilla con cariño. Me desmoroné por la calidez de aquella caricia—. ¿Te han dicho que tienes unos hermosos ojos? —musitó. Negué y me dejé llevar por su caricia cálida y llena de calor—. Son tan hermosos, así como tú, pequeña.

—Yo… —Mi voz se perdió cuando observé aquella mirada que tanto anhelaba en sueños.

Quería llorar.

Quería refugiarme en los brazos de una extraña que me ofrecía el calor de una madre.

Cuando iba a tocar su mano, el mismo hombre que vi en el bosque y que me rescató de mi infierno, entró a la habitación y se acercó a la cama para tomar al pequeño en sus brazos, luego salió con él.

Volví a ver a la mujer; en sus ojos noté tanta preocupación y amor hacia mí que hizo que un nudo se formara en mi garganta. Parecía que mis súplicas fueron escuchadas. Traté de controlar mis sentimientos al bajar mi rostro. ¿Acaso ella estuvo pendiente de mí todo este tiempo?

Tomó mi mano y comenzó a hacerme preguntas. ¿Cómo fui a parar a aquel lugar? ¿Dónde estaban mis padres? Pero no respondí a ninguna y solo me quedé callada, ya que aún no tenía la suficiente confianza como para hablarle sobre eso. Notó mi desconfianza enseguida y dejó de interrogarme. Luego de unos segundos de silencio entre nosotras, ella se presentó. Me dijo que se llamaba Jazmín. Su esposo, quien me salvó, se llamaba Jonathan y su hijo Cristóbal. Era el que dormía sobre mi brazo.

Después de hablarme sobre su familia, me preguntó cómo había llegado a los territorios de los vampiros. Le respondí que no sabía, porque era la verdad.

—Ya no tienes de qué preocuparte —aseguró—. Ahora estás a salvo.

—Eso no es cierto —balbuceé a punto de llorar—. Ellos vendrán por mí.

—Ya verás que todo será distinto ahora.

Su forma de decirlo me daba más tranquilidad. No volvería a ese lugar, y eso era lo que menos quería.

Pasaron los meses.

Sin darme cuanta, había pasado un año.

Estuve bajo el cuidado de los Black; velaron por mí hasta que me recuperé por completo.

Después de convivir con ellos durante meses, les hablé de todo lo que viví en ese lugar. No fue nada grato recordar lo que viví ahí.

Ellos no me forzaron a nada que yo no quisiera. Con eso se ganaron mi confianza y mi cariño.

Un día, Jonathan volvió y me mostró mi nueva identidad. Tenía el apellido de ellos, haciéndome una Black.

—¿De verdad? —indagué sin creerlo.

—Bienvenida a la familia, hija.

El que me llamara hija significó tanto para mí que no pude ocultar la emoción que sentía. Estaba tan feliz porque ya tenía una familia.

—¡Gracias! —Lo abracé fuerte por todo lo que había hecho por mí.

—Desde este momento, eres mi primogénita. —Besó mi cabello—. Ahora eres Aurora Charlotte Black.

Observé con tanta emoción la partida de nacimiento que tenía en mis manos. Leí mi nombre y los de ellos, justo donde decía que eran mis padres. En verdad que ellos son lo mejor que me ha pasado.

Era de noche.

Mientras dormía, sentí mi cuerpo caliente, así que me quité las sábanas de encima.

Comencé a sentir un fuerte ardor en mi cuerpo. Me desperté del todo, ya que me ardía demasiado. De la nada, un dolor agudo golpeó mi cuerpo, haciéndome gritar, lo que alarmó a todos en la pequeña cabaña. Aparecieron en el cuarto que me habían asignado. Al verlos frente a mí, caí de rodillas. Grité que se detuviera mientras arañaba la madera del suelo al sentir que mis huesos se quebraban por dentro. Pensé que era por el líquido azul que los vampiros me inyectaron, pero Jonathan me hizo verlo a los ojos, entretanto, me decía que estaba teniendo mi primera transformación de lobo.

—Déjalo fluir.

—¡Haz que pare, papá!

—Tranquila, ya todo pasará.

Me tomé de los cabellos cuando el dolor aumentó y enterré mis uñas en el suelo. Empecé a llorar porque el dolor era insoportable. Lloré hasta que el dolor se apaciguó.

Cuando no sentí nada, me coloqué sobre mis pies y me tambaleé.

—¿Qué?

Pero parecía que aún no acababa, ya que el dolor apareció y se intensificó. Escuché mi cuerpo crujir. Ya no podía. Era como si me golpearan por dentro con un martillo. Al mismo tiempo, me rompían cada hueso.

—Un poco más, Charlotte. Ya pasará. —Jonathan intentó tranquilizarme.

El dolor de nuevo disminuía. Mi respiración se estabilizó poco a poco hasta que logré respirar con más tranquilidad.

—¿Cariño? —Jazmín observó todo desde la puerta.

—Es una híbrida —le dijo Jonathan con un deje de felicidad al mirarme.

—Eso quiere decir que hoy es tu cumpleaños. —Jazmín me ayudó a sentarme—. No se diga más, mañana lo celebraremos.

—¿Una híbrida de qué? —interrogué.

Sin querer, abrí una conexión con ellos.

—Eres mitad vampiro y mitad lobo.

Rabiosa, gruñí tan alto.

No quería ser un vampiro, pues fueron ellos quienes me lastimaron toda mi vida.

—Hija, debes aceptar lo que eres. Eres una híbrida, así que debes aceptarlo.

—Ellos no tienen corazón, papá —gruñí furiosa.

—Eso no es cierto —replicó jazmín.

—¿Por qué? —siseé cabreada.

—Porque tú eres una vampiresa que tiene corazón, mi cachorra.

Me sorprendió cuando me habló con ternura. Pensé que me despreciarían y que me dirían que me fuera, pero, en cambio, dijo que no les importaba, que ellos me aceptaban tal y como era. Nunca antes había sentido esa emoción que por primera vez sentí en ese momento. Ellos se preocupaban por mí.

Sentí un nudo en mi garganta por no saber cómo expresar mis sentimientos. Bajé mi cabeza y traté de ocultar las lágrimas de felicidad, pero fue inútil, ya que se dieron cuenta. Me abrazaron y me prometieron que no volvería a estar sola.

Después de mi transformación, pasó otro año más. Me había acostumbrado tanto a ellos.

Jazmín me enseñó todo para que pudiera asistir al instituto y ser una adolescente normal, pero le dije que no quería ir, que estaba bien así. Sin embargo, ella dijo que debía socializar con chicos de mi edad. Jonathan me enseñó defensa para cuando ellos no pudieran defenderme, pues debía hacerlo yo misma. Mi cabello había crecido. Para mi sorpresa y la de todos, era blanco. Lo único que no llegó a sanar eran algunas cicatrices en mi espalda. Al ser profundas, quedaron como un recuerdo del infierno que viví. Eran marcas que vería cada vez que me mirara al espejo. Jamás olvidaría mi pasado.

—Mamá, no quiero ir —supliqué.

—Ya hablamos de esto, Charlotte. Tienes que dejar tus miedos atrás, sí. Toma —me entregó una mochila con útiles escolares—. Todo lo que necesitarás está dentro de tu mochila. En dos días irás al instituto. —Besó mi frente para luego salir de mi habitación.

Me sentía nerviosa, puesto que estaba demasiado preocupada, y no lo podía disimular, pero no podía contradecirlos porque lo hacían por mi bienestar, o eso era lo que le hacía saber a mi mente para que no me torturara más.

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