Señorita Jackson: El amor del jefe
Señorita Jackson: El amor del jefe
Author: Brenda Balzac
PRÓLOGO Y CAPÍTULO 1

PRÓLOGO

Junio de 2018. Londres – Inglaterra. Celebración del 25avo aniversario de Vineyard Agency

Acomodó una última  vez el antifaz negro y se limpió las manos con nerviosismo. El espejo le regresó su reflejo: en el vio una hermosa mujer vestida con un traje tipo esmoquin femenino y una sonrisa de alegría. Llevaba suelto su cabello largo y los labios pintados de un intenso rojo carmesí, aquello creó un contraste sensual con sus expresivos ojos azules. Por primera vez se vio a sí misma tan hermosa, sin embargo, un sentimiento de preocupación la empujó a la realidad al recordar que ella y su mejor amiga se habían fugado del orfanato para asistir a ese lugar.

—Katy, esto es una locura. Somos insoportables, lo sé, pero nunca habíamos llegado a estos extremos. Deberíamos volver. —Tomó la mano de su amiga y le dio un apretón.

—¡Solo hagámoslo! Estas cosas solo pasan una vez en la vida —respondió emocionada, restando importancia a las preocupaciones. Le escondió un mechón de cabello detrás de la oreja y depositó un beso en la mejilla de Jessica—. Lo haremos bien...

—Chicos, es hora… —Eliot, el encargado del evento, ingresó al pequeño vestidor, guiando a los bailarines hacia el salón principal.

A medida que caminaban, el barullo se fue disipando y las luces se apagaron de repente hasta permanecer en total oscuridad. El corazón de Jessica pareció saltar dentro de su pecho, y hasta casi le pareció sentir la adrenalina correr por sus venas. De repente, una melodía de piano se escuchó fuertemente en todo el lugar y una especie de mariposas alocadas hicieron cosquillas en su estómago. Lentamente cambiaron el rumbo hacia el centro del salón y las luces comenzaron a proyectarse poco a poco. Las miradas de las personas se centraron en ellos y en el oscuro y brillante antifaz de Jessica.

Max, el chico con el que había practicado los últimos días, le regaló una mirada pícara y se acercó a ella. Sus manos se conectaron e iniciaron un ritmo lento, se movieron con melancolía y erotismo al compás del piano; y después de algunos segundos separaron sus cuerpos de manera apasionante. La melodía llegó a su fin y comenzó una nueva, con un ritmo más movido, sensual y aventurero. Los cuerpos de ambas parejas sintieron aquellas vibraciones que los empujaron a moverse con pasión y sensualidad, con hambre por sentir lo que en realidad es bailar por placer.

Jessica deseaba continuar y hacer que el tiempo se detuviera, para seguir así, con aquellas miradas de interés y admiración sobre sobre su cuerpo. En esos momentos la creencia de sentir que nació para bailar, se arraigó en su alma. Hubiese querido que la canción sonara por toda la eternidad, pero como todo tenía un final, se fue retirando junto a sus compañeros a paso lento, mientras que las luces volvían a ser tenues de nuevo.

Miró hacia el lado derecho y su vista reparó en un hombre. No, no era cualquier hombre, era alguien que captaba la atención como un imán: sus ojos azules como el mar se clavaron en los suyos y cuando llegó a su lado, el corazón casi se le fue volando. Las luces se apagaron, sintió la cálida mano rozar la de ella y quedó embelesada cuando él se acercó un poco más. Quizá la oscuridad de esos momentos provocó una agitación en ambos, ninguno lo sabía. Al sentir el aroma varonil impregnarse en su nariz, le pareció advertir mariposas revolotear dentro de su estómago.

Cuando reaccionó de aquel extraño momento, notó que sus compañeros ya se habían ido, entonces volvió la mirada hacia aquel hombre cautivador, pero él ya no estaba. De inmediato se alejó de allí y caminó rápidamente hacia el vestidor, dobló a la izquierda y enseguida se rompió la burbuja. Dejó salir todo el aire que llevaba retenido en los pulmones.

—Jessica, ¿te encuentras bien?

La voz de Katy la sacó de sus pensamientos.

—Jamás olvidaré este día… —susurró casi extasiada y observó el antifaz entre sus manos, con ojos soñadores.

—¡Yo tampoco! Ha sido alucinante —Katy juntó ambas manos y cerró los ojos, como evocando aquellas sensaciones vividas momentos atrás.

