El rojo de Devina (Libro 1)
El rojo de Devina (Libro 1)
Author: sheyla garcia
Capítulo Uno: La intuición

—¡Eh! ¡Tú! ¡Él de los lentes Hipster, baja los pies de la mesa pendejo! - Devina le grita al cliente sin reparos.

Estaba harta de siempre corregirle lo mismo a ese tipo, por suerte para ella en esta ocasión no estaba el gerente para sermonearla por su manera de referirse a los clientes.

Ella se salvaba y aún conservaba su trabajo porque ninguna otra camarera atraía tantos clientes como Devina D'angelo.

Pero n especial ese cliente la ponía d ellos nervios y a punto de cometer un clientisidio.

Todas las noches era lo mismo con ese idiota patológico.

Comenzaba a pensar que le gustaba ser corregido por ella.

Quizá tenía deseos de ser sometido por una pelirroja de temperamento explosivo.

—Deberían lavarte la boca con ácido - Dice el hombre de chaleco negro tipo motorista de Harley Davidson y lentes al estilo hipster.

— Y a ti deberían cortarte los pies asquerosos  para que tengas más educación. ¡Me tienes harta! - Devina se gira y comienza a caminar en dirección a la barra.

Otra noche más en el Jevi's tratado con toda clase de mocosos y de arrogantes machotes que pensaban que podían hacer y deshacer en el bar.

Tenía tiempo haciendo aquello, pero comenzaba a hartarse de lo mismo.

La responsabilidad de mantener todo bajo control la estresaba.

Devina estaba vestida como siempre, con una falda Roja en Leather y un top blanco que dejaba al descubierto su plano abdomen lechoso. Su cuerpo de nadadora era toda una revelación para los caballeros que circundaban el bar. Devina medía un metro cincuenta pero con los tacones de color  rojos chino de diez centímetros, parecía una modelo de esas con piernas interminables. Su trasero en forma de durazno y sus ojos color chocolate le daban un aire de inocencia que se perdía al mirar sus labios siempre pintados de color rojo vibranza y su cabello rojo fuego.

Ella había heredado la piel tostada por parte de su padre de origen Italiano, a quien jamás conoció y que su madre no tuvo la oportunidad de hablarle sobre él porque murió de leucemia cuando Devina tenía seis años.

  Ella se parecía mucho a su madre, por el cabello encendido y la nariz respingona, decía su abuela que era la nariz de una mujer chismosa y peliona.

Si.

Justo así había salido Devina.

Quizá en su adolescencia le molestó no saber cómo eran sus padres o pensar en cómo hubiera sido su vida de haber tenido contacto con su padre, pero ya ahora de adulta, esas cosas no tenían peso.

Su abuela se encargó de darle el amor que era capaz de ofrecer, aunque este no fuera suficiente y mucho menos duradero, puede esta falleció dejando a Devina sola, mucho más sola que nunca.

Por eso Devina D'Angelo prefería no atarse. A nadie, las personas siempre terminaban dejándola.

Entonces para que diablos sufrir si a fin de cuentas todos iban a abandonarla?

—¿Te quedas o te vas? - el hombre de traje oscuro y camisa blanca impoluta se dirigió a Devina con voz neutra. Ella se giró al reconocer su tono de voz. No había nadie sobre la faz de la tierra con ese mismo tono de voz seductor e imparcial.

—Sabes que no puedo negarme, Hamlet. Aunque quiera.

—No es obligatorio. Nada conmigo es obligatorio. Menos cuando se trata de nosotros.

—Tampoco es como si pudieras obligarme, Giannatto.

—Touché. — admitió él sonriendole.

Devina soltó la bandeja y le hizo señas a Donatella para que la cubriera mientras ella salía por la puerta principal seguida de Hamlet. No tenía porque hacerlos esperar.

SI, hacerlos. Porque el disfrute era mutuo, el goce de su relación era para ambos.

Devina caminó sin prisa hacia el Volvo color negro de Hamlet, el hombre era un cliente asiduo del Bar y porque no decirlo también; muy regular en la vida de Devina D'angelo.

