Canción de Medianoche de Courbet
Canción de Medianoche de Courbet
Author: Gerardo Steinfeld

Prólogo

El horror terminó... El pueblo los recibió con una lluvia de flores y gritos de regocijo. Pero agotados tras la marcha, la alfombra de flores de colores vivos quedó pisoteada y lúgubre bajo la columna estropeada de hombres, caballos y carros destartalados de madera chirriante.  

Todos aclamaban al caballero del Dragón Escarlata, pero bajo la zarrapastrosa cape rouge, Cedric Scrammer no se sentía triunfante, ni heroico. El último mes había sido una sucesión de horrores que habían arrastrado a los suyos a lentas y dolorosas muertes.  

       Podía escuchar al duende masticando al ritmo del goteo de las tuberías oxidadas mientras una puerta crujía al abrirse… 

Bajo las botas altas de cuero negro, aún llevaba los restos de flores, sangre, suciedad, recuerdos… Miraba sin ver, cargando todo ese sufrimiento y pérdida. Los suyos tenían aquella expresión, hombres y mujeres en caballos desnutridos, personas a pie, heridos en carros agonizantes… personas que no eran ni la mitad de lo que fueron antes de entrar en la oscuridad. Habían regresado en fragmentos…  

<<Todos fuimos despedazados en aquella expedición—pensó Cedric—, éramos un centenar… y solo una docena logró regresar>>. El brazo entablillado comenzó a dolerle e intentó mantenerse inexpresivo, ni siquiera eso pudo. Todos los que veían se dieron cuenta, ya nadie exaltaba, nadie aplaudía, sólo silencio; un silencio donde enterrar los pensamientos. 

La cape rouge que el grandioso caballero del Dragón Escarlata lucía con orgullo se había desgarrado y decolorado, el arcángel Lucifer del Premieré Château  no era más que un zarzal de hilos dorados. Sir Cedric llevaba diez años como el señor del Château más famoso de la Corte, pero a sus cuarenta años nada lo preparó para lo que encontraría en lo profundo del Bosque Espinoso.  

   <<No>>.

La columna dobló seguida por la multitud a través de la adoquinada rue Obscura frente a una biblioteca antigua con un enorme ventanal circular. El dolor en el brazo se había vuelto insoportable durante el trayecto, sentía pinchazos con cada paso, los dedos entumecidos le ardían tanto que le era imposible moverlos.  

   Una tubería goteaba en algún lugar de su mente... 

Cedric tenía el cabello castaño rojizo muy espeso y desaliñado. El día anterior se había afeitado la barba para mostrarse <<presentable>>, y al verse en el espejo de bronce pulido no reconoció al espectro demacrado y huesudo que se burlaba de él con los ojos color rubí inundados de melancolía. Quizá por su expresión vacía nadie se atrevía a acercarse, caminaron un eterno tramo ensombrecido mientras un millar de rostros los acusaban… Buscaban desesperados a los suyos… a los que desaparecieron bajo su mando.  

   Alguien le tiró de la capa. 

—Monsieur…—Era una joven de caballo castaño y ojos tristes, sus manos temblaban, algo brillaba en ellas, un anillo dorado—. ¿D-donde…?  

   La hizo a un lado y siguió de largo.  

   —¿No es la esposa de Saturno? —Escuchó una voz a sus espaldas. 

George Bramante lo imitó igual que toda la columna. Hasta que Pietro Brunelleschi se detuvo negando con la cabeza, ante ella. Sacó de su cape un saquito ensangrentado y se lo tendió.  

   —Es todo lo que quedó de él. —Fue todo lo que pudo decir... 

La mujer se echó a llorar y los dientes cayeron sobre la alfombra de flores muertas. Cedric recordó aquella habitación a oscuras. El duende, mitad hombre, mitad caribú, le había arrancado todos los dientes a Saturno, cuando el Dragón Escarlata entró junto a Pietro, Miackola y Jean. Sólo se escuchaba la fuga de una vieja tubería y al duende masticar a Saturno.  

   —Seigneur—repetía Miackola, estaba abstraído. Una voz lo llamaba… 

Las varitas estaban dispuestas contra el duende, sus puntas finas destellaban. Pero sir Cedric no podía dejar de ver aquellos colmillos largos y finos, la carne se abría, sangraba, se desgarraba y desprendía. Cedric tenía el calor del infierno en las manos, quería matar, quemar, hacer sufrir a esa cosa y consumió al duende en una fiera evocación de fuego. Cuando todo acabó, sólo quedaba un puñado de dientes en un caos de cenizas y huesos ennegrecidos. Un ardor rojo estremeció a Cedric, su brazo diestro terminó chamuscado, la piel enrojecida colgaba en hilos y un dolor palpitante le atenazaba la mitad del cuerpo.

