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4. Un cobarde para llevar

Pasadas las nueve dejó de llover, y Rebecca se ofreció a llevar a Dylan a casa de Jane.

La tarde la habían pasado conversando, bueno, ella hablaba. Hablaba sin parar sobre diferentes temas, saltando de uno a otro con una fuerza, era una aficionada a cualquier expresión del arte. Sobre todo la visual, los libros regalados de Nicholas a ella eran sobre diferentes artistas, tres de los libros eran sobre Picasso siendo uno de ellos una recolecta de sus obras. Otro era de Coco Chanel, otro de Anna Wintour, otro de Marilyn Monroe, una biografía de Amy Winehouse y así iban. Mujeres que eran los ejemplos a seguir de Rebecca, y de no serlos por lo menos eran libros sobre cosas que le gustaban.

Cuando se emocionaba, su tono de voz se hacía un poco chillón. Le gustaban distintos tipos de música y tenía una gata.

Una gata que Dylan deseó que se perdiera en algún bosque. La gata, llamada Oprah, era blanca como la nieve y de unos impresionantes ojos verdes. Llevaba un precioso lazo de seda violeta atado en el cuello; había salido de la nada, o más bien del armario de Becca; y se le había paseado a Dylan cerca. Haciéndolo estornudar.

Se le había montado en una pierna y de repente, le había clavado las garras. La pobre gata no salió volando del reflejo que hizo Dylan pues así como llegó se fue.

En definitiva, odiaba a ese animal.

—Te habría invitado a cenar pero...—Y Rebecca nerviosa seguía balbuceando—, ni siquiera quiero cenar en mi casa.

Una bombilla del tamaño de Florida se le encendió a Dylan.

—Eh, pues, cenemos—estirando su brazo hacia ella hizo girar el auto para desviarse de la vía que llevaban.

A ella casi le da un infarto cuando un auto pitó, ¡estaba loco!

Más tranquila disminuyó la velocidad pues necesitaba replantearse una vía.

—¿Y, dónde quieres comer?

Dylan la ponía nerviosa, ella se inclinó un poco sobre el volante sin dejar de conducir.

Él le dio una mirada y se encogió de hombros—. Donde tú quieres comer, comeré.

Parpadeando y rosada como un salmón, Becca lo miró de reojo algo atónita.

—¿Yo?

Era primera vez que alguien tomaba en cuenta sus gustos, las personas por lo general daban por sentado como era ella y sus gustos. Aunque no la conocían, conocían lo que ella quería que conocieran para así protegerse de salir herida. Porque Rebecca era muy fácil de herir, demasiado.

Dylan volteó los ojos, él adoraba hacer eso, sí no solo las chicas hacían esos gestos.

—¿Ves otra rubia por aquí?—y fingió revisar debajo del asiento y entre los mismos—, yo no, creo que eres tú.

Ella le dio una mirada media mosqueada y pensó en algún restaurante. Ella amaba el sushi, lo podía comer las 24 horas del día y no se cansaría.

Mientras conducía Dylan aprovechó de preguntarle cosas, porque era primera vez que estaba tan callada. Ella parecía ser algo... hiperactiva, tal vez, era eso seguro porque no podía dar crédito a que fuese así por su presencia.

—Así que...—vio que ella lo miraba de reojo, había captado un poco de su atención—¿Alguna mejor amiga?

—Jolie.

¿Y quién vergas era Jolie? Aún así, él asintió como si comprendiera.

—¿Mejor amigo?—ese era su momento, porque tal vez Nicholas era su mejor amigo y por eso, pues por eso todo.

Rebecca se quedó callada, ¿Quién la conocía de pies a cabezas tan bien como ella misma? Pues Nick, pero definitivamente su relación ya no era la misma. Antes pasaban horas juntos, se sentaban juntos, comían juntos, dormían juntos, todo lo hacían como uno solo. Ella llenaba de atenciones a Nick, lo hacía rabiar y se reía a sus costillas cuando él andaba de humor para bromear hasta sobre la arena. Y él pasaba horas con ella, en las fiestas estaban juntos, en alguna cena de los Hamilton Rebecca era la primera invitada, en una cena de su familia Nicholas era el primero en estar presente. Pero obvio, había llegado Jane, con su no sé qué arrebatador, y Nick se había enamorado y ahora..., ahora estaba sola. Sola realmente.

—No—respondió con tono ausente.

Dylan se dio cuenta que la había afectado y con miedo de meterse donde no lo llamaban, se calló.

