Capítulo 7

La conversación con Jake el día anterior no le había dejado dormir. Por algún motivo, recordaba a Karen, que había sido asesinada meses atrás. Los hombres de Baltazar la habían , según le confirmo días atrás Jake y aún no sabía el por qué. Tampoco recuperó su pendrive, aunque no lo recordaba hasta ese momento.

Seguramente el caso haya avanzado lo suficiente para tener respuestas.

Miró por la ventana de su habitación, intentando imaginar la cara de su amiga aquella última noche. Estaba molesta y enojada ante el rechazo de tener relaciones con ella. Para una persona normal, Karen sería la típica chica con la que tendrías cientos de fantasías, en ella se interesó por Lucas, un chico que no tiene ningún interés en dicho acto. Y eso, empezó a rondar su cabeza. «¿Que estaría buscando en realidad?, ella sabría perfectamente que no tendría ningún interés». Esas preguntas no tenían una respuesta clara, pero quería resolverlas de alguna manera.

«Sería más fácil si los muertos hablaran», se decía para sí mismo, pero ni siquiera fue al entierro de la joven, estaría enojada aún que pudiera hablar. Tras meditar unos segundos, se vistió y salió a la calle en aquella fría noche neoyorquina, no cogió el coche, solo empezó a caminar hacia su destino con las manos en los bolsillos, y la gruesa bufanda roja cubriendo sus oídos y boca.

Una hora después, había llegado al cementerio donde Karen había sido enterrada. De alguna manera quería hablar con ella.

Tras una hora más, caminando por infinidad de hileras kilométricas de lápidas, encontró la que buscaba. Su lápida, de mármol blanco Lucía hermosa, como una gota de luz en un manto de absoluta oscuridad. Se incorporó y leyó la inscripción que sobre la fría superficie rezaba:

«Aquí descansa Karen J. Hyvee, gran persona y amiga de todos. Tú familia y amigos te desean un buen viaje».

Una gran cantidad de flores reposaban sobre la tumba, flores frescas que indicaban lo querida que era para mucha gente. No sabía nada de su vida, pero comenzó a pensar que si él fuera otro tipo de persona, sería capaz de haberla tratado mejor. Se hubiera interesado en sus problemas, y tal vez hubiera sido capaz de enamorarse y tener una familia.

Unos pasos a su espalda sorprendieron a Lucas, inmerso en sus pensamientos. Se giró rápidamente y allí, tras él, un hombre de unos dos metros de altura, y el tamaño muscular de un oso culturista, lo miraba perplejo.

—¿Eres tú, Félix? —Tenía una voz ronca debido al tabaco, sujetaba un puro entre los dientes mientras hablaba—. ¿Cuándo volviste de tu viaje?.

Lucas no sabía que decir. Allí había un hombre que lo había confundido con la persona que emularía ser, pero «¿estaría preparado para poner a prueba sus conocimientos?».

El hombre lo miraba, apremiante para que dijera algo. Se acercó un poco más y miró la lápida donde el joven había estado parado.

—¿quién eres? —preguntó Lucas aparentando un tono de voz seguro, y chulesco, cómo había odio por audios y grabaciones, así hablaba el real Félix Ivanov.

—¿Quién soy? —Su voz se tornó más vacilante—. ¿Eres Félix o no? —Aquel oso gigante se había parado a centímetros de él.

Estaba claro que de dar una negativa, podría acabar allí mismo golpeado por aquella mole de músculos.

—Claro que soy yo, ¿Quién si no?.

Se sorprendió el mismo de la forma tan irrespetuosa y amenazante con la que había hablado. Hizo memoria como jamás antes, recordando todas las fotos que había visto en su preparación. Algunos de los hombres de Baltazar estaban identificados por la policía y el FBI, aún sin pruebas, sabía que trabajaban para él, pero no era capaz de reconocer esa cara.

—Soy Leo, hace muchos años que no sé de ti, pero no pensé que tu memoria fuera tan mala —Rió mientras miraba a Lucas.