<<Y que bien olía>> en la oscuridad la comida era escasa… El laboratorio del Homúnculista  fue quemado hasta sus más profundas ramificaciones, o eso intentó; por todos los restos encontraron cosas que no debían existir embotelladas en conservas herméticas…

A lo largo de la rue Obscura se veían los preparativos para el festival de la Luna: carpas multicolores, los puestos llenos de comida humeante, licores, libros, joyas, adivinos y los magos callejeros. Pero donde Cedric quería estar era en Puente Blanco, junto a su esposa y sus hijas; las quería abrazar... quería volver casa… Leerles sobre el Héroe Rojo, bailar con su bella esposa que en los últimos años se había vuelto un poco regordeta… Ver a las niñas crecer, enseñarles a ser felices.  

<<Tú vida escapará de entre tus manos…>> recordó aquellas palabras, aquella profecía que nunca se cumplió. 

Todos estaban callados, inmersos en sus más declinantes pensamientos… No podía dejar las cosas así, ningún sacrificio es en vano cuando se consigue un cambio. Levantó el puño y gritó con todas sus fuerzas… Luego, todos gritaron de júbilo y la rue se llenó de emoción. Se sintió revitalizado y levantó el brazo herido con una mueca de dolor. Sus magicians al verlo sonreír levantaron la moral, todos amaban al caballero sir Cedric y Cedric amaba al reino que lo admiraba. 

Un mago callejero resopló una nube de fuegos que se convirtió en un búho del tamaño de un niño. Otro escupió un río de fuego azul y una serpiente celeste se alzó al cielo. El búho voló en torno a ella, enseñó las garras y batallaron hasta que el ave de fuego se llevó volando a la serpiente y ambos estallaron soltando un mar de chispas que se deshicieron antes de tocar el suelo.  

   Los aplausos estallaron sin pensar. Incluso entre los suyos. Cedric se pasó una mano por el pelo rojizo encanecido por los años. Un caballo se acercó al trote desde el final de la rue, era un palafrén bayo, desde la montura se mostraba señorial el regente de Pozo Obscuro y representante de los alquimistas. Lord Verrochio lo saludó, su impecable cape noir parecía tejida con hilos de oscuridad. Llevaba las riendas en una mano enguantada, la mano de oricalco, la que había perdido hace mucho tiempo en un accidente. 

—Salü, monsieur—sus fríos ojos azules se dirigieron a su brazo escayolado. Tenía un rostro duro y ceñudo, pómulos altos y mandíbula firme. Su cabello era una melena dorada—… Permítame escoltarlo al Château du Coupe.

—Salü mon lord Verrochio. –Saludó con falso aprecio Cedric.

Decían que desde la muerte de su esposa, Lord Verrochio no volvió a ser el mismo; si es que alguna vez fue alguien… Era un hombre sin personalidad, ausente. Tenía una hija pero al parecer la culpaba por el hecho de arrebatarle a su esposa, era un perro del castillo, a Cedric nunca le pareció confiable y prefería evitarlo. 

Pero había escuchado extraños rumores mientras su guarnición se acercaba a Valle del Rey.  

—¿Cómo estuvo su viaje de regreso? —Preguntó, aquellos ojos brillantes parecían escudriñar en lo profundo de su alma.

—He escuchado rumores mon seigneur—replicó con tono interrogativo, quería escuchar lo que Verrochio tenía para decir. 

   —Los rumores son sólo eso: rumores—le cortó de forma áspera. Por el tono en que exponía las cosas algo ocultaba. 

—Oui—reiteró—, pero he escuchado sobre un nuevo siervo que acogió el roi Joel, que sus consejos son como mandados para…  

   —Monsieur—lo interrumpió—. Debemos ir cuanto antes ante el roi. Todo es mentira.  

Cedric prefirió guardar silencio… Tuvo que apurar la marcha porque Verrochio hacía avanzar a su caballo muy aprisa. Los rumores contaban sobre la muerte del roi Joel a sus doscientos sesenta años, y una figura misteriosa que…

—¿Su caballo? —Preguntó repentinamente Lord Verrochio.

—No sobrevivió.

—Lastima… —le dedicó una mirada despectiva–. Era un buen animal. El roi Joel lo mandó a escoger para usted.

Cedric lo había llamado Fuego por su color abrasivo, pero dos días antes de encontrar el laboratorio, un engendro alado se lo había llevado una noche sin luna, muy oscura. Lo encontró mucha distancia adelante: despedazado, a medio comer. A esas cosas les gustaban los tejidos blandos y los intestinos, no les interesaba lo demás...

—Monsieur—replicó Cedric—. Escuché rumores sobre una extraña plaga que ha liquidado todos los cultivos desde Pozo Obscuro hasta nuestras tierras. Es… Escuché sobre… gusanos.

—¿Gusanos? —Lord Verrochio parecía divertido.

