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2. Rebecca tiene cerebro

El día seguía manteniéndose maravilloso, supuestamente el grupo tenía que reunirse con Jasper y su novia en el Big Ben.

Cosa que no hicieron porque Jane y Dylan hicieron mil y un caras de quejas, así que se movilizaron por las calles de la ciudad hasta la cafetería favorita de Nicholas.

The Late's. Una cafetería cerca de los jardines de la reina, con aire tranquilo y acogedor. Su fachada de un color verde esmeralda con plantas como el musgo y enredaderas que la recubrían la hacían resaltar por sobre la arquitectura de los lugares que la rodeaban.

Espaciosa y cómoda, esa fue la primera idea que le llegó a la cabeza a Dylan, bueno eso y que el lugar parecía concurrido por gente de la banca pública y privada. Con amabilidad alarmante Nicholas le ofreció a los hermanos Sanders, Dylan y Zoe; tomar de lo especial de la casa, té irlandés.

Sin embargo, gustoso hubiese aceptado si tuviese cosas menos importantes que hacer que centrar toda su atención en Rebecca.

Con lengua viperina ella hacía alarde de su belleza, aunque también tenía temas de conversación sumamente interesantes pero hablaba tan rápido que Dylan no podía seguirle la conversación y solo se limitaba a mirarla con atención.

—Y en el siglo pasado las cortesanas, eran hasta más importantes que la reina, ¿sabías? La gente habla del machismo de los siglos pasados pero, la mujer tenía el poder...—Rebecca sabía sobre muchísimas cosas, sabía muy bien que nunca iba a poder vivir eternamente de la belleza porque eso no era más que cosa del tiempo, así que conocía cualquier tema solo que le parecía tedioso hablar de esos temas.

Jane observaba impresionada como Rebecca tenía ese no sé qué que atrapaba la atención de Dylan, tanto que parecía una burbuja rodeándolos. Entre risas y ruido la mesa del grupo de amigos se mantenía más viva que cualquiera en la cafetería que tenía ese delicioso olor a café recién hecho, aún así como una loca paradoja, aquellos dos que estaban sentados frente a frente se mantenían lejos del grupo mientras estaban a unas palmas de distancia, muy cerca y muy lejos.

—Define cortesana—pidió Dylan, que estaba lejos de saber sobre la historia de las mujeres europeas.

Becca sacudió su cabello para quitarlo de sus hombros y echarlo hacia atrás, su ropa era ajustada como una segunda piel pero el abrigo que llevaba era felpudo y la hacía ver como una barbie con la que no quieres jugar por miedo a que se dañe.

—¿Quieres la definición del libro o la de la historia?—con ojos felinos y astutos asaltó a Dylan.

—La real—se encogió de hombros, solo quería seguir viendo cómo los labios de ella se movían sin cesar.

Ella sonrió y continuó—: Mujeres muy guapas, educadas, con talentos, importantes; aunque la historia y el diccionario las señala como el pináculo de la prostitución, no eran lo mismo que una vulgar.

Si alguien de la mesa que no conociese a Rebecca como Nick lo hacía; la escuchaba hablando, quedaría asombrado. Porque ella solía lucir como una idiota descerebrada pero era muy lista, astuta y peligrosa.

Dylan escuchaba atento, así que decidió lanzar una pregunta—. Y, ¿cuál es la diferencia? ¿Qué te hace una cortesana y qué una prostituta?

Tenía la leve impresión de que Rebecca admiraba a las cortesanas, la forma en la que hablaba de ellas..., el tono que usaba para defenderlas... apostaría lo que fuese y estaba seguro que no se equivocaría.

Nick alcanzó a escuchar la conversación y sonriendo, meneó la cabeza. Rebecca no idolatraba a superhéroinas, a ella le daba igual Kahlo, Curie, Diana de Gales. Ella admiraba a Coco Chanel, y no precisamente por ser una diseñadora de modas, aunque eso le daba un bonus especial; sino por haber sido una cortesana poderosa, una que había jugado tan bien que había sacado más importancia que sus propios admiradores.

