Las Voces en las Sombras
Las Voces en las Sombras
Author: Sasa Roand

A todas las voces en las sombras.

                                                               CAPITULO 1

Miro hacia todos lados inspeccionando la calle; no hay nadie. Escucho el bullicio a un par cuadras. Las luces tenues de los faroles iluminan pobremente la noche. Me lleno de valor, tomo aire de un bocado y empiezo a caminar.

El golpeteo de mis tacones contra el concreto mojado por la lluvia retumba en mis oídos, pero de un momento a otro mis pasos no son los únicos que escucho; alguien camina detrás de mí, temo mirar. Me apresuro con sutileza.

Froto mis manos una contra otra durante un par de segundos y las meto en los bolsillos del abrigo, están heladas y sudorosas, mis piernas se reblandecen, se me dificulta respirar y mi estómago parece querer escaparse por mi boca. Un redoble de tambores me explota en las sienes; es esta sensación llamada miedo.

Quizás exagero, tal vez es una chica que camina sola por ahí, tan asustada como yo. Pienso en lo que haré cuando llegue a casa: evadir a mamá, tal vez está dormida, entraré de puntillas y me escabulliré hasta mi habitación, nunca notará que no estuve.  

Alguien tira de mí; me rodea el cuello con su brazo asiendo mi espalda contra su pecho. Cubre mi rostro con un pedazo de tela. Definitivamente no era una chica asustada la que caminaba tras de mí. Un fuerte ardor penetra en mis fosas nasales y me recorre de la tráquea a los pulmones. En un par de minutos todo se oscurece.

Abro los ojos. Mi mejilla derecha está pegada al suelo, mis manos están atadas juntas en mi espalda. Intento levantarme, pero no puedo.

Pasan unos minutos y todo deja de dar vueltas a mí alrededor. El concreto contra mi cuerpo tendido está recubierto de polvo y hollín.  El techo es alto y de él cuelgan tubos fluorescentes rotos y nudos de cables. Hay varias columnas muy gruesas, una detrás de otra, y carros destrozados que parecieran llevar eones en este lugar.

     Alguien se acerca, es un hombre. Es alto. Va vestido de jeans y sudadera. Se para sobre mí con las piernas abiertas, coloca sus pies uno a cada lado de mi cuerpo, me da la vuelta de un tirón y recarga ambas rodillas en el suelo. Pone su mano sobre mi boca, lleva guantes, no son de látex, sino de esos que usan en el salón para teñir el cabello.

     ―Si gritas te mato ―susurra en mi oído. Su voz es áspera, seca.

 Asiento con la cabeza, pero en cuanto separa su mano de mis labios, grito tan fuerte como puedo. Recarga la  palma de su mano sobre mi boca. Me arranca la blusa, rasga una tira de tela, la hace una bola y la empuja hacia adentro de mi boca. Un pequeño trozo se pega a mi paladar.

Me manosea los senos con desesperación, los aprieta, los retuerce con furia. Gime complacido.

     Mis pezones quedan expuestos fuera del brassier. Él me sube la falda hasta la cintura, abre mis piernas violentamente, las abre más de lo que mis articulaciones pueden soportar. Mete sus dedos dentro de mí: primero dos, luego cuatro, en unos minutos logra introducir su puño entero y lo mueve con fuerza. Un espantoso dolor me desgarra por dentro. Saca el puño emitiendo un gruñido. Se levanta y se aleja. ¡Ha terminado! Suspiro aliviada, pero regresa. Hay algo en su mano

Abre un poco mis piernas. Introduce el palo. Mi cuerpo tiembla involuntariamente. Grito con todas mis fuerzas, pero no arrojo más que un gemido ahogado. El pedazo de tela en mi boca impide que el aire pase a mi garganta y al mismo tiempo está por provocarme el vómito.

Cierro los ojos, los cierro tan fuerte como puedo, como si al cerrarlos pudiera escapar de este momento, desaparecer, librarme de este dolor que me ha paralizado el cuerpo. Cierro los ojos con la esperanza de que al abrirlos, todo haya acabado.

Pienso en mi madre. Si sobrevivo ¿cómo les explicaré esto? haber estado a estas horas de la noche en la calle, sola, vestida así. Si salgo de esta no se lo contaré a nadie. No podría.

Las lágrimas salen a borbotones humedeciendo los mechones de pelo detrás de mis orejas. Un hormigueo invade la mitad inferior de mi cuerpo.

Saca el palo y lo arroja aun lado. Vuelve a postrarse sobre mí. Saca algo del bolsillo de su sudadera, y empieza a golpear mi pecho con furor.

