Del otro lado del muelle
Del otro lado del muelle
Author: Jaime Garza Autor
COMO EN EL REY LEÓN

1

—Perdón —dice Florencia en un tono de voz casi inaudible.

La acompañan su madre Mariel y su hermana Linda. Sus amigas prefirieron ir al festejo de la otra Flor: la popular. Y francamente no las culpa.

—¿Qué dijiste, cielo? —pregunta su madre.

—Nada —contesta Florencia—. ¿Les molesta si me voy a acostar temprano?

—¿Qué pasa hermanita?

—Solo estoy cansada.

Miente.

—Estás triste porque no vinieron tus amigas, ¿cierto? —pregunta Mariel.

—No —responde sin voltearla a ver—. Solo estoy cansada.

Miente. O medio miente. Porque no es verdad eso de que no está triste. Lo está, y mucho. Pero no por culpa de sus amigas.

En cuanto supo que Flor se festejaría el mismo día que ella y ofrecería una fiesta en su casa con alberca, asumió la derrota.

Pudo cambiar de fecha pero no quiso. Hacerlo significaría gritar a los cuatro vientos que no podía competir contra Flor y el dinero de sus padres. Es verdad que no puede. Ni ella ni nadie en la preparatoria, pero que sea verdad no le da derecho a exhibirse de esa manera, ¿o sí?

—Deja que vaya a dormir, mamá —intercede Linda y le guiña un ojo a Florencia. Mariel no se da cuenta—. El sábado presenta el examen de admisión a la facultad. Los días previos son los más complicados, ¿no es así?

—Lo es —dice Florencia.

Sonríe ligera en agradecimiento con su hermana por la intervención, pero miente de nuevo. Y en ésta ocasión miente por completo. Porque no solo no está nerviosa por el examen de ingreso a la facultad, sino que está decidida a no presentarlo.

—Igual les ayudo a recoger —se ofrece Florencia.

Intenta levantar un plato de la mesa, pero Linda la intercepta.

—Anda a descansar, hermanita. Nosotras recogemos. ¿Verdad, mamá?

—Claro, cariño —responde Mariel y le acaricia el cabello a su hija—. Igual quedó mucho pastel. Lo guardaremos bien y el sábado comes después del examen.

—Gracias, ma —suelta con ternura y se recarga en el pecho de su madre.

Con la otra mano abraza a su hermana.

—Las quiero —les dice a las dos y luego se encierra en su habitación.

Florencia sabe que no podrá dormir, pero igual se engaña a sí misma y cierra los ojos.

Afuera, escucha cómo su madre y su hermana hablan entre susurros.

Están preocupadas. Saben que su actitud tiene poco que ver con la escuela y mucho con la tragedia ocurrida hace apenas tres meses.

No se lo merecen, piensa Florencia. Pero en verdad debo hacerlo.

A la mañana siguiente Florencia sale de casa más temprano de lo habitual. La primera clase la tiene hasta las diez, pero antes debe armar su coartada.

2

—Buenos días, señora. ¿Se encuentra Melissa?

—Claro que sí, hija —responde la mujer de nevada cabellera y amable sonrisa—. Pasa, si quieres.

—La espero afuera, gracias —le devuelve el gesto.

La mujer asiente y va en busca de su nieta. Cinco minutos después…

—¿Te volviste loca?

—Hazlo por mí, te lo ruego.

—De ninguna manera.

—Melissa, por favor…

—¡Ya te dije que no, Florencia!

—Creí que eras mi amiga —suelta Florencia en una suerte de dardo envenenado.

A Melissa la conoce de toda la vida. Fueron juntas al jardín de niños y viven a dos cuadras. Son mejores amigas… casi, casi hermanas. Y entre hermanas saben de qué pie cojea una y del cual la otra.

El pie malo de Melissa es la consciencia. La chantajeas y consigues lo que quieres.

—No me hagas esto, Flor.

—No te estoy pidiendo la gran cosa.

—¿Que no me estás pidiendo la gran cosa?