Minutos después, Eliot entró al vestidor y agradeció la maravillosa presentación. Les entregó a cada uno un sobre con el pago de esa noche y después se despidió de ellos con un abrazo.

Jessica y Katy no se molestaron en cambiarse la ropa y decidieron volver así al orfanato, caminando juntas en medio de la solitaria calle y el silencio que pronto iba a ser interrumpido.

—Corran… ¡Por más que corran no se van a salvar!

La voz de la señorita Ruperts sonó chillona al gritarles desde cinco metros de distancia. Se alarmaron y corrieron aún más rápido cuando vieron a la monja caminar detrás de ellas, con el ceño fruncido y una regla de matemáticas entre las manos.

Al final de la calle las alcanzó y obligó a subirse en su mazda viejo y empolvado. Minutos después llegaron al orfanato y las envió a sus habitaciones con despotismo.

—Cuando hace esto, el castigo es peor el día siguiente —Katy susurró aquello que tanto atemorizaba a los niños del orfanato—: Dicen que Ruperts se hace más perversa con los años.

—Esperemos que no nos haga lavar retretes sucios de nuevo...

Se rieron al unísono mientras Jessica sacudía el esmoquin para luego doblarlo, pero un pequeño papelito cayó al suelo y lo tomó despacio.

«Te encontraré, Señorita Jackson».

Leyó la frase una y otra vez. La letra era cursiva y hermosa, perfecta. El olor exquisito de aquel hombre que la cautivó con solo mirarla unos pocos segundos, emanó de la nota como una ráfaga. Así jamás iba a poder sacarlo de su cabeza. Deseó verlo pronto, pero supuso que esas cosas solo sucedían en las novelas y que era mejor no divagar. Aunque, el destino ya se encargaría de hacerla cambiar de opinión.

 CAPÍTULO 1

JESSICA 

Las rejas del orfanato se cierran para dejarme ir y hacer de mi vida lo que mejor me parezca, valiéndome por mí misma. Miro por última vez a mi mejor amiga Katy y escucho sus sollozos al verme del otro lado. Le lanzo un beso volado y lo atrapa en el aire mostrando mucha congoja. Prometí que vendría por ella cuando sea mayor de edad, ya que todavía le falta un año. Ya tengo la edad adulta aquí en Inglaterra y debo irme de este lugar, ya que para mi mala suerte, ninguna familia quiso adoptarme y el tiempo pasó, convirtiéndome en una mujer sola ante la vida. Las monjas sonríen felices porque me voy y al fin van a descansar de mis travesuras y rebeldía. ¿Y quién no?, si yo fuera ellas, también me alegraría.

Acomodo mi mochila y camino hacia la estación de buses, me dirijo a una pensión barata aquí en Kensington. En este barrio de Londres, puedes ver lugares de lujo y al otro extremo, casas humildes, así que no será problema encontrar algo que se adapte a mi estrecho bolsillo. En el orfanato me han entregado lo necesario para buscar empleo y sostenerme por lo menos todo el mes.

Después de viajar durante algunos minutos, llego al lugar y hablo con el encargado, el señor de bigote me guía hacia mi habitación y entrega las llaves. Apenas abro la puerta, lanzo mi mochila sobre la cama y observo la estancia, todo luce empolvado y el olor a moho es desagradable. Decido asear un poco, no está de más quitar las horribles sábanas y tender las que traje. Guardo mi ropa en el armario y mis pocos zapatos, que aparte de todo están viejos, pero todavía sirven.

El teléfono celular emite ese pitido escandaloso y oprimo la tecla que ya está algo desgastada para responder la llamada. Logré comprarlo a escondidas con el dinero que gané bailando hace meses atrás.

—¿Hola? —contesto sin saber muy bien quién es.

—¿Jessica? —Una voz conocida se escucha al otro lado de la línea.

—S-sí, ella habla...

—¡Hola Jessica! Hablas con Eliot, ¿me recuerdas? —Se escucha entusiasmado—. Quería decirte que me gustó cómo bailas y me encantaría que trabajaras conmigo más seguido. Apenas estamos comenzando a formar un grupo, pero estoy seguro que contigo tendremos éxito.

—Acepto —respondo de inmediato.

—¡Estupendo! ¿Podrías venir hoy y así hablamos mejor? Mi salón de eventos es el mismo al que asististe esa vez, el que está cerca de la calle Kensington Palace Gardens. Te espero a las tres.

—¡Bien! Allí estaré.

