CAPÍTULO 34. LA MUJER QUE NO ME DEJÓ EN PAZ

Jade corría por todo el jardín buscando encontrar el camino que la llevara con prontitud hasta la casa, solo quería encerrarse en su habitación para lamerse sus heridas. No pudo contener el torrente de lágrimas que rodaban como cascadas de agua por su rostro, sentía un dolor tan profundo en el pecho que le impedía respirar, la tristeza le oprimía fuertemente el corazón y tenía la impresión de que alguien lo había tomado y estrujado de manera violenta entre sus manos.

Nunca imaginó que pudiera sentirse tan desgraciada por algo que hiciera Kerry. Deseaba por todo los medios poder arrancarse ese sufrimiento que la agobiaba. Tratando de que le doliera menos, empezó a enfocarse en su rabia y comenzó a insultarlo.

—Es un mentiroso, ruin. Lo primero que pensé de él era correcto. Eres una tonta Jade ¿Cómo pudiste

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