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3. Es diferente

Londres es bipolar. Corrección, el clima de Londres es bipolar.

Cromwell Village ubicado en Hampstead, era un área de la ciudad londinense al noroeste de Charing Cross y se había desatado un aguacero tormentoso de la nada justo allí, justo donde Dylan hacía su camino hacia la entrada principal del conjunto residencial donde hace unos minutos había dejado a Rebecca.

Maldita sea. Ya no importaba ni contar, se le había hecho corto el camino en auto hasta la casa de la rubia pero a pie, era una historia muy diferente. Llevaba varios minutos caminando y aún no estaba cerca de la impresionante verja de entrada a Cromwell Village.

Llovía con una fuerza tan arrebatadora que se detuvo un segundo con los brazos en jarra mirando al cielo.

—¡Ya deja de llover, joder!

Cualquiera que viese fuera de su casa en ese momento, vería a un chico maldiciendo al cielo tormentoso. Con algunos mechones de su cabello negro brillante pegados en la frente, la ropa húmeda por completo y la cazadora pesándole el triple por absorber el agua, Dylan estaba de muy mal humor.

Siguió caminando y sin querer piso un charco de agua que tenía un poco de lodo, al hacerlo el efecto fue drástico pues las botas de sus pantalones ahora estaban cubiertas de lodo.

—¡Maldita sea!

¡Bruump! El cielo pareció estremecerse, con un trueno espantoso y luego una luz que rompió el gris cielo, un relámpago. Dylan saltó asustado por aquello, y comenzó a moverse más rápido. Todo húmedo y mal humorado por andar detrás de unas faldas. Cuando por fin llego a la verja, con un saludo a regañadientes al vigilante, salió a la calle en busca de ubicación para regresar con Jane y Emily Cox.

Esperó durante un largo rato tratando de ubicarse, pero no recordaba la dirección de los Cox y mucho menos sabía qué camino tomar.

Rebecca, por su parte, ya se había despojado de su ropa y elegía con cierta parsimonia qué usar. Cómo el día estaba tormentoso se decidió por unos pantalones de chandal negros y una camiseta de finas tiras blanca que  dejaban un poco al descubierto su trabajado torso, tiró de su manta favorita y se envolvió en ella como una oruga.

Con sus pantuflas de unicornio blanco, y su manta encima cubriéndole hasta la cabeza, se movió por toda su casa hasta la cocina. Quien la viese así se reiría pues parecía una niña pequeña con frío que se niega a salir de la cama.

Al pasar por una de las ventanas apenas pudo ver hacia el exterior de la casa, la lluvia torrencial cegaba todo. Por un momento se quedó allí, deseando que Dylan no se hubiese mojado, aunque de hacerlo seguro la ropa se le pegaría de una forma divina.

Becca, cariño, ¿qué miras?

Una mujer de unos sesentas y tantos años se le acercó, su abuela, Milenka.

La rubia se giró hacia ella, sacudiendo sus pensamientos, no le agradaba mucho que su abuela pasase un tiempo con ella. Porque su abuela afirmaba completamente que era una niña malcriada que solo se la pasaba persiguiendo a los hombres.

Nada, la lluvia—suspiró un segundo preocupada—, voy a la cocina.

Y huyendo de su abuela se fue directo a la cocina, su madre estaba de viaje por trabajo en Bolton, y su padrastro estaba en Newcastle. Así que estaba sola con su abuela, maravilloso.

Tomando su teléfono se conectó a la red de altavoces inalámbricos de la casa, un pequeño capricho que le habían otorgado; buscó en la lista de reproducción una canción y al encontrar Gold de Cheat Faker de inmediato la presionó y subió todo el volumen. La música, tal como a ella le gustaba, resonaba en cada milímetro de la casa.

Moviéndose de una forma cómica comenzó a prepararse un chocolate caliente, cuando estuvo listo volvió a tomar su teléfono para cambiar de canción pero en ese momento tocaron el timbre de la casa.

Su abuela de asomó en la cocina, pidiéndole con la mirada que parase esa música del demonio.

—¿Esperas a alguien?—le preguntó con cierto tono acusatorio.

Rebecca frunció los labios, luego su mente hizo corto circuito pues solo se le ocurrió una persona. Dylan.