—Bueno sí, pero…

—Yo no sé mentir, Florencia. Te consta.

Eso es verdad. Melissa es la peor mentirosa del mundo. Un poco porque siempre le gana la risa o el nervio (según el matiz de la mentira). Otro tanto porque es muy distraída y no cuida detalles. Se contradice a mitad del engaño.

—Pero es que no te estoy diciendo que mientas —Florencia insiste. Más porque Melissa es la única opción que tiene que porque confíe en sus dotes para mentir—. Solo que procures no toparte con con mi madre.

—¡Pero vivimos a dos calles!

—Tienes razón —asiente Florencia.

Se frota la barbilla y camina de un lado para otro. Si la consciencia es el pie malo de Melissa, la falta de coherencia es la flaqueza de Florencia.

No se rinde, sin embargo…

—Si llega a pasar —le dice sin dejar de caminar y pensar—. Si se cruzan, solo dile que saliste por algo y que yo estoy en tu casa. Que me metí a bañar o cualquier cosa. No te va a interrogar, te lo juro.

—No lo sé, Florencia. Me da miedo.

—Por favor —le suplica—. En verdad necesito de ti.

—Déjame pensarlo, ¿sí?

—Es que ya no hay tiempo. Necesito partir ésta noche.

Miente. Puede partir mañana o la semana siguiente. El mes que viene, incluso. O el otro año. Puede cruzar el muelle cuando quiera, pero ella quiere cruzarlo hoy lunes en punto de las nueve de la noche.

—A ver si entendí bien —repasa Melissa—. Le dirás a tu mamá que te quedarás en mi casa toda ésta semana. Que te desconectarás del mundo porque fue una ofrenda que hiciste para pasar el examen de admisión.

—Ajá.

—Y le diste mi número para cualquier emergencia.

—Ajá, ajá…

Florencia luce impaciente. Sabe que Melissa está por aceptar.

—Supongamos que acepto.

Florencia sonríe. Se ve con pie y medio del otro lado del muelle.

—Solo supongamos, ¿ok?

—Supongamos, pues.

Florencia lanza los ojos arriba. Va a aceptar. Sabe que Melissa va a aceptar. Pero antes dará un par de vueltas al asunto. Nada que ella no pueda arreglar… o eso cree.

—¿Qué pasa si se da esa emergencia? Si… Dios no quiera y algo sucede, ¿qué le voy a decir? ¿Cómo te voy a contactar?

Tiene razón.

—Creo que mejor sí me llevo el celular.

—¡O mejor no te vayas!

—Eso no está en discusión—asegura Florencia y adopta una postura seria—. Creo que estoy siendo un poco injusta contigo, Mel. Y te pido perdón por eso. Pero en verdad no me puedo retractar.

—¿Por qué no, Florencia? ¿Por qué de repente se volvió de vida o muerte ir a Puerto Virginia?

No voy a Puerto Virgina, sino al otro lado del muelle. A Isla Montero. A donde todos quieren ir pero nadie se atreve. Iré en busca de un maravilloso tesoro y no pienso volver hasta encontrarlo.

—¿Florencia?

—Perdona —le dice—. Me fui.

—Descuida —Melissa agacha la cabeza. Luce pensativa.

Hay un silencio de varios segundos. Florencia ya no camina de un lado para otro, mas no deja de pensar. Se cruza de brazos y se muerde los labios. Su cuerpo es delgado y tembloroso; a Melissa le da la impresión de que la angustia la adelgaza aún más. Que el buscarle solución a su problema (o a lo que sea que tenga), la pone a temblar más que una noche de invierno, cuando ella sale a las calles con ese abrigo ligero que no le cubre nada pero que tanto le encanta.

—Sé que me voy a arrepentir —dice Melissa—. Pero…

Florencia abre los ojos como platos. Va a aceptar. Sabe que su amiga va a aceptar.

—Pff… cuenta conmigo.

3

—¿Una ofrenda? —pregunta Mariel, perpleja.

