Capítulo 3

Isabella suspiró apoyando el codo sobre el mostrador y colocó la mejilla encima de la palma de la mano. Para ser sábado, ese era un día terriblemente aburrido. Ella había esperado que, como en Londres, la tienda estuviera llena; no era así. Con suerte su cliente número cinco se había ido hacía media hora, desde entonces nadie se volvió a acercar.

De reojo vio a Keiko, su madrastra, quien se esmeraba en hacer más atractivas las flores. Como si fuera posible. Ella tenía el don, se dijo, porque siempre conseguía que un simple ramo de rosas luciera como salido de una película de fantasía romántica o un cuento de hadas. Fuera de eso, era inteligente y amable, una esposa maravillosa que se llevó lejos la soledad de su padre.

Echaba por tierra el mito de la madrastra malvada que devoraba corazones.

Keiko era, por mucho, lo mejor que les sucedió a ambos.

Como si oyera sus pensamientos más íntimos, ella dejó lo que estaba haciendo y le dirigió una mirada cariñosa, que iba acompañada con la más radiante de las sonrisas. Isabella correspondió y regresó la vista al frente, a la espera de un nuevo visitante.

Pero nadie cruzó la puerta en los siguientes cinco minutos. ¿Acaso podría irles peor? No lo sabía, aunque rezó porque no iniciara una nevada sorpresa o los azotara un huracán. Y, hablando sobre desastres ecológicos…, ¿había huracanes en Japón? ¿Por qué nunca salía en las noticias extranjeras? No tenía idea; pero debía dejar de pensar en tonterías, si quería permanecer lúcida.

Resoplando, con tanta fuerza que sus labios se movieron causándole cosquillas, ella tomó su smartphone y se dedicó a navegar en Internet. Como de costumbre, no había nada bueno. El inicio de su cuenta de Facebook estaba casi desierto, Aoi[1] no daba señales de vida en Twitter y Kamijo[2] no hacía más que publicar fotos de su deliciosa y recién hecha comida casera. A ese paso, moriría de aburrimiento.

La campanilla, que anunciaba el ingreso de un nuevo posible cliente, sonó.

—¡Bienvenido a la floristería Aizen! —dijo, de forma automática.

Esperanzada, Isabella levantó la vista. Oh, Dios santo, ¿por qué, de todas las personas de Japón, tuvo que ser él? Por la expresión en el rostro de Mitsue, intuyó que se preguntaba lo mismo. Eso casi le saca una sonrisa. Casi. No fue de ese modo. En su lugar ella abrió la boca, asombrada, al fijarse en lo que él tenía puesto. Como si estuviera en una vieja película samurái o como si recién hubiera salido de una ceremonia importante, Mitsue llevaba un Montsuki[3] completamente negro, con una Haori[4] del mismo color, sobre el que estaba bien visible el emblema de su familia: un tomoe[5] de cuatro comas, que encerraba una pequeña flor de loto blanca y de ocho pétalos[6]. Algo realmente importante y de lo que, como florista, conocía el significado: perfección del espíritu y la mente.

Con razón era tan orgulloso.

¿Podía lucir más arrebatador? Isabella vio hacia abajo y descubrió la respuesta: incluso tenía puesto el maldito Hakama[7]. Oh, cielos. Tratando de ignorarlo, elevó la vista. Mala idea. Mitsue llevaba el cabello recogido en una apretada cola de caballo y algunos mechones le caían sobre la cara y los hombros. Además de que no tenía los aretes. Encantador.

Ella quería un pedacito de eso. Una lamidita, pequeñita, nada más. O una mordida. Seguro que el muy bastardo no extrañaría un trocito de nalga, abdomen, lo-que-fuera.

Carraspeando e intentando ignorar sus emociones, le ofreció una sonrisa que…, para variar, no le correspondió.

«Maldito engreído». Era insoportable.

—Bienvenido a la floristería Aizen —repitió—, ¿en qué puedo ayudarlo?