La llamada acaba y sonrío para después lanzarme sobre la cama.

¡Mi primer día fuera de aquella cárcel no podía ser mejor!

A las tres de la tarde voy al lugar acordado. Al entrar, recuerdo aquella emotiva vez bailando frente a todas esas personas, pero el rostro y aroma de aquel hombre enigmático viene a mi mente cada vez que rememoro, nunca podría olvidarlo.

—Bienvenida... —El hombre de edad mayor me saluda con un beso en la mejilla.

—Gracias. —Le sonrío. 

—Aquí vendrás a practicar cuando tengamos que prepararnos para un evento. Normalmente no los celebramos aquí, pero dadas las bellas instalaciones, algunos clientes quedan encantados con el lugar.

—Entiendo... Tengo una pregunta, ¿este tipo de trabajo es como ser una de esas bailarinas gogó? Porque si es así...

Me interrumpe.

—Ese tipo de baile es nocturno y en discotecas, bares, fiestas... —Hace un ademán con la mano, restándole importancia—. El trabajo que te ofrezco es ser bailarina en eventos públicos especiales. Un día pueden bailar tango, salsa, pop... Nada de vestir vulgarmente, ni entretener a los hombres. Eres una bailarina, es todo. Sin embargo, mi grupo de baile puede pulir tus técnicas y movimientos.

Me emociona de inmediato la idea.

—¡Sería estupendo! Lo que más me gustaría es aprender todo lo que pueda. Pero tengo una condición. —Dudo si decirle o no.

—¿Cuál? —Entrecierra los ojos.

—Que me sigan conociendo como Señorita Jackson, y también quiero usar siempre el antifaz.

Eliot me observa con extrañeza y después sonríe.

—No quieres que nadie sepa quien eres, ¿verdad? Normalmente mis bailarines no muestran sus rostros, así que no te preocupes por eso.

—Exacto... Quizá me vuelva famosa, ¿usted se imagina el montón de fans corriendo detrás de mí?

Bromeo un poco y le saco una sonrisa. Pero en realidad prefiero ser una bailarina anónima, que nadie sepa de mí. Aunque no lo parezca, soy muy tímida en ese aspecto y no me atrevería a bailar sin algo que me cubra el rostro, o al menos una parte.

—No hay problema. Entonces, ¿trato?

Me tiende la mano y la estrecho con firmeza.

—¡Claro que sí!

Luego de hablar con Eliot, me quedo un rato en el salón de prácticas de baile que se encuentra al fondo del bello lugar. Camino de aquí para allá mirando mi reflejo en el amplio espejo que ocupa casi toda la pared. Me pongo los lentes de sol y acomodo la gorra negra en mi cabeza, la cual hace juego con mi enterizo deportivo. De inmediato el ritmo se apodera de mi cuerpo y me pongo a bailar la coreografía que creé hace un tiempo, cuando atormentaba al orfanato entero con la música a volumen alto y bailaba por doquier.

Hago movimientos firmes, seductores y divertidos a la vez. Me observo en el espejo y sonrío al ver mi cuerpo moverse al compás de la canción que sigue sonando en la radio. De repente, escucho aplausos en el lugar y como si me hubiera nacido un resorte en los zapatos, corro hacia el costado y apago la música. Juro que me estaba preparando para pedir disculpas, pero al volverme hacia aquella persona, me quedo atónita. ¡Es él! Aquel hombre de ojos bonitos, labios rosa y cabello negro. Sus profundos iris azules escrutan mi cuerpo de una forma casi descarada, siento cómo sus ojos me atraviesan el alma y paralizan mis piernas, impidiendo que haga o diga algo más.

—Te dije que te encontraría... —Se acerca a mí a paso lento, su cabello negro se mueve al caminar con aquella gracia y cuerpo perfecto de forma hipnotizante. —¿Qué ocurre? ¿Te comió la lengua el gato? —Levanta una ceja y sonríe de forma seductora.

Si yo tuviera un poco menos de vergüenza me lanzaría a sus labios para saborearlos, pero soy tan cobarde que no podría ser capaz de hacerlo.

Muevo un poco la cabeza, tratando así de borrar esos pensamientos atrevidos que asaltan mi mente.

—Creo que tengo que irme.

—¿Por qué huyes? Perdona si he sido atrevido, pero solo quiero conocerte.

Su voz es aterciopelada, atrayente. 

