El libro negro
El libro negro
Author: Same Courts
Dime lo que persigues y te develaré tus verdaderas intenciones, antes que tu yo interno pueda verse reflejado en el espejo de la vida.

Extendió sus brazos al cálido viento que rozaba con delicadeza su piel, el sonido tempestuoso provocado por el imponente reventar de las olas. Al rayar el alba, alzó la vista hacia el horizonte, buscando entre las olas del mar y entre las rocas aquello que hace mucho había perdido. Las lágrimas que brotaban de sus ojos humedecieron sus mejillas.

Parada en la cúspide de aquel acantilado contempló una última vez el horizonte, en donde el mar y el cielo se volvían uno. Y a sabiendas de que su vida pendía de ello, cerró sus ojos y eliminó con un paso la delgada línea que la separaba de la muerte. Sintió una suave mano sujetar su cuerpo con firmeza y un grito desesperado ahogarse en el inmenso mar. Joan, era así como se llamaba aquel apuesto joven y de noble corazón quien había llegado a su defectuosa vida hacía un poco más de diez años, fue en sus brazos donde siempre buscó refugio y eran sus sabios consejos los únicos que podían hacer a su obstinada mente razonar.

—¡Valery! —fue el grito desesperado que se había ahogado en el vasto mar de aquella hermosa mañana de primavera. Estrujando con fuerza su cuerpo contra el suyo, su corazón agitado no paraba de latir. Ahora era un mano a mano entre el sonido de las olas y su acelerado corazón. Cuando sintió que su espíritu volvió a él, se alzó sobre sus piernas y tomó a Valery de la mano y la alejó de aquel escabroso acantilado. Al tocar con sus pies la fina arena del mar, la envolvió entre sus brazos mientras dejaba suaves palmadas en su espalda.

—Está bien si lloras y optas por callar, está bien si dejas que el silencio diga por ti lo que con palabras no logres expresar. Pero al menos permite que te pida algo, no luches por ti misma, no mientras me tienes aquí parado sosteniendo tu cuerpo con mis brazos, déjame pelear junto a ti la batalla en la que tu mente y corazón se han liado.

Las blandas palabras de Joan consiguieron obtener la atención de Valery, quien todavía entre lágrimas descargó aquellos sentimientos que intentaban sofocarla.

En un momento, sus ojos irradiaron rabia, alzó la voz mientras recriminaba a Joan el haberse convertido en un inoportuno intruso, alguien que logró escabullirse en el preciso momento en el que acabaría con su trágica vida. Sin sueños, sin metas y sin aparentes sentimientos había visto su vida caer en picada, al punto de declarar su vida como tal, en bancarrota. Sus palabras no se detuvieron ahí, tuvo la misma reacción de cualquier persona a la que pusieran un dedo sobre su llaga. Le reprochó el haber desaparecido sin aviso previo.

—Me dejaste cuando los vientos huracanados de esta vida azotaban inclementemente las costas de mi cabeza, si antes pensaba que solo el fuego podía quemarme, ahora estoy convencida de que el vacío que siento por dentro me quemó de forma tal que ahora solo quedan las cenizas del recuerdo de lo que un día fui —las palabras que salieron de sus labios eran provenientes de su vacío corazón, y aunque ella no lo esperó y tampoco lo pidió, el mar y las rocas fueron fieles testigos de aquellas tristes palabras. Y aunque pensó que la brisa se las llevó, o que fueron arrastradas por las inclementes olas del mar, lo cierto es que en ese día el mismo Dios la escuchó. 

 

Sentada al otro lado del pasillo, sosteniendo un viejo libro mientras sonreía al hojear aquellas viejas páginas, estaba ella. La observé por un largo tiempo hasta que la vi incomodarse, entonces me di cuenta que había podido sentir mi mirada. Ella se giró y me vio, pensé que me vería de mala gana, pero me sonrió y seguido de ello volvió a dirigir la mirada hacia aquel viejo y desgastado libro. No lo comprendía, mientras el resto de jóvenes leían novelas románticas o de comedia, aquella chica sonreía al darle vuelta a cada una de aquellas páginas de aquel misterioso, negro y desgastado libro. Después de debatir conmigo mismo acerca de si debía o no acercarme a ella, no pude resistirme más, entonces me paré y caminé por el pasillo de aquel autobús.

