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Aves de corral

DONOVAN

(Ese mismo día más tarde)

Por mucho que su hermana Nina le echara en cara que era un testarudo sin remedio, habían varias razones por las que el alfa de Montigraus se había estado resistiendo a acudir de nuevo a la clínica. La primera, que sabía que la medicina poco podía ayudarle en su actual condición, y la segunda, que ponía a todos los trabajadores muy nerviosos con su presencia. Los sentía y veía temblar, tartamudear, sudar y hasta sonrojarse. Y sí, una parte de él le resultaba bastante divertido provocarles esas reacciones, pero la otra, la responsable, prefería guardar las distancias y dejarles hacer su trabajo con tranquilidad.

Donovan no podía evitarlo, estaba en su naturaleza y en su sangre desprender esa aura que algunos etiquetaban de sofocante, amenazante e incluso perturbadora, y que otros perjuraban que era oscura, sensual y erótica. Pero para él, sólo era su forma de ser, nada más.

—¿Alfa Santiago? —le llama la enfermera Dana entrando por la puerta de la consulta.

—Buenas tardes, Dana —saluda él ya esperando en la silla pacientemente después del chequeo.

Las enfermeras que le habían atendido en esa ocasión, ya hacía numerosos minutos que habían huido despavoridas de él soltando un suspiro de alivio al terminar. Donovan hasta se había visto obligado a sujetar la bandeja de muestras mientras le extraían la sangre por miedo a ver todos los tubos de vidrio en el suelo y rotos pues sus manos no dejaban de temblar. Ellas se habían disculpado una y otra vez a lo que el alfa les había jurado que no pasaba nada. No todos en su manada poseían nervios de acero y su alterado estado era una respuesta bastante normal cuando se acercaba demasiado.

—Buenas tardes, señor —responde Dana de inmediato inclinando su cuello en respeto a su rango—. Aquí tengo sus resultados —empieza mientras se sienta frente a él—. Siento mucho decirle esto, señor, pero todo parece normal —se disculpa la enfermera haciendo un pequeña mueca.

Él sonríe despacio. Tenía la sensación de que ese día, todo el personal médico se disculpaba con él.

—¿Eso es buena señal, no? —inquiere el alfa que ya sabía que no iban a encontrar nada. Estaba sano como una manzana, agotado, pero sano.

—Supongo... —coincide a regañadientes—. ¿Han empeorado sus síntomas? —pide saber Dana de todos modos y mostrándose preocupada.

Donovan ladea la cabeza con suavidad.

—En realidad no, siguen igual —contesta el alfa con tranquilidad.

Y no mentía, eran los mismos de la primera vez, ni mejor, ni peor. Sólo que Nina cada vez se inquietaba más y más por su larga duración.

—Comprendo —responde la loba meditativa—. Si quiere podemos probar de cambiar por unos tranquilizantes más fuertes —le sugiere Dana.

El alfa alza sus manos al aire. Temía que esa fuera su solución.

—Sin ánimo de ofender, creo que ya me quedo con la que tengo, espero que después del juicio los ánimos mejoren... —dice adrede.

Sabía de sobras que sus dolencias nacían primordialmente de su psique aunque ninguno de ellos se atreviera a mencionarlo.

Dana asiente poco a poco y se rinde viendo que no iba a convencerle.

—Si ese es su deseo, señor, esperaremos —acepta—. He oído que el juicio será en breve —comenta ella observándole por un instante.

—Así es —le confirma el alfa de Montigraus.

—Espero que todo salga bien… —susurra bajando su mirada un instante.

Aparte de los cargos y de la señorita Robin, ella había tenido que asumir gran parte de la presión por todas las filtraciones y los tratamientos posteriores. Suerte que tenía un carácter fuerte y valiente y no se había arrugado ni un poquito por los reproches de una pequeña parte de la manada. Sin su ayuda, todos ellos seguirían estando bastante mal, sobre todo Megan.

—Saldrá bien… —promete el alfa para tranquilizarla.

—Pues nada señor, eso era todo, podemos dejarlo aquí y cuídese —le pide Dana dando por finalizada su visita.

—Lo haré, buenas noches —se despide Donovan.

Y mientras sale de la consulta y el aire nocturno de Montigraus le da la bienvenida a su rostro menguando su cansancio por unos instantes, el teléfono del alfa suena dentro de su bolsillo.