—Ya sabes. Cuando le prometes algo a Dios y…

—Sé lo que es una ofrenda —interrumpe Mariel—. Lo que no sabía era que Florencia creyera en esas cosas.

—Yo tampoco —admite Linda, que está sentada al borde de la cama mientras los últimos rayos del sol conectan con su rostro blanco y sereno—. Pero igual estará con Mel, mamá. Le caerá bien desconectarse un poco.

Mariel pone fin a su caminata de este a oeste en ese cuarto de poco de ancho por nada de largo, y toma asiento junto a su hija. Ambas permanecen calladas, pero por dentro hablan. Por dentro hablan mucho.

—¿Tú cómo la has visto? —pregunta Mariel después de un rato.

—Tranquila —responde Linda sin voltearla a ver—. Y es eso lo que me preocupa.

Se pone de pie y camina hasta la puerta. Se recarga junto a ella y mira por la ventana.

—¿Por qué no hablas con ella? —pregunta Mariel.

—Trato de hacerlo, pero es imposible. Me contesta, sí. Se ríe cuando le digo algo gracioso y escucha con atención cuando el tema es serio. Es incluso más amable que antes. Vaya… ella acaba de cumplir diecisiete y yo ya voy para los treinta. Se supone que a éstas edades tengamos pocas cosas en común, y sin embargo seguimos conectando en todo. O en casi todo. En todo menos en eso. Por eso te digo que trato de hablar con ella, pero me es imposible. Siempre le saca la vuelta a la pena.

Mariel se recuesta en la cama y arroja un suspiro largo y tendido. Voltea a su costado derecho y se encuentra con una foto en la que aparece Florencia con ese abrigo ligero que tanto le gusta.

Sonríe, porque su hija le parece tremendamente bella en esa foto. Se entristece al instante, no obstante. No puede no relacionarlo con lo que ocurrió el día de la foto. Justo un par de horas después de ser tomada.

4

Florencia piensa en un montón de cosas mientras se dirige hacia el muelle. No se lo merecen, insiste. Pero en verdad debo hacerlo, concluye.

Cruzar de noche es una mala idea por donde queramos verlo. Isla Montero es una boca de lobo. Pero una boca rara. Se asemeja a un laberinto sin salida, y a la vez podemos compararlo con un pasillo. Pero un pasillo angosto y sin paredes apreciables a ojo humano; agobiantes si damos jurisdicción al cerebro. Al cerebro o al miedo.

¿Cómo la estarán pasando?, se pregunta para sí.

Se refiere a su madre y a su hermana.

Deben estar tranquilas, calcula.

Fue clara cuando les dijo que no quería saber de ellas durante toda la semana. Ni de ellas ni de nadie. Que se concentraría en lo de Melissa y que ella volvería a casa el lunes por la mañana.

Sí. Deben estar tranquilas, intenta convencerse, mas en ese momento la invade el miedo y la duda. Miedo a que, con lo sucedido hace apenas tres meses, Mariel y Linda se preocupen e intenten buscarla. Que a Melissa no le quede de otra y acabe por delatarla. Si eso sucede le irá mal al volver, y es ahí donde entra la duda.

¿Volveré?, se pregunta para sí apenas llega al muelle.

5

Florencia tenía cinco años cuando supo del tesoro. Estaba sentada en la pierna derecha de su padre. Recuerda bien que era la diestra, porque por mucho que él la quisiera a ella… por muy sol de sus ojos que fuera, pesaba lo suficiente como para poner en riesgo la integridad de su pierna izquierda. Y si le dañaba la pierna izquierda, ¿con qué herramienta eludiría rivales los domingos en la cancha?

—¿Qué hay del otro lado del muelle, pa? —preguntó Florencia una vez que terminaron de ver la película de El rey león.

Aquella noche la dieron por el canal nueve. Cosa rara, porque casi nunca les ofrecían algo divertido a quienes no contaban con los doscientos pesos mensuales que requería la TV de paga.

