Capitulo II Asustada

—Puede llamarme Brenda. Ella le dice.

—Está bien, es bueno saberlo ¿Por dónde debo ir? Ya que aquello parecía un laberinto por dentro.

—Deje las maletas aquí, alguien las llevara hasta su habitación y sígame por favor.

—De acuerdo. Este castillo es enorme, ya me veo perdida muchas veces.

—Si eso pasa, solo me llama y la ayudare a moverse por el lugar.

Supo que habían llegado al despacho porque se levantaban unas puertas enormes, pasaron por una serie de pasillos que estaba segura que no recordaría nunca. La mujer a su lado se movía ágilmente por el lugar, se notaba que llevaba años trabajando allí. Abrió la pesada puerta, pero para ella fue como si fuera una pluma ¡¿Qué mierda?! Ella toco el borde de la puerta y sintió la dureza. ¿Cómo abrió la puerta con tanta facilidad? Se pregunto.

—JovenEduard la señorita Elizabeth esta aquí.

—Hazla pasar. La voz del hombre sonaba gruesa y sensual, ¿Qué? Sensual ¿Qué coño le pasaba?

—Si joven.

Ella noto algo muy raro a parte de la puerta y  la vigilancia, Brenda al entrar en el despacho bajo la cabeza como no queriendo ver al hombre que se encontraba allí dentro. ¿Era una especie de ogro? ¿Explotador? ¿Maltratador? Bueno ella no haría lo mismo, no sería su sumisa, estaba loco de remate. Respiro hondo, entro con la frente en alto esperando encontrar a un hombre viejo y amargado, con cara de pocos amigos.

Pero al contrario de todo eso, su sorpresa fue inesperada. Su maldito jefe era demasiado atractivo, por alguna extraña razón se sintió atraída hacia él, su penetrante mirada y su poderoso cuerpo eran imposible pasarlo desapercibido. Era condenadamente hermoso ¿existían hombres así? Nunca en su corta vida había visto y sentido tal atracción por un hombre a primera vista.

Despertaba algo dormido dentro de ella, era como si quisiera estar a su merced. Debía controlarse y recordar que ese hombre que estaba sentado detrás de ese escritorio era su nuevo jefe. Quien tenía el poder de despedirla y echarla a la calle si le daba la gana.

—Haga el favor de tomar asiento señorita Elizabeth.

Ella reacciono al escucharlo, aquello empeoraba aun mas. Su voz era increíblemente seductora Y desesperadamente necesitaba lanzarse hacia sus brazos. Peleaba consigo misma, se abofeteo mentalmente.

—Gracias señor Dracmantis.

—Por favor si vamos a trabajar juntos llámame Eduard.

—Entonces dígame Elizabeth.

—Muy bien. Le dijo con una sonrisa maliciosa.

¡Oh no! Algo andaba mal con ella ¿sus bragas estaban húmedas? Y todo indicaba que ese hombre era el culpable de ello ¿Cuántos años tendría? Parecía muy joven para ser dueño de una gran empresa. Al menos seria consiente del efecto que causaba en las mujeres, o en ella. Tenía que conservar el empleo y las bragas puestas.

—Bueno entonces respóndame algo, ¿prefiere que hablemos del trabajo o lo dejamos para mañana?

—Entiendo que estas muy cansada, pero prefiero que lo conversemos hoy mismo si no le molesta.

—Bueno por mí no hay problema, usted es el jefe.

Que mentirosa era, estaba realmente agotada tanto así que los parpados se les cerraban solos.

—Muy bien en ese caso, le mencionare que me gusta trabajar por las noches. En las mañanas no creo que me vea por estos pasillos o aquí en el despacho.

—¡Comprendo!

—Su paga, su pongo que Jeison ya lo converso contigo, sino, no estarías aquí sentada. Asumo que estas conforme con la suma.

—Si muy conforme.

—¡Excelente!

Porque le parecía tan excitante ese hombre, cada vez que se expresaba y hacia esos gestos con las manos, o la miraba a la cara,  ese movimiento de sus labios, su voz. Todo la envolvía. Esa imperiosa necesidad de querer tocar su piel, estaba perdiendo el juicio ¿o acaso era el cansancio?

—Muy bien un asunto menos. Habrá días que necesite que asista a mi empresa personalmente y cumpla su rol. Del resto estará aquí en la casa organizando todo lo que sea necesario.

—Claro por supuesto.

—Otra cosa, no quiero que salga por las noches del castillo ¿entendió?

—¿Por qué no? Pregunto estupefacta.

—Nadie sale de noche de mi casa, y tú no serás la excepción. Le respondió en tono de orden.

—Está bien, de acuerdo. Pero ¿Qué hay de mis días libres?

—¿Qué hay con ellos?

—Yo necesito tiempo para mí.

—¿Tiene familia o amigos aquí Elizabeth?

—No, pero puedo hacerlos.

Sus ojos eran verdes oscuros muy intensos, la intimidaban y escuchar su nombre de pila salir de sus labios había despertado su instinto salvaje. Lo vio reírse descaradamente de ella, ¿se estaba burlando?

—Bueno Elizabeth le daré los fines de semana, pero tiene prohibido salir por las noches.

—Esto no es una prisión. Le reclamo.

—No lo es, pero son las reglas.

Estaba de broma, acaso no se daba cuenta que ella era una mujer hecha y derecha que no tenía que estar pidiendo permiso a nadie.

—¡Como usted diga!

—Perfecto. Quedando claro ese punto, y en vista que ha llegado justo en fin de semana comenzaremos de lleno el lunes por la mañana. Todo se lo dejare aquí en el despacho para que usted trabaje cómoda, y por la noche nos arreglamos los dos.