Él cierra los ojos y suspira. Nunca había ni un segundo de descanso en la vida de un cabeza de manada…

Hace una señal al coche plateado que le esperaba en la esquina, y ve como éste se pone en marcha. Al final, había tenido que suplicarle a su omega Noah Rogers que pasara a recogerle pues su hermana Nina se había llevado su vehículo, aunque el alfa estaba seguro que lo había hecho a propósito para que no condujera.

“Loba listilla…”, murmura para sus adentros.

—Dime, Aileen —contesta Donovan en voz seria mientas se acomoda en el asiento del copiloto y Noah pone rumbo a su último destino de la jornada.

Era la alfa de Douen quien le llamaba en esa ocasión.

—Buenas noches alfa Santiago —saluda—. Disculpe que le llame a estas horas, sólo era para decirle que estamos ofreciendo a todas las manadas alojamiento gratuito para el juicio —le comunica en tono cordial.

—Vaya, gracias, sois muy amables, lo aceptamos encantados —le contesta en el mismo tono.

—Es lo mínimo que podemos hacer —murmura intentando disimular su incomodidad cosa que no podía reprocharle—. ¿Cuántas habitaciones serán? —pide saber Aileen que como siempre iba directa al grano.

—Una, sólo una... —responde Donovan secamente.

Un pequeño silencio se hace en la otra línea y él aguarda.

—Disculpe alfa Santiago —carraspea Aileen aclarando su voz—. Tenemos a tres miembros de Montigraus apuntados... ¿de verdad sólo quieren una habitación? —insiste de nuevo.

—Sí, sólo yo haré noche en Doeun —le comunica mirando a Noah de reojo que conducía bastante serio y asiente confirmando que no iba a quedarse.

Ninguno de ellos quería alargar el proceso a Robin más de la imprescindible.

—Entendido, una habitación entonces. Eso era todo, hasta pronto... —se despide Aileen.

—Sí, adiós —cuelga él a su vez.

El alfa de Montigraus se pone a escribir de inmediato un mensaje para su hermana menor.

—¿Todo bien? —inquiere Noah con interés.

—Sí —confirma—. Sólo déjame decirle a Nina que ya puede dejar de buscar hotel. La manada de Douen nos ofrece alojamiento —le comunica a su tercero al mando.

—Es una buena iniciativa —comenta el omega complacido con la hospitalidad de la manada de Douen—. Debe ser complicado para ellos, no imagino cómo deben sentirse... —murmura con su vista fija en la carretera.

Donovan suspira de nuevo.

—Pues mal —responde el alfa—. Pero no es culpa de nadie... —murmura desviando su mirada en los árboles que pasaban a través de la ventana.

Noah silba por lo bajo y golpea el volante.

—Vaya, pues aplíquese el cuento alfa Santiago, sus gritos se oyen desde abajo y son muy molestos... ¿sabe? —bromea el lobo.

Sólo la enfermera Dana, su hermana Nina y su omega Noah, sabían que sufría de esas pesadillas.

—Cállate... —escupe Donovan yendo a pellizcar el lóbulo de su oreja a lo que Noah se aparta, no le gustaba que nadie le tocara las orejas aunque no sabía porqué—. Al menos yo no voy acosando al personal con una erección... —le recuerda y ve como Rogers se pone blanco.

—No hago eso... —se queja el omega en voz seria.

Santiago sonríe complacido. Ya le había pillado.

El alfa de Montigraus no era el único con un problema de excitación espontánea y recurrente sino que Noah compartía ese mismo suplicio. Pero a diferencia de él, el omega era mucho más comedido con esos temas y sin llegar a ser tímido, prefería guardar cierta discreción. No obstante, le había visto a media asta numerosas veces desde que sus cuerpos empezaron a eliminar el licor de Jade, al igual que Nina, aunque su hermana callaba y hacía ver que no existía. Pero y tanto que existía, Rogers era un lobo muy bien dotado.

Así que aún sabiendo que le estaba chinchando con el tema de su erección, cualquier cosa le valía al alfa para no hablar de sus sueños.

—¿Crees que no he visto como miras el culo de mi hermana y el mío cuando estás caliente? —inquiere fingiendo estar enfadado con él.

—¿De qué hablas? —cuestiona molesto.

