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Delirio premonitorio

DONOVAN

(Douen, dos días más tarde. El primer juicio)

En esos momentos, el alfa de Montigraus se dirigía a un lugar alejado dentro del hotel para atender a la llamada que llevaba esperando desde su salida a los juzgados y escapando de la extraña e incómoda conversación con la doctora Chris.

Menuda Amara se había buscado Keane Daniels…

“Ella parecer agradable”, murmura el lobo en su mente.

“Claro que te parece agradable compañero, tenía mucho interés en ti. Y ya sé cuánto te gusta que te hagan caso, lobo vanidoso”, le retrae sonriendo por dentro.

“Yo no ser vanidoso”, se queja el otro.

“Por supuesto que no, sólo un poquito presumido, nada más. Aunque si te hubiera visto, estoy seguro que la hubieras asustado”, le recuerda.

Al igual que él, el tamaño y la presencia de su lobo no pasaban desapercibidos para nadie, como tampoco su color pues era negro, todo negro, desde el hocico hasta la cola. Como nunca se cansaban de recordarle, era una criatura verdaderamente imponente. En verdad, él y Noah, eran los lobos macho más corpulentos de toda la manada.

“Quizás no… yo ser buen chico”, susurra contrariado sabiendo que casi la mayoría de los lobos cuando lo conocían se achicaban ante su abrumadora presencia.

“Claro que lo eres, un completo peluchito”, le contesta a su otra mitad tomándole el pelo.

“¡Vah! Concentrarte en lo importante”, le devuelve el lobo molesto.

“A eso voy, compañero, a eso voy…”, le asegura el alfa.

Y lo importante era el juicio que le esperaba al día siguiente. Aunque el primero, había sido un todo éxito.

Sólo de ver las caras de Megan y de Noah al salir de la sala, toda esa tensión, preocupación y malestar acumulados durante días, habían empezado a abandonar al fin el cuerpo del alfa de Montigraus.

“Decir que Nocturnos castigarles como ellos merecer”, le recuerda el lobo más que satisfecho con el veredicto.

“Lo hiciste”, contesta Donovan a su otra mitad.

Por fin había terminado, por fin podían retomar sus vidas de nuevo. Y quizás, con un poco de suerte, ahora que los Dawson habían sido condenados por sus crímenes, la maldita pesadilla dónde su manada moría sin remedio y que le perseguía cada noche, decidiera esfumarse también junto con los sentimientos de culpa…

“Eso esperar, estar cansados de pesadilla, querer olvidarla”, murmura el lobo con pesadez.

“Lo sé compañero, yo también espero que se vaya al infierno de una maldita vez”, concuerda con él.

Su cuerpo y su mente necesitaban descansar, necesitaba perdonarse los errores del pasado. Si no acabaría por volverse loco.

Aunque Donovan aún no podía dejar de preguntarse cómo alguien tan insignificante como los Dawson, podían haber causado tanto dolor entre las manadas del valle de Mistis. Sin embargo, habían aprendido la lección, ese suceso iba a desencadenar un antes y un después en todos ellos. Y sobre todo, trabajarían para que nunca jamás se volviera a repetir.

Su teléfono vuelve a sonar devolviéndole a la realidad, y el alfa contesta acto seguido.

—Dime Nina, ¿ya están en casa? —pregunta Donovan a su hermana menor, mientras intenta acomodar su erección que había empeorado bastante por culpa del olor que desprendía la doctora Chris.

“Maldito reclamo…”, farfulla para sus adentros.

Antes de partir, le había ordenado a Rogers que avisara a Nina tan punto se encontraran en Montigraus para saber que ya estaban en casa, sanos y a salvo.

—Sí —oye decir a la beta—. Noah acaba de dejar a Meg en su piso, dice que se la veía bastante tranquila y que ha estado durmiendo la mitad del camino —le explica.

—Bien, eso es bueno… —murmura Donovan.

Ya la había notada más relajada esa tarde. No obstante, un frío silencio le contesta a continuación poniendo sus nervios en alerta.

—Nina… ¿qué ocurre? —pregunta el alfa notando que quería decirle algo.