—No hablaban de gusanos pequeños mon seigneur. Grandes como troncos. Dejaban agujeros del tamaño de pozos, y traían hongos consigo. La tierra se echó a perder y las personas del sur están enfermando. No creo que debamos celebrar el festival, deberíamos…

—… durante ochocientos años hemos celebrado–Lord Verrochio negó con la cabeza, la melena rubia se estremeció–. La interrupción de esta antigua tradición significaría el disgusto del pueblo y de la diosa Diana que nos cuida desde la oscuridad. Vea a su alrededor sir, vous creé que puede detener a estas personas. ¡Hágalo!

Cedric miró a todas aquellas personas ansiosas, quizás no sería buena idea quitarles su ilusión.

—Non…—no lo había pensado bien—. Moi je.

—Es obvio que vous está muy cansado para hablar—replicó Verrochio, atizó las riendas de su caballo. Miró al brazo herido del caballero con desprecio—. Excusez-moi monsieur. –Se adelantó al trote dejando la columna atrás.

<<Debo investigar que ha estado pasando en mi ausencia>>. Desde que se había juramentado como magician su vida pertenecía al reino. Si el roi Joel estaba en problemas y la paz del reino era amenazada, debía hacer algo al respecto.  

   <<Necesitaré toda la ayuda—concluyó—, pero el reino no caerá mientras viva>>. 

Le château de la Coupe era un magnífico conjunto de torres altas de piedra azulada rodeadas de murallas grises. Cuando pasaran bajo el rastrillo de hierro vieron el patio desolado, todo el château estaba vacío. Solo había unos pocos criados llevando agua en barriles.

—Algo raro pasa mon seigneur—le confesó Jean con el rostro ceniciento, todo el lugar estaba envuelto en sombras.

—Silence—le ordenó Cedric, estaba preocupado pero debía mantener la compostura así viera el mundo se desmoronarse bajo sus pies.

La salle del trono estaba desolada, las largas bancas de madera pulida tenían una ligera película de polvo. Lord Verrochio esperaba frente al trono desocupado, parecía la estatua de un dios indigno, a su lado estaba un joven alquimista de cape noir y ojos brillantes, rojos, casi sangre. También estaban otras presencias menos importantes sentadas en taburetes amueblados.

—Bonjour monsieur Cedric—proclamó sir Erich, el Jefe de la Guardia de la Ciudad; aunque los magicians los llamaban: les chien de torchons violettes. Los guardias eran como perros hambrientos, sólo que morados. Erich era un hombre de grandes dimensiones, calvo y de papada prominente. Su aliento siempre hedía a borracho.

Al lado de sir Borracho estaba el Grand Maître Chett, mas enfermizo y encorvado de lo que lo recordaba. Ni siquiera levantó la cabeza tambaleante para verlo. Sir Cedric tomó uno de los taburetes, sacudió el polvo y se sentó ante el trono mientras sus magicians esperaban en los bancos polvorientos. Las enormes cortinas rojas apenas dejaban entrar luz por los descuidados ventanales. El brazo le ardía en un calor sofocante.

—¿Dónde está Lord Milne?— Lanzó la pregunta al aire.

Lord Verrochio le lanzó una mirada dubitativa.

—Le seigneur de la rue Mercure está gravemente enfermo, repentinamente su estómago colapsó y los guérisseurs lo tienen aislado. –Lord Milne era un importante noble, representante de la rue más grande de la ciudad y el mercader más rico de toda Gobaith. Sentía mucho respeto por el Grand Chevalier du Dragon Cinabre.

<<Es peor de lo que imaginé>>. Estaba rodeado de enemigos, a menos que…

—Grand Maître—llamó al anciano junto a sir Erich. El anciano guérisseur no hacía más que mover la mandíbula de arriba abajo intentando decirle algo… tenía los ojos estúpidos, parecía asustado.

—Le Grand Maître Chett ha servido en este castillo durante generaciones a la dinastía Sisley, es el doble de viejo que el roi Joel—le respondió Lord Verrochio en tono cortante, frío como el acero—. El elixir de Cinabrio tiene sus limitaciones, y Chett ya llegó al suyo, el pobre anciano lleva días delirando. Se alegró con la noticia de su regreso pero como ve a penas tiene conciencia.

Aún así, cualquiera que hubiera visto al Maître Chett antes de que Cedric partiera, hubiera pensado que al menos le quedaban unos cien años más, el elixir no detenía el envejecimiento pero sí ralentiza sus efectos a cambio de perder la capacidad de procrear. Entre toses, llegó un frágil rey apoyado en un hombre de bastante edad envuelto en una túnica gris. El roi Joel vestía una prenda muy fina de blanco y morado, la pesada corona de oro y piedras preciosas parecía hendirle en la arrugada piel de la frente.

—Mon seigneur—se escuchó decir cuando se arrodilló.