Mitsue curvó una ceja, con esa arrogancia característica, mientras cruzaba los brazos sobre su pecho. Isabella se dispuso a insultarlo, pero antes de poder hacerlo, Shiori entró. Al igual que su hermano, ella estaba realmente hermosa: con un kimono blanco, con algunos dragones bordados, y el cabello recogido. Parecía una princesa. Olvida a Mulan y a Kaguya-hime, Shiori pateaba traseros.

¿Qué, todo el país estaba de fiesta mientras ella se aburría a muerte? No, ni de chiste.

—Isy —Shiori ladeó la cabeza—, ¿trabajas aquí?

Ella asintió, despacio.

—Es de mis padres, los ayudo los fines de semana.

—Oh… —Shiori se mordió el labio inferior, en un adorable gesto infantil—, ¿y dónde están?

Isabella se encogió de hombros. De momento, Mitsue estaba viéndola con interés, eso la puso nerviosa.

 —Papá está de viaje y mamá… —La buscó con la mirada—. Podría jurar que estaba aquí, hace rato.

—Bueno…

Shiori fue incapaz de continuar, pues Mitsue la interrumpió, con su habitual tono frío. El Ártico debía de estar orgulloso de este hombre; de ser una persona, claro que lo estaría.

—Necesitamos lirios blancos, algunos crisantemos y lilas —dijo—. Dos ramos.

Shiori le dio una mirada cargada de pena a Isabella, quien suspiró. Luego de dos semanas ya estaba acostumbrándose a la desagradable forma de ser de Mitsue.

—Sí, mi amo. Como ordene, mi amo. —Lo vio, con indiferencia—. ¿En serio, te cuesta mucho decir «por favor» y «gracias»?

Bufó dándole la espalda. «Hombres», se dijo. Pero no lo entendía, de todos los que había conocido en sus dieciocho años de vida, él era el más complicado.

Mitsue la vio partir, sin pronunciar una palabra. Bueno, ¿qué iba a decirle? Siempre que la tenía frente a sí mismo no sabía cómo comportarse y terminaba iniciando una riña sin sentido. A ese paso, ella pensaría que estaba loco. O que era homosexual, por cómo la trataba. Ah, diablos, ¿qué tan idiota era? «No seas estúpido». Siendo sincero, ¿qué podía importarle a Isabella si a él le gustaban otros hombres o no? ¿Y qué si era un desquiciado sin ningún oficio? Seguramente nada, ella no daría una mierda por él. De eso estaba convencido.

Aun así…

Shiori se volvió hacia él y lo vio con reproche. Su hermana podía ser tímida, callada y dulce; pero no estaba de acuerdo con su actitud distante. Tratando de ignorarla, él recorrió el lugar con la vista. Pequeño pero bonito: había varios arreglos florales sobre mesas de madera, algunas velas aromáticas y campanillas que sonaban suavemente con el soplo del viento. En una esquina, arriba de un altar, estaba una escultura de Aizen Myō-ō[8], el hombre de piel rojiza oscura y terrorífica apariencia, parecía mirarlo con total desprecio. Mitsue sospechó que de ahí derivaba el nombre de la tienda.

Además de eso, olía bien, como era de esperarse.

Juntando los párpados, inhaló. Lo percibió de inmediato: la suave esencia que caracterizaba a Isabella. Increíble, ¿no?, que no se tratara de un perfume artificial, sino del aroma de las flores con las cuales trabajaba, entre las que convivía con su familia. Eso removió todo en su interior.

Siendo honesto, ¿qué le hacía sentir? No tenía idea, sin embargo, cuando ella se acercaba y lo miraba de ese modo tan particular, cada parte de su cuerpo cobraba vida y comenzaba a desear su contacto. Tan solo una caricia. Que se llevara el dolor con sus suaves manos y… Pero ¿realmente pensaba que un roce estúpido e insignificante lo calmaría cuando le arrebataron el corazón siendo un niño? En serio, ¿tan cretino era?

