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Capítulo 2: Un perfecto desastre

 

Las luces de neón que se paseaban de un lado a otro no hacían más que generar un efecto divertido y jovial en cada recoveco del bar.

El calor abrazador del local las obligó a despojarse de cada abrigo que tenían puesto.

Eva quedó al descubierto con un hermoso vestido corto, sin mangas de alta costura color blanco. Eva era una excelente modista que dedicaba su vida al trabajo en la farándula de la moda. Imponiendo su estilo único y excelente a la vista de cualquier persona con clase.

Zahra vestía un sencillo pero elegante jean tiro alto, y lucía una camisa sin mangas que era en extremo delicada. Sus zapatos de taco de punta y cuero hacían juego con su tapado

Pronto la camarera se acercó a ellas para consultarles qué iban a beber.

Salieron dos “Sex on the beach” al instante. Pero no pasaron más de cinco minutos cuando estaban recibiendo una segunda tanda de “Mojitos”.

— De parte de los caballeros. — les informó la moza señalando con la mirada al par de pillos que planeaban hacerles llegar sus intenciones con un sutil regalo para más tarde poder acercarse a ellas de forma ligera y elegante.

Ambas tomaron la ofrenda de paz y volvieron a un viejo ritual que creían que ya jamás volverían a realizar. Se miraron dos segundos solo para confirmar su sincronización, volvieron la vista hacia aquel par de comensales y les dedicaron su más brillante sonrisa.

Ambos se derritieron tan pronto fueron víctimas de aquella arma mortal.

Y se rieron a carcajadas cuando ellas les mostraban cómo agradecían el regalo tomándolo de un solo sorbo, sin que tuvieran que realizar algún esfuerzo al lograr este cometido.

Después de reír por aquel acto de simpatía, Eva logró recobrar la compostura y volvió a lo importante.

— Bueno, ya es hora de que vos y yo hablemos. ¡Vamos! Dime, ¿cómo te fue? — Eva sabía que volvía a un terreno peligroso, pero esperaba que el alcohol lograra suavizar el impacto de la pregunta.

— Me fue horrible. Fatal. Terrible. Fue un homicidio. No. Un asesinato a sangre fría. — enfatizó la última oración, anunciando las palabras perfectas que eclipsaban la colosal sensación que todavía recorría su angustiado pecho.

— … ¿Tan mal? — quiso saber Eva con sinceridad.

— Puedo buscar más sinónimos, pero serían redundantes. Pero no lo supe hasta que mi profesor confirmó que mi trabajo final no era más que “la definición de un perfecto desastre”.

Eva supo al instante que esas habían sido las palabras textuales que habían usado con ella para tirar al borde del abismo a todas sus expectativas.

Había trabajado muy duro los últimos años.

Faltaba tan poco para que pudiera recibirse de Contadora, que le dolía muy en el alma que las esperanzas de su amiga fueran pisoteadas de una manera tan enfermiza.

Sabía que Zahra había estudiado semanas para ese final, el último de todos, el que le daría la entrega de su título más que merecido. Pero había fallado por segunda vez.

Nunca en toda su carrera se había esforzado tanto por una materia, se sentía fatal y mentalmente agobiada.

Conocía a su amiga, había sacrificado los últimos años de su vida por su carrera mientras trabajaba como una obsesionada para poder mantener su economía en equilibrio. Había realizado malabares que nadie con pleno uso de sus capacidades mentales se hubiera siquiera atrevido a pensar. Pero ella nunca se rindió y pese a que los vientos no eran favorables, se puso la capa de heroína y salió del lodo con la frente bien en alto.

Para mantenerse trabajaba a tiempo completo y con los escasos tiempos que se inventaba estudiaba con un sacrificio que de no ser porque la veía realizándolo, jamás hubiera creído que alguien pudiera hacerlo.

Eva admiraba a su amiga, no solo por la fortaleza interior que siempre tenía, su convicción y su don por mostrar una sonrisa cuando detrás de ella cargara con lastres tan pesados que no podía siquiera imaginar. Más allá de todos sus esfuerzos, la admiraba porque a pesar de todo esto, ella hacía lo imposible posible, y cada vez que Eva la necesitaba, Zahra estaba allí para ella. Ella estaba incluso cuando ni siquiera se lo pedía. Era como si tuviera un sexto sentido, y supiera exactamente cuándo Eva la necesitaba. Aparecía de la nada o le enviaba un mensaje preguntándole si estaba libre para poder llamarla.

Ella estaba siempre sin necesidad de que Eva tuviera que pedírselo.

Por esa razón, ella trataba de hacer lo mismo por su amiga. A Zahra siempre le costaba pedir ayuda, y pasaban estas cosas. Llegaba a su punto límite y se desarmaba. Eva odiaba cuando eso pasaba, porque eso solamente significaba que había descuidado a su amiga demasiado tiempo. Con ese remordimiento clavado en la garganta, hizo un fondo blanco con su segundo mojito en un intento de ahogarlo.

— ¿Sabes qué, Zari? — dijo en forma sonora, con las mejillas enrojecidas por el coraje.

— ¿Qué cosa Evi? — respondió ella observando su propio vaso vacío mientras jugaba a derretir el hielo que quedaba revolviéndolo con el sorbete.

— ¡Tú profesor es un estúpido! — rugió alcanzando el nivel de la música que reinaba en el bar.

— …— Zahra quedó perpleja al ver cómo su amiga había gritado tan abiertamente aquella verdad.

Entonces Eva volvió la vista hacia Zahra y vio algo sorprendente.

Por primera vez en varios meses veía a su amiga sonreír. No sabía bien las razones, pero su amiga no solo luchaba con una mala calificación. Lo sabía, pero no quería importunarla con más preguntas de las necesarias. Algunas veces ella solía estar así. Al principio, eran horas. A medida que pasaban los años, fueron creciendo esos ratos de tristeza que solían acosarla. Después, esos ratos habían pasado de ser días a semanas. Y con los años aprendieron a reforzarse hasta convertirse en meses. Odiaba no saber cómo ayudarla, pero cuando encontraba la forma de hacerla sonreír sentía que la reiniciaba y comenzaba a ser ella de nuevo.

Y no se equivocaba en lo absoluto.

La luz que transmitía su sonrisa trajo consigo un fabuloso premio, una botella rebosante de champaña recién abierta. Dos vasos con helado de limón fueron posados sobre la mesa donde se encontraban y recibieron la ovación de su público masculino, esta vez, cuatro muchachos un par de años mayor a ellas brindaban en el aire para asumir el gasto de aquel trago que le entregaban.

Otra vez, bastó una mirada entre ellas para saber que debían agradecer aquel gesto en forma inmediata. Con el champan bañando el helado de limón, tomaron de un solo saque aquel exquisito trago mientras dedicaban aquel sorbo a sus espectadores eufóricos al ver cómo recibían sus respetos.

El par rio a carcajadas y entonces se armó el baile dentro del bar, todos estaban sacudiendo sus cuerpos en sincronía con la música que retumbaba peligrosamente en sus tímpanos y tres rondas de tequila bastaron para que “Borro Cassette” comenzara a activarse.

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