—Veo que ese asiento está vacío, ¿te molestaría si me siento aquí? Prometo no ser una molestia para ti —mientras mi boca le decía esas palabras, todo dentro de mí se sacudía, tenía miedo a que me rechazara y tuviera que volver a caminar por aquel pasillo ante la mirada de todas aquellas personas. Pero para mi sorpresa, ella sonrió amablemente y me permitió sentarme junto a ella, entonces ella se movió al asiento junto a la ventana para permitirme sentarme junto al pasillo y guardó aquel misterioso y desgastado libro en su mochila. Luego, volvió a sonreírme mientras se colocaba sobre su cabeza la capucha de su suéter color melón.

Mientras escribía en mi celular, la miré de reojo y le pregunté si el libro que estaba leyendo era realmente interesante. Ella se giró para verme y me preguntó que a qué me refería y de qué libro le estaba hablando, entonces le sonreí y le dije que me refería al libro que ella acababa de guardar en su mochila. Pero su cara de confusión me hacía ver que no tenía idea de lo que yo le estaba diciendo, entonces le dije que me refería al libro negro y desgastado que ella guardó en su mochila cuando me senté junto a ella. Después de quitar la capucha de sobre su cabeza me miró, su expresión era totalmente de confusión, entonces abrió su mochila y me lo mostró.

—Aquí no hay ni un solo libro negro —comenzó a sacar uno a uno los objetos y tal y como lo había dicho no había ningún libro negro, pero mientras volvía a colocar sus cosas dentro de su mochila, me preguntó si acaso la conocía de algún lugar o cuánto tiempo la había estado siguiendo.

Sentía que mi estómago se revolvía, sentía tanta vergüenza, ella no tenía ningún libro en su mochila y aunque yo estaba seguro de haberlo visto, había quedado como un completo tonto al acercarme a ella.

—Disculpa si te he hecho sentir incómoda, pero te juro que te vi sostener un libro negro y desgastado —ella se giró para verme y con un tono serio, volvió a preguntarme si la había estado siguiendo. Sorprendido a su pregunta le dije que no, era imposible y descabellado que la conociera o la estuviera siguiendo, ya que yo era un turista que estaba de paseo por Viena. Después de observarme unos segundos más, me dijo que sí tenía aquel libro negro y desgastado, pero lo había dejado en su cuarto de hotel.

Atónito, la miré y le pregunté si estaba hablando en serio, ella volvió a colocar su capucha y se puso de pie mientras me pedía que me hiciera a un lado, habíamos llegado a su parada y ella necesitaba bajarse. Pero antes de bajarse me vio y me pidió en tono serio que dejara de seguirla, y que, si insistía en hacerlo, se lo haría saber a la policía. Dos estaciones después en la que ella se bajó, decidí bajarme y continuar recorriendo Viena. Trataría de olvidar aquel extraño y embarazoso incidente.

Junto a un grupo de turistas que había conocido, recorrimos catedrales y museos, y al caer la noche regresamos a nuestro hotel donde habíamos reservado el último piso para tener una cena privada. Mientras disfrutábamos de la cena, me excusé por un momento y les dije al resto de los chicos que necesitaba usar el baño, pero que estaría de regreso enseguida. Y mientras caminaba hacia el baño, recordé que había dejado mi tarjeta de crédito en el dormitorio, entonces subí al elevador, y antes que este se pudiera cerrar, un hombre alto y robusto entro en él, mientras sujetaba a una chica que parecía estar ebria.

Mientras el elevador subía, mis ojos se centraron en aquella capucha que cubría la cabeza de la chica. Ella intentaba mantenerse en pie, pero parecía costarle mucho. Fue entonces que su pie resbaló y ella cayó al suelo, y mientras aquel hombre la ayudaba a ponerse de pie, su cabeza quedo descubierta y entonces pude ver su rostro, era ella, solo que en la mañana que la había visto no había ninguna pequeña cortada en su frente. El elevador se abrió y aquel hombre salió junto a ella, pero mientras el elevador se cerraba, noté que la llave de la habitación había quedado tirada en el piso. Entonces la recogí y apreté el botón para poder bajar al piso de ella, pero mientras esperaba, sentía una corazonada extraña, algo no andaba bien, porque ella parecía estar ebria y ni siquiera pareció reconocerme, pero lo verdaderamente extraño era que no pude sentir olor a alcohol. Cuando el elevador se abrió, comencé a caminar por aquel largo pasillo viendo el número de las habitaciones para poder encontrar la 1207, y entonces me detuve frente a ella, pero no podía ver a nadie en el pasillo. Comencé a preguntarme cómo podrían haber entrado sin la llave, entonces vi a una mucama salir de una habitación y le pregunté si había visto a una chica que llevaba una capucha sobre su cabeza y a un tipo robusto, ella me dijo que hace un minuto había abierto la habitación para ellos, ya que parecía que habían extraviado la llave de la habitación en algún lugar. Extendí mi mano y le entregué la llave a la mucama y le expliqué que se les debió caer en el elevador, porque fue ahí donde yo la encontré. Ella me miró y sonrió.