«Al parecer nuestro esposo nos dejó sin cerebro también, ¿verdad?, Naori». Odiaba con cada fibra de su ser ese nombre. De tener hijas, si las tenía claro, jamás llamaría a ninguna de ese modo. Nunca. «Y ahora pensamos en una familia». Sí, se estaba volviendo loco.

Isabella volvió momentos después. Ella tenía el cabello recogido en una coleta alta, que se agitaba como las olas del mar con cada paso que daba. Del mismo modo, llevaba puesta una franela sin mangas, con un ligero escote en forma de U, y una falda morada que le llegaba por encima de las rodillas; pero todo lo demás era cubierto por un delantal rosa pálido que hacía juego con su labial.

Mientras caminaba hacia ellos, Mitsue se perdió en el movimiento de sus caderas. Ella era…, ¿qué palabra la describiría? No la encontró. Pero cuando Isabella lo miró a los ojos, él sintió que todo su mundo se mecía.

Intentando ignorar el palpitar frenético de su propio corazón, alargó la mano, para tomar las flores. Pésima idea. En el instante en el que sus pieles se rozaron, sintió una especie de descarga eléctrica recorrerle la espalda. Y, más que nunca, anheló se tocado por ella. Ser reparado por las suaves manos de la Chica de las Flores.

«¿Cuán triste y ridículo soy si algo así de superficial significa tanto para mí?». La verdad, no lo sabía. No obstante, debía de ser mucho, para anhelar el toque de una mujer que nunca querría estar a su lado. Porque, ¿quién en su sano juicio pretendería estar con alguien como él?

Usado. Humillado.

Roto.

Un hombre que…, como una burla cruel del destino, no se sentía como tal. Porque en el pasado alguien se había llevado toda su masculinidad, su valor, y lo dejó con ese inmenso vacío en el alma que nadie podía llenar. Lo sentía ahora, justo como en aquel tiempo. La atroz y dolorosa verdad que no podía cambiar, por mucho que se esforzara: no estaría completo de nuevo.

Nunca.

Furioso consigo mismo, se alejó de Isabella.

—Gracias. —Le costó más de lo pensado decirlo.

Isabella trató de no sentirse herida. No resultó. Mitsue le había soltado las manos como si tuviera una enfermedad contigiosa. ¿Por qué? Jesucristo, era consciente de que iniciaron con el pie izquierdo; pero estaba malditamente segura de que no hizo nada para provocarlo. Salvo sentarse en el lugar incorrecto, tal parecía. Incluso así, ¿qué tanto le costaba hacer las paces?

Con una sonrisa fingida, ella comenzó a facturar. «Ignóralo», se dijo.

No pudo.

«No lo hagas».

Tampoco fue capaz de contenerse por mucho más tiempo. Isabella levantó la cara y lo barrió con la mirada. Y un demonio, lo apuesto no disminuía que fuera un grosero insoportable. Solo con ella. El recordarlo le dolió.

—¿Sabes? No te entiendo. Sé que eres chico y ustedes, por lo general, no tienen cerebro; pero ¿qué te hice?

Mitsue parpadeó, confundido.

—¿Qué? —Él había esperado que ella no lo notara. Al parecer lo hizo.

Aún peor: terminó malinterpretándolo.

Isabella apretó las manos y respiró profundo.

—¿Qué, en serio? ¡No-me-jodas! —No pudo esconder el sufrimiento y la rabia en su voz—. Esto de por sí ya es difícil, ¿sabes? No es que te importe, ¡sé que te da igual! Una mierda, ¿no?, eso valemos todos para ti. —La voz se le quebró, de forma ligera—. Pero soy nueva por acá, apenas estuve un año, y eso fue hace mucho. No tengo un maldito amigo, no entiendo sus costumbres. Y tal parece que todo lo hago mal, porque huyen de mí como si tuviera la peste…, tal como haces tú. Y estoy muy sola, ¡maldita y horriblemente sola! Y…

Isabella se mordió el labio inferior, para no llorar.