—Yo, no... —Pongo mi mano sobre su fuerte brazo para alejarlo y me quedo embelesada al tocarlo, por ser tan duro y firme al tacto. Él se da cuenta y sonríe con satisfacción.

¿Acaso me he vuelto loca? No lo sé, pero soy consciente de lo que hice segundos atrás y no me arrepiento. No, me declaro pecadora si así lo fuera.

—¿Tú, qué? —susurra.

Puedo sentir su aliento mentolado acariciar mi piel sensible y ver sus labios provocativos entreabiertos, invitándome a caer en su juego. Pero mi mente reacciona y tomo el control de nuevo. ¡Estaría loca si me involucro con un desconocido!

—Que yo no quiero conocerte. Adiós. 

Me marcho de ahí. Llego a la entrada del salón de eventos y Eliot se encuentra hablando por teléfono. Se gira hacia mí al verme pasar a su lado.

—¿Quién es ese tipo? —Señalo hacia el fondo con el dedo y él aparta el teléfono de su oreja.

—Ha venido a preguntar por ti una vez, solo le he dicho que te dicen Señorita Jackson. Es el hijo de... ¿Te ha hecho o dicho algo malo? —Demuestra preocupación.

Levanto la mano y lo interrumpo, por lo que abre aún más sus grandes ojos verdes.

—No, pero creo que es un poco raro. ¡Nos vemos pronto, Eliot!

Me voy de allí y tomo el autobús que me lleva hacia la pensión. Pronto va a anochecer y mi estómago ruge debido al hambre que tengo, así que voy a comer algo rico. Viajando en el bus, el recuerdo de aquel hombre me atrapa, aquellos labios peligrosos me han tendido una trampa, y vaya que caí en su red. ¡Es increíble cómo siento aún su calidez y aroma varonil! Tampoco es que su actitud atrevida me haya encantado, sin embargo, tiene algo que atrae y engancha. Debe estar acostumbrado a que las mujeres se le vayan encima, su comportamiento lo delata.

Cuando mi viaje termina, compro una hamburguesa en una pequeña cafetería y doy un paseo por el parque mientras sacio mi hambre y medito un poco en mi soledad. Si al menos supiera cómo terminé así, si al menos conociera a mis padres o pudiera recuperar la memoria que perdí a los diez años, solo tengo vagos recuerdos desde el día que llegué al orfanato. Las monjas me dijeron que fui por mi cuenta a la entrada, hambrienta, golpeada y con la ropa sucia. Al menos sigo con vida y con muchas ganas de salir adelante, eso es lo que importa.

Camino de nuevo hacia la pensión y me encierro en el pequeño lugar. Enciendo la radio y me pongo a practicar las coreografías hasta acabar agotada. Mis pies duelen y se ven horribles, pero si quiero trabajar para Eliot, debo estar a la altura, así como los integrantes de su grupo de baile que pronto voy a conocer. No podría perdonarme quedar en vergüenza y mucho menos parecer una neófita, pero el cansancio me está venciendo y es mejor que ya me vaya a dormir.

Anoche caí rendida en la cama al primer segundo. Hoy voy a practicar junto al grupo, es domingo y todos están libres de sus trabajos de medio tiempo, excepto yo, porque no tengo otro trabajo.

El grupo se conforma por diez personas, incluyéndome somos cinco mujeres y cinco hombres. Reconozco a Robert y a Max, los chicos que bailaron con mi amiga y conmigo aquella vez. Nos escapamos cinco veces en un mes para poder practicar y la adrenalina aumentaba en mí al pensar que podía ser descubierta en esas épocas. Al final, Ruperts terminó por descubrirnos y el castigo que nos llevamos fue peor que limpiar todos los retretes del orfanato...

—¡Bienvenida al grupo! Ya verás cómo nos tomamos cariño rápido, somos un grupo muy unido —Raquel, la líder, me saluda amablemente.

—Gracias por aceptarme, prometo hacer lo mejor.

Todos me sonríen.

Brindamos con un poco de jugo de fresa y lo tomamos todo hasta el fondo, casi de un trago.

—Primer paso para no dañar tu bello cuerpo de bailarina o bailarín. Nunca bebas alcohol ni consumas tanta grasa.

Raquel habla de nuevo, camina erguida y luciendo esbelta mientras observa mi cuerpo. No es por alardear, pero el ejercicio que hago bailando, mantiene mi cuerpo tonificado y en forma. 

—¿Desde qué edad bailas? —Max, el chico rubio se interesa en saber aquello de mí.