—Mon roi— lo corrigió aquel anciano rey de nariz ganchuda y ojos hendidos—. ¿Acaso al grandioso Dragon Cinabre se le olvidó como dirigirse a su roi?

Cedric cerró el puño bajo la cape, sentía que algo afloraba y apretó las muelas.

—El reino alaba vuestro regreso—corroboró Lord Verrochio. El joven junto a él lo miraba con gesto hosco, parecía divertido—. El magistral regreso  del magician de mayor renombre es todo un hito en Valle del Rey. —Se dirigió al roi Joel—… Después de más de un mes…  

—No fue nada placentero—anunció Cedric cortando a Verrochio, no le gustaba que alguien que no era él cantará sus hazañas, y mucho menos Lord Verrochio—. Éramos toda la guarnición cuando partimos hace veintiocho días… un centenar de los magicians mas habilidosos… Les hommes et les femmes más aptos… Caballos, carros, forraje…  

>>Todo el pueblo fue a despedirnos, nos llovieron perfumes, ofrendas, bendiciones. Por los dioses… El Bosque Espinoso parecía maldito, no veíamos ni a los lémures en los árboles.

>>Las aberraciones que vivimos, las cosas que vimos… Las cosas que perdimos. No estoy seguro de que los que regresaron sigan cuerdos.  

 Les magicians del Premieré Château escuchaban impasibles, aún no habían regresado, pero estaban allí. Las manos huesudas del Maître Chett temblaban.

—Teníamos que atender el llamado—le confesó Lord Verrochio a los de la salle—. Cuando las personas empezaron a desaparecer en los alrededores del Bosque Espinoso… No.

—No hicimos nada—ladró Cedric. <<No se sabe cuántos murieron de forma horrible o fueron raptados>>. Aquel hombre de túnica gris lo miraba de manera pétrea—… Nos demoramos más de diez años en hacer valer la autoridad de la Coupe.

—Cumplió bien su encomienda monsieur—lo apremió aquel hombre gris de sonrisa cruel y ojos, sus ojos estaban llenos de… oscuridad.

—Lord Beret habla con la voluntad del roi—proclamó Lord Verrochio como un autómata. ¿El roi Joel, en qué se había convertido? No era ni la sombra del grand seigneur que fue… se sintió triste por ello.

<<El roi que yo conocí era un verdadero líder que no dejaba que otro hablará por él>>.

—¿Lord Beret? —Cedric no sopesaba las palabras.

—Cuando el roi Joel enfermó de gravedad los últimos días—Lord Verrochio lanzaba destellos desde sus profundos ojos azules. —. Lord Beret. Un menospreciado alquimista salvó a nuestro roi de la muerte. El roi Joel le otorgó el título y lo acogió como conseiller de la Coupe. 

Lord Beret le sonrió, taimado…

—Todos han escuchado las proezas de sir Cedric. Su hermano también fue un gran magician…–dijo. Su voz era melancólica, como si hubiera estado llorando.

<<Es…—Seth seguía vivo. Lisiado, pero no olvidado—. Todos recordaban con respeto y gracia al anterior seigneur du Premieré Château>>.

El roi Joel sonrió con una boca arrugada, cruel y llena de dientes que el tiempo había empañado.

—Alabo su victoria contra el Homúnculista monsieur—anunció. Lord Beret sonreía y se frotaba las manos con nerviosismo, le resultaba grotesca aquella sonrisa blanca y congelada—. Está isla puede disfrutar de la fiesta de la Luna en paz, gracias a vosotros.  

<<Una victoria vacía—bajó la mirada y se mordió la lengua—. Regresé a una Corte que no conozco, con personas de falsas intenciones>>.  

—Mon roi—replicó Cedric. Claro, debía comentarle al roi sobre los problemas que se avecinaban, que al parecer sólo él había visto durante su regreso—. Hay una situación en el sur… 

El roi Joel levantó una mano e hizo callar a Cedric de inmediato… La reunión de la Coupe quedó interrumpida cuando el roi Joel sufrió un acceso de tos, su rostro se puso morado mientras se ahogaba y Lord Beret tuvo que llevárselo del brazo.  

—Fue un placer sir Cedric—confesó Lord Verrochio con un dejé de reproche—, espero volver a verlo… Au revoir.

¿Esperaba volver a verlo? ¿Qué significaba aquello? Su lugar estaba en el castillo, junto al roi, sirviendo como Seigneur du Château. Cedric había matado a magos negros. Mientras se retiraban, ninguno habló hasta que salieron a la rue Obscura, y caminaron como muertos vivientes mientras el sol del final del verano y el año, les lamía las capas sucias.

—¿Qué ha pasado? —Vociferó George Bramante, cabizbajo, a sus espaldas.

—Hemos perdido el reino—escuchó decir a Jean, entristecido por su propia respuesta.