Dejando el chocolate caliente en la cocina corrió como pudo con sus pantuflas de unicornio, dejando tirada por el camino a su manta favorita, cuando llegó a la gran puerta de su casa, se puso de puntillas y miró por el visor de la puerta. Era él. Con torpeza se quitó las pantuflas de unicornio, recogió su manta y metió todo en un armario cerca de las escaleras. Corriendo se arregló rápidamente y abrió la puerta, su rostro se arrugó.

—Oh..., Dylan, estás mojado.

El agua le caía a mares de la ropa, el cabello se le pegaba por completo, sentía que su bóxer era una segunda piel, sus pantalones eran un asco; él era un asco.

Y estaba de mal humor.

—No me digas—ironizó y de inmediato se arrepintió—, lo siento, yo...

Rebecca abrió por completo la puerta, lo tomó de la cazadora y lo metió a la casa. Su abuela, que se había acercado para ver quién era, observó aquello con malos ojos y se carraspeó la garganta para hacerse notar.

—¿Quién es?—preguntó en su idioma natal de una forma grosera hacia su nieta.

Un amigo—respondió y se sintió descortés pues no quería que Dylan creyera que lo estaban criticando.

Pero eso era lo de menos, al chico se le pegaba la ropa, temblaba del frío y probablemente se enfermaría. Escuchó a las dos mujeres hablar en otro idioma y curioseó un poco para ver si asociaba palabras pero fue inútil.

Le diré a tu madre—amenazó Milenka, ya era hora de que alguien le dijera a esa chiquilla que no podía meter personas a su casa.

Becca esbozó una sonrisa cínica de bruja y se encogió de hombros, su madre sabía lo que tenía. Tomando a Dylan de la cazadora lo subió directo a su habitación, sin siquiera darle tiempo de que siguiera observando la casa.

La habitación de ella, al contrario de lo que esperaba Dylan, no tenía nada rosa. Nada. Era de paredes blancas, cubiertas por diferentes cosas, como un cuadro gigantesco de casi dos metros de Marilyn Monroe y otro de igual tamaño de Coco Chanel, ambos en blanco y negro. Hermosos. También entre las paredes había un conjunto de fotos en diferentes marcos y de diferentes tamaños. La cama era gigante, de colcha color vino y almohadas blancas. Una alfombra blanca y otra vino de pelos sintéticos ambas recubrían el suelo de la habitación; con grandes ventanales desde el techo al suelo el lugar estaba iluminado por completo con luz natural pero eso no omitía la hermosa araña de cristal que colgaba con tenue luz iluminando todo. La habitación era alucinante, había un estante con unos once libros, una mesa ovalada de vidrio y metal a juego con dos sillones de piel blanca.

Dylan estaba tan absorto observando todo que no vio cuando Becca se movía por la habitación hacia una más pequeña donde estaba su ropa. Ella buscó en los cajones más altos y encontró lo que quería, ropa limpia de hombre. De Nicholas para ser más específicos. Unos jeans, un polo blanco y un par de medias blancas. Tomó la ropa perfectamente arreglada y regresó con Dylan que tenía el rostro ladeado observando con sumo interés las letras en la pared detrás de la cama de ella. Eran letras forjadas en alguna especie de aluminio o cobre, tan delgadas como una hoja de papel y estaban en una letra corrida perfecta puestas en la pared.

—¿Quién es Lenclos?—preguntó Dylan observando el nombre.

Rebecca esbozó una sonrisa—. Fue una mujer, poderosa.

Dylan se giró hacia ella, y con curiosidad observó la ropa que ella le ofrecía, ¿de algún primo o hermano, quizás?

La tomó agradecido porque ya no tendría que parecer un coleto húmedo.

—¿Cortesana?—preguntó y le dio una mirada como preguntando '¿dónde me cambio?'.

Rebecca señaló una puerta negra con perilla dorada, ese era su baño—. Sí, la mejor.

Él asintió tomando nota mentalmente en buscar eso luego en Google, o preguntarle a Jane para que le preguntara a Nick porque al parecer el novio de la rubia podría ser fácilmente una Wikipedia humana.

El baño, como la habitación, era muy grande y blanco. Había una bañera moderna transparente, una ducha de vidrio por completo, un lavamanos, inodoro, y un gran tocador con muchas luces blancas al rededor del espejo gigantesco que estaba repleto de maquillaje. Mucho maquillaje. Dylan se quitó la ropa y se metió en la ducha, una ducha con agua caliente y luego al salir tomó una toalla limpia de una repisa, mientras se secaba le dio un vistazo a las cosas de Becca.

