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Alyssa duerme plácidamente a mi lado. No sé cómo puede dormir con el calor que hace, la envidio. Seguro que todos duermen y la casa es mía, podría bajar a la cocina y prepararme uno de esos Malibú con sabor a Coco tan fresquitos que prepara Maica; se me hace la boca agua de sólo pensarlo. No obstante, únicamente doy vueltas en la cama sin poder pegar ojo.

Últimamente no duermo casi nada.

Llevamos aquí tres días y aunque Sam dice que no está enfadado conmigo, yo no tengo esa sensación para nada. Simplemente nunca está con nosotras y me evita siempre que puede. Además, siempre tiene alguna excusa para no quedarse: desde que ha quedado con algún amigo hasta irse a hacer surf con Maica. Me pone realmente de los nervios y me abruma lo mucho que lo echo de menos..., demasiado para mi gusto.

Sólo tengo que cruzar un pasillo para hablar con él, pero no tengo valor para hacerlo. Por otro lado, también estoy muy contenta, porque por suerte —y después de mucho insistir—he conseguido que mañana me lleven por fin a Venice para poder hacer todas esas visitas para turistas.

Suspiro sonoramente, observando el techo de la habitación al mismo tiempo que me concentro en la respiración tenue de Alyssa. Echo el edredón hacia atrás y vuelvo a revolverme entre las sabanas. Esto es un hervidero y el aire acondicionado de nuestra habitación está estropeado... para mejorar las cosas.

Está claro que hoy tampoco voy a dormir, y no me vendría nada mal una ducha de una hora como mínimo.

Me levanto de la cama con suavidad y enciendo la luz del baño para no despertar a Alyssa. También podría despertar a cierta persona que me entretuviera toda la noche. Por inercia me muerdo el labio inferior para reprimir una sonrisa, aunque al instante lo descarto y me voy a la ducha para refrescarme y dejar esos pensamientos de lado.

Desde el cálido abrazo en la sala de espera del aeropuerto no hemos vuelto a tocarnos y sólo hablamos en los desayunos, es decir, un par de palabras como para pedir azúcar o el zumo.

Dios. Necesito recuperarlo a toda costa.

Me pongo una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos de franela y salgo de la habitación con cuidado de no hacer ruido. Me muevo con sigilo por el pasillo, pero mis pies hacen un ruido pegajoso cuando camino por la tarima, provocando que me ponga aún más nerviosa.

Cuando llego a la cocina todo está completamente a oscuras, a excepción de la luz de la luna que entra por la ventana corrediza, la cual me percato que está semi abierta. Enciendo la luz del extractor y saco una taza de la alacena, donde me sirvo una taza de té que había preparado esta mañana.

Si no consigo dormir, pues entonces me quedaré mirando como la taza da vueltas en el microondas mientras lo calienta. El té precalentado es lo más asqueroso que he probado en este mundo, pero me obligo tomar la taza por el asa y darle un corto sorbo que calma mi estómago.

La sostengo entre el arco de la mano y el asa, respirando el humo cálido que desprende con olor a hierba buena. Apoyo las caderas sobre la encimera que está a la izquierda de los fogones y cierro los ojos para disfrutar de la sensación.

El té siempre me trae buenos recuerdos. Lo asocio a los buenos momentos que guardo de papá, como cuando acababa de comenzar el instituto y fingía que estaba enferma para no ir a clase, él siempre me pillaba cuando estaba diciendo una mentirilla, pero lejos de ser el típico padre que te mandaba de la oreja a la escuela, él preparaba té y me preguntaba qué me apetecía hacer. Al final siempre compartíamos una taza de té —que curaba todos los males—, y una película de terror. Eso era otra cosa que teníamos en común; ambos compartíamos el afán por el cine de terror.

Los recuerdos provocan que una sonrisa inocente escape de mis labios mientras me río débilmente, expulsando el aire por la nariz.

—¿En qué estás pensando? —pregunta con diversión.

Abro los ojos abruptamente y doy un tumbo en el sitio cuando vislumbro a Sam al otro lado de la isleta, con una mueca divertida y una ceja enarcada. Tiene el cabello revuelto, más que de costumbre, y el pecho al aire, donde sus músculos en relax resultan deliciosos. No obstante, lo que hace que no pueda apartar la mirada de su rostro son las gafas que lleva puestas. Le sientan especialmente bien, aunque me recuerdan a las Harry Potter.