Éste iba a fingir reconocerle y aparentar que tenía cosas que hacer para marcharse de allí, pero algo en aquella mirada lo detuvo, y una intuición cruzó su mente. Algo no era cierto.

—No te llamas Leo, me habré olvidado de tu cara, pero reconocería ese nombre si realmente fuera el tuyo.

El hombre lo miró fijamente, fulminándole con su mirada. Agarró a Lucas del hombro y lo puso en pie. Sintió que todo acabaría en ese momento, pero un segundo después, había sido abrazado por aquel hombre, que rompió en carcajadas.

—Claro que no soy Leo, pero tras tanto tiempo pensé que podrías no ser Félix al final. Soy Edyl, estoy aquí por qué tú padre vino a hacer un trabajito, y vine para acompañarle.

Tras oír el nombre, recordó a Edyl en los registros del FBI. Un hombre que mataba primero y preguntaba después. Sumamente peligroso, inestable emocionalmente y cuya principal afición era la caza… De personas.

—Cuánto tiempo Edyl, ¿Cómo supiste que estaba aquí? —preguntó Lucas llevándose las manos a los bolsillos y sosteniendo lo que mejor que podía, aquella mirada asesina.

—Te vi por casualidad entrando aquí cuando iba a un lugar. Allí está tu padre, seguro que quiere verte. Por cierto, tienes un aspecto horrible, apenas tienes musculatura. ¿Qué estuviste haciendo para tener ese cuerpo debilucho?.

—Tuve una lesión bastante jodida y entre unas cosas y otras lo fui dejando.

—¡Ni hablar!, Vas a volver a ponerte en forma. Ya que nos hemos visto de nuevo imagino que volverás con la familia.

Lucas pensaba con cuidado qué decir, aunque sabía que estaba en un apuro. Su misión comenzaría mañana, pero no de esa forma, debería presentarse en la mansión, no por sorpresa en el lugar de sus negocios. Aunque sabía que Félix se había marchado por qué no le gustaba los negocios de su padre, tal vez por ahí se pueda librar.

—Ya sabes que no me gusta mucho estar metido en estas cosas.

—Vamos, sólo serán unas horas, no va a matar a nadie, al menos delante de ti. Han pasado cinco años, y querrá verte —dijo Edyl.

El grandullón sujetaba su brazo cada vez con más fuerza. Su insistencia no iba a tener fin, así que el joven no pudo hacer otra cosa que aceptar de mala gana, mientras sentía como el corazón latía tan fuerte que temía que fuera escuchado por aquél tipo.

Unos minutos después, estaba dentro de un coche en camino a lo desconocido, al mundo criminal que en el fondo deseaba jamás conocer.

—¿Por qué estabas mirando la tumba de esa chica? —preguntó Edyl minutos más tarde.

Tras la pregunta del grandullón, Lucas pensó que sería una buena oportunidad de sacar información y averiguar si Baltazar y sus hombres tuvieron algo que ver con la muerte de Karen.

—Edyl, ¿la conocías tu? —interrogó con su tono de voz más inocente.

—Si la conociera, sería por qué estaba muy buena, o por que yo mismo la hubiera matado —sonrió con lujuria de sangre en los ojos—. Y aún así, no me quedo con los nombres, son irrelevantes para mí.

La forma tan distante y fría en la que se refería a las personas, le sorprendió. Pero intentó no mostrar en su rostro esos pensamientos, y se dedicó a mirar por la ventanilla cerrada.

—Yo tampoco la conocía, recién llegué a la ciudad. Tampoco tenía pensado quedarme mucho tiempo.

—¿Y por qué estabas mirando su tumba? —preguntó receloso Edyl.

—Estaba aburrido, y estuve mirando muchas.

No pareció convencer a Edyl, pero este no dijo nada más y continuaron durante diez minutos más en silencio.

Habían llegado al centro de la ciudad, un lujoso bar donde solo las personas más importantes de la ciudad podían entrar.

Ambos pasaron sin ningún problema, estaba claro que no es la primera vez que Baltazar y Edyl estaban en aquel lugar.