La columna se fue desmembrando. Estaba bien que se marcharán, tenían que alejarse de éste nuevo reinado caótico. Jean se fue sin avisar, Miackola le regaló una sonrisa lastimera y finalmente quedaron Lucca, que aspiraba a caballero y Cedric.

—Me iré a Pozo Obscuro—le dijo la joven risueña aunque marchita. Su cabello dorado lanzaba destellos de sol mientras la brisa calurosa lo agitaba—… Non, no sé cuándo volveré. —Lucca le robó un beso húmedo en la mejilla. Sus ojos verdes perdieron un poco de brillo, lo último que recordó de ella fue un gastado perfume al alejarse… Cedric la había acogido pesé a sus escasas facultades para la proyección de la quintaesencia.

—Quizás sea la última vez que nos veamos…—murmuró para si mismo. No le gustaba despedirse. Lo que estaba a punto de hacer era por el bien del reino.

El agua escapaba en forma de gotas, de una fuga, algo roto en algún lugar de su mente… 

La maison de los Scrammer estaba erigida en la rue Mercure junto al mercado. Era una gran fachada de grandes ventanales con un techo salpicado de terracota. Lo esperaba uno de los sirvientes en la entrada y lo condujó bajo unos arcos de piedra hasta un patio muy cuidado con estatuas de formas salvajes, las mejores flores eran las del final del verano… porque durante el frío uno llega extrañarlas.

Sintió un escalofrió extendiéndose por sus entrañas. Los señores Scrammer estaban almorzando en una alargada mesa de caoba, tenían una bandeja de plata con forma de dragón y en ella un cochinillo con una pera en la boca. Lord Inferno Scrammer levantó los ojos rojizos cuando lo vio. Se levantó y fue a recibir a su hijo con un abrazo. Era unos dedos más alto que Cedric y mucho más grueso; y eso que Cedric era un gigante.

—Te estábamos esperando Cedric—su voz era un matiz de calidez. Lord Inferno tenía profundas arrugas en el rostro duro, los ojos rojizos y pequeños, la barba roja salpicada de blanco y el cabello que empezaba a escasear. Aún así, apretó a Cedric con tanta fuerza como para arrancar un árbol—. Todos hablan de tí—bajó la mirada a las vendas que envolvían y sostenían lo que quedaba de su brazo—… Tu bras…

—Esto—Cedric levantó el brazo escayolado disimulando una mueca—. Hacía mucho frío y no había leña, así que me encendí el brazo. 

Lord Scrammer soltó una sonora carcajada que bien hubiera espantado a todos los pájaros de la rue Mercure. 

—Anda a besar a tu madre—proclamó dándole palmadas en la espalda—. Desde que te fuiste no ha dejado de preocuparse.

Lady Roselle se llevó un trozo de panseta a la boca. Era muy callada y educada, pero no pudo disimular la risa de niñita. Era una autentica Scrammer: el cabello castaño rojizo brillante, los ojos fugaces, místicos, y el rostro atractivo. Ambos eran primos lejanos, casados por sus familias desde jóvenes. En su sangre latía el poder de los antiguos dragones, que antes de desaparecer tomaron forma humana.

—Cedric—lo llamó su madre—, siéntate con nosotros.

No tenía mucho apetito. Además, estaba muy cansado y la ropa sucia le pesaba. Pero aún así…

—¿Cómo esta él? —Preguntó Cedric. Su madre apretó los labios formando una línea fina.

—Desde que te fuiste ha perdido mucho color, creí que había mejorado desde lo ocurrido. Pero aún le cuesta sanar. Verte le ayudará, no sabe cuánto te quiere y cuánto le haces falta. 

—Iré a verlo.

Lo encontró bajo la luz amarillenta e implacable del sol, demacrado y melancólico. La silla donde estaba condenado a pasar sus días tenía dos grandes ruedas de carro, madera fina y dura. Desde el balcón se veía toda la rue Mercure y el mercado, adornado de colores vivos, habían limpiado la estatua del Héros Rouge en la rue Obscura y la biblioteca del gran ventanal redondo había cerrado temprano. Todas las rues estaba llena de vida y color.

—Hice subir este barril cuando escuché que volviste—dijo Seth Scrammer. El barril de roble reposaba junto a un banco—. Cerveza de piña, como cuando éramos niños—sonrió, cansado. Clavó los ojos en el brazo escayolado.

—Ya no duele—advirtió Cedric con un titubeo—. Vaya par de hermanos somos: un tullido y un manco. Nuestros padres deben estar orgullosos.

Seth sirvió cerveza en una taza de madera, y luego le tendió otra a Cedric. El sabor de la piña fermentada le recordaba días ajenos en donde su hermano caminaba. Pero el anterior seigneur du Château se había roto la espalda de una gran caída, los guérisseurs intentaron sanar sus piernas, pero nunca se recuperó, nunca regresó a ser el mismo…

—Dejar de caminar fue perjudicial para mí influencia en la Coupe—Seth bebió un largo trago—... Le Dragon Cinabre está en la boca de todos los habitantes del reino. Se preocupan por tí..., en cierto modo te aman. —Señaló su brazo herido con la jarra—. Deberías de tener más cuidado.