Debo de tener tal cara de susto que Sam comienza a reírse con carcajadas suaves a la vez que señalo con el índice toda la extensión de sus ojos de forma circular.

—¿Desde cuándo...?

—¿Tan extraño te parece que utilice gafas? —rebate él con expresión condescendiente. Se encoge de hombros y sonríe de medio lado para suavizar su contestación mordaz—. Soy miope desde que tengo nueve años, simplificando, que no veo tres en un burro.

«Por Dios, sí. Es raro de cojones.»

—No. Te quedan bien —musito con vergüenza.

Sam asiente con la cabeza de manera divertida y pone los ojos en blanco deliberadamente antes de ir hasta la nevera. Lo sigo con la mirada, el modo en el que los músculos se contraen cuando alcanza el brick de zumo de naranja y lo posa prácticamente a mi lado. Contengo el aliento cuando su mirada de extraños colores se posa en mí, que siento los nudillos adormecidos de tanto apretar la taza.

No sé por qué su presencia me pone tan nerviosa, pero es como si lo sintiera en cada poro de mi piel. Como si tan sólo su presencia reclamara mi atención y mi cuerpo estuviera tan sincronizado con el suyo que le siguiera la corriente.

Suele tener ese efecto en mí.

Le doy un sorbo al té y escondo la cara en la taza para que no pueda ver lo asustada que me siento.

—¿Tú tampoco podías dormir? —le pregunto con suavidad.

Sacude los hombros con indiferencia y frunce los labios con cierta duda, pero finalmente asiente con la cabeza.

—Estaba... trabajando en un proyecto pendiente para la universidad —me responde.

Desvía rápidamente la mirada de la mía cuando asiento débilmente con la cabeza y la ladeo hacia la derecha. Sé que está mintiendo en el mismo segundo en el que se pasa la mano por la nuca e intenta abrir la puerta de la alacena que está sobre mi cabeza.

El corazón me da un vuelco cuando la piel desnuda de su torso roza mis manos sudorosas. Intento no decirle ningún improperio cuando sus caderas se apoyan de manera «accidental» contra las mías. Me muerdo la lengua y cierro los ojos con fuerza.

No sé qué pretende con este juego sucio, pero la tensión comienza a arremolinarse en mi estómago cuando el tiempo en el que debería tardar en coger un vaso excede más del minuto y medio.

Cuando las manos me tiemblan en exceso decido soltar la taza sobre la encimera y agarrarme los bíceps con las manos hasta que siento las uñas atravesar mi piel.

Ese gesto me da valor para enfrentar su mirada oscura y preguntar aquello que me trastoca el sueño:

—¡Te sucede algo conmigo! —le espeto con los dientes apretados.

—En absoluto —me responde con tranquilidad. Justo cuando iba a alejarse lo cojo de lo primero que pillo, y eso va a ser el elástico de sus pantalones de pijama. Lo que provoca que su cuerpo se envare y sus ojos se entrecierren con escepticismo.

Me humedezco los labios y levanto la cabeza para ver como sus facciones se endurecen antes de soltar un suspiro hastiado.

Sé que me quiere, aunque yo haya metido la pata al decirle que no sentía lo mismo, cuando lo cierto es que lo quiero de una manera que no puedo llegar a comprender y me supera en muchos casos. No me deja pensar con claridad al respecto de lo que es bueno para él, para nosotros, pero también es cierto que le dije que nunca iba a volver a alejarme si él no me lo pedía, y de momento no he escuchado esas palabras de su boca.

No sé desde cuando me he vuelto tan insegura, pero no puedo permitirme más caídas.

—¿Es por lo que te he dicho? —inquiero con una seguridad que me saco de la manga.

Él vuelve a poner los ojos en blanco y se ríe sin humor.

Entonces, todo sucede en apenas unos segundos en los que no tengo tiempo de procesar el modo en el que sus labios no tardan en unirse con los míos. Me roban el aliento y se mueven con rapidez, devorando mi boca con ansiedad. Mis manos no tardan en danzar por su pelo y mis dedos enredarse en él. Noto su necesidad y deseo en cada roce de su lengua con la mía. La suavidad de sus caricias por mi espalda y la forma en que me atrae hacía sí hace que todo mi temor desaparezca.

Ahora sí me siento completa.

Su cercanía y su frente contra la mía mientras nuestras respiraciones se calman es lo único que he necesitado.