Al llegar al restaurante tomaron asiento, ella ordenó, él también y comieron en silencio. Un silencio triste pues ella no parecía haberse recuperado del todo.

Maldijo por lo bajito mirando el cielo, él solo quería una cara bonita y ahora estaba cenando con si bien una cara bonita, también una chica con mucho que decir. Con mucho pasado.

Y no, definitivamente no quería meterse en ese terreno.

Eran más de las doce cuando Becca estacionó frente a la casa de los Cox, con el auto en completo silencio Dylan se desabrochó el cinturón.

—Gracias.

Se quedó en silencio, con la mano en la puerta listo para salir.

Becca giró el rostro, mirando hacia la ventana con gesto supuestamente indiferente.

—De nada.

—Buenas noches.

Abrió la puerta.

—Buenas noches.

Salió del auto y cerró sin girarse a mirar atrás, entró a la casa como si fuese un ladrón y caminó tranquilo pues sus pasos no hacían ruido pero eso no evitó que al entrar en su habitación la luz de la mesa de noche se encendiera iluminando el perfil de Jane sentada con una pose de villana de película.

Dylan apoyó su cuerpo en la puerta al cerrarla, ¿y ahora qué?

Jane le dio una escaneada, verificando que estuviese... pues, ¿sano? ¿Vivo? Sí eso.

—Llegas tarde, sabes, creí que te iba a tener que reconocer en la morgue.

Dylan no estaba de humor, se sentó en el borde de la cama y comenzó a sacarse las botas.

—Estoy vivo, abejita.

Ella dio un brinquito hacia la cama y se arrastró como un cachorro, dio la vuelta como una rueda de camión y se sentó al lado de Dylan.

—¿Estabas con Becca?—se inclinó hacia él con el propósito de sacarle información.

Él se sacó las medias, las hizo una bola y las lanzó al cesto de la ropa sucia en la esquina de su habitación.

—Ajá.

Se quitó la cazadora y se levantó para dejarla en un sillón que estaba en la habitación. ¿Para qué guardar algo que usaba como una segunda piel?

Jane hizo mil muecas de asombro, como si no se lo pudiese creer pero estaba más que feliz de que su plan funcionara, al día siguiente le diría a todos los que dijeron que ser cupido no era su trabajo, que estaban equivocados porque había hecho un grandioso trabajo con las dos parejas, con Gael y Zoe, y Dylan con Rebecca.

—¿Y van a volver a salir?—¡Di que sí, di que sí! Chilló para sus adentros, emocionada hasta las tripas.

Dylan se comenzó a sacar su camiseta, dejando su cuerpo trabajado a la vista, Jane ni lo tomó en cuenta, su mente solo gritaba por cierto chico de cabello cobrizo y ojos verdes.

—No lo sé—hizo la camiseta una bola y la lanzó, si fuese algún integrante de los Cavaliers, su equipo favorito; seguro ese movimiento habría sido de tres puntos.

Jane chilló horrorizada.

—¡¿Cómo qué no lo sabes?!

En ese momento, Emily subía las escaleras pues había ido por un vaso con agua, escuchó el chillido de su hermana y fue directo a la habitación de Dylan, donde entró sin tocar.

Le dio una mirada al cuerpo del chico, esbozó una sonrisa de 'Nah, me quedo con mi Chad' y tomó de su agua.

—¿Por qué gritas?—caminó y se sentó junto a la rubia.

Dylan miraba a ambas hermanas de una a la otra, ¿era una broma? Lo invadían las Cox.

Jane le dio una mirada a Emily como si fuese una idiota y procedió a resumirle todo.

Emily hizo mala cara—. ¿Cómo que no sabes? ¿No sabes cuando vas a salir con ella o si vas a salir con ella?

Él junto sus manos, tomando una gran respiración. Mujeres, su deleite y dolor de cabeza.

—Solo no sé, tal vez no quiero salir con ella.

¡Imposible! Vamos, era Rebecca Belova, la guapísima y cruel Rebecca.

—Idiota—Jane atrapó una de las almohadas de él y comenzó a pegarle.

Emily por su parte, sopesó lo que él había dicho.

—Así qué..., ¿solo tonteo?

Fue como una pausa para que Jane dejara de pegarle a él, y él puso cara de póquer, se le daba bien poner esa cara.

Tonteo, ¿qué, tenía quince años?