—Joven, esta llave es de la habitación 1105.

Le pedí que me mostrara nuevamente la llave, y vi el número 1207 en ella, entonces sonreí y le dije que ella estaba equivocada y le señalé los numero que ahí veía, pero ella volvió a reír y me dijo:

—Con todo respeto joven, pero creo que usted está un poco pasado de copas.

Molesto, le dije que no había consumido ninguna gota de alcohol, entonces le pedí que me entregara la llave y le dije que le mostraría que era ella quien se equivocaba. Al tomarla, me dirigí a la habitación, entonces la introduje y la puerta se abrió. Vi a aquel hombre sujetar una jeringa mientras le inyectaba una sustancia a aquella chica que parecía estar inconsciente sobre el suelo de aquella habitación. El hombre, al vernos parados frente a la puerta, escondió la jeringa mientras molesto comenzó a preguntarnos cómo nos atrevíamos a entrar a su habitación.

Sin responderle, tan solo entré a aquella habitación y rápidamente le tomé el pulso a aquella chica y me di cuenta que era muy bajo. Le dije a la mucama que llamara a emergencias y a seguridad mientras la tomaba en mis brazos y la sacaba de esa habitación. Aquel hombre salió detrás de mí gritando todo tipo de cosas, mientras yo seguía caminando en dirección al elevador. La mucama iba tras de aquel hombre tratando de impedirle que me alcanzara. Al subir al elevador, coloqué a la chica a un costado mientras presionaba los botones del elevador tratando de hacer que este se cerrara lo más pronto posible, y cuando por fin se cerró, escuché un fuerte ruido, aquel desquiciado hombre le había dado una fuerte patada para tratar de evitar que este se cerrara.

Al llegar al Lobby del hotel, pregunté si habían pedido la ambulancia y estos respondieron que venía en camino y tardarían aproximadamente 10 minutos en llegar. Volví a tomar el pulso de aquella chica y les dije que cada vez estaba más débil, les dije que no teníamos tiempo, necesitaban apurarse y buscar si había alguien dentro del hotel que fuese doctor. La gente comenzó a correr en busca de un doctor, y mientras miraba cómo su respiración se iba apagando, apareció un hombre quien me pidió que me hiciera a un lado y después de revisarla y preguntarme cómo era la sustancia que aquel hombre le había inyectado, sacó de su maletín una jeringa y un botecito pequeño, entonces se lo inyectó mientras todos mirábamos expectantes.

Ella comenzó a sacudirse de una forma muy agresiva, lo cual me dio mucho miedo, pero el doctor me dijo que estaba bien, solo me pidió que la sujetara fuerte, y después de sacudirse otro rato más, su respiración comenzó a volver a la normalidad y el pulso podía sentirse mejor. Al llegar la ambulancia, el doctor me pidió que la subiera y la acompañara, entonces le dije que era mejor que él fuese con ella y le explicara a los paramédicos lo que le había dado, pero antes de que terminara de hablar el doctor, había desaparecido.

Mientras trataba de encontrar al doctor, uno de los paramédicos me preguntó si subiría a la ambulancia o me quedaría ahí parado. Entonces la mucama, quien también estaba ahí, me dijo que subiera a la ambulancia y fuera con ella, y que no me preocupara por aquel hombre, seguridad lo había atrapado y estaban esperando a que la policía llegara por él. Entonces, subí a la ambulancia, y mientras íbamos de camino, expliqué a los paramédicos lo que vi que aquel tipo inyectaba en el brazo de la chica mientras esta estaba inconsciente sobre el suelo, también expliqué que el doctor había inyectado algo que hizo que su cuerpo se sacudiera, pero que también había logrado devolverle el pulso y normalizar su respiración.