—Oye, a mi no me importa, sé que somos difíciles de resistir por nuestra sangre pura y caliente, pero que ella no te vea, va a arrancarte la cabeza —termina y allí es dónde Noah se da cuenta de que le estaba tomando el pelo a base de bien.

Menea la cabeza y suelta un ligero insulto hacia su persona que Donovan decide perdonarle porque ya sabía que había cruzado la línea.

—Me has pillado, me encantan los Santiago, cada día me toco pensando en vosotros, os debo la vida —le devuelve con fastidio.

Él se carcajea con ganas por su sensibilidad.

—¡Oh venga, deja eso! —exclama—. Ya sabes que la manada te eligió por méritos propios —le recuerda.

De entro todos ellos, Noah era el miembro más reciente en el cargo, él sólo llevaba tres años mientras que Nina y él llevaban cuatro y medio.

—Pero fue gracias a vosotros que votaron por mi —rememora el omega.

Al venir originariamente de Geide, algunos lobos más conservadores no veían a Rogers con buenos ojos, pero tanto él como su hermana, se esforzaron por demostrar que Noah se preocupaba por Montigraus más que muchos de los que le criticaban. Así que la manada, que al final siempre escogía con sabiduría, le dio el visto bueno y pudo ocupar su puesto.

—Necesitábamos a alguien que supiera cocinar, Nina y yo somos un desastre —susurra quitándole importancia al asunto.

Noah pertenecía a una gran e importante generación de excelentes pasteleros que eran extensamente famosos por todo el valle de Mistis. No había nadie que les hiciera sombra en el mundo de la repostería y ellos estaban muy orgullosos de tener a un Rogers entre sus miembros. Su tienda siempre tenía largas colas y aún su puesto, el omega seguía yendo los fines de semana a ayudar a su madre pues no daban abasto. Como decía su lema, nada como un buen trozo de pastel para curar las penas.

—¿Así que fue eso? —cuestiona fingiendo estar decepcionado.

—Pues claro, ¿o crees que fue tu cara bonita? —cuestiona—. No me vendo por tan poco Rogers... —aclara el alfa.

Eso consigue hacerle sonreír un poco.

—Vaya, y yo pensando que os había encandilado con mi atractivo —bromea y Donovan sonríe también.

Ese era el argumento que una parte bastante rancia de la manada había dado para denegar su elección, que era demasiado guapo e iba a despistar a los lobos de lo importante… menuda chorrada… ellos aún se reían al recordarlo. El hecho de que Noah fuera un tipo de buen ver, era sólo una casualidad, para Donovan, sus cualidades sin duda sobrepasaban su físico.

—Cambiando de tema, ¿seguro que habéis quedado aquí? —pregunta el alfa extrañado y mirando afuera una vez Noah aparca el coche.

—Sí, me dijo que estaría en el bar de Arthur a esta hora —responde el omega.

Esa era su última tarea de día, comunicarle a Megan Robin todo aquello que debía saber antes del juicio.

—Puedes llevarte mi coche si quieres —le dice de nuevo su tercero al mando.

—No, me tomaré un trago mientras te espero, no hay problema… —repite el alfa.

No le molestaba esperar hasta que acabaran de hablar, así podía ver como estaba Robin.

Ella le evitaba a toda costa y hacía días que no sabía cómo llevaba todo el tema del juicio y la reincorporación al trabajo.

En realidad, le tenía bastanta preocupado.

Los dos altos cargos salen fuera del coche y entran en el cálido local de ambiente.

—Buenas noches, señores —saluda Arthur, el propietario del bar, al verles acercarse a la barra—. ¿Lo de siempre? —inquiere con una torcida sonrisa mostrando el diente que le faltaba por una pelea que tuvo hace ya más de quince años.

—Sí, gracias Arthur —responde Donovan tomando asiento y dispuesto a relajarse un rato.

Había otra egoísta razón por la que le venía bien esperar al omega, todo el tiempo que tardara en llegar a casa, y por lo tanto retrasar el momento de irse a dormir, era bienvenido.

“No beber demasiado”, le pide el lobo que no le gustaba sentirse borracho.

“Sólo unos tragos, compañero”, le jura Donovan.

—La señorita Robin ya casi está —le dice a Noah—. Esto de los alquileres es un dolor de cabeza ¿sabe? Suerte que ella lo domina — se carcajea el hombre.