—¿Por qué has tardado tanto? —murmura.

—¿Por qué me ignoras? —replico con otra pregunta.

Sus ojos se abren de nuevo, cruzándose con los míos antes de hacer uno de esos mohines que me encantan, aunque parece nervioso. Se pasa una mano por el pelo y suspira, provocándome un nudo en la garganta. Nunca sé a qué atenerme cuando pone esa cara.

Acaricio su pecho con suavidad de arriba abajo mientras le sostengo la mirada.

—Pensé..., que necesitabas espacio para pensar —musita. Me coloca el pelo detrás de la oreja y me regala una de esas sonrisitas tímidas; esas que sólo son mías—. Tal vez no quieras seguir con lo que solemos hacer.

—Nunca vuelvas a pensar por mí —suelto sin pensar. Lo miro con el ceño fruncido y algo desalentada. No me puedo creer que estuviera tan distante por sus imaginaciones y su forma de darme tiempo—. Nunca —repito muy cerca sus labios.

Mi mano se desliza por su nuca, rompiendo los pocos milímetros que nos separaban. Esta vez yo pongo el ritmo del beso, aunque Sam siempre anticipa mis movimientos. He ansiado esto durante mucho tiempo, saber que no está enfadado conmigo es liberador, porque la verdad es que no tengo ni idea de cómo iba a solucionarlo.

Me levanta del suelo. Por instinto mis piernas se enredan en su cintura mientras y le rodeo el cuello con los brazos.

—Pesas como un muerto —masculla mientras camina fuera de la cocina, hacia las escaleras.

Achino los ojos y lo miro con falsa indignación antes de reírme.

—Mejor cállate —apremio con una sonrisita condescendiente.

Intenta replicarme, pero se lo impido cuando vuelvo a unir nuestros labios. Consigue llevarme a su cuarto sin romper en ningún momento el contacto de nuestras bocas, lo que me dice que se conoce esta casa como la palma de su mano.

Sus manos se deslizan por mis muslos, haciendo que todo el vello de mi cuerpo se erice en segundos y me recorra un escalofrío.

—Siempre vamos al grano —murmura contra mis labios.

—Aja.

No tardamos en encontrar la cama, donde me posa con suavidad. Abro las piernas para que pueda colocarse mientras me incorporo en los codos, mordiéndome el labio inferior de manera provocativa. Pero, de repente, escucho un suave murmullo, lo que me hace girar la cabeza hacía la izquierda para encontrarme con el causante.

Los auriculares están a un par de centímetros de mí; sólo tendría que estirar la mano y ya serían míos.

Sam nunca me deja escuchar su música. No entiendo por qué, cuando la verdad es que es algo normal entre nosotros: La música es algo fundamental en mi vida y él mejor que nadie lo sabe.

Su sonrisa desaparece cuando capta mis intenciones.

—Ni se te ocurra —farfulla.

Antes de darle tiempo a quitármelo, yo ya tengo el móvil en una mano y los auriculares en otra. El murmullo me hace cosquillas en la palma de la mano mientras lo miro victoriosa. Su ceño se profundiza cuando se sienta a mi lado a la vez que me asesina con la mirada.

Su móvil es algo que nunca he podido coger con libertad.

La curiosidad me invade cuando el nerviosismo invade su mirada mientras se pasa las manos por el pantalón y yo observo su móvil con una pequeña sonrisa. Es una satisfacción casi ridícula y muy poco madura por mi parte, pero lo cierto es que la curiosidad es superior a mí.

Su cara de derrota y el cuaderno que se pasa de una mano a otra hace que el gusanillo crezca.

—Adelante —murmura. Me pasa también el cuaderno. Es pequeño, de tapa dura y como no, negro—. Empecé a escribirlo cuando descubrí tu fascinación hacia la música. Al principio sólo era un pasatiempo, sin embargo, una vez que empecé, no pude parar. Así que aquí está —admite.

Lo miro dubitativa y algo desconcertada.

—¿Es un diario? —pregunto.

Comienza a reírse con suaves carcajadas mientras sacude la cabeza divertido. No sé si lo que he dicho es gracioso, no lo creo. Además, tiene toda la pinta, aunque también es cierto que nunca me dejaría leer algo tan personal.

«¿Oh, sí?»