Se montaron en silencio en el carro y se encaminaron por la calle que  ella se sabía ya de memoria. No era la primera vez que se acostaba con Hamlet, conocía cada centímetro de su cuerpo y cada detalle que podía volverlos locos a ambos  para llegar juntos al clímax. Hacía ya un año que se veían al menos dos veces al mes. Su comunicación no era precisamente mucha pero de cuando en vez se texteaban para saber si seguían con vida. Habían desarrollado un afecto poco amoroso pero confiable y en cierto aspecto íntimo.

Eso era algo que por momentos le causaba pánico. Ella no deseaba atarse a nadie, mucho menos a un multimillonario capaz de volverla loca de placer.

¿Qué sigue después que un hombre conoce cada centímetro de tu cuerpo y logra darte incontables orgasmos?

Si, precisamente eso: Amor.

El amor estaba vetado de la vida de la pelirroja astuta y solitaria.

Devina se acomodó la falda que se había subido unas pulgadas y dejaba casi entrever su tanga negra lisa y sin encaje. Ella no era esa clase de mujer que usaba encaje y se pinta las uñas de los pies de rosa.

Era fuerte, de ropa interior neutra o mejor aun, sin llevarla.

Pero en ocasiones necesitaba sentirse así de liberal y normal.

Más mujer soñadora, menos mujer realista.

—¿No andarás tímida está noche, Dee?

—Sabes que la timidez no es parte de mi personalidad. - respondió ella recogiéndose el cabello en una cola alta pues el cabello suelto le entorpecia.

—No. Eso ya me quedó claro hace meses. - dijo él sonriendo sin despegar la vista del camino.

Hamlet se tomaba muy en serio su tarea de conductor, la precaución y responsabilidad siempre imperaban en él.

Había perdido a su hermano en un accidente de coche hacía menos de dos años y no creía poder jamas tomar mucha velocidad en las carreteras. 

Su hermano Manello había sido la luz de la vida de todos, desde su madre y su padre hasta el mismo. El alcohol y las malas influencias habían sobrepasado la inteligencia de su hermano menor y había muerto trágicamente. 

Aunque su no relación se basaba en no contar detalles relevantes sobre la vida de cada uno, Hamlet había terminado contandole meses atrás el porqué conducía de manera tan particular y ordenada.

No iba a poner la vida de nadie en riesgo y tampoco la suya.

—No te vayas tan lejos, Hamlet. - Le dijo Devina al verlo mirar la calle como si su cuerpo fuera el único que estuviera en el Volvo.

—¿De  qué hablas, niña? voy por el camino correcto - respondió el moviendo la cabeza indicando que mirara la calle. —tomaste alcohol en el trabajo?

— No es eso, tonto.  Pareciera que estás conduciendo pero tu cerebro está en otro lugar.  Sabes muy bien a lo que me refiero. —Devina hizo un puchero y se cruzó de brazos.

—Sabes que odio conducir.

—Deberías dejar que Arnold maneje este belleza por ti - le respondió ella sonriendo.

Arnold era el chófer de la familia de Hamlet desde hacía más de diez años, pero a él no le gustaban esas clases de banalidades y prefería conducir su propio carro.

La familia Giannatto era oriunda de Italia pero se habían trasladado a Manhattan un año antes de Hamlet tener tres meses de nacido, más bien cuando el no era más que un espermatozoide luchando por incrustarse en un nuevo hogar.

Aunque se crió toda su vida en suelo americano, sus raíces, acento, fuerza y aspecto, lo hacían destacar como el tipo italiano adinerado.

— No sé ni para que te dije que tenía chófer - murmuró el hombre arrugando el ceño.

—Porque no teníamos nada de qué hablar cuando terminamos de hacer el amor. - ella se rió estrepitosamente y sin reparos.

Eso era parte que más le había cautivado a su amigo con derecho italiano. Era una mujer simple y sin vergüenzas, lo que le gustaba lo decía y lo que no le gustaba te lo estampaba en la cara.

La primera vez que se vieron, el estuvo a punto de pedir su cancelación, pidiendo hablar con él administrador del lugar.