Al llegar al hospital me pidieron que llenara unos documentos con mis datos mientras la chica era tratada, traté de explicarle que no podía ser el tutor de ella, ya que no la conocía, yo solo era un turista que estaba en Viena de vacaciones y no con intenciones de meterme en problemas o hacer de tutor de una desconocida. Pero la enfermera insistió tanto que acabé por llenar aquella hoja. «Genial», pensé, «ahora tendré que pagar los gastos médicos de una desconocida que amenazó con llamar a la policía si la seguía». Después de esperar unas horas, un doctor salió y pidió hablar con el tutor de la chica que había sido ingresada por una sobredosis. Una enfermera le señaló el lugar donde yo me encontraba sentado, y entonces este se dirigió a mí. Al llegar frente a mí, me comunicó que la chica parecía estar viva de milagro y que no solo eso, su cuerpo había respondido de una manera tan inexplicable que era mejor que entrara a la habitación para verlo yo mismo y viera cómo ella estaba hablando y actuando como si nada hubiese pasado, de hecho, estaba lista para poder regresar a casa esa misma noche, pero él había decidido que la dejaría ir hasta mañana para practicar unos exámenes más.

—Pero tú eres su tutor, tú puedes decidir si llevarla contigo esta noche o dejar que pase la noche aquí. Te advierto que ella está insistiendo en irse, pero mi recomendación es que esperemos hasta mañana.

Le dije al doctor lo mismo que le había dicho ya a la enfermera, pero el doctor dijo que de todas formas era una buena idea que la chica pudiera verme para agradecerme por salvar su vida. Realmente no quería entrar a esa habitación porque no sabría la reacción que esa chica tendría al verme ahí. Para mí estaba más que claro que diría que yo la había estado siguiendo. De cualquier manera, terminé siguiendo al doctor quien me conducía a la habitación donde se encontraba aquella chica. Me quedé en la puerta mientras el doctor entró y le dijo a la chica que el chico quien había salvado su vida estaba esperando en la puerta, la vi sonreír y la escuché pedirle al doctor que no me hiciera esperar. Entonces el doctor le dijo que dejaría la habitación para que yo pudiera entrar y pudiéramos tener un poco de privacidad. Al salir el doctor me dio una palmada en mi hombro y me dijo que estaba bien, que ya podía pasar.

Entré a la habitación cabizbajo, esperando a que ella no pudiera reconocerme, la escuché pedirme que me acercara a su camilla, pues quería conocer de cerca al salvador del que tanto las enfermeras habían estado hablando. Tímidamente me acerqué lo suficiente como para que ella pudiera sostener mi mano, y luego me pidió que por favor la mirara a los ojos, entonces levanté mi cabeza y la miré fijamente a los ojos, y, de pronto, la habitación se vio envuelta en silencio mientras nuestras miradas se encontraban.

Después de un momento que pensé que era eterno, finalmente abrió su boca y entonces dijo:

—¿Por qué siento que te conozco? Creo que debes tener un rostro tan común que es fácil de confundir, pero eso no importa, quiero agradecerte por lo que hiciste hoy por mí y en caso de que te lo estuvieras preguntando, no soy una drogadicta y tampoco conocía al hombre que me hizo eso.

Entonces la miré mientras retiraba mi mano de la suya y le dije que no tenía por qué explicarme, entonces ella suspiró profundo y dijo que se sentía aliviada, porque realmente no era algo de lo que quisiera hablar, al menos no en ese momento y luego añadió:

—Valery, ese es mi nombre ¿y el tuyo?

—Devon —respondí—, soy Devon.

Ella sonrió y me dijo que no podía irme sin antes permitir que ella pudiera devolverme lo que yo había hecho por ella. Entonces le dije que no me debía absolutamente nada, simplemente se cruzó frente a mí en el momento justo, pero ella me pidió que por lo menos le permitiera invitarme a comer algo en agradecimiento por salvarle la vida. Le dije que estaba en Viena solo por unos días más y realmente ya tenía mi agenda llena con lugares que deseaba visitar y actividades que quería realizar.