El interior era enorme, el dorado era el color predominante en todo lugar donde posaba la vista. Parecía que desde las paredes hasta la base de las copas estaba recubierto de oro. Los manteles y tapices, de color rojo, brindaban a aquel lugar una ostentosa fama de caro, muy caro. Y la centena de personas que bebían y reían en esa especie de discoteca o club privado, no tenían el mínimo pudor en comentar de los fraudes o delitos que habían estado cometiendo. Políticos, famosos, cirujanos… Las más altas esferas de Nueva York se encontraban en aquel lugar, un lugar donde sacaban su verdadera personalidad, rodeados de mujeres y hombres de compañía, donde estaba permitido hacerles lo que quieras, siempre que pagues.

—Este sitio es repulsivo —comentó Lucas.

 Cayó en ese instante en la cuenta, que no debería haber hablado, sin embargo Edyl sonrió, y asintió con la cabeza.

—Odio a esos hipócritas yo también. Quieren mostrar una cara, cuando en realidad son totalmente diferentes. Aquí hay gente que castiga el crimen, y son los primeros que lo ejercen. Tú padre, digan lo que digan, es como es y no lo oculta. Cierto es que la gran mayoría de los presentes están en su carrera, pero ya sabes que la justicia es para quien la paga, así funciona el mundo.

Cruzaron todo el primer piso, donde varios hombres de unos cincuenta años estaban desnudando a sus acompañantes camino al baño. Uno de ellos era un político luchando contra la prostitución. Edyl tenía razón en ese comentario, según pensaba Lucas; La gente es hipócrita.

Llegaron a unas escaleras muy amplias que subían al segundo piso. Estas estaban custodiadas por cuatro personas vestidas en trajes negros. Cada uno de ellos intimidaba igual que Edyl, y mientras subían, le contó a Lucas que el segundo piso solo era usado por Baltazar cuando lo necesitaba, pues la ciudad es suya, y lo que quiere lo tiene.

Al llegar arriba, giraron levemente a la izquierda, donde una enorme pared dorada se ergia. La puerta para cruzar era vigilada por otros dos hombres, que al ver a Edyl, le saludaron y le brindaron paso.

—Detrás de esta puerta, se organizan grandes planes, y nadie se entera por qué estamos protegidos. Creo que nunca llegaste a ver esto —mencionó el grandullón.

—No, creo que no —respondió Lucas, sin poder evitar las dudas al responder.

Mientras cruzaban, llegaron a un largo pasillo con puertas al lado derecho. Caminaron hasta la tercera, donde el gigante llamó, y abrió sin esperar respuesta.

—Jefe, no sabe a quién me encontré de camino —dijo con una sonrisa.

Lucas se quedó en el umbral mientras Edyl hablaba con alguien dentro. No podía oírles, pero su nerviosismo, hasta ese momento ausente, comenzó a envolver cada una de sus articulaciones. Deseaba salir corriendo y olvidarse de todo, y siendo aparentemente el hijo de Baltazar, le dejarían ir tranquilo.

—Hijo ¿Eres tú?

Una voz paternal, agradable y con sentimientos lo sacó de su letargo. En el umbral, se encontraba Baltazar Ivanov, el hombre que tiene a medio mundo bajo sus manos.

Su melena blanca, que llegaba hasta el cuello y la barba muy cuidada y larga, de varios centímetros, lucían diferentes a las fotos que él había visto. Tal vez no fueran recientes, pero estaba seguro que él era su objetivo. El era su padre en esa nueva vida.

—Hola papá. Re… regresé —El joven apenas sentía el valor para mirarle a los ojos.

Baltazar se acercó y le abrazó con una calidez que hacía tiempo no sentía. Aún que sea la peor persona del mundo, el amor que sentía por su hijo era sincero, y por un momento lamentó que su hijo real jamás vaya a devolverle ese amor.

—Pasa hijo mío, terminaré pronto. Luego me contarás qué has estado haciendo todo este tiempo —dijo con una plácida sonrisa.