—A los catorce me di cuenta que podía bailar, no sé quién me habrá enseñado antes.

No entendió. Veo que sus ojos muestran sorpresa, pero opto por seguir estirando mis piernas para no tener calambres luego.

—¡Ahora empecemos! ¡Cinco, seis, siete, ocho!

Raquel nos indica los movimientos y todos le seguimos. Debo admitir que mis compañeros tienen mucha madera para esto, porque a mí casi se me colapsan los pulmones luego de practicar durante cuatro horas seguidas. Apenas llego a casa lo único que deseo es la cama y las mantas, nada más...

El despertador suena y lo lanzo de un manotazo al suelo. Las cosas no han ido como pensé, fue fácil imaginar que con esfuerzo me ganaría la vida y viviría mejor, pero se necesitan muchas cosas más para sostenerse solo y sin nadie el mundo. Estoy agotada, desde el día que comencé a practicar solo hemos asistido a unos cuantos eventos, y tras varias semanas el dinero que he ganado no me alcanzó para casi nada; ni siquiera para pagar la renta semanal, la comida y el transporte... No es un trabajo estable, lo hago por pasión más que todo, pero de pasión nadie vive, claro está.

Es miércoles por la mañana y mi estómago comienza a rugir. Miro al suelo y observo los zapatos que tuve que comprar para poder asistir a mis prácticas, ya que los deportivos que tenía se rompieron. Los observo como si tuvieran la culpa de todos mis males y luego reviso mis bolsillos. Nada, unos cuantos peniques. Miro hacia la mesa y solo queda una bolsa de pan, un refresco instantáneo y una manzana. Me decanto por la manzana, es saludable. La como poco a poco mientras reviso el periódico y busco la sección de empleos de medio tiempo sin experiencia, leo todas, para luego anotar las direcciones y entregar mi currículum casi vacío de lugar en lugar.

Los días han pasado. El reloj se mueve, sigo esperando alguna llamada en estas reducidas cuatro paredes de mi habitación y estoy segura que ese bendito teléfono sonará cuando menos lo espere, casi puedo intuirlo. De repente suena y lo único que puedo hacer es reírme debido a la sorpresa y emoción. ¡La mente tiene poder! Es cierto lo que dicen.

—Buenas tardes, ¿hablo con la señorita Jessica Jackson? —Una voz bastante seria y femenina me saluda del otro lado de la línea.

—Buenas tardes, sí, soy yo... —Espero que diga las palabras mágicas.

—Mañana a las siete en punto de la mañana la esperamos en Vineyard Agency. Se le hará la entrevista para el cargo como asistente personal. Hasta luego, que tenga buen resto de día.

¡No me lo puedo creer! Aunque bueno, no debo cantar victoria tan rápido. Me pongo manos a la obra y practico un poco y estudio las preguntas más comunes en las entrevistas. ¡Esto es pan comido! Me irá de maravilla.

El día de la cita llegó presuroso y los nervios me provocan comerme las uñas. Rápidamente me pongo un pantalón clásico negro, lo combino con una camisa blanca de mangas largas y los zapatos de tacón que tenía muy bien guardados. Recojo mi cabello largo en un moño alto, de esos que llevan las secretarias y aplico un poco de humectante sobre mis labios. Tomo mi pequeño bolso y mi currículum sin ningún tipo de experiencia, solo hay una hoja con mis datos. 

Aproximadamente una hora después, arribo al gran edificio con diseño moderno y amplias ventanas de cristal. Cuando miro hacia arriba, sé que no me he perdido y que he llegado a Vineyard Agency. Gracias al cielo.

Me acomodo la camisa y quito mis gafas de sol, respiro profundamente antes de cruzar la entrada y reviso que todo lo que he estudiado siga fresco en mi memoria. Llego a la recepción y no hace falta que me anuncie, ya que una joven con uniforme elegante me guía hacia el ascensor.

—Buenos días, señorita Jackson, siga por aquí, el señor De Vineyard la espera.

—Buenos días. Gracias —respondo como una autómata.

Aprieta algunos botones y al parecer vamos hacia el último piso. Salgo de mi ensimismamiento al ver las puertas del elevador abrirse de par en par, dejando apreciar un ancho pasillo que finaliza en una gran puerta de color caoba. Me giro hacia la mujer, buscando una respuesta.