Cruzo las piernas y tamborileo con las uñas sobre la superficie dura. Mi mirada pasa del móvil al cuaderno, pasando por la expresión divertida de Sam. No sé por dónde empezar: la música es tentadora y la idea de que por fin vaya a poder hurgar en su reproductor es atractiva, pero la propuesta del cuaderno lo es aún más.

Dice que empezó a escribirlo cuando me conoció, así que seguro que hay cosas sobre mí. Al fin y al cabo, puede que se sea un diario y sólo se haya reído para confundirme.

Prácticamente me está dando pase libre para entrar en sus pensamientos, reflexiones y secretos, pero ¿quiero conocerlos? No me parece ético cuando yo no lo dejo ni asomarse a mis pensamientos.

—No voy a leerlo —acoto. Rasgo la encuadernación con la uña sin apartar mi mirada de las hojas, que me llaman a leerlas—. No estaría bien que invadiera tu privacidad.

—No es un diario... —se rasca la nuca y me mira de lado—, no un diario en el sentido estricto de la palabra —explica con un hilo de voz.

Parece tan tímido y avergonzado que no puedo evitar reducir un poco más la distancia entre nosotros: su calor se ha vuelto mi adicción.

Lo miro por encima de las pestañas antes de abrirlo por la última hoja, que no está terminada. Mi mirada danza por las estrofas que nunca había escuchado. Paso las hojas admirando su pulcra escritura y las fechas. Todas las canciones tienen una fecha, el nombre de la canción y el cantante.

No me detengo a leerlas con detenimiento, pero hay dos coincidencias: reconozco Hurricane de Hasley y las fechas coinciden conmigo.

Me dijo la verdad cuando me explicó que no era un diario en el sentido estricto de la palabra.

—Las fechas...

—Todas las pase contigo... más o menos, excepto cuando me echabas de tu cama a gritos o algo parecido. Cada vez que me hacías una de las tuyas siempre escribía aquí la canción que me hacía pensar en ti o expresaba en ese preciso momento lo que estaba sintiendo.

Me río bajito mientras apoyo la cabeza en su hombro. De repente, me asalta un temor desconocido y muy poco agradable. Aunque no sea un diario, no dejan de ser reflexiones; transforma la música en palabras que para nosotros tienen sentido.

Abro una hoja al azar y me encuentro con End up de Blackbear y Mindy White.

—Si mi amor no es suficiente, espero que encuentres justo lo que necesitas. No sé dónde voy a terminar, espero que tú termines conmigo ¿Vas a terminar conmigo? —murmuro.

Las lágrimas me empañan la vista al leerlo, hasta tengo que morderme el labio inferior para reprimir un suspiro. Esto lo escribió el mismo día que yo lo eché de mi casa la primera vez que estuvimos juntos; cuando lo traté tan mal. Me suena como si hubieran pasado mil años, aunque sólo fuera hace cuatro meses.

Y lo más chocante: ¿Él ya sentía eso por mí desde hacía tanto tiempo?

Llevamos mucho tiempo en este constante tira y afloja. Los dos nos hemos despedazado vivos, pero también nos hemos ayudado cuando sabíamos que realmente estábamos mal, nos hemos gritado y hemos reído y llorado al mismo tiempo.

Me quiere, yo lo quiero ¿Por qué seguir luchando contra lo inevitable? ¿Por qué no me atrevo a amarlo?

Sam me mira dubitativo y me levanta la cara para que lo mire.

—Antes de eso ya te quería. Puede que desde el mismo instante en el que nos chocamos y me miraste con esos ojos verdes llenos de rabia —murmura.

—Realmente te odiaba —admito con una carcajada vacía.

Sus ojos miel y avellana se posan en los míos y no puedo evitar estremecerme. A veces es como si vieran a través de mi alma, como si fueran capaces de arreglar lo jodida que estoy por dentro.

Tal vez Sam sea el único capaz de conseguirlo y si no le doy la oportunidad, nunca lo sabré. Estoy harta de sufrir por algo que es mío desde hace tanto tiempo que ni me acuerdo. Creo que es momento de afrontar la realidad y ser sincera conmigo misma y con él.

Nos merecemos un descanso de esta constante noria que no deja de girar. Suspiro sonoramente y lo miro directamente a los ojos.

—Quie-quiero intentar algo —balbuceo.

—Puedes hacer lo que quieras —me contesta con dulzura.

Sonrío con timidez y asiento con la cabeza para darme ánimos a mí misma. Sam me sonríe y me aparta un mechón rebelde de la frente.