Entraron en la habitación, iluminada por una araña tendida sobre el techo. La habitación era grande, aunque veía excesiva esa iluminación, no habló, y se centró en intentar memorizar toda la conversación, y las caras de las personas que allí de encontraban sentadas.

Una enorme mesa coronaba el centro, ocupada por Baltazar, Edyl, y dos personas más de origen chino. Dos hombres de unos treinta. Lucían nerviosos e impacientes.

Siguiendo el gesto que Baltazar le hizo con la mano, Lucas se sentó también en la mesa, frente a Edyl, que le guiñó un ojo en señal de felicitación.

—Mi hijo Félix, ha regresado tras cinco años. Estoy de buen humor y feliz, así que espero sinceramente que nadie lo estropee.

Los dos asiáticos se miraron, y luego uno de ellos, de melena negra alborotada y grasienta, comenzó a hablar;

—Señor Ivanov. Nuestra mercancía es de una enorme calidad. No digo, por supuesto, que la que usted mueve no lo sea, pero estoy seguro de que será un trato aceptable. A cambio de una pequeña parte del territorio, nosotros le daremos parte de la mercancía, que podrá vender sin el menor problema.

Lo que oía parecía una conversación de película. Hablaban de drogas, y de repartirse las calles para venderlas, como si fueran hombres que se organizan para regalar panfletos a los caminantes.

—¿Qué piensas, Edyl? —preguntó Baltazar, sin dar mucha credibilidad al mensaje de los chinos.

El oso se mantuvo en silencio hasta ese momento, que miraba al asiático con ojos inyectados en sangre.

—Opino que si la mercancía fuera tan buena, no estarían aquí. Estarían vendiéndola en cualquier otra parte. Hay mucho mundo dónde vender o más personas con quién hacer trato.

—¡Señor, se equivoca! —replicó el otro individuo mientras depositaba sobre la mesa una bolsa blanca, de un kilo de peso—. Aquí la hemos traído para que la prueben. Antes de decidir véndala, o consumirla. Está cocaína es mejor incluso que la que viene de Colombia. Se lo aseguro.

Baltazar examinaba a los dos hombres, de brazos cruzados. Ceder un territorio a cambio de droga no era su mayor virtud.

Mientras pensaba, Lucas decidió meterse en su papel, actual como si todo le diera igual, y comenzar a hablar como si él fuera el jefe ahí. Si lo que sabía sobre Félix era cierto, no sería un problema.

—Si queréis colocar esa mierda, mi padre estará dispuesto a pagar por ella. Así funciona esto. Dar territorios significaría demostrar a los demás que somos débiles, y eso jamás va a pasar.

El silencio podía cortar en ese momento. Todas las miradas iban dirigidas hacia él.—Hijo... ¿Desde cuándo te preocupas por el negocio? —preguntó Ivanov sin dar crédito a lo que acababa de oír.

Se notaba la duda en su voz, pero no podía permitirse el lujo de fallar antes de empezar.

—Me da igual el negocio, pero no quiero que piensen que Baltazar Ivanov va regalando territorio como si fueras santa Claus.

Edyl río, y lo acompañó Baltazar.

—Bien hablado chico, tu padre estará orgulloso —alabó Edyl dando varios aplausos estridentes.

—Ya habéis oído, si es tan buena, estoy dispuesto a comprarla para luego venderla yo. Pero, si veo que alguien más la vende en mis tierras, y no son pocas, os haré responsables —añadió, observando a ambos asiáticos con una mirada tan intimidante que helaba la sangre.

Tras meditar unos minutos, ambos asiáticos aceptaron la oferta, dejaron allí la droga, y se marcharon.

—Después de cinco años, pareces más dispuesto a ayudar a tu padre —le decía Baltazar, levantándose de la silla una vez se quedaron los tres solos.

—Ha pasado mucho tiempo, sin embargo ahora me tengo que ir —Puso una falsa mueca de disgusto—. ¿Nos podemos ver mañana verdad?

—Claro que sí, deberías volver a casa y vivir conmigo. En unas semanas me iré, así que podrías venir conmigo.