—Yo… —Mitsue se sintió como la peor de las personas. Ella estaba herida, por su culpa—. Isabella, no…

Ella lo apuntó con su dedo acusador. Las lágrimas le cristalizaron los ojos, pero se negaban a salir.

—¡No te atrevas! Lo que menos necesito es tu puta lástima, ¿okay? Solo te pido que me expliques: ¿qué-te-hice?

Nada. Ambos lo sabían, aunque solo Mitsue tenía la respuesta.

—Lo lamento. —Su voz fue un murmullo.

Tanto Shiori como Isabella se lo quedaron viendo, asombradas. ¿Shiroyama Mitsue, ofreciendo una disculpa? Y luego, ¿qué, aparecían los Jinetes del Apocalipsis? Isabella, creyendo que se trataba de una broma, vio hacia todas las direcciones posibles.

Mitsue frunció el ceño.

—¿Qué haces?

Ella coloco ambas manos en sus caderas.

—Pues espero el Juicio Final o que salgan las cámaras escondidas, cuando menos.

—¿Qué? —Shiori ladeó la cabeza.

Isabella volvió a señalar a Mitsue.

—Se acaba de disculpar, es señal de Apocalipsis, ¿no?

Shiori rio, cubriéndose los labios. En cambio, Mitsue, bufó.

—Eres complicada. —Y encantadora, pero eso no se lo diría—. Fui descortés, ¿puedes perdonarme?

Ella se mordió el dedo pulgar. Si, cómo no. ¿Así de simple? Nunca. Ahora lo que más deseaba era una compensación de su parte. Se lamió los labios, despacio, y esbozó una sonrisa coqueta.

—No.

¿No? Mitsue estuvo a punto de maldecir.

—¿Qué, quieres que me arrodille? —Cosa que no hacía desde que era niño, cuando lo violaban de la forma más horrible—. Ni en tus mejores fantasías.

Antipático, como de costumbre. Isabella reprimió un gemido.

—No. Mucho peor: tú, Mitsue cara-de-hielo, me llevarás a cenar.

«Mierda». Ambos pensaron lo mismo, aunque por razones opuestas.

Mitsue la vio con terror. Isabella, ¿quería cenar con él? ¿Y después de cómo la trató? Fue su turno de buscar cámaras y esperar un tsunami de proporciones globales.

No sucedió.

En cambio, ella continuó mirándolo, a la espera de una respuesta.

—Mañana, a las cinco, vengo por ti.

Isabella asintió, sin podérselo creer.

—¿Es una cita? —Porque si lo era, ella tenía que ir al salón de belleza en ese instante.

Mitsue titubeó. ¿Se trataba de una? Se giró hacia Shiori. La sonrisa en la cara de su hermana le dio la respuesta: lo era. Y él no podía huir de eso. No quería.

—Sí…, es una cita.

...

[1] Aoi: Segunda guitarra de la banda de J-rock the GazettE.

[2] Kamijo: cantante, modelo, compositor y escritor japonés. Es conocido por ser el líder y vocalista de la banda de J-rock «Versailles Philharmonic Quintet», y —en su momento— de la famosa Lareine, además de New Sodmy.

[3] Montsuki: kimono masculino al que se añade una Haori de color negro, con el lazo, con el emblema de la familia bien visible. Es el más formal.

[4] Haori: tipo de chaqueta de color negro, que se coloca sobre el kimono masculino.

[5] Tomoe: es una figura abstracta japonesa compuesta por comas.

[6] Loto blanco: está relacionado con la perfección del espíritu y de la mente, un estado de pureza total y de naturaleza inmaculada. Por lo general se representa con 8 pétalos.

[7] Hakama: especie de pantalón holgado, a veces usado en las artes marciales, que se coloca sobre el kimono.

[8] Aizen Myō-ō: también llamado Rāgarāja, es una personificación de la transformación de la lujuria y el amor en el despertar espiritual. Representa el estado en el que la excitación sexual es canalizado hacia la iluminación, y en el que el amor apasionado es convertido en la suprema misericordia por todos los seres vivientes.

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