—¡Perfecto! —dijo ella—, yo también vine para conocer Viena y visitar sus mejores lugares, solo que, a diferencia de ti, yo no escribí un itinerario, por lo tanto, puedo unirme al tuyo y puedo acompañarte a alguno de esos lugares, estoy segura que debemos de coincidir en querer visitar por lo menos uno.

Al verla tan decidida, supe que de nada me serviría seguir dando excusas, era un hecho que ella quería retribuirme el favor, así que acepté, pero le dije que debía de volver al hotel, ya que debido a lo que pasó no había podido hacer algunas cosas (ir al baño, por ejemplo). Le dije que la vería por la mañana cuando el doctor le permitiera salir del hospital, entonces ella me dijo que no me molestara en regresar al hospital, que ella estaría esperándome en la cafetería frente a su hotel, entonces me pidió mi celular y envió un mensaje, y dijo:

—Ahora si puedes marcharte, ya tienes mi número y ahora también yo tengo el tuyo.

Me entregó mi celular y acomodó su cabeza sobre la almohada y me pidió que le dijera a las enfermeras que la dejasen descansar. «Qué chica tan caprichosa», pensé, y entonces abandoné la habitación.

A la mañana siguiente, después de haber tomado el desayuno en el hotel, los chicos con quienes había estado visitando muchos de los lugares de Viena, me invitaron a jugar un partido de tenis. Olvidé por completo que Valery me estaría esperando, así que acepté jugar con los chicos, y ya que el tenis es uno de mis deportes favoritos, no pude evitar emocionarme tanto al jugarlo que cuando vi el reloj ya era el medio día, entonces los chicos sugirieron que debíamos salir a comer algo a una de las cafeterías más famosas de Viena. Fui a darme una ducha, tomé mi celular y mis cosas y luego me reuní con el resto de chicos y chicas en el lobby del hotel. Al llegar a la cafetería, finalmente revisé mi celular y entonces me di cuenta que Valery lo había saturado con mensajes y llamadas perdidas. Entonces recordé que esa mañana ella estaría esperándome en la cafetería que estaba frente a su hotel, no estaba seguro si debía llamar o no, ya que, pese a que ella pareció no recordarme ayer, quizás pudiera reconocerme hoy como el pervertido que ella creía que la estaba siguiendo. Y antes de que pudiera decidir, una de las chicas que estaba con nosotros exclamó:

—¿Acaso aquella chica que está sentada junto a la ventana, no es la chica que Devon salvo?

Entonces dirigí mi mirada hacia donde aquella chica estaba y la vi hablar con la mesera, y luego se levantó y tomó su mochila para luego salir de la cafetería. Enseguida me puse de pie y me dirigí hacia la mesera y le pregunté qué era lo que aquella chica le había dicho. La mesera dijo que ella le había entregado una nota que debía darle al chico que llegara y preguntara por ella y también había escogido un menú que ya había dejado pagado para que el chico pudiera disfrutarlo. Entonces le pregunté si podía entregarme la nota, pero la mesera se negó porque dijo que solo debía dárselo al chico que ella había indicado. Sonreí y le dije que yo era ese chico, entonces la mesera preguntó mi nombre.

—Devon —le dije; entonces ella me pidió que esperara un momento y volvió con una bandeja con un delicioso sándwich y un enorme batido de frambuesas y en medio un sobre con una flor. Después de haberlo entregado se retiró, pero después los chicos comenzaron a molestarme diciendo cosas como «qué ágil eres para coquetear, en unos pocos segundos has enamorado a la mesera quien hasta te ha preparado una bandeja especial». Hice caso omiso a las palabras y tomé aquel sobre y saqué la nota que estaba dentro.

«Sabía que no vendrías así que pedí que te preparan un menú especial que ya cancelé, aunque me hubiera gustado decirte esto de frente, de igual forma solo quería agradecerte por haberme salvado de las sucias manos de ese hombre, si no hubieras intervenido, no sé qué cosas podría haberme hecho, en fin… Me alegra que no fuera así, y no te preocupes, no volveré a escribirte o llamarte, creo que debes tener razón en no querer verme, es mejor dejar atrás ese incidente. Espero disfrutes tu estadía en Viena. Firma, Valery».

Después de leer aquella nota, no pude evitar sentirme un poco incómodo, después de todo, aquella chica solo quería agradecerme, pero aun así sentí que lo mejor era que ella siguiera con su camino y yo con el mío.

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