—Me lo pensaré —dijo en tono pesado, ya que sabía que Félix no aprobaba ese negocio en su totalidad—. Hasta mañana papá, adiós Edyl.

—Espera, yo te llevo —Se ofreció la mole.

—Prefiero ir solo, tengo cosas en qué pensar tras tantos años —Se disculpaba intentando mantener la compostura.

Edyl miró a Baltazar, que con un gesto de del jefe, le hizo entender que podía marchar sin escolta.

—Ten hijo, por si coges un taxi —dijo Baltazar mientras le daba algo de dinero.

—Gracias —sonrió mientras volvió a despedirse rápidamente con la mano.

Paso a paso, iba dejando atrás la habitación, el pasillo, la pared, las escaleras, las chicas de compañía, el bar… Y empezó a correr. Podría haber muerto allí, podría haber cometido algún error. Nada le garantizaba que en realidad no lo hubiera hecho y fueran tras de él para saber dónde vivía… Y sin parar de pensar y de correr, llegó a su casa, donde agarró la cama y en un segundo, quedó sumido en el sueño debido a la fatiga y el enorme agotamiento tanto físico como mental.

Tres horas más tarde, fue despertado por el sonido de la puerta, que estaba siendo aporreada sin piedad. Se levantó rápidamente, y cogió el para defenderse, lo primero que tenía a mano.

Paso a paso se acercó a la puerta, y sin abrirla preguntó:

—¿Quién es? —preguntó con la voz temblorosa.

—Soy Jake, quien voy a ser. Hace una hora que debías estar en la oficina para empezar tu trabajo —respondió molesto.

Abrió la puerta y lo invitó a pasar. Le contó todo lo de la noche anterior sin apenas pararse para respirar. Una vez terminó, la cara de Jake lucía blanca.

—¡¿Me estás diciendo que ayer actuaste como Félix, y asististe a una venta de drogas?!

—Eso es exactamente lo que dije —suspiró agotado al recordarlo.

—¿Dijeron nombres? —indagaba Jake—. Cualquier dato podría ser importante.

—Aunque tuviera nombres, no hay prueba física. Mi padre… Quiero decir, Baltazar, sabe muy bien lo que hace. Sin embargo parece que me aceptó sin el menor problema. Eso sí, a partir de hoy no podemos hablar tan cómodamente. De ser posible, no quiero contacto con nadie, acaso que yo sea quien llame. Si queremos que esto salga bien, tengo que ser Félix hasta que consiga las pruebas suficientes.

—Lo entiendo. Entonces imagino que irás solo —dijo Jake entre orgulloso por la valentía del joven, y asustado por la misma causa.

—Así es, cuidarme la casa. Regar las plantas, limpiarla… Por favor.

Una hora después, se encontraba preparado y de camino a casa de Baltazar; su DNI y pasaporte falso, una falsa ficha médica donde indicaba que había sufrido un accidente que provocó pérdida de parte de la memoria (para poder asegurar que lo olvidó sin problema), y una muestra de ADN editada, para que si investigan el sistema indique que su sangre es la de Félix. Ahora sólo quedaba lo importante, entrar y fingir ser otra persona durante semanas, meses o incluso años.

La mansión se alzaba majestuosa sobre una pequeña colina muy alejada de la ciudad. La puerta principal tenía cerca de cinco metros de alto, al igual que toda la pared del muro que rodeaba la casa.

La puerta en cuestión era un enorme arco de hierro, de rejas, coronadas por una especie de corona puntiaguda.

Edyl salió a recibirle tomando su maleta y haciendo que dejara de observar la entrada.

—¡Bienvenido a casa, enano! —Dio la bienvenida al joven con una sonrisa—. Vamos, acompáñame. Tu padre estará muy feliz de que hayas decidido venir.

Ambos caminaron hacia el interior de la casa, separada de la puerta que acababa de atravesar por un enorme jardín muy cuidado, lleno de flores y ostentosas fuentes y estatuas.

«A partir de hoy, soy Félix Ivanov». Se dijo mentalmente preparándome para lo que estaba por venir.

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