—No—Tomaría a esas dos y las sacaría de su habitación en menos de lo que canta un gallo si seguían con el tema.

—¿No, qué? ¿No sabes si quiere meter tú-

Emily cayó al suelo debido a la fuerza del almohadazo que le dio Dylan, ¡joder con ellas!

Zoe escuchó el ruido, ademas, había estado hablando por teléfono con Gael, así que arrastrándose con supuesto sueño se acercó a la habitación de su hermano. Vio a Jane pegarle con una almohada a Dylan diciéndole repetidas veces un 'eres un idiota' y a Emily hacerle mala cara mientras se levantaba del suelo.

¿Y ahora? Podía retroceder lentamente y dejar que ellos se siguieran matando, pero la tentación de hacer molestar a su hermano era más grande, así que entró como perro por su casa.

—¡Hola hola, ¿qué pasa?!—con una sonrisa de lado a lado se subió a la cama de Dylan y colocó sus manos en jarras.

Maldita sea. Que se lo llevase el que lo trajo, ahora tenía a Zoe la intensa fastidiosa también invadiendo su habitación.

Emily toqueteó su rostro, asegurándose de no haberse raspado la mejilla con la alfombra de Dylan.

—Oh, nada. Dyl no sabe si quiere meterse entre las bragas de Becca.

—¡Dylan, eso no se hace!

Suficiente.

Atrapó a Zoe de las piernas y se la cargó como un saco de papas, atrapó a Jane de las dos manos y aunque ella se zarandeó con fuerza no pudo escapársele y haciendo magia empujó por la espalda a Emily. Las tres chicas quedaron fuera de su habitación.

—¡Oye!

La protesta de Jane quedó a la mitad cuando la puerta se les cerró en las narices a las tres.

Se lanzó a la cama y se cubrió por completo, no pasó mucho tiempo pues escuchó movimiento en su habitación, él era de sentidos agudos. Se descubrió la cabeza y miró hacia la ventana, lo que le faltaba, Jane y Zoe tirando de Emily para ayudarla a subir.

Una idea maliciosa se le pasó por la mente mientras veía a las dos chicas tirar para que el trasero de Emily llegase junto a ellas. La escena era cómica, bastante.

Se levantó, fue al baño, llenó un envase de champú con agua y se ocultó detrás de una cortina.

Jane abrió la ventana, entró y luego su hermana con Emily. En ese instante Dylan saltó de su escondite apuntándolas con el envase de champú.

—¡Brujas!

¡Zas! Apretó el envase y los rostros de las tres se llenaron de espuman, aparte de que del susto abrieron las bocas y tragaron espuma con olor a hierbas silvestres.

Lloriqueando Dylan cargó a una por una y las encerró en sus habitaciones, sonrió satisfecho cuando escuchó el montón de maldiciones de Jane y las amenazas de Zoe. Volvió a acostarse y trató de dormir, sí, trató. Tenía un miedo que se cagaba, Jane estaba loca, Zoe estaba loca, Emily..., bueno ella estaba a medio tornillo también. Además, cierta rubia no se le salía de la mente.

Porque lamentablemente Dylan era curioso, y ella le intrigaba. Porque era más que solo una cara bonita.

Rebecca llevaba más de una hora estacionada cerca de Hampstead Heath, no quería ir a su casa, como siempre. Prefería quedarse con alguien, tomó su teléfono y volvió a revisar su extensa lista de contactos. Dudó entre llamar o no a Nick, aunque sea para hablar con él como antes, pero no. No quería molestarlo, pensó en Chad pero no, por ningún motivo pensó en el odioso de Gael así que terminó buscando el de Silas McGillis, un chico un poco guapo que había estado tras ella.

Al tercer tono, el chico contestó, emocionado hasta la médula.

—Rebecca, qué placer—tenía la voz ronca y adormilada.

Ella suspiró—. ¿Me das la dirección de tu casa?

Silas se levantó de su cama, mirando la hora en el reloj y pasmado. Se pasó una mano por el rostro, quitándose cualquier rastro de sueño.

—¿Quieres venir?

Ella apretó los dientes—. Última oferta Silas, tómalo o déjalo.

Él se levantó de un salto, recogiendo su desorden de habitación y tratando de buscar un preservativo entre sus cosas.

—Te la envío en un segundo.

Ella cortó la llamada y le dio un vistazo a su asiento trasero donde llevaba una mochila con sus cosas siempre, se sentía tan sola que no le importaba el precio que tenía que pagar por estar acompañada.

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