El metal frio entra y sale de mi carne una y otra vez. Duele, pero no intento zafarme; es inútil. Siento como se fraccionan los huesos de mis manos que reposan en mi espalda sosteniendo nuestro peso. Las estocadas dejan de doler. Estoy ahí frente a frente con este hombre y no logro ver su rostro.

Siento como la vida sale de mi cuerpo dejándolo sin resuello y de pronto, ya no estoy tirada en el suelo; estoy ahí, de pie, observando como este desconocido me apuñala una y otra vez, con rabia, con furia, con odio, como si lo mereciera. Al fin se detiene y se aleja hasta que su silueta se vuelve nada en la oscuridad.

Me acerco y entonces me doy cuenta de que no soy yo la que esta tirada inerte en el piso; es una chica mucho más joven, tendrá unos dieciocho o diecinueve.  Su piel es blanca, su cabello castaño con tonos avellana es ligeramente ondulado y llega hasta sus hombros, sus ojos color café me miran fijamente.  Me arrodillo a su lado, hago presión sobre sus heridas en un inútil intento de detener el sangrado, pero es tarde; no hay vida en su mirada. Miro mis manos ensangrentadas y empiezo a sollozar desesperadamente. De repente, todo se oscurece y estoy sola. Grito a todo pulmón pidiendo ayuda.

Despierto. Estoy en mi cama sudando. Me contoneo entre las sabanas. Aprieto las palmas de mis manos contra mi vientre. Tanteo mi pecho buscando heridas, veo mis manos buscando manchas de sangre, pero no hay nada; ha sido un sueño. Otra chica; el mismo maldito sueño. Ha vuelto.

Miro el reloj que está sobre la mesita de noche: siete treinta. «¡Joder! No sonó la alarma».

 Me levanto de un brinco y voy corriendo al baño, me doy una ducha de dos minutos y al salir no consigo la toalla así que salgo del baño desnuda con los brazos cruzados sobre mi pecho, apretando los puños y encorvando los hombros. Salpico todo el piso en mi recorrido, desde los azulejos color turquesa del baño hasta la alfombra gris de la habitación. Me siento en la cama, me seco con una sábana, la doblo desmañadamente y me la enrollo en el cuerpo.

Envuelta como momia egipcia, me levanto y me dispongo a abrir el cajón de la ropa interior. Pero al jalar la abrazadera, esta me ha quedado en la mano.

«¡no puede ser!» Voy a la cocina por un cuchillo para intentar abrir el cajón y en el camino piso un libro; lo estaba leyendo anoche y me aburrió tanto que lo tiré al suelo. Me agacho para recogerlo.

―¿Qué me dices de esto? Se supone que el universo debería conspirar a mi favor, no en mi contra. Hoy, definitivamente, está conspirando para que llegue tarde al trabajo ―le digo al libro con reproche mientras camino por el pasillo.

 Al entrar en la cocina tiro el libro en la encimera, cojo un cuchillo y camino de vuelta a la habitación.

Intento abrir el cajón, pero está trabado.

―¡Maldito universo, no puedo contra ti!

 Busco mis jeans y empiezo a ponérmelos frente a un espejo largo y angosto que cuelga en la pared de la habitación al costado de la puerta. Mientras los vaqueros ascienden por mis muslos, no puedo evitar ver esa línea en mi vientre donde mi piel sobresale ligeramente dibujando una sonrisa tenue, ese delgado hilo casi imperceptible pero sublime que tejió en mí los más confusos sentimientos y permanece ahí para evocarlos cada vez que me veo desnuda frente al espejo.

Sujetar el botón se me hace un poco afanoso, he ganado un par de kilos los últimos meses y la grasa se me suele acumular en las caderas más que en otra zona del cuerpo.

Habiendo terminado de vestirme  repaso mentalmente lo que debo llevar al trabajo.

La sudadera gris que llevo puesta es la que me queda más holgada, me la he puesto para disimular que, por culpa del jodido universo, no llevo brassier. Agrego al ouffit un bolso de costado con estampado de flores, recojo mi melena color chocolate en una cola de caballo. Me hago un delineado negro en los parpados superiores que queda de un grosor diferente en cada ojo; siempre que esto ocurre ―y ocurre más de lo que me gustaría― termino frotándome una toalla húmeda y dejando al natural mis grandes ojos, pero esta vez la diferencia es casi imperceptible, así que me aplico rímel, oscurezco un poco mis cejas y me pongo un labial café, que va perfecto para mi piel trigueña. Voy por las llaves, abro la puerta y salgo apresurada, pero regreso.