—Esta es la oficina del presidente de la compañía. Mi nombre es Olivia y estaré abajo por si se le ofrece algo más —La mujer pelirroja observa su reloj de muñeca y me sonríe—. Le deseo suerte. Con permiso.

Oprime el botón y las puertas se cierran casi en mis narices.

«Estupendo... En menos de un minuto toca esa bendita puerta y entra calmada, como siempre», me susurro a mí misma, como dándome palabras de aliento para calmar los latidos presurosos de mi corazón.

Limpio mis manos sudorosas sobre la tela del pantalón, acomodo mi camisa y reviso que mi peinado no se haya desarreglado. Camino con decisión hacia la gran puerta y de repente mi pie se tuerce, haciéndome trastabillar.

«¡Jackson!», grito mentalmente.

Miro la hora en el reloj, faltan menos de diez segundos para que sean las siete en punto de la mañana. Toco la puerta dos veces y escucho una respuesta afirmativa a lo lejos. Abro despacio y entro en la estancia: la mayoría de objetos son de colores oscuros, la luz es tenue y el aire acondicionado está a tope, lo que hace que mi cuerpo se estremezca un poco debido al frío. Veo mi reloj y el puntero marca las siete en punto. Vaya, qué puntual...

—Buenos días, señor De vineyard. Soy Jessica Jac... —Me interrumpe.

—Lo sé... Siéntate. 

Escucho su voz un poco lejos, el espaldar de la silla es lo único que veo.

Me siento y dejo mi currículum sobre el escritorio. De repente, se va girando lentamente, casi misterioso. Cuando su mirada azulada se posa en la mía, dejo de respirar y mi cuerpo permanece tenso. De un momento a otro me agito debido a los nervios que me provoca, pero recuerdo que él no sabe quién soy yo, y es mejor que no lo sepa. No esperaba encontrarlo de nuevo, y mucho menos aquí.

Frunce el ceño y las comisuras de sus labios forman una línea recta, denotando una especie de incomodidad o enojo que no logro comprender. Luce un traje elegante y la expresión de dureza en su rostro lo hace ver inalcanzable, imposible para alguien como yo.

Su voz grave me saca de mis muchas cavilaciones.

—No hablarás a menos que yo lo diga, no te moverás si yo no te lo permito, harás todo lo que yo te pida y cuando te lo pida. Bienvenida a Vineyard Agency, de ahora en adelante eres mi asistente personal. —Su mirada fría y déspota se clava en la mía.

Me levanto de inmediato, hecha una furia. ¿Acaso está mal de la cabeza este señor?, es muy extraño.

—¿Pero quién se cree que es? No soy un robot el cual maneja a su antojo.

Agarro mi bolso, pero antes de girarme hacia la salida, siento su mano tocar levemente mi hombro.

—Siéntate, no lo repetiré de nuevo. —Me pierdo en aquellos pozos azules que me miran con enojo, un enojo que no tiene explicación para mí—. ¿Acaso quieres perder esta oportunidad? 

Suspiro, niego con la cabeza y tomo asiento despacio, otra vez. Tiene razón, necesito muchísimo el empleo, no puedo perder la oportunidad aunque mi jefe sea un energúmeno. 

Rodea el escritorio y acomoda su caro reloj en su muñeca, luego me mira con dureza. 

—Esto es tan humillante... —Se me escapa un susurro casi inaudible.

—No hable sin mi consentimiento. —Niega con la cabeza y adopta una pose de superioridad.

Debo admitir que se ve muy atractivo así, pero todo el encanto que me mostró aquella vez ha sido aplastado por su ego, y de paso mi atracción hacia él. ¿Cómo es que aquí y allá se comporta de diferentes formas?

Suspiro y junto mis manos sudorosas bajo su mirada que me inspecciona con descaro. 

—Aún no trabajo para usted, así que tengo derecho a hablar si lo deseo. ¿Por qué me escoge así sin más? Discúlpeme, pero, con todo respeto déjeme decirle que no comprendo nada.

Me observa con una expresión apaciguada, sin mostrar ningún gesto. No sé cómo logra aquello, pero puede llegar a parecer atemorizante por segundos.

—La entrevista de trabajo inició desde que saliste del elevador. Todas las demás han sido descalificadas y tú eres la única que llena todo lo que busco en una asistente. La puntualidad y una buena presentación dice mucho de la persona, es por eso que te elijo. Desde hoy trabajas para mí, así que ve con Libby, recibe sus indicaciones y regresa aquí de inmediato... 

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