Rebecca sonrió, una sonrisa tímida porque seguro estaba actuando como una idiota sabelotodo.

—Pues-

Se detuvo para lanzar una mirada frívola hacia la puerta de la cafetería, Jasper había llegado de la mano de una menuda chica, a todos les pareció un tipo de chica tímida y hipster. Pero a ella, a ella que era tan crítica con su alrededor no le pareció eso, le pareció el típico tipo de chica que finge santidad cuando tienen un rencor social encima, de esas que rompen un corazón y lloran como si se lo hubiesen roto a ellas.

No le agradó, aún así, cuando fue presentada con el nombre de una estación, Rebecca decidió darle tregua a la chica.

El grupo se dividió por la ciudad, las chicas querían ver algunas cosas y preferían la opinión de otra chica a la de los chicos. Los cuales se quedaron dando vueltas y luego en una banqueta sentados comenzaron a jugar un tonto jueguito con los colores de los autos, esperando por ellas.

Dylan se sentía extrañamente frustrado, pero con ingenio ya tenía un plan para acabar con eso.

Reunidos todos de nuevo cada quien tenía que irse a su casa y él saltó de inmediato a ofrecerse para acompañar a Becca. Aunque eso significaba luego irse caminando a casa de los Cox.

—Sabes que apenas nos conocemos de hace unas horas...—Dylan titubeó bajo la mirada celeste de Rebecca, parecía un niño—, pero...

Ella bateó sus pestañas encantada, con una sonrisita tonta en los labios, ¿qué le iba a decir? ¿Qué?

—Pero...—le apremió ella con una singular inclinación hacia él.

Él infló sus pulmones, se sentía tan valiente como una mariposita.

—Pero, ¿me dejas conducir?—enseñó todos sus dientes en una sonrisa radiante.

Rebecca sintió como si tomaran un alfiler y se lo enterraran en los pulmones, se desinfló con un pequeño quejido y adoptó su postura típica de cuerpo recto y barbilla altiva.

—Si quieres.

Con un ágil movimiento sacó las llaves de su auto y se las dio, pronto el par se encaminó hacia el auto de ella. Verlos a ambos era una escena curiosa, porque Rebecca tenía rostro de ser alguna capitana de porrista y Dylan tenía esa cara de matón que te va a robar la novia y a cagarse de la risa en tu miseria.

Rebecca se atrasó un poco a propósito, y le pidió que siguiera adelante, cosa que Dylan hizo porque no se le hizo raro nada. Ella casi da un brinquito cuando su plan funciona y logra darle un vista a la retaguardia del pelinegro.

Su espalda era de nadador, Becca soltó un pequeño suspiro atolondrado. ¡Qué espalda!

Y sus hombros, anchos, tensos. Un bobo rubor cubrió la nariz de ella, ¿qué hacía? ¡Solo una miradita no hace daño! Sus alarmas se encendieron cuando casi pierde de vista a Dylan, ¡ay no! Tuvo que zigzaguear entre las personas y volver a darle caza, cuando lo logró Dylan se había girado para buscarla, al verla acercarse sonrió y siguió su camino dejando que la pobre Rebecca se siguiera derritiendo por él.

Fijó sus felinos ojos en la retaguardia del chico, firme y redondo. ¡Podría morder una de sus nalgas! Inconscientemente giró medio cuerpo y se dio un vistazo ella misma para revisar su trasero, firme y en pompa, soltó un pequeño suspiro de alivio. Le habría dado un ataque si ese chico tenía más trasero que ella, de inmediato se lanzaría a hacer una rutina de glúteos de acero hasta tener la mejor retaguardia de la ciudad.

Era todo, podía morir en paz. Podían enterrarla de cabeza en un charco de lodo y ella seguiría feliz de la vida. Dejó de morderse el labio cuando sintió un pequeño ardor, casi hace que le sangre. Alcanzó a Dylan que esperaba apoyado en el auto, esa imagen la hizo sentir tanto calor que pensó en quitarse su abrigo.

A la mierda Nicholas Hamilton con su estilo de dandy moderno. Dylan, era mucho más guapo y mucho más adictivo.