—¿Estás solo? —pie saber su hermana antes de hablar.

—Sí, estoy solo —le confirma—. Vamos, escúpelo… —demanda Donovan.

Ella suspira un momento antes de hablar.

—No quiero que te alteres —empieza su hermana como si tuviera miedo de su reacción—. Meg hoy ha estado preguntando a Noah sobre los trámites del traslado, está pensando en cambiar de manada —explica en voz muy seria.

“¿Cómo? ¿Lobita querer irse?”, pregunta su licántropo que siempre se refería a Megan de esa forma. Desde que eran sólo un par de enanos, siempre la llamaba lobita por qué a su lado, era ella bastante pequeña.

“No te alteres todavía”, intenta calmarle y que no se pusiera en modo protector.

—¿Cómo que está pensando en cambiar de manada? —inquiere el alfa molesto.

—Lo que oyes… —confirma la beta de Montigraus que tampoco sonaba muy contenta.

—¿Por qué? —exige saber Donovan.

—No lo he preguntado… —retorna Nina.

Mira tú por dónde, lo más importante y nadie se lo había preguntado. Vaya equipo que formaban...

—¿Y a dónde quiere ir si se puede saber? —pregunta el lobo alzando la voz un poquito demasiado.

—A Fergus… —murmura Nina con cierta reticencia.

—A Fergus claro… ¿dónde si no? —exclama el alfa rodando sus ojos en blanco.

Estaba de verdad muy agradecido con la manada de Fergus por su ayuda durante el accidente, pero empezaban a hartarle ya de que no dejaran de entrometerse en sus asuntos.

—Sí, parece que no existen más lugares que Fergus, pero ya sabes que allí están Alice y su tía Anne… —le recuerda.

—No me lo digas, seguro que ya ha ido a hablar con Daniels… —murmura Donovan que apostaba cualquier cosa a que no había podido resistirse.

—Lo ha hecho… es más, Noah se lo ha propuesto —le confirma su hermana.

—Ya hablaré yo mañana con Rogers… —farfulla.

Una cosa es que el omega fuera compresivo con su situación y otra de muy distinta que la animara a largarse.

—Don —le llama Nina—. Deberías hablar con ella y disculparte… —sugiere con suavidad la beta.

Él resopla sonoramente.

—Por si lo has olvidado, hermanita, es ella quien no habla conmigo desde hace mucho tiempo —le recuerda.

Desde que se había convertido en alfa, Megan únicamente hablaba con él cuando la ocasión así lo requería. Pero desde el accidente y después de la bronca en el hospital, habían pasado de intercambiar algunas palabras con cierta normalidad, al silencio total y absoluto. ¡Y encima le evitaba!

—Además, ya la conoces, sólo está pasando por un mal momento, nunca cambiaría de manada, Montigraus es su hogar —le asegura.

Conocía a Megan desde que eran críos ya que habían crecido juntos. Por eso, verla guardar las distancias con su persona y negarle su protección y su relación anterior fingiendo ser desconocidos, le daba mucha rabia e impotencia. Más de lo que podía expresar.

—Suenas muy seguro de eso pero me ha confesado que teme que la rechacemos… —explica Nina.

“¡Nosotros nunca rechazar a lobita!”, exclama su lobo contrariado.

“Lo sé, nosotros no pero ya sabes que algunos podrían causarle problemas. Sólo tiene miedo, nada más”, le recuerda.

El alfa se sienta en un banco y se restriega los ojos con cansancio.

“Oye compañero, ¿no puedes ayudarme un poco con esto?”, le pregunta al lobo pidiendo que aflojara su dolorosa erección.

La verdad es que estaba muy muy duro ese día.

“Sentir, cuando encontrar Amara…”, empieza a decir pero el alfa le interrumpe.

Conocía a la perfección como terminaba esa frase. Era casi como un mantra de consuelo.

“Todo mejorará”, termina por él. “Lo sé”, suspira el alfa con cansancio. “Encuéntrala pronto por favor, estoy en el límite”, le pide a su lobo con sinceridad.