El se levanto de su silla para asomarse a un gran ventanal que tenia detrás de su sillón de cuero dándole la espalda. Ella pensó que definitivamente su jefe tenía un magnifico cuerpo, muy bien trabajado, era alto y formado. De pie podía detallarlo mejor ¿lo habría hecho a propósito? ¡Era un maldito! Pero el saberlo la atracción creció más, deseaba a su jefe como una loca desesperada. Si tan solo el pudiera oler las feromonas estaría en serios aprietos en esos momentos.

Estaba completamente segura que desprendía sexo por cada poro de su cuerpo, era inevitable sentirse así. Se fijo que el se había dado la vuelta, y se le había quedado viendo detenidamente pero ¡¿Qué?! ¿Sus ojos habían cambiado de color? Ahora eran azules metalizados, estaba segura que antes eran verdes ¿Cómo era posible?

El la estaba mirando de arriba abajo mientras ella permanecía en su asiento inmutada como un pequeño cervatillo asustado. Algo había cambiado en él y eso le produjo miedo repentinamente.

—¡Hemos terminado ya! Ella pestañeo muchas veces mientras el se dio la vuelta. –Puedes irte ya, buenas noches.

A pesar de sentirse un poco temerosa de su jefe, se levanto sumamente despacio encaminándose hasta la puerta de la salida. Pero no antes sin decirle.

—Buenas noches, que descanse. El no respondió y ella se escurrió por la puerta abierta.

Mientras dormía plácidamente en la cama que le habían preparado, Eduard la espiaba  desde un rincón de la habitación. Parecía tan inofensiva allí envuelta en las sabanas, tan vulnerable y ajena a los peligros. Hace algunas horas le había costado mucho no abalanzarse sobre el cuerpo de esta, y es que, ¿como podía oler tan deliciosamente? A pesar de haber percibido temor en su ser. 

Imagino que se debió al cambio en sus ojos, no lo hizo con mala intensión, simplemente que al olerla todo en él se removió, despertando su lado salvaje. Tampoco podía pasar desapercibido que ella estaba excitada, fuese lo que fuese el era un hombre con instintos básicos, o bueno  alterados. Entonces sonrió, su adorable secretaria se sentía atraída hacia él. Bueno era inevitable ya que toda mujer no se le resistía. Lo mismo le había pasado con su antigua asistente. Pero sentía curiosidad, si lo que ella había experimentado seria gracias a su poder  o porque de verdad le atrajo como un hombre normal.

Se acerco un poco más a su cuerpo, era muy confiada dejando la puerta sin seguro. Dándole el acceso más fácil a su entrada. Claro, pero esta no era la única entrada a esa habitación. Ya estaba escasos centímetros de la chica, podía escuchar su respiración, su aroma era dulce y empalagoso. Quería probarla. Pero no debía cometer ninguna imprudencia, ya eran suficientes secretarias perdidas en su territorio. Necesitaba atender sus negocios.

Ella se removió un poco pero no despertó. Eduard lentamente fue alejándose de ella hasta tener una distancia prudente. Si despertaba y lo encontraba allí de pie en su cuarto la asustaría. La dejaría descansar, se le notaba el cansancio en lo que la vio entrar en su despacho.

La mañana del lunes había llegado, un frio abrazador comenzaba a enfriarle hasta la punta del cabello a Elizabeth. Mientras cumplía con su trabajo que le dejo su jefe en el escritorio, cosa que era mucho papeleo. Y pensar que no lo volvió a ver el resto del fin de semana pero que se podía esperar de semejante casa, quizás poseía algún compartimiento secreto. Al menos de vez en cuando a la que veía era a Brenda y era porque era el ama de llaves.

Le parecía muy extraño que su jefe no apareciera a la hora de la cena, le había tocado hacerlo sola en un gigantesco comedor. Toda esa mansión parecía como las de los cuentos de dracula, era frio, antiguo y espeluznante. Aunque su dueño era muy moderno, vestía a la moda, pero alguien debía decirle que su casa le faltaba una remodelación. Pensó en recorrerlo, pero tenía más miedo que curiosidad.

—Señorita Elizabeth el desayuno está servido.

—Me gustaría tomarlo aquí mismo, si no hay problema , y podría descubrir las ventanas.

—Lo lamento pero eso no se puede señorita. Ya le traigo el desayuno.

—Eh, gracias.

Pero si todo estaba a oscuras, gracias al cielo esa casa tenia electricidad porque de verdad que no podría hacer su trabajo con antorchas o candelabros. Para su felicidad el día paso volando, pronto se refugiaría en su habitación. Por la nota que le había dejado su jefe tendría que esperar hasta que el apareciera para poder retirarse. Lo esperaba sentada en su despacho, pero las horas pasaban y no hacia acto de presencia.

Era muy desconsiderado, no pensaba que ella podría estar muy agotada queriendo irse a la cama. Notaba que la actividad en el castillo era más activa por las noches, era extraño. Se levanto de la silla para asomarse por la ventana, las noches eran muy oscuras en Transilvania. Los caminos casi no se iluminaban. Alrededor de la mansión se podía ver una espesa neblina, y a lo lejos podía visualizar el pueblo completamente desolado. No había mucha diversión ¿Eh? Suspiro.

Distraída en sus pensamientos, empezó a sentir una corriente fría que subía desde los pies hasta el resto de su cuerpo. Al girarse quedo estupefacta. Su jefe estaba detrás de ella a muy escasos centímetros de su persona. Se había petrificado al tenerlo tan cerca. Noto que sus ojos eran igual que la primera noche que lo había visto azul metalizado muy brillantes.

En ese momento se sentía como un bichito asustadizo.

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