Capitulo III Seducida

El término el corto espacio que existía entre los dos, tomándola por sorpresa por la cintura y por alguna razón ella se dejo llevar. No comprendía por qué no reaccionaba poniendo resistencia ante lo que él pensaba hacer. Simplemente deseaba desesperadamente ser devorada, y seducida por su jefe. El la acerco más a su cuerpo y ella pudo sentir la dureza de este, instintivamente giro su cabeza hacia un lado dejando al descubierto la piel blanca de su cuello, exponiendo la vena principal, palpitando fuertemente.

A Eduard solo le provocaba encajar sus colmillos en aquel cuello apetitoso, tan blanco como la nieve. Podía ver como latía la vena aorta a toda prisa, solo una pequeña mordida y podría saborearla hasta dejarla sin una sola gota de sangre en su cuerpo. Pero por el contrario no quería hacerle eso, más bien anhelaba volverla como él para tenerla a su lado por mucho tiempo. Pero mientras tanto se conformaría con seducirla.

Con toda la fuerza de su voluntad beso su tibio cuello que estaba en la espera del roce de sus labios, ella por supuesto se estremeció  ante el contacto. El aroma de esta había cambiado drásticamente, estaba sumida en un estado de excitación demasiado alto. Eduard le beso la base del cuello un poco mas utilizando la lengua, desde su cuello subió hasta la oreja y al instante todos los vellos del cuerpo de la joven se erizaron.

Los colmillos amenazaba con aparecer, pero su cordura los mantuvo a raya. Despacio subió hasta encontrarse con unos labios carnosos. Jugó un rato con ellos, mientras Elizabeth no se resistía estaba a su merced. Escuchaba perfectamente el latir de su corazón, como bombeaba el preciado líquido por el cual el podía matar. Continuo besándola y ella le respondía rendida a el, por su parte Eduard la levanto por la cintura como una pluma posándola en su escritorio.

—¿Qué es lo que estamos haciendo? Tú eres mi jefe.

Ella no recibió respuesta alguna, lo único que recibía eran besos y caricias apasionadas. La estaba matando lentamente, el, tenia algo que ella no sabía cómo explicar, pero ese algo lograba que no pudiera pensar con claridad. Estaban sumidos en un torbellino de pasión, allí mismo, encima del escritorio. Pronto sintió los dedos de su jefe en su camisa. Estaba desabotonándola, despojándola de ella en segundos. Beso el valle de sus senos, lamiéndola  a la vez.

Debía parar aquella locura, era su jefe, por todos los cielos estaban a punto de acostarse y apenas llevaban dos días de conocerse ¿estaba loca? Pero era tan difícil, la sensación era mágica, increíble ¿Cómo detener algo así? Todo terminaría muy mal si consumían aquello. Por fin la razón salió a flote.

—Por favor Eduard detente. Esto no está bien. El se sorprendió, ella ponía resistencia.

—No me detendré, deseas esto mucho más que yo.

—Si . Dijo con un gemido. –No, claro que no. Rectifico. Los labios de el estaban cerca de sus senos.

Se detuvo, sentía confusión de parte de ella. Sinceramente no estaba decepcionado, le parecía muy interesante su nueva secretaria y eso solo aumentaba las ganas de probarla.

—Bien ¿y qué propones? Se separo un poco de ella, dándole espacio. En su mirada noto sorpresa.

—Tus ojos.

—¿Qué hay con ellos?

—Son de otro color, juraría que eran verdes.

—Siempre han sido del mismo color Elizabeth.

De algo estaba completamente segura, y era que, sus ojos no eran ese color la primera vez que lo conoció.

—Creo que la reunión la deberíamos posponer hasta mañana. Dijo al fin ella y tomo el momento para ponerse la blusa.

—Creo haberle dicho que solo trabajo por las noches.

—No le parece muy tarde ya, llevo todo el día trabajando sin parar y encima viene usted con todo este acto de seducción. Créame ya no tengo ánimos de darle ningún reporte.

—¿Entonces de que tienes ganas Elizabeth? Le pregunto en tono seductor.

Santo cielos, como podía continuar seduciéndola con su voz. Sentía tanta humedad entre sus piernas como una llave abierta.

—Solo deseo irme a descansar.

—Bien, en ese caso te veo mañana por la noche.

—Si no es mucho pedir, podría intentar llegar más temprano y no tan tarde.

—¡Tratare!

—Buenas noches. Se aliso la falda y salió con las piernas como gelatina.

Eduard la admiro al partir, produciéndole deseo. Estando consciente de que aun seguía excitada y tan húmeda gracias a él. Aun tenía que descubrir si su reacción se debía por ser un vampiro seductor nato o porque ella realmente lo deseara como un hombre ordinario. Si tan solo Elizabeth supiera todo lo que se tuvo que contener para no morderla y volverla tan salvaje como el.

Intentaba desesperadamente poder conciliar el sueño, su mente volaba y viajaba hasta el momento donde por casi nada se acostaba con su jefe. ¿Qué hubiese pasado si no fuese poseído la voluntad de detenerse? ¿Acaso había perdido la razón? ¿En qué demonios estaba pensando? Era su maldito jefe, todo se había salido de control, no se pudo resistir a los besos de ese hombre.

Se sentó de golpe en la cama y pensó, era extraño que sus labios fuesen tan fríos e igual que sus manos. Después recapacito y sonrió por su gran imaginación. Esa noche hacia un frio descomunal quizás venia de la calle, no había otra explicación. Estaba paranoica, volvió a acurrucarse en la cama y decidió que lo mejor era dormir y olvidar lo sucedido con su jefe. 