Cedric tomó un sorbo, la boca se le llenó de un sabor frutal, dulce y embriagador. Aún estaba frío.

—Si esté brazo es tan importante para mi imagen, me lo mandaré a cortar y me haré una mano de oricalco como nuestro querido Lord Verrochio.

Seth sonrió... Hace muchos años que Cedric no lo veía sonreír de esa forma.

—Todo ha cambiado—soltó con un dejé de aflicción. Seth tenía el rostro apagado y los ojos rojizos llenos de un temor casi ciego... a lo que estaba por venir—. El supuesto roi al que juramos defender se ha rodeado de influencias peligrosas. Se ha liberado un mal... Por siglos hemos vivido en está isla, rodeados de la paz que construyó el Rey Exiliado.  

>>Pero he visto la decadencia Cedric, tengo un informante en la Coupe... No sólo eso, las historias que me cuentan los mercaderes no me dejan dormir. El Bosque Espinoso está plagado de terrores. La maldad está acumulándose en los corazones.

>>Y los de la Coupe se jactan de arrogancia.

>>El reino tiene sus esperanzas en tí... Si de verdad te importa todo lo que significa esto. El legado que les pertenece a los magicians: velar por los habitantes de está isla, protegerlos, dejar que vivan las vidas que quieran, que nadie sufra... Tomá tu decisión Cedric. Nuestro pueblo sufrió demasiado en el pasado...  

Cedric sorbió todo el caldo que Seth le sirvió... Lo pasó de a poco pero, era difícil no ver el futuro amargo que le esperaba al tomar aquella decisión. No. Le chevalier du Dragon Cinabre era un siervo del reino, un protector; no un gobernante.

—Tomé mi decisión al ver los ojos de nuestro roi...—Sí, estaba seguro de lo que debía hacer, Cedric los salvaría a todos—. No sé cómo ocurrió, pero aún puedo salvarlo, está bajo el hechizo de aquella sombra gris.

Cedric había dedicado gran parte de su vida al reino, las personas de la isla lo necesitaban otra vez... Se había enfrentado a magos negros y brujos. Se hizo famoso al derrotar a un mago negro que aterrizó Pozo Obscuro y asesinó a varios magicians.

—La bruja...—oyó decir a Seth. Todo regresó en una poderosa oleada, tan estrepitosa que un dolor sordo lo inundó detrás de los ojos, y el brazo... sentía un profundo dolor en el brazo, un calor imaginario—... Ella dijo que terminaría como la mitad de un gran hombre.

—¡Ya! —Cedric apretó las muelas. Casi lo había olvidado pero...  

—La profecía... 

—Mon vie! –No iba a dejar que una vieja profecía (la cual siempre olvidaba), lo detuviera–. Es para con mi familia, mis hijas, mi hogar...

Se fue a bañar en una enorme tina de mármol con dragones tallados y fuegos espectrales. Se quitó el vendaje sucio del brazo con una mueca de dolor, las costras de sangre seca se le pegaron a las vendas y tuvo que arrancárselas... Cuando acabo, vio un brazo enrojecido y chamuscado, con tiras de carne sobresalientes, el hueso se veía en algunas secciones del tejido encarnecido; incluso tenía los dedos desnudos en algunas partes y había perdido casi todas las uñas y medio meñique, casi parecía un milagro que no perdiera todos los dedos. Sentía escozor y comenzó a sentir un calor que no estaba allí, perdió el movimiento del brazo hasta el hombro, tenía hasta los dedos entumecidos y sentía que la cabeza le daba vueltas. Los remedios que había tomado para el dolor <<cómo se llamen>>, ya dejaban de hacerle efecto y no pasó mucho hasta que el calor se volvió insoportable y le saltaron las lágrimas.  

Se quedó allí, mordiéndose la lengua, hasta que el agua caliente se enfrió y acabó con el cuerpo adolorido. Uno de los criados entró para preguntarle si necesitaba más agua caliente y él le pidió que llamara a un guérisseur con las fuerzas que logró reunir. No pasó mucho hasta que el criado entró con un hombre barbudo y gordo con un montón de cosas en las manos.  

—Monsieur—dijo con una voz profunda y junto al criado desplegaron todo sobre una sábana junto a la tina: unos paños blancos, algunas vasijas selladas de barro, botellas, unas agujas e hilo de tripa y vendas limpias. —. Je m'appelle Marcel Brosse, je habite á la bibliothéque de la rue Obscura.