“Estar buscando”, le promete el otro con solemnidad.

—Eso no va a ocurrir —le asegura a su hermana retomando su conversación—. ¿Por qué íbamos a rechazarla ahora? —inquiere Donovan.

Sus “peculiaridades” nunca les habían pasado desapercibidas a ninguno de los dos pues la habían visto convertirse en una adulta. De pequeña, Megan nunca había sabido distinguir a los lobos comunes de los licántropos. Era incapaz de recordar cuantas veces la había visto hablando con ellos cuando era niña pensando que era licántropos. Él se había reído de ella muchas veces hasta que comprendió que lo decía de verdad. Aunque por suerte, Megan era demasiado canija para ese entonces y dudaba que lo recordara. Sin embargo, estaba convencido que ella empezó a ocultar su condición no mucho después.

—No me importa que sea una Nigra Lupus… —expresa el alfa en un suspiro.

—A mí tampoco pero a ella sí, creo que si tenéis una charla se calmará —afirma Nina.

—O quizás consigo que se vaya para siempre… —bromea el alfa en una fría sonrisa.

Tan siquiera sabía qué decirle exactamente.

—Prométeme que al volver hablaras con Megan —insiste su hermana sin darse por vencida.

—Te lo prometo… —contesta el lobo.

—Bien. Por cierto… ¿Tienes los tranquilizantes verdad? ¿Te los has llevado? —cuestiona en tono preocupado.

—Sí, pesada, los tengo… cuelgo, buenas noches Nina —se despide antes que su hermana vuelva de nuevo con el tema de su testarudez.

—Buenas noches Don… —contesta Nina terminando así la llamada.

Sabía que estaba angustiada por él pero necesitaba que le dejara respirar. Nada solucionaba preguntando cien veces al día sobre su estado...

******

El alfa de Montigraus ya se encontraba dentro de la cama de su habitación totalmente desnudo, pues le gustaba sentir las sábanas sobre su piel, y dispuesto a dormir al fin. O eso intentaba.

“¿Tú sabías que los Nigra Lupus nos perciben diferentes?”, le pide saber a su otra mitad.

No paraba de darle vueltas y más vueltas al asunto.

“¿Cómo poder saber eso?”, le pregunta el lobo dando a entender que, obviamente, no tenía ni la menor idea.

Sabía que su sangre no estaba muy mezclada aún las generaciones pasadas, ocho para ser exactos, pero tampoco encontraba que fuera para tanto ni mucho menos un espécimen curioso como la doctora Chris le había descrito. Ahora, su explicación a por qué Megan le evitaba le había dejado con el corazón en un puño…

“¿Crees que la doctora tiene razón?”, le pregunta otra vez.

“Quizás influir, pero haber algo más, lobita esconder cosas, el instinto así decirlo”, le recuerda.

“Sí, compañero, yo también lo creo”, le asegura.

No quería decir con eso que su sensibilidad olfativa no estuviera haciendo de las suyas, y que como afirmaba la doctora, sentir su pureza de sangre la alterara, pero había algo más, lo sabía. Si no, Megan no le hablaría a la mitad de la manada pues ese era el número de originales que había en Montigraus ya que dos de los linajes más antiguos y fuertes nacieron allí.

Señor… ¿qué le estaba pasando a Robin en verdad?

“Dejar de dar vueltas y dormir, mañana esperarnos día largo”, le riñe su lobo cansado de sus cavilaciones.

“Sí, señor…”, contesta.

Pero Donovan sólo se estaba entreteniendo en sus pensamientos para justamente, evitar quedarse dormido.

“Me pregunto si habrá pesadilla esta noche”, le dice no queriendo volver a pasar por ella.

“Pronto saberlo…”, susurra el lobo que se queda en silencio.

Esperaba estar de suerte… y también esperaba dejar de ponerse duro hasta cuando soplaba un poco de aire. Era tan molesto, doloroso y vergonzoso.

“Estoy aquí, estoy esperándote. Encuéntrame, encuéntrame Amara y libérame”, pide desesperado en su mente como hacía cada noche.

Paz, sólo quería un poco de paz.