Corro al baño, me doy una cepillada enérgica en los  los dientes por solo unos segundos, cojo un poco de agua del chorro con mi mano mientras me reclino para acercar mi boca; me enjuago, escupo y al levantar la cabeza veo el reflejo del espejo. ¡No puede ser! justo detrás de mi están colgadas unas bragas limpias. ¡Claro! tenía que darme cuenta ahora que ya estoy vestida.

Odio andar por ahí sin ropa interior; siento que los pantalones se me meten en el trasero, así que tomo las bragas, salgo del baño y me siento en la cama. Me dispongo a desatar los cordones de mis tenis, cuando veo la hora: las ocho menos diez. «¡Es muy tarde!» meto las bragas en mi bolso y salgo apresurada.

                                                         CAPÍTULO 2

Al fin llego a mi oficina. Bueno, no es mía, sino de jefa de redacción de la revista cultural para la que trabajo. Mi función aquí es preparar el café, hacer mandados, enviar correos, transcribir uno que otro texto. Incluso la he hecho de chofer un par de veces. Soy asistente, pero algún día dejaré de serlo, esto cuando la flamante señora Eleonor Strong decida que estoy lista para el cargo de redactora.

Eleonor es una mujer caucásica de hermosas facciones. Aunque aparenta unos cuarenta y pocos, la verdad es que ya roza los sesenta.

La primera vez que la vi, fue en la entrevista laboral más incomoda que he tenido. Entré a esta amplia habitación. Recuerdo haber quedado encantada con los enormes ventanales de vidrio y la hermosa vista. El vasto escritorio de madera oscura se imponía en el centro, circundado por estanterías repletas de libros, archivadores y un par de mesas pequeñas con pilas de documentos ubicadas en una esquina. Hoy todo sigue, con exactitud milimétrica, en el mismo sitio.

A los pocos minutos apareció, Levaba el cabello prolijamente recogido en un moño bajo, vistiendo una blusa de chifón blanca manga larga y una falda tubo negra que enmarcaba perfectamente su pequeña cintura. Sus piernas estaban cubiertas hasta la mitad de la pantorrilla.

―Tome asiento señorita Rodríguez ―dijo mientras se sentaba al otro lado de su escritorio. Extendió su mano abierta hacia mí supe que debía entregarle mis escritos. Leyó un par de estos con los ojos entornados tras el cristal de sus lentes. Justo después de arquear una ceja, arrojó el folder sobre el escritorio, dio media vuelta en su silla giratoria y todo quedó en silencio durante unos incomodos segundos en los que yo recogía mis hojas desparramadas en su escritorio. Ella dejó salir un suspiro y se volvió hacia mí

―Entrará solo como asistente―. Se quitó los anteojos y los limpió con un pañuelo blanco― Dirígete al departamento de recursos humanos; te informaran cuando empiezas, de cuanto será tu paga y te explicarán las funciones de tu cargo. Puedes retirarte.

En ese momento me levanté, cogí mi folder, me armé de valor y con la barbilla en alto le dije:

―No vine por el cargo de asistente señora, soy redactora, y con todo respeto, solo volveré a este lugar si es para desempeñar dicho cargo.

Ella posó sus ojos en los míos por un instante. Aun limpiaba sus anteojos, volvió a ponérselos, cogió un fajo de hojas y simplemente se puso a leerlas como si yo no estuviera allí parada frente a ella.

 Cuando salí de la oficina, lo último que quería era volver a ver la cara prepotente de esa vieja bruja, pero mientras bajaba las escaleras de camino a la salida, peldaño por peldaño recordaba las cuentas por pagar, los números rojos caían en mis pensamientos como molestos recordatorios de los meses que llevaba trabajando de camarera, postulando a cuanta oferta laboral en el puesto de redactora se publicaba en Internet y no siendo contactada por nadie.

Desde que llegué a esta ciudad, esto había sido, por mucho, lo más cerca que había estado de trabajar en lo que quería. Era la oportunidad que había estado esperando. Mi paso firme y decidido empezó a enervar hasta que me cesó. Inflé un poco las mejillas y solté el aire. Tras poner los ojos en blanco como una adolescente siendo rezongada por su mamá, hice un chasquido con la lengua y di media vuelta hacia adentro.

Ha pasado un año desde entonces. Pero no me quejo, Eleonor es difícil, pero no es mala persona. Se ha mostrado interesada en mi vida personal, siempre me pregunta cómo va lo de mi hijo, incluso percibo en ella cierto sentimentalismo cuando hablamos del tema.

                                                           *****

―No creo que sea prudente cariño, ya lo hemos hablado. Tu concéntrate en tus negocios que yo me encargo de esta situación. ―Eleonor está al teléfono.

 Me pregunto con quién hablará. Al pasar frente a su escritorio levanto la mano y la agito para saludar