La maldición de las máscaras
La maldición de las máscaras
Author: S.V.
Una máscara diferente

En un reino antiguo, poderoso y lejano, regia una mujer sabia y hermosa. Era tan vasta su belleza, que no existía un solo hombre que la despreciara. Era fácil pensar que la vanidad había consumido el corazón de aquella soberana, sin embargo, ella no era feliz. La reina envidiaba a las mujeres menos agraciadas. Hastiada de la atención, ya no se arreglaba, deambulaba por palacio como una pordiosera, llegando incluso a escabullirse a las cocinas para cubrirse de polvo y carbón, pero aquello no le bastaba para esconder su belleza. Empezó a usar una máscara que la hiciera lucir horrible, pero no resultó. Intentó escapar del palacio varias veces, pero sus súbditos la protegían incluso de sí misma. 

Se sentía desfallecer, agobiada de todo llegó a pensar en quitarse la vida, pero aquella idea desapareció con la visita de una viajera. Se trataba de una poderosa hechicera, quien, al ver a la reina en su sufrimiento, se ofreció a ayudarla. La soberana le contó con detalles sus penurias hasta su presente situación y al acabar le pidió un deseo. La hechicera permaneció pensativa por unos minutos pues a su parecer, la reina podía perder mucho si ella cumplía aquella petición. Sin embargo, a pesar de las advertencias y sugerencias de la visitante, la soberana no cambió de opinión, por lo que, sin hacer más preguntas la hechicera cumplió su deseo. 

La reina la hizo prometer que nunca le contaría a nadie como revertir aquella petición y luego de darle su palabra la hechicera continuó su camino y nunca más regresó. Desde aquel día cayó una blasfemia sobre la familia real; la maldición de las máscaras. Una máscara de inmensa belleza, aparecería sobre el rostro de todos los descendientes de la reina y no podía ser removida de ninguna manera. Únicamente ella sabía el modo de romper la maldición, pero nunca lo reveló y la hechicera no fue vista de nuevo por aquellas tierras, como le prometió. Tras la boda de la soberana se descubrió que aquella maldición, no se reservó solo para quienes llevaran su sangre, pues sobre el rostro del rey, apareció una máscara y tampoco pudo quitársela.

Cuando nació su primera y única hija, la historia se repitió y así como fue con ella, fue igual con las hijas de sus hijas y las de sus hijas, durante seis generaciones, hasta el nacimiento de un heredero varón en su linaje. Aquel suceso rompió la línea de herederas de la reina y dio comienzo a un nuevo tiempo en la historia de aquella familia.

Al igual que como el resto de sus antecesoras, una máscara cubrió el rostro del príncipe al nacer, algo que ya se esperaba. Sin embargo, este príncipe no era como sus ancestros; su máscara era especial y él, era un joven absolutamente opuesto a la línea de princesas que lo antecedía. Desde niño fue en extremo intrépido, irreverente, soberbio e impulsivo. Testarudo como solo él podía serlo, trató desde que pudo ponerse las manos sobre la cara, de arrancarse la máscara, aun si tenía que arrancarse la cara con ella. Su madre, una heredera del linaje de aquella antigua reina, esperaba tener una hija, como sus antecesoras, por lo que no estaba segura de cómo lidiar con un príncipe. Y aún menos, con un carácter como el de su hijo.

Aquel heredero fue el primero que se dedicó a buscar una solución a la maldición, pues la máscara que cubría su rostro era particular. Aquella pieza cambiaba según el humor de su portador. A diferencia de sus antepasados, a quienes les aparecía una máscara inexpresiva y morían sin expresión alguna, este príncipe quizás moriría con una mueca completamente opuesta a la que tenía al nacer. Muchos se burlaban diciendo que todo iba a depender del humor que tendría el día de su muerte. Aquella peculiaridad era el motivo por el cual, el príncipe deseaba arrancarse la máscara aun si tenía que quitarse la cara para lograrlo. Su madre intentó hacerlo desistir, pero era inútil, él estaba decidido a ponerle fin al asunto.