******

Donovan corría de nuevo por el bosque nevado, pero esta vez, no había olor a sangre ni a hierro en el aire… no, era otro, otro aroma primario, delicioso y picante era el que le atraía y le guiaba por el camino a seguir.

Aprieta los dientes de nuevo y se lanza a la carrera como un loco hasta llegar al arroyo.

La manada, como siempre, ya estaba allí, esperándole y en el suelo, unos encima de los otros, jadeaban, gritaban y se removían, pero no estaban heridos, estaban gozando, gozando de sus cuerpos, todos ellos sumidos en una delirante orgía.

Ese era el aroma que percibía en el ambiente, el olor a sexo.

Donovan, pasmado, excitado y confuso por esa imagen, cambia a su forma humana y camina entremedio de ellos dónde varias manos le tocaban y le acariciaban al pasar sensibilizando su ya alterado cuerpo. Su pelo, sus labios, su pecho, su vientre, sus piernas, su pene… todo, los lobos lo tocaban todo de él.

—¡Señor, tómeme! —clamaba una voz.

—¡No! ¡A mí, tómeme a mí, señor! —suplicaba otra.

—¡Señor, lléneme, le necesito! —gritaba una más.

Todos los miembros de la manada empezaban a llamarle entre gemidos pidiendo tener relaciones sexuales con él, sin embargo, el alfa seguía avanzando, ignorando a aquellos que pedían su amor pues su instinto le decía que tenía que llegar hasta el final.

Nina y Noah también estaban allí, pero apartados sin interactuar con el resto. La beta y el omega de Montigraus se mordían, se besaban y se arañaban en ardiente pasión, follando como salvajes al igual que todos los demás. Rogers tomaba a su hermana como si no existiera nadie más en el universo que ella. Cómo si fuera su única.

Qué visión más extraña… aunque de cierto modo, correcta…

Pero su mirada se va a la figura del centro, aquella que le esperaba de pie, desnuda y paciente.

Su instinto se dispara, sus caninos crecen y su pene espasma al verla.

“¡Tomarla! ¡Tomarla ahora!”, urge el lobo en su interior.

Ella le observa y sonríe al ver su virilidad erecta y dispuesta. Con suavidad, alarga una mano pidiéndole que se acerque.

El alfa camina hacia ella poco a poco tanteando la situación. Aquella que le llamaba era Megan, ella era quien el lobo quería fornicar con tanta urgencia.

“¡Sí, hacerla nuestra!”, aúlla en deseo.

—¿Estás bien, Megan? —le pregunta mientras sus ojos ya de color ámbar se pasean por su cuerpo desnudo.

Parecía sana, tranquila y viva. Sus mejillas estaban teñidas de un ligero color rosa, sus pezones estaban erectos y su centro húmedo, muy húmedo, podía verlo, podía olerlo… su pene espasma de nuevo queriendo enterrarse en su cuerpo y llenarla.

“¡Sí! ¡Nosotros llenarla!”, asegura el lobo anticipando su unión.

Ella, sin decir palabra, asiente pidiéndole que se acerque más, y poco a poco, se tumba en el suelo separando sus piernas, acariciando su húmedo sexo y ofreciéndole ponerse encima para que la follara.

Era perfecta. Simplemente perfecta, y lo quería, el alfa quería tomarla allí mismo.

El lobo, caliente y más excitado que nunca, obedece como si estuviera hipnotizado hasta cubrirla con su cuerpo. Ella gime ante su tacto al igual que él. Su piel era tan suave y cálida, maravillosa, la sensación era maravillosa.

“Mnnhh…”, gime el lobo con gusto en su mente al sentirla.

Los ojos castaños de Megan cambian hasta que el ámbar gobierna su iris y con delicadeza, acaricia su rostro como si estuviera estudiando sus facciones. Pasa sus dedos por sus labios, sus mejillas y sus ojos, y cuando acaba, sonríe de nuevo como si fuera una niña para abrazarle despacio juntando sus cuerpos aún más.

