La Élite - El Libro del Oso - Libro 1
La Élite - El Libro del Oso - Libro 1
Author: Imzadi
Capítulo 1

El afán lo consumía, no llegaría a tiempo y todo gracias a Maurice que lo entretuvo de adrede contándole chistes de pollos. ¿Acaso no tenía nada que hacer Maurice en su vida, para entretenerlo a él con chistes de pollos? Lo peor es que no pudo dejar de reír, y eso le había costado veinte maravillosos minutos, sería su primera entrevista oficial con la empresa de sus sueños, e iba irremediablemente, tarde.

Bajo su cabeza por vigésima vez a su reloj, había pedido prestado a Christopher un traje, y le quedaba algo holgado, mala suerte para él, considerando que estuvo de buena suerte que Christopher y Maurice estuvieran en ese momento en Ámsterdam, tendría que arreglar…

Salió despedido sacudido por algo que lo golpeo en las piernas, mandándolo a la acera más próxima, aturdido en el piso, miraba el muelle solo a unos pocos pasos para poder pasar el río Ámstel, de lejos escuchaba una voz que le gritaba y la verdad no entendía nada de lo que le decía, giro su cabeza viendo unos ojos verdes oscuros con chispas amarillas, que le hablaba a pleno grito y él no reaccionaba. ¿Qué había sucedido?

— ¡Oye!, como te atraviesas la calle así, ¿eres bruto o qué?

— ¿Qué?

— ¡Que eres un idiota y un imbécil!, no escuchaste cuando pite —mostrándole un silbato que sacudía en sus manos.

Aún aturdido, se sentó para tocarse la pierna, el dolor era aguantable, se miró a sí mismo, revisándose, y la mujer lo hizo acostarse de nuevo.

—Lo que me faltaba, que un idiota se levante después de atropellarlo, te voy a revisar, quédate quieto.

— ¿Revisar?, no déjame en paz, tengo que irme, tengo afán —intentando levantarse de nuevo.

Ese cuerpo femenino lo volvió a empujar con fuerza al piso, fijándose un poco mejor, esa morena tenía una contextura gruesa, y tenía bastante fuerza para inducirlo a que se volviera a acostar, y ahora le gritaba seguramente en italiano, porque no le entendía nada.

—Ma che cazzata stai facendo[1].

La observo con cara circunspecta y saliéndole interrogantes por todas partes, porque esa mujer se estaba explayando en vocabulario y gesticulando, moviendo las manos de manera frenética y la verdad, él ya se estaba molestando por su actitud.

La empujo cuando ella toco su cadera molesto a este punto, la morena parecía que lo quería examinar como si fuera un maldito paciente.

—Ya, deje de tocarme, parece loca.

La mujer se detuvo mirándolo fijamente a los ojos, frunciendo poco a poco el ceño, sus cejas se juntaron tanto que parecía que lo regañaría de nuevo, pero en vez de eso, se sentó en sus talones, colocando las manos en sus muslos de manera que se estuviera rindiendo, ladeo su cabeza y observo la bicicleta que había quedado abandonada en el pavimento, levantándose con elegancia, la recogió y se fue caminando despacio sobre la acera.

Él la observo confundido porque había esperado que ella se le enfrentara, se levantó, miro su traje sacudiéndose el polvo que tenía, levanto su mochila, dando un último vistazo a la mujer que se había sentado un poco más adelante, y empezaba a arreglar su bicicleta.

—Joven, ¿está usted bien? —Pregunto una mujer a su lado—. Estaba usted muy distraído cuando la señorita le pito.

—Sí, lo estoy, gracias.

Dando un último vistazo, la mujer peleaba con la bicicleta ahora, miro de nuevo su reloj, y salió raudo, ya estaba cerca de la multinacional, y sería su gran oportunidad para poder desarrollar todas las ideas locas que había hecho desde niño.

Hoy Peter Clauss, científico e ingeniero loco como le decía Maurice, a sus veintitrés años, saltaría a trabajar en una de las grandes multinacionales del planeta; claro, si lograba llegar a tiempo.

Tampoco es que quisiera dar una mala impresión, podría ser un genio que lo habían buscado muchas multinacionales famosas en sus avances tecnológicos, pero él no era como Maurice que le importaba poco lo que pensaran de él si llegaba tarde a algún sitio; o como Christopher que tenía la habilidad de dominar solo con un suspiro; o como Sebastián que en su característica tranquilidad manejaba a todos con una paciencia de santo; o ni que decir de Paul con el que tal vez se entendía un poco más al ser de carácter fuerte y testarudo como él; pero Nikoleta, bueno… ella era otro ser de sus amigos íntimos que era una guerrera nata y salvaje: -solo abría y cerraba sus ojos, y tenía a un grupo de hombres a su alrededor rogándole.

Hoy, tenía que primero llegar al otro lado de la orilla, y en menos de treinta minutos empezaría su nueva vida.

Se encamino hacia el muelle, donde hablo con un capitán de manera apresurada, este solo asentía la cabeza de manera divertida, haciendo que Peter se le encresparan más los nervios.

— ¿Y por qué no toma el puente? Así no gasta tanto en un trayecto tan corto.

—Porque usted está más cerca, y la verdad estoy muy limitado de tiempo.

— ¿A dónde va con tanto afán? La vida es para llevarla con más calma.

Lo que le faltaba, primero una loca en bicicleta y ahora un capitán lento que no le quería apoyar tan fácilmente.