Megan trabajaba en la inmobiliaria familiar de los Robin y se encargaban de gran parte de las propiedades de Montigraus.

—¿Nunca ha pensado en comprar...? —pregunta el omega mientras les sirve una cerveza bien fría a cada uno.

—Mis hijos no quieren hacerse cargo del negocio... —les explica—. Cuando yo me retire, no quedará nada de esto —dice el hombre con cierta pena—. Quizás después quieran quedárselo ustedes, he oído que la nueva pastelería ya se les ha hecho pequeña, señor —le dice en otra sonrisa.

—Sí, nos va bien, no podemos quejarnos —admite Noah que siempre que hablaban de pasteles, se le iluminaban los ojos.

Y mientras los tres charlaban distendidamente, Megan sale del cuarto de las facturas y pasea sus ojos marrones y cansados por el local buscando al omega Rogers.

—Ahora vengo... —le dice su tercero al mando al ver que le buscaba.

Él se acerca y ella sonríe despacio aliviada de que estuviera allí.

—Buenas noches, Megan —oye saludar a Noah con amabilidad.

—Buenas noches, señor —contesta ella mientras inclina su cuello y se sienta en una mesa alejada para hablar con Noah sin que nadie les molestara.

Donovan la mira a través del espejo con disimulo. De verdad estaba demasiado delgaducha… pero cada día se veía un poquito mejor, por suerte…

—Pobre chiquilla, qué mala suerte la suya… —murmura Arthur observando a Megan con semblante paternal.

—Sí, fue muy desafortunado —admite el alfa que no le apetecía recordar nada de esa noche.

Su maravillosa mente ya le daba su dosis diaria cuando cerraba los ojos.

—Suerte que usted la encontró señor, si no, no sabemos que hubiera sido de ella —le agradece y Donovan fuerza una sonrisa y asiente.

Eso se alejaba tanto de lo que él sentía en realidad…

Arthur se va para atender a más clientes y el alfa se queda solo en la barra tomando su cerveza.

—Mírala, allá va Robin otra vez… —oye decir de repente a una voz rabiosa desde atrás—. En serio no lo entiendo... tiene a todos los cargos detrás... —continúa captando su atención.

—Los tiene... —confirma otra voz.

¿Cómo? ¿Qué tontería era esa?

—Aunque os lo repito, no tiene sentido… ¿por qué fueron a atacarla a ella? —pide saber la primera voz—. Tampoco es que sea nadie especial... —proclama con orgullo.

Esa era una buena mentira, Megan era la loba más especial de toda la manada aunque casi nadie lo supiera.

—Ya te digo... es bien rarita... —continúa la otra voz.

—Insignificante... —añade una más.

—Lo sé, lo sé y vulgar... mírala… —insiste—. ¡Qué poco gusto tiene al vestir! ¿Y qué me decís de su pelo? ¿Sabe peinarse tan siquiera? —cuestiona—. Pero os lo digo ya, estoy segura de que sólo le hacen caso porque le tienen pena... —asegura y las otras se ríen como si fueran su eco.

Donovan da un par de respiraciones intentado serenarse.

Panda de gallinas cotillas y estúpidas. No hacía falta que se girara para saber quién era. Nadie más tenía ese carácter asqueroso y desviado que Kate Castro y su séquito de amigas.

Todas ellas pertenecían a familias importantes en Montigraus, pero los Castro, juntos con los Santiago, fueron dos de las familias fundadoras del pueblo y de las más antiguas, lo que los licántropos llamaban los linajes originales, sin embargo, la existencia de Kate era un gran lastre para la familia. Eso lo sabía de sobras.

—Ojalá hubiera ido a por mí y así tendría la atención del omega Rogers —continúa Kate.

—Sí, ya sabemos cuánto te gusta... —repiten volviéndose a carcajear.

Impertinentes… no dejaba de ser pura hipocresía lo suyo. Sabía que Kate votó en contra de la nominación de Rogers como omega y ahora resulta que se moría por sus huesos…

“Su inteligencia no dar para mucho”, comenta el lobo.

“Salud a eso, compañero”, responde el alfa dando un trago a su cerveza.

—¡Mirad! —profiere una de las gallinas—. Parece que ya han terminado —anuncia para el resto.