Marcel tenía unas manos grandes como jamones, pero hábiles, limpió su brazo con un paño mojado en yodo con una delicadeza increíble, le aplicó un cataplasma de hierbas del cual sólo reconoció un poco de manzanilla de aroma delirante y lo vendo con movimientos armoniosos. El hombre gordo tenía un anillo de oro que sujetaba su barba cobriza entrecana y la sonrisa amarillenta de los fumadores de tabaco.

Le dio de beber un extraño brebaje que sabía a pasto amargo y olía a té.

—Que c'est? —Preguntó mientras bebía de a poco.

—Es una infusión de pasiflora y otras hierbas—respondió Marcel Brosse y junto al criado lo ayudaron a secarse y cubrirse con unas mantas, poco a poco el dolor casi desapareció junto al ardor. Cedric sintió como se quedaba dormido.  

 Lo llevaron hasta su habitación, lo recostaron en la misma cama donde durmió de niño. En la calidez de las mantas soñó con la bruja y esa noche... La caseta de la bruja estaba polvorienta y atestada de especias y frascos. Cedric recordaba a la serpiente de boca negra retorcerse en la botella, el cuenco con un corazón y a la mariposa de dos palmos, con las alas violetas ribeteadas de azul... Lo que no encajaba era el muñeco de trapo rojo con la garganta ensartada de alfileres.

—Ten cuidado con lo que tocas—le advirtió Seth, que le sacaba una cabeza de alto y no parecía asustado.

Cedric asustado lo tomó de la muñeca. Aún así, su hermano jugueteó con una lanza de hueso, recorrió un dedo contra el filo, lanzó un grito y la sangre negra manchó el suelo de tablas...  

La sorcier apareció de entre las sombras ataviada en una túnica de lana negra, ornamentada con un largo collar de huesecillos muy curiosos. Tenía el rostro corriente envuelto en el humo aromatizante de su pipa de arcilla, tenía aquellos ojos bellos y crueles de las brujas. Eran como lunas brillantes con motitas de oscuridad. 

—¡Dioses! —Bufó Seth—. Bonsoir madame..., lo sentimos. Creímos...  

—Bonsoir, madame Gallete Sangreazul—se presentó con una voz suave y monótona—. Para servirlos.  

Abanicó el humo con su sombrero de plumas de cuervo. Su cabello era largo, negro y brillante... y sus labios eran grandes y azules. A pesar de portar un aire de mucha edad se veía muy joven. Clavó aquellos ojos luminosos en la sangre de Seth.  

—¿Ves los caminos de las personas? —Replicó Seth con voz temblorosa, su cabello rojo parecía inquieto—. Tenemos monedas— y se palpó el bolsillo lleno de estrellas de bronce y unos cuantos valiosos oriones de plata. 

Madame Gallete en un instante le tomó la mano a Seth.  

—Monedas hay muchas garçon... Lo más valioso es el fuego en la sangre—su voz parecía una melodía hipnótica.   

Cedric había soñado tantas veces con aquel recuerdo. Pero aquellos ojos luminosos y crueles siempre lo hacían estremecer. Seth asintió con nerviosismo, Gallete buscó un frasco oscuro... El rostro de Seth se deformó en una mueca de dolor, pero ella obtuvo la sangre. Cuando tuvo suficiente, meneó la sangre como si fuera un elixir. Seth mojó un dedo en una espesa tinta negra y dejó caer una gota en el agua de una taza. La bruja fijó su mirada en la tinta, parecía ver más allá, ver la tinta divagar en el agua a la luz de las velas...  

—Los caminos que conducen al destino son diversos, inciertos y nublados, pero su visión no deja de ser perturbadora. Haz tú pregunta vestigio de dragón. 

Seth dudó un momento...  

—¿Sólo una pregunta? —Parecía desilusionado.  

El silencio habló por la sorcier...  

–Aquellos que conocen su destino están condenados a cumplirlo–entonó la sorcier como si fuera una canción antigua. 

—¿Seré un gran hombre?  

—Oui—sonrió con aquellos labios azules—, pero terminarás como la mitad de un grand homme.

Seth se le rió en la cara, pero Seth se cayó de la torre... Cuando despertó estaba bañado en sudor así que se remojó de nuevo. 

<<Cuando mueras...–Las palabras son sólo una brisa que se esfuma... Cómo la nieve o el fuego. Pero la nieve se hacía agua y el fuego dejaba cenizas–. El día que mueras...>>

¿Acaso se había olvidado de las palabras de la bruja?

<<Oui—pensó dubitativo—, ¿hice bien en olvidarlo?>>.  

Había regresado al Château de la Coupe radiante con una nueva cape de un rojo vivo y el ángel Lucifer bordado en hilo dorado, amenazante, botas negras y chaleco de cuero sobre una túnica oscura. George Bramante y Pietro Brunelleschi lo escoltaron hasta la salle de la Corte, volvían a ser los mismos: taciturnos, obedientes y honrados. Les ordenó que lo esperarán fuera del salón y allí permanecieron.