Al verla, estiró su mano y le abrió la puerta del auto. ¡¿Mariposas en el estómago?! ¡No, dinosaurios, monstruos, una jauría de lobos! Rebecca se sonrojó como un tomate, y con una tímida sonrisa se metió en el auto.

Sus manos le parecieron súper interesantes así que las juntó sobre su regazo y fijó su mirada en ellas. Gracias a Dios no vio cuando Dylan esbozó una sonrisa gigantesca que casi le parte la cara en dos, incluso palmeó amigablemente el hombro de un anciano y le dijo con tono feliz:

—Hoy es un buen día para morir, abuelo, un buen día—le guiñó un ojo y dio la vuelta al auto para subir él.

El hombre, que acababa de salir del doctor; de inmediato le dio una revisada a su pulso. Apresuró el paso y se dispuso a pedir de nuevo otra cita con el médico.

Dylan había comprobado su teoría de que Rebecca sólo quería atención, y como la atención y el amor siempre van de la mano, trazó su plan por ese camino. Pan comido. No, obviamente no quería enamorarse de ella, vaya ridiculez, los Sanders no eran de esos que tenían un título y una pareja de por vida, mucha mierda para el dúo de hermanos. Pero tener la atención de una chica como Rebecca era mil veces mejor que tener la de la ciudad entera.

Pan mega comido.

Rebecca le dictó la dirección de su casa y como llegar, él escuchó atento y rezó al cielo no perderse. Como siempre.

El conjunto de villas donde vivía Rebecca eran muy modernas, estaban entre Nicholas y Chad. Nick al norte y Chad al sur.

Qué casualidad que fuesen sus preferidos.

Las casas preciosas eran blancas, el color obligatorio en cada fachada a pesar de la diferente estructura era el blanco; con entradas majestuosas que trataban de superarse unas a las otras, árboles y césped perfectamente cortado, todo parecía otra dimensión.

—Es esa—el dedo de Becca señaló una de las casas casi al final.

—Oh.

Dylan parpadeó, se podían podrir todas las mansiones de Beverly Hills. La casa de Rebecca era inmensa, nada más su jardín frontal era como el Edén. Grandes rocas transportadas de algún lugar lejano formaban las escaleras a la casa, las rocas eran planas, de unos diez centímetros de grosor y muy largas, once rocas daban forma a los escalones para llegar a la puerta.

No solo eso era alucinante, también habían arbustos, y pequeños árboles que daban una impresión de majestuosidad. La casa se ocultaba entre ramas y hojas, pero se podía ver que en su mayoría era puro hierro y vidrio.

Atónito estacionó el auto con delicadeza, pues rayarlo le iba a salir mucho más caro que su amado Camaro. Rebecca resistió la tentación de enterrarse en los asientos, deseó que estos se abrieran y la tragaran. ¿Lo había asustado? ¡Lo que le faltaba! Para ella vivir en esa villa, con ese lujo, era sinónimo de orgullo pero..., en ese momento solo se sentía ansiosa. Le daba vergüenza verse como una Barbie, ¿y si a él no le gustaban las Barbies? Fácil, adiós Becca.

Gimió lastimera, pero Dylan no la alcanzó a escuchar pues bajaba del auto para abrirle la puerta. Porque Dylan era un encanto, si veía que no podías con algo iba y te ayudaba, si tenías problemas con algo iba y te ayudaba, incluso, y la más común; si estaba apresurado y tú lo retardabas era capaz hasta de cargarte con tal de moverse a su ritmo.

Era una cajita de sorpresas por las buenas, por las malas era mejor huir, huir sin mirar atrás porque te daría caza y se pondrían las cosas muy feas.

—Linda casa—balbuceó él dándole una mirada sutil.

Becca asintió rápidamente—. Sí, bueno, gracias.

Le dio un beso en la mejilla tan rápido que Dylan apenas lo sintió, luego salió corriendo por sobre las rocas-escaleras, y desapareció en la casa.

Él giró sobre sus talones y comenzó a caminar, sin mirar atrás y sin percatarse de cierta rubia que lo miraba por una ventana como una tonta.

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