Odiaba sentirse como un libro abierto, así lo describía. Aquella maldición le costaba las mentiras, aun las piadosas. No tenía forma de esconder sus sentimientos e incluso resultaba sencillo descubrir lo que pensaba de las cosas con absoluta sinceridad, sin que hubiese podido pronunciar palabra alguna. Él no podía esconder nada, por lo que era mejor abstenerse de contarle algún secreto, pues estos acababan siendo descubiertos. A pesar de todo esto, su madre lo amaba, ella no tenía dudas de que su hijo era un joven apuesto, aun cuando lo único que podía ver a través de la máscara, eran aquellos azules y profundos ojos. Un color que solo él había compartido con aquella primera soberana. 

Su padre lo nombró Nathaniel, como el padre de su esposa; con la esperanza de que el príncipe heredara la paciencia y el temple, de aquel difunto caballero; lo que no sucedió en ninguna manera. Nathaniel era todo lo opuesto a su abuelo, él era explosivo y obstinado, algo que todos en palacio conocían a la perfección. Por fortuna para muchos, gracias a aquella máscara tan peculiar, era fácil saber cuándo no molestarlo. Existía en el palacio una lista oculta, donde se detallaban las cosas que era mejor no hacer, para mantener a Nathaniel de buen ánimo y todos procuraban seguirla al pie de la letra, para evitar disputas y descontentos innecesarios. Sin embargo, incluso con aquello en su poder, existían eventos que no se podían evitar.

Cuando el príncipe cumplió veintidós años, su padre se sintió emocionado. Faltaba poco tiempo para que su hijo tomara su lugar y heredara la corona y las responsabilidades de ser un rey y quizás desarrollara las actitudes, que él tanto admiraba en el padre de su reina. Pero antes de que eso sucediera, necesitaba buscarle una esposa; una verdadera odisea que prefirió dejar en manos del visir Abraham Duro; un caballero al que le gustaba leer mucho y estaba lleno de conocimiento. Explicándole de antemano que no quería ver las expresiones de su hijo cuando las rechazara. Algo que no se podía discutir, por lo que, después de mirar al rey con desdén y jurarle que habría consecuencias por aquella petición, el visir fue a hacer su trabajo. 

El visir, era un hombre maduro, de estatura media, cabellos oscuros, ligeramente rizados, ojos castaños y de piel tostada. Era un caballero con un comportamiento impecable, estricto cuando era necesario y un amigo leal en todo momento. Fiel a la familia real, vio crecer al príncipe Nathaniel y sabía a lo que se enfrentaba, aun antes de empezar. Por esa razón, organizó todo, para evitar inconvenientes. Aquello le tomó varios días y después de que hasta el último detalle estuvo preparado, era el momento de encarar la tarea. Lo primero era localizar al príncipe, lo que, por fortuna, era simple, pues si no estaba sepultado bajo los libros, en la biblioteca; estaba hablando con los sabios. Y justo en la biblioteca, lo encontró, sentado en el suelo, rodeado por pilas de libros viejos.

—Majestad —dijo en tono suave para llamar su atención.

—¿Qué quieres? —interrogó Nathaniel con desdén sin sacar la mirada de su libro— ¿No ves que busco algo?

—Eso nunca ha sido extraño —desdeñó el visir.

—Esa no es la respuesta a mi pregunta —replicó en tono catarin, sin dejar de leer.

El visir tomó entonces un largo respiro, cerró los ojos, sostuvo el aire un momento y luego lo soltó muy lentamente. Abrió los ojos con calma y después de mirar que Nathaniel no se movió ni un centímetro, continuó.

—Necesito su ayuda o más bien su intervención —explicó volviendo a llamar su atención.

—¿En qué? —preguntó con rápida indiferencia.

—Su padre ha mandado a traer un grupo de damas, para que usted escoja una esposa —respondió tan claro y rápido como le fue posible.

—¡¿Una qué?! —Aquello salió en un grito que hizo retumbar la biblioteca.

Nathaniel se levantó tan de prisa que, sin percatarse, movió la base de la columna de libros, causando un efecto domino, y desplomándolas todas sobre él. En vano corrió el visir para apartarlo, los libros lo aplastaron dejándolo inconsciente de ipso facto.