Había un pequeño frasco, con un olor delicioso, lo tomó y leyó que era esencia de vainilla. Otro vistazo a las cosas de la rubia y encontró un Chanel Nº 5, y olía muy bien.

¡Jesús, si su madre lo viera, lo colgaría de las orejas! Parecía un acosador.

Se vistió, la ropa le quedaba ajustada en algunos lugares pero de largo estaba perfecto. Lo malo es que su bóxer estaba húmedo y maldiciendo como siempre, se puso los pantalones al desnudo. Abrió la puerta del baño y vio a Rebecca rodar de una forma torpe de su cama, caer al piso y levantarse de un salto, la camisa se le había subido un poco dejando su perfecto abdomen a la vista de él.

Ella lo repaso con descaro y sonrío—. Ah, la ropa de Nicky te queda bien—sonrío satisfecha.

La de Chad no le habría quedado muy bien, menos la del inútil e insoportable de Gael. Quemaría esa luego, él ya no andaba por su casa.

La cara de Dylan fue un poema, sus ojos casi se salen de sus órbitas. ¿Nicky? Es decir, ¿Nicholas? Mierda.  Ella no se dio cuenta de su reacción, le quitó la ropa de las manos y tiró de su muñeca escaleras abajo.

—Esto se lavará y secará en un segundito, ya verás, mientras ¿Has visto Gossip Girl?—Le dio una mirada interrogatoria por sobre su hombro mientras seguía tirando de él por la casa.

Era un secuestro, definitivamente.

Rebecca puso a trabajar la lavadora y se sentó sobre ella, esperando por la respuesta de él.

—Eh, no—reconoció apenado, y pronto buscó sacar conversación—, ¿has visto Rocky?

Hizo un mohín pensando, no recordaba haberla visto así que sacudió la cabeza. Cayeron en un silencio de unos segundos hasta que ella sonrió, como si hubiese encontrado algo fantástico.

—¿Te gusta leer?—sus ánimos eran pegajosos, o sea, los chicos que ella conocía amaban leer. Cómo Nick.

Dylan se pasó una mano por el cabello, mirando hacia otro lado, él no leía, era más de música. Más de aventuras, mas de riesgos.

—Normal, ¿tú lees?

¿Para qué preguntó eso? Fue arrastrado de vuelta a la habitación de Becca, ella juntó los libros que tenía y se los presentó como en bandeja de plata. Ella no leía mucho, pero cuando le gustaba un tema se enganchaba demasiado.

Dylan curioseó los libros, en la contraportada había una dedicatoria, bueno, no era una dedicatoria eran unas pocas palabras.

De: N. H

Para: R. B

Asunto: ¿No ves que te lastimo? ¿Por qué sigues creyendo en mí, por qué sigues estando para mí? ¡Eres mejor, no te hagas la tonta!

En letra prolija, elegante y envidiable, además al final del asunto había una especie de corazón hecho con un símbolo de exclamación. Eso estaba en el primer libro que Dylan abrió, aunque no se dio cuenta de la fecha, que era de hace dos años.

Cuando Nicholas y Rebecca tenían dieciséis.

Le dio una mirada a Becca pero no la encontró, ella había bajado a buscar chocolate para él y su teléfono para poner música.

Mientras subía las escaleras le llegó un mensaje de una amiga, Jolie, que le pedía prestados unos tacones. Ella le texteo de vuelta diciendo que podía pasar por ellos y luego siguió caminando.

Dylan abrió otro libro, ni siquiera se fijaba en el nombre de los libros, buscó la dedicatoria y encontró otra.

De: N. H

Para: R. B

Asunto: Recuerda, a todos nos toca ser el malo en el cuento de alguien, pero eso no significa que seas así realmente. Tú eres mejor, nosotros somos mejores.

En ese instante la rubia entró a la habitación con los dos chocolates, tomó asiento en el suelo e invitó a Dylan a sentarse con ella.

Al verlo con uno de los libros en las manos su mirada brilló con un azul intenso, le sonrió.

—¿Cúal te gustó?—su preferido era el que él tenía en las manos.

Dylan levantó el libro como diciendo 'este', sin embargo solo se había fijado en la segunda página del libro después de la portada. Que obviamente no leyó.

Rebecca se acomodó un par de mechones rebeldes detrás de la oreja y tomó el libro.

—La vida de Picasso, interesante ¿no? Un artista maravilloso—y soltó un suspiro de ensoñación.

Dylan se quiso golpear la frente contra una pared, se sentía como un idiota.

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