Me mira confundido cuando escalo por la cama hasta estar detrás de él. Si no puedo decirle con palabras lo que quiero decir, puedo escribírselo. Así que me pongo de rodillas para estar a su altura y comienzo a trazar letras con el índice sobre su espalda, sintiendo como se estremece cuando lo toco.

Voy despacio con cada letra para que pueda distinguir lo que pongo, aunque estoy segura de que lo ha entendido a la perfección, no tengo duda.

«Por qué si U es mitad de "Us" y E es mitad de "We", entonces "I "estoy en el frente y L-O-V está en medio».

Exhalo un largo suspiro y apoyo las manos en sus hombros cuando termino. Apoyo la frente contra su espalda mientras me sonrío una vez más. Sienta de maravilla decirlo por fin; por fin después de mucho tiempo me siento liberada.

Siento su respiración suave y como acaricia mis brazos con suavidad.

—¿Por qué has tardado tanto? —pregunta en un susurro.

—Porque odio amarte —confieso.

Hace que me mueva de nuevo, me coge por los brazos y me ayuda a volver a estar a su lado. Su mirada refleja la confusión que le provoca lo que acabo de decirle, pero es lo que siento. Odio sentirme tal débil, vulnerable.

Desvío la mirada cuando siento que las lágrimas descienden por mis mejillas.

—Pues no deberías, porque yo te amo de dentro hacia fuera —afirma. Me limpia las lágrimas con los pulgares y me sostiene la mirada—. Y si te amo, lo siento, pero no me arrepiento en absoluto —admite.

Parpadeo para intentar detener el flujo de agua que no deja de salir de mis ojos a la vez que intento mantener mis hipidos a raya. Que me diga esto no ayuda, porque yo también lo amo, pero tengo miedo, mucho más miedo del que estoy acostumbrada a asimilar y controlar. ¿Y si se cansa de mí? ¿Y si descubre la mala persona que soy realmente? Y... y... y...

—Becca, por favor. Deja de pensar —me pide.

—No... no puedo evitarlo. Te quiero, te quiero muchísimo, pero tengo miedo de que te canses de mí... Y si no soy lo que realmente quieres, o si sólo piensas que soy lo que necesitas y después te das cuenta de que no es así. No soportaría volver a perderte —sollozo.

Mi mirada se pierde por la habitación y lo único que quiero hacer es abrazarlo, sin embargo, lo único que hago es llorar contra su pecho mientras me consuela.

Me acaricia el pelo y yo me abrazo a su cintura.

—Te prometo que no voy a dejarte nunca. Te quiero demasiado como para hacerlo.

—Amarte parece tan sencillo y dulce, como si pudieras sacar lo mejor de mí cada vez que me miras, pero al mismo tiempo, siento que tendrá consecuencias, porque no merezco que alguien como tú me ame por lo que soy. No lo merezco —me cubro la cara con ambos manos para después pasármelas por el pelo en un gesto nervioso—. Siempre he sentido que ya te he querido antes, que fuiste alguien importante en mi vida, como si antes de esto ya me hubieras marcado —confieso.

Es entonces cuando me abraza con más fuerza mientras sus palabras susurradas en mi oído relajan mi orgullo herido. De verdad me quiere, y muy en el fondo, sé que nunca me dejará; al menos que yo le dé razones para hacerlo.

—Nunca jamás voy a dejarte: eres lo mejor que tengo y que no pienso volver a perder —murmura.

—Perdóname por haber sido tan idiota. —Me aparto de su pecho y lo miro a la cara. Con cuidado, me pongo de rodillas para estar a su altura y le cojo la cara entre las manos para que me mire—. Te amo, te amo muchísimo, Sammuel Evans —aseguro.

Junto mis labios a los suyos y lo beso. Esta vez sólo quiero disfrutar de su contacto, donde se mezclan el sabor salado de mis lágrimas, la ansiedad y por fin eso que nunca pude descubrir antes. Ese amor que siente por mí, ese mismo que yo siento por él.

Si alguna vez me hubieran dicho podría sentirme tan feliz por algo tan sencillo, creo que no me lo creería. Honestamente, creo que nos merecemos ser felices, al menos lo que dure esto, que espero que sea mucho tiempo.

Siento su respiración contra mi cuello mientras me abraza.

—¿Sabes qué eres de la primera persona de la que me enamoro? —confieso.

—Me gusta ser el primero para ti.

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