Un par de ojos brillantes admiraban la belleza de un cuerpo tendido en una enorme cama blanca, la encontró plenamente dormida, los latidos de su corazón iban a un ritmo lento. Sus mejillas estaban sonrojadas, era de esperar, ya que dentro de la mansión hacia frio. Desde que  había llegado al castillo iba a visitarla todas las noches solo para verla dormir, era una obsesión, quizás, pero el deseo de verla era insoportable.

Transcurridas algunas semanas desde la llegada de Elizabeth al impresiónate castillo de Eduard, donde su primer día de trabajo no había sido el que ella esperara en realidad, pero los demás días siguientes fueron como si no hubiera pasado absolutamente nada entre su jefe y ella. Pero aun así ella no dejaba de sentirse incomoda e intimidada por él. Podía darse cuenta como él la miraba algunas veces, y el color de sus ojos era el mismo que vio cuando la miraba con deseo, no comprendía cómo es que podía cambiar el tono de sus ojos.

Bueno para ser sincera, ella pensó que aquel castillo era muy extraño. Tanto las puertas como ventanas permanecían cerradas de día como de noche. Era toda una fortaleza de casa. ¿Para qué tanta seguridad? La verdad es que necesitaba un respiro de toda aquella locura. Vivía en las tinieblas, y no estaba acostumbrada a eso.

—Eduard necesito hablar contigo.

—Tú me dirás. Oh cielos no podía controlarse ni cuando este le hablaba.

—Necesito salir y hacer unas compras.

—De acuerdo hazlo, solo recuerda llegar antes de caer la noche.

—Aun no comprendo por qué no se puede salir de noche.

—En este pueblo no hay actividad por las noches. Además la poca actividad que existe se le puede decir que es muy peligrosa.

—Es un pueblo pequeño ¿Qué tanto peligro puede haber?

—He dicho que es arriesgado salir, y espero que te dediques a cumplir las reglas.

Ella se levanto de su asiento exasperada, nadie le hablaba así, ni siquiera su padre lo hizo. No le iba a permitir a este hombre que la trate de esa manera.

—Cumpliré sus estúpidas reglas señor Dracmantis.

—No es necesario esas formalidades.

—Ahora me parece que es momento de aplicarlas. Con su permiso.

—Aun no hemos terminado de trabajar.

—Pues yo creo que sí.

Y dicho aquello salió del despacho hecha una furia, de paso que le gritaba también la estaba explotando. El sueldo no justifica el abuso, y ya no le importaba si la despedía por su altanería.

Eduard pensó que esa mujer tenía un carácter bastante interesante, difícil de domar. Pero no comprendía que estar de noche afuera era un peligro, le podría pasar lo mismo que su antigua secretaria. Pobre chica.  Tendría que vigilarla muy bien a partir de ahora.

—Es un idiota. Iba diciendo a todo pulmón mientras caminaba por los laberintosos pasillos, la luz era tan tenue que apenas y podía ver nada de camino a su habitación. De pronto se dio cuenta que se había perdido tomando otro rumbo ¿pero dónde estaba? –Mierda no puedo ver nada, esta maldita casa no está bien iluminada.

—A mí me gusta así, ¿Qué haces tan lejos de tu cuarto?

Esa voz que le daba escalofríos, pero no por temerle, sino porque le causaba una reacción extraña en su cuerpo. Estaba detrás de ella. Volteo a verlo pero apenas y podía.

—Me he perdido que más.

—Bueno te cuento que estas parada frente a mi habitación.

Ella trago en seco, con el historial que ya tenían y esa voz tan seductora no tenía idea que hacer. No sabía cómo regresar. Quedo en silencio para no decir alguna estupidez.  Eduard podía oler su estado, y le decía que lo deseaba, estaba nerviosa y ansiosa. Su instinto salvaje estaba predominando justo en ese momento agradeciendo a la oscuridad una vez más por salvarlo de que ella no notara que sus colmillos sobresalían de sus labios.

—¿Puedes indicarme el camino de regreso?

—¿Es lo que deseas realmente?

—Si. Mintió.

El estaba consciente de que mentía descaradamente, el olor de sus feromonas estaban alocadas y su pulso había aumentado considerablemente.  Todo su cuerpo lo deseaba, vibraba con su cercanía. Estaba muy duro, y la verdad no quería pasar otra noche frustrado y enojado. Se aproximo a ella, y paso sus brazos alrededor de su estrecha cintura arrinconándola contra la pared.

—No puedo permitir que te vayas, ¿no estás interesada en conocer el resto de la casa, por ejemplo mi habitación?

—Desde luego que no. Su voz temblaba, al igual que ella.

—Mientes muy mal.

Poso sus labios en el hueco entre su cuello y la clavícula de esta, dándole pequeños besos y chupones que subían y bajaban desde su oreja hasta el valle de sus senos. Una de sus manos corono uno de sus pechos, masajeándolo suavemente, podía sentir su pezón erecto. Anhelaba morderla, sus dientes rosaban la parte suave de su piel mientras que sus manos rasgaron las prendas de ella, dejándola a medio vestir.

Estaban en medio del pasillo, y ella estaba medio desnuda. Alguien podría verlos y eso a él cómo que no le importaba. Estaba sumergida en un éxtasis y no entendía porque su jefe la ponía a temblar. El bajo las manos hasta las caderas levantándola sin problema alguno, como si fuera una pluma. La condujo hasta dentro de la recamara, esta, estaba tan oscura como la casa entera. No podía ver absolutamente nada. 

—Tu habitación es muy oscura.

—Así me gusta.

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