Lord Beret contemplaba el trono, labrado de un roble oscuro con tallas de ogham y ribetes de oro macizo. Era una sombra austera envuelta en gris. 

—Bonjour mon lord—lo saludó Cedric.  

—Bonjour monsieur—le dedicó una sonrisa blanquecina y congelada—. Que enorme placer verlo. —Sus ojos eran grises, pero luminosos como los de Gallete, eran una especie de hielo sucio cautivador—. Lo estábamos esperando—rió por lo bajo de satisfacción mientras se frotaba las manos.  

Sus labios pálidos se tornaban un poco azules cuando sonreía o... <<sólo es mí imaginación>>.  

—Eso es bueno—dijo Cedric.  

—¿Viene a ver al roi? 

<<Es todo lo que quiero>>.  

Cedric se inclinó hacía Lord Beret. Seth le había contado todo lo que le había dicho su informante.  

—Sé lo que le hizo al roi—dijo.  

Lord Beret apretó los labios.  

—¿A qué se refiere?  

—Lo han estado siguiendo desde que lo expulsaron del Templo de las Gracias, escuché que era un guérisseur como ninguno hasta que... sus prácticas se volvieron inhumanas, disgustaron al Grand Maître Guérisseur así que le arrebataron las insignias.  

>>Luego se unió a la Maison de Noir como alquimista y muchos dijeron haberlo visto tratando con conocimientos oscuros. Otros lo vieron a vous tratando con Giordano Bruno, mejor conocido como el Homúnculista después de volverse loco. Al final alguien lo infiltró en el château haciéndose pasar por guérisseur y aprovechó la situación del roi Joel para controlarlo con magia negra. Usted los manipula a todos aquí.

Lord Beret se frotó las manos, su rostro no parecía expresar el miedo que sentía.

—Fuera están dos de mis magicians más leales. No podrá escapar. Voy a ver al roi.

Observó con satisfacción la sonrisa de Lord Beret esfumarse y aquellos ojos de sorcier resplandecer antes de subir las escaleras de tres en tres hasta los aposentos del roi Joel. Tras la puerta, la habitación estaba oscura, una cortina ocultaba la cama, junto a ella había una fresca de tinto y dos copas de oro.

—¿Cedric? —La voz del roi Joel era frágil y benevolente.

—Mon roi. Ya no tenemos enemigos.

Corrió la cortina y descubrió a un anciano pálido y enfermizo, su sombra serpenteaba en la pared, oscura, alta.  

—Le has dado todo lo que tienes al roi de esta pequeña isla... Eres el hombre más honrado que he conocido. —Sus ojos estaban vacíos.  

—El reino es mí vida, mon roi—admitió con una sonrisa. Debía liberar su mente de aquel maleficio que la aprisionaba, quizás podría usar su quintaesencia como llave, pero debía tener cuidado de no estropear la cabeza del roi.

—Vin—pidió el roi—... Es de la mejor cosecha de Puente Blanco, espeso y tinto.  

  Cedric se adelantó a servir las dos copas...  

—Todo el reino—el anciano carraspeó—. No, toda la isla que el Rey Exiliado creó para nosotros hace un milenio o dos... Puede respirar tranquilo, gracias a vous. ¿Qué pides por tal proeza monsieur?

Los ojos púrpuras, no, entornados del roi Joel lo juzgaron. Cedric sabía lo que debía decir...  

—Pido permanecer a su lado mon roi, pido ser la esperanza para el reino.  

El roi Joel bebió un poco del vino oscuro... 

—Brindemos... por la prosperidad del reino y por un nuevo comienzo. 

Ambos alzaron las copas y bebieron un profundo trago. El vino espeso, caliente y negro le recorrió el pecho con un ardor de satisfacción.  

—Tu vida es el reino—comenzó el roi Joel—. Pero el reino es mío por herencia y tu vida insignificante lo es también...  

Cedric se derrumbó, su pecho estaba encendido en un asfixiante calor. Cuando intentó hablar, su boca se llenó de sangre y la vomitó sobre sus manos...

<<Cuando mueras>> le había dicho la sorcier Gallete cuando era un niño.  

—Se acerca una nueva era de oscuridad... ¡Para nuestros enemigos! Ya me cansé del dolor de culo de un trono viejo e inútil. Le voy a dar el mundo a mí pueblo hambriento. El reino sangrara y morirá..., y uno nuevo se alzará más poderoso y tomará el mundo que le pertenece.

El líquido rojo y espeso se le escurría de entre los dedos. <<Non>> Los ojos se le nublaban... y cuando hablaba sólo veía sangre caer desde su boca.  

<<El día que mueras, joven dragón—profetizó la bruja—. Tu vida escapará de tus manos...>> 

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