—Ve ese edificio, al otro lado del río —indicándole con el dedo, acercando al capitán para que no se perdiera. No fuera que también estuviera ciego y le saliera con otra esencia filosófica—. Debo estar allí en veinte minutos. Y voy, muyyyy, pero muy tarde.

—Suba, haberlo dicho desde el principio, allí trabaja mi nieto.

Dando un largo suspiro de alivio, se subió a la barca con agilidad, parándose en la proa cual corsario se dirigía a conquistar y adquirir su tesoro.

—Todos los días paso a mi nieto, hace lo mismo que usted, se pone en la proa expectante para llegar al otro lado, pero le hare una sugerencia joven.

Peter se giró para esperar lo que le diría este capitán, con las canas brillantes, y sus manos curtidas por el manejo de cuerdas, su piel mostraba las señales de años trabajando en el mar.

»Si desea realmente llegar a tiempo, no se vaya por el lado izquierdo de la calle, es posible que se le atraviese un hombre en silla de ruedas que le encanta sentarse en la palabra: -ignórelo-; él le gritara que necesita ayuda, váyase por la derecha. Es un artista en engañar a las personas. Váyase con toda la calma del mundo, así no lo incitara a que lo siga, no sé porque le fascinan las personas que demuestran tener afán.

—Gracias, es usted muy amable. ¿Por qué me dice esto?

—Porque mi nieto, tuvo la mala suerte de encontrárselo el día de su entrevista y duro cuatro horas para deshacerse del hombre.

— ¿Tanto?

—Sí, aprendió la lección.

Diablos, le quedaban dieciocho minutos, si calculaba bien su estrategia de escape llegaría antes de lo esperado, pero lo que vio al otro lado le dio la mejor idea posible.

—Gracias Capitán —pagándole su traslado—. Ya sé lo que tengo que hacer. —Apenas el barco medio toco el muelle, Peter salto de este, para acercarse a un motociclista que se encontraba tomando un café, hablando un minuto con él.

—Chico listo —musito el capitán al ver a su joven pasajero subirse en la parte trasera de la moto y salir hacia su destino, evitando con habilidad cualquier distracción. Observo a su pasajero girarse y despedirse de él con una sonrisa de suficiencia, mientras giraba a ver al hombre en silla de ruegas—. Va a estar enojado Olsen todo el día —riéndose de la situación.

Realizó su creación, dejándola sin palabras.

Tres horas había durado su entrevista, -asombroso-, nunca pensó que duraría tanto, pero estaba tan emocionado que no sintió el paso del tiempo, le habían pedido que inventara algo. Él simplemente había tomado uno de sus zapatos de tacón de la entrevistadora y realizo su magia, dejándola a ella y las veinte personas más que entraron, impresionados para ver que era todo lo que estaba creando solo con su tacón.

—Bienvenido Señor Clauss —dijo con una sonrisa esa mujer rubia, extendiéndole la mano—. El presidente me solicito que lo dejara a su libre albedrío para sus creaciones, su nivel académico es impresionante, y su creatividad nos asombra —tomando en su mano lo que otrora fuera un zapato con tacón y ahora era un sistema electrónico.

—Gracias Señora Brouwer.

—Nos gustaría que empezara lo más pronto posible, ¿puede a partir de mañana?

—Sí, no tengo nada pendiente.

Con una sonrisa radiante la Señora Brouwer se retiró su otro zapato quedando descalza y riéndose al mismo tiempo, le dio la mano a Peter, levantándose de la silla, camino descalza, acompañándolo a la entrada de la empresa, donde lo despidió con una inmensa sonrisa. Peter giro a observar el letrero de su nueva empresa, llamando inmediatamente a la familia.

— ¿Aló?

—Hola Sebas, ¿están todos allí?

—Espera los llamo, están esparcidos por el local.

Pasaron unos minutos, mirando su teléfono, pensando que se necesitaba un teléfono mucho más rápido con más memoria, una cámara… bien…

—Ya estamos…

— ¡Serendipia! —grito emocionado.

— ¿Qué descubriste Pet? ¿Qué el peróxido de hidrógeno tiene dos moléculas de Hidrógeno y dos de Oxígeno? —pregunto Maurice de fondo.

—Idiota —respondió riéndose—. ¡Lo tengo!

— ¡Felicidadesss Peteeerrrr! —grito eufórica Nikoleta.

— ¡Cerebrito! —Dijo emocionado Sebastián—, estamos felices por ti.

—Sabíamos que lo lograrías —dijo Christopher.

—Fantástico, ya viste a tus compañeras, preséntame algunas —dijo Maurice.

—Ignóralo Pet, está desesperado por un cuerpo femenino —dijo Paul.

Estaba tan feliz, que la alegría lo inundaba y no le importaba en este momento las bromas de Maurice, le parecía genial que su familia estuviera todos juntos para darles las buenas noticias, por años los tenía locos diciéndoles que deseaba trabajar en esta multinacional, y su sueño, se realizaba.

— ¿Qué hiciste? —Pregunto curioso Maurice—. ¿Un deslizador volador con una silla? ¿Unos lentes para ver el futuro?

Riéndose Peter unos minutos, respiro hondo escuchando a su familia reírse por las ocurrencias de Maurice. —No, no, le pedí el zapato a la Señora Brouwer, y construí un sistema eléctrico con algunas cosas que estaban en su escritorio.

[1] Ma che cazzata stai facendo = Es una grosería italiana que se refiere a hacer algo estúpido que vendría a decir “Pero que coño estas haciendo”.

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SoledadGranate
Adoro tu escritura.
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