El alfa, consumido por el fuego que sus entrañas sentían, pasa sus manos por su cintura y se dispone a explorarla por primera vez, la acaricia, la besa y la toca mientras ella se deja hacer sólo gimiendo y sonriendo.

Sus bocas se encuentran a medio camino y se besan con anhelo jugando con sus lenguas y lamiendo sus cavidades, como si esa siempre hubiera sido su función. Y mientras el alfa se hallaba en trace por sus apremiantes y calientes besos, su pene encuentra el camino hacia su húmeda vagina y la penetra con ganas abriéndose paso por su estrecho canal. La espalda de la loba se arquea y sus labios se separan mientras come su virilidad.

“¡Sí, así! ¡Todo dentro, todo dentro!”, grita el lobo en júbilo al hundirse por fin en su cuerpo.

Era deliciosa, embrigadora e inigualable y le comía con un hambre sin precedentes. El alfa empieza a embestirla y ella le recibe con más gemidos y separando más sus piernas para que se lo diera todo.

Los jadeos y gemidos de la manada, de su hermana, de Noah y los suyos, creaban una sinfonía que les acompañaba en su acto animándoles a seguir.

Era una locura pero no podía parar. El alfa de Montigraus perfora su pequeña vagina una y otra vez, dilatándola, marcándola y haciéndola gritar. Toma a Megan en frenesí hasta que consigue culminar en su interior orgasmando en sumo y exquisito placer.

Pero una vez no era suficiente, no, necesitaba más, mucho más, iba a follarla hasta que su pene no pudiera reaccionar.

“Nosotros vaciarnos en ella”, clama el lobo que tampoco tenía suficiente.

Y así lo hacen, cambiando de postura a cada ocasión, encontrando sus cuerpos sin cesar, gimiendo, gritando, sudando, y corriéndose, corriéndose cada vez en ese cálido cuerpo que calmaba su ser pero que le tragaba también como si sintiera lo mismo que él, como si ambos compartieran esa hambre cegadora.

Y el lobo, tal como había prometido, la folla hasta sus testículos se vacían y su pene es incapaz de eyacular nada más.

Donovan se deja caer exhausto sobre ella mientras la abraza y la besa. Megan le responde devolviéndole todas sus caricias y sus besos. Entonces vuelve a fijar sus ojos en su rostro y sonríe.

—¿Sabes quién soy? —le pregunta ella hablando al fin y acariciando su rostro.

—Claro que lo sé… —responde el alfa besando y mordisquenado esos labios hinchados y rojos después de tantos besos.

—Dilo, di mi nombre… —pide la loba.

—Tú eres… —susurra despacio teniendo la palabra en la punta de la lengua.

Pero en ese preciso instante, la alarma empieza a sonar y despierta a Donovan de su sueño.

El alto y corpulento lobo estaba sudando y jadeando, pero no de miedo esta vez, si no de placer. Su pecho y su estómago se encontraban perlados por su semen. Se había corrido varias veces como en el sueño.

—¿Qué demonios…? —profiere incorporándose y sin poder creérselo.

¿Acababa de soñar que se follaba a Meg con la manada de fondo? ¿En serio?

“¿Eso era un sueño premonitorio?”, le pregunta a su otra mitad estando muy confundido.

“No saber…”, se limita a contestar el lobo que, curiosamente, se hallaba bastante tranquilo aún ese delirio mental.

Los Santiago tenían ese poder, soñar con cosas que podía llegar a ocurrir, pero eran muy ambiguas y desde lo del licor que no tenía ninguno, así que no estaba de todo seguro si en esta ocasión, lo era o no. Sin embargo, de todo lo que había soñado, tampoco conocía qué parte podía cumplirse. Tanto podía ser que la manada tuviera una orgía, como que Nina y Noah tuvieran un encuentro sexual en algún momento o que se encontrara a Megan desnuda en el bosque…

Ni idea de cuál era la verdadera…

“Qué mente tan pervertida tienes, alfa Santiago”, se riñe a sí mismo.

Pero lo bueno, era que ya no había pesadilla. Sin lugar a dudas, la cambiaba por ese extraño y surrealista sueño húmedo aunque su mente siguiera siendo un desastre.

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