Devina le había tirado sin querer el restante de una copa de espresso Martín en su camisa de 500 dólares y fue tan descarada de culparlo a él por no fijarse por donde iba.

Devina siendo Devina.

Esa misma noche terminaron en el piso de Hamlet tenido sexo como dos conejos sin preservativos.

La noche estaba iluminada por las bombillas de las farolas y los edificios que se alzaron entre ellos. La gran ciudad de Manhattan era conocida por sus esplendorosas edificaciones, con estructuras en hierro y cemento capaz de llegar a la luna si se lo proponían.

Hamlet vivía en un edificio de veinte pisos color azul oscuro, con ventanales en cristal que dejaban ver todo desde dentro y poco desde fuera. Hacía unos cinco años que el lo había comprado, lleno de sueños de un adulto al que le sueltan las alas. A sus veintinueve años era amo y señor de su vida. Administraba su propia compañía de seguros para vehículos y se daba los lujos que muchos solo podían obtener en sueños.

Todo lo que estaba alrededor de ese hombre era estable, incluso su extraña relación con la pelirroja que llevaba como acompañante en su trayecto.

Hamlet era como un libro abierto, al menos con Devina, por más qu eambos habían quedado que no se contarían más de lo necesario, Hamlet terminaba cada noche que se veían, hablandole sobre su vida, sobre su familia.

Lo peor de todo, es que aquellos momentos a  Devina les fascinaban.

—Mierda, Hamlet. Comienzas a desesperarme con esa mirada - ella lo golpeó ligeramente con el puño en su hombro derecho mientras el sonrió con sus dientes perfectamente blancos y alineados.

A Devina no le gustaban las sorpresas ni la incertidumbre. Hamlet no había dado pies a que ella pensase que había algo extraño esa noche, pero ella lo intuía.

Podían tildarla de loca, pensó ella.

Pero eso no le importó.

Ese hombre que casi consideraba su amigo...bueno, no iba a exagerar....el era su amigo....amigo con el que se acostaba; ella sabía que él escondía algo.

No tenía familia más que los compañeros de trabajo. Al saberse sin madre ni padre ni ningún pariente cercano, se vio obligada a vivir en un orfanato. Su abuela Magdalena no sobrevivió a la pérdida de su hija Dellia y terminó muriendo un año después. Es por eso que nadie más supo cómo guiar a esa niña de temperamento fuerte y dolor que se volvió permanente. Nadie estuvo allí para ella.

En vista de que entró a sistema con siete años, le fue difícil conseguir una familia que la adoptara y la quisiera como ella necesitaba.

Nadie busca niños grandes para criarlos, siempre bebés sin conductas adquiridas. Cada visita de los posibles candidatos la dejaban más sumida en la miseria emocional.

Quizás por eso dejó de esperar y de creer en las sorpresas.

Porque cada noche soñaba con que una pareja que no podía concebir, llegaba al orfanato y Escogía a la niña flacucha y con pelo rojo enmarañado de la esquina. La niña solitaria y desconfiada.

Pero eso nunca sucedió.

Jamás salió del orfanato.

No hasta que cumplió los 18 y logró pisar la acera de enfrente a la edificación.

Aprendió a fregar platos muy bien y eso le sirvió para conseguir trabajos en  cocinas empresariales, luego de allí buscó una mejor forma de ganarse la vida y aprendió a hacer bebidas en bares.

Lo demás fue historia.

Cuando comenzó a trabajar en bares, viendo lo que su atractivo y físico podía conseguir, entendió que no necesitaba a más nadie, sólo a ella.

No tenía porque buscar.

La única que podía ayudarla a salir de su dolor era su hermana... Hermana de familia adoptiva...

Ya basta, pensó ella.

No le gustaba pensar en su pasado triste y no iba a comenzar ahora.

Estaba imaginando cosas y seguramente Hamlet no le ocultaba nada.

Quería confiar en ese pensamiento aunque su instinto le dijese otra cosa.

Esperaba que su instinto se equivocara esta vez.

Por el bien de su extraña relación con Hamlet.

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