—Bueno, no salió como esperaba, pero pudo ser peor —murmuró mientras quitaba los libros para sacarlo de allí.

Cuando Nathaniel recobró la consciencia, se incorporó en el diván donde el visir lo dejó recostado y se quedó mirando a su alrededor.

—Majestad, ¿Se siente bien? —interrogó el visir desde el escritorio de la biblioteca que estaba frente al diván.

—De maravilla —mintió Nathaniel con furia—. Como acabado de nacer.

—Entiendo —silabeó el visir girando los ojos a su derecha.

—¡No hagas preguntas estúpidas! —gritó dando un zapatazo.

—Lo lamento, mi lord —susurró el visir y volviéndose a mirarlo comentó—, pensé que como mínimo le dolería la cabeza.

Nathaniel levantó la mirada. Con una sonrisa nerviosa, el visir pudo ver que los arabescos que decoraban aquella curiosa máscara, antes dorados e inmóviles, danzaban frenéticos y se oscurecían hasta volverse de un tono índigo, contrastando con el ligero tono rojizo que matizó la base, mientras el rostro adquiría una expresión mezcla de frustración e incredulidad.

—Lo lamento —repitió el visir con rapidez.

—Lo dudo demasiado —murmuró Nathaniel.

—En cualquier caso —dijo para cambiar el tema—. Creo que no hace falta repetir el motivo por el que estoy buscándolo.

—Tengo mis dudas repítemelo —pidió al tiempo que la máscara cambiaba de nuevo a un tono índigo y dibujaba una sonrisa macabra con un ligero tic del lado derecho.

—Bueno era sobre…

—¡Estoy siendo cínico! —gritó Nathaniel furioso y con extrema rapidez su expresión cambió y el índigo se tornó rojo.

—Lo sé —confesó en tono pausado.

—No voy a escoger una esposa —declaró con expresión seria—. Tú mejor que nadie, sabes lo que sucederá si intento hacer eso.

—Nada grave, majestad —aseguró el visir con tranquilidad—. Usted simplemente expresará su más sincera opinión sobre cada una de ellas.

—Me complace saber que me entiendes —dijo con una expresión de fingida complacencia y el tono rojo se aclaró ligeramente.

—Sabe que nadie lo conoce mejor que yo, majestad —comentó indiferente ante la molestia de su señor.

—Sí, lo sé —dijo tomando un respiro y de nuevo la expresión de la máscara se llenó de serenidad, volviendo a su clásico color blanco con arabescos dorados.

El príncipe se levantó entonces y se acercó al visir, pero sin dar vuelta a la mesa.

 —Si alguna me golpea —murmuró mirándolo fijamente al tiempo que la expresión de la máscara se volvía fría y amenazante y los arabescos tomaban un color azul oscuro—.  Me desquitaré contigo.

—Será un mal necesario con el que deberé vivir, mi lord.

Al dejar la biblioteca, la molestia de Nathaniel era evidente. A pesar de que la máscara regresó a su natural blanco perlado, los arabescos se movían de manera frenética y entrecortada con un ligero tono rojo. Al pasar frente a uno de los tantos ventanales del castillo y notar esto en su reflejo, el príncipe tomó un largo respiro, mientras buscaba en su mente, excusas para resignarse, y de esa manera, lucir lo más calmado posible. Se dirigieron sin prisa hasta el jardín, donde el rey mandó a decorar un pequeño salón, en el que se podía escuchar el alboroto de las damas. El visir, que no quería más problemas, añadió su toque personal y mandó a colocar una cortina blanca frente a la silla donde se sentaría Nathaniel y para no llamar la atención, entraron desde la parte de atrás.

—¿Qué es lo que has hecho? —interrogó Nathaniel con expresión de asombro al tiempo que los arabescos tomaban un intenso color amarillo.

—Me aseguro de que su señoría se sienta cómodo —expresó el visir satisfecho ante aquella reacción.

—¡Es una idea fabulosa! —exclamó emocionado.

—Sabía que le gustaría, de esa manera, ellas no podrán ver su expresión.

—Ni yo tendré que desquitarme contigo —exclamó en un grito eufórico.

Después de que Nathaniel tomara su lugar, el visir anunció el inicio de la ceremonia.

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