—¿A qué viene esa pregunta, cielo? —preguntó su padre mientras agitaba con ternura la dorada cabellera de su hija.

—Cuando Sambi le preguntó a su papá por esas tierras a las cuales no debía ir…

—¿Sambi?

—El hijo del rey, papi. Que después se vuelve rey. ¿No viste la peli o qué? —preguntó Florencia.

Cruzó los brazos, indignada. Su padre esbozó una calurosa sonrisa antes de responder. Le causó gracia ver cómo su hija, con tan solo cinco años, se las arreglaba para adoptar posturas de adulta.

—Claro que la vi, cariño. Pero en la que yo vi no había ningún Sambi…

—¡Te digo que era el hijo del rey! ¡El que después se vuelve rey!

La niña agitó los brazos, completamente fuera de sí. Él no pudo más con la escena y rió a carcajadas.

—¡Se llama Simba, boba!

—Bueno ese… —soltó Florencia, cubriéndose el rostro con las manos.

Su padre se las quitó con delicadeza y la miró a los ojos.

—¿Qué tiene que ver Sambi con el muelle, cariño?

Aún quedaban estragos de la burla, pero Florencia los pasó por alto.

—¡Ah, sí! —contestó ella—. Cuando le preguntó a su papi por esas tierras a las cuales no debía ir… la cara del rey grande fue la misma que pusiste tú la otra vez que pasamos por el muelle. ¿Qué hay del otro lado?

El tipo se las arregló para contarle a su hija que, del otro lado del muelle, sucedían cosas que no debían suceder. Que los abuelos pasaron de ser unos eruditos en la poesía para convertirse en ignorantes de lengua larga. Que los hombres dejaron de trabajar y las mujeres se olvidaron de la decencia. Que los niños ya no lloraban, y no porque no estuvieran tristes, sino porque se acostumbraron tanto al dolor que lo extraño era no sentirlo.

Obvio todo lo narró de manera inocente y colorida. De los abuelos dijo, por ejemplo, que antes contaban historias maravillosas y que ahora su vida dependía del fútbol.

—Pero a ti también te gusta el fut, papi.

—Sí, pero me gusta más mami, cariño. Y Linda, y…

—¡Y yo! —soltó más a modo de reclamo que de duda.

—Y tú, princesa —agregó el hombre—. Sobre todo tú —cerró envolviéndola entre sus brazos.

—¿Entonces qué hay de malo con esos abues? —preguntó Florencia mientras de a poco se liberaba del abrazo de su padre y se paraba frente a él.

—Que a mí me gusta el fútbol. Se puede decir que me encanta. Que lo vivo con tus tíos y todo eso. Pero mi vida no se detiene por lo que ocurra o deje de ocurrir en una cancha.

—¿Y la de esos abues sí?

—La de ellos y la del resto de esa gente. Le prestan tanta atención a la pelota que se olvidan de castigar a los ladrones.

—¿A los ladrones?

—¿Te acuerdas de la película que vimos el otro día? Esa donde un tipo asalta un banco con tal de llevarle dinero a su familia.

—¿Ajá…? —expresó Florencia, dubitativa.

—¿Recuerdas qué pasó al final?

—Lo dejaron libre.

—¿Y te acuerdas de la rabieta qué hiciste ese día?

—¡Sí! ¡Porque era un ratero!

—Un ratero que robaba para que sus hijos no tuvieran hambre, y para que su esposa…

—¡Pero igual era un ratero!

El hombre se inclinó un poco y encerró con sus manos el rostro acalorado de su hija.

—Pues del otro lado del muelle hay muchos de esos rateros, mi amor. Gente que no roba para obtener grandes lujos, sino para sobrevivir. Pero rateros al fin y al cabo. Y la gente ve eso con buenos ojos. ¿Te imaginas? Esa película, de hecho, fue creada por alguien de Isla Montero.

—Entonces nunca hay que ir allá, papi. Es peligroso.

Momentos más tarde, Florencia supo del tesoro.

—¡Quiero vivir en él! —gritó en cuanto lo descubrió.

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