En efecto, Megan ya estaba de pie y despidiéndose de Noah para marchar. Su semblante era bastante serio y pálido después de su charla con el omega y parecía bastante preocupada, pero eso era normal, someterse a un juicio del Consejo de los Nocturnos mantendría despierto al más valiente de los licántropos.

—¡Ai por favor, si va coja! —se ríe Kate sin tan siquiera disimular.

—¡Por eso no viene a los ciclos de luna! ¡Por qué no puede seguirnos! —vuelven a proferir las gallinas.

Malditas… con lo mucho que gritaban seguro que Megan había oído eso.

—Pobrecita, aún resulta más patética que antes, seguro que hasta se dio un golpe en la cabeza y ha quedado medio atontada, mirad sus ojos, si parece una muerta. ¡Qué horror! ¡Qué esperpento! —continúa diciendo con desprecio mientras las otras siguen riendo.

Y en ese mismo instante, el vaso de Donovan estalla en mil trocitos y todo el bar se suma en un incómodo silencio.

Vaya… quizás estaba más enfadado de lo que pensaba…

—Señor, ¿está bien? —pregunta Arthur de inmediato.

—Si Arthur, lo lamento, no sé qué ha pasado —miente el alfa.

Sí que lo sabía, las gallinas le habían puesto de muy mal humor.

—Tiene que controlar su fuerza, señor —le riñe el hombre en broma y empezando a recoger los trocitos de cristal esparcidos por toda la barra.

—Lo intentaré, pero no prometo nada —bromea el alfa.

Y mientras él ayuda a Arthur a recoger el desastre, la gallina reina se acerca a la barra.

—Tiene razón alfa Santiago, debe ir con cuidado, sería una pena que se hiciera daño —comenta Kate en voz melosa provocándole el asco—. No te había visto Donovan… —comenta poniéndose a su lado.

Donovan se gira y le dedica una fría sonrisa.

—Kate —saluda a desgana viendo como Noah volvía a la barra.

Genial, ahora ya podía tenerles a los dos para ella sola.

No entendía como antes, cuando era adolescente, le resultaba tan atractiva. Desde que se había convertido en alfa y visto lo que era en realidad, sólo le creaba desagrado y una profunda molestia. Aunque no dejaba de ser irónico que a su lobo nunca le hubiera gustado la loba, con los años le había quedado claro el porqué.

—¿Quiere venir a nuestra mesa? —pregunta intentando coquetear con él.

Eso era lo único que le importaba, ostentar poder, de quien fuera.

—Gracias pero paso, sólo estoy haciendo tiempo… —le aclara para que cortara su desagradable flirteo.

—Qué pena… —murmura haciendo un estúpido y falso puchero—. ¿Y usted omega Rogers, quiere acompañarnos? —cuestiona ahora a Noah que acababa de llegar.

Niña malcriada e hipócrita… le había puesto de tan mal humor que le apetecía mucho darle una lección.

—Me temo que eso no podrá ser —comenta Donovan con una idea en mente que se le acababa de ocurrir y que sabía que iba a fastidiarle—. Rogers y yo tenemos planes hoy… —dice el alfa tomando la mano del omega.

—¿Los tenemos? —cuestiona Noah dejándose llevar pero sin tener idea de qué estaba ocurriendo.

Ella les mira con curiosidad.

—Verás Kate, desde lo del licor, somos un sinfín de subidas y bajadas de testosterona, así que vamos a darnos una buena noche de chicos —explica Donovan bajando su voz y tocando con disimulo la entrepierna de Noah haciéndole saltar, y sólo para que ella lo viera—. Este precioso bebé no puede esperar para que lo atienda… ¿comprendes? —inquiere dejando claro que quería que se largara.

—Sí, señor, perdón por interrumpir… que se diviertan... —contesta con una mueca de pura envidia y mientras se da la vuelta indignada.

Esa era justamente la cara que quería ver, la que se escondía en realidad detrás de la máscara.

—¿A qué ha venido eso? —pregunta el omega mirándole de reojo pero sin poder disimular su risa ante la infantil reacción de Kate.

—Sólo la estaba poniendo en su lugar —comenta el alfa—. Vamos… estoy cansado, quiero irme a casa… —murmura—. Arthur, aquí te dejo el dinero, y esto es por el vaso, lo siento —se disculpa de nuevo Donovan.

A ver si esta vez en la pesadilla la que salía primero era Kate, y al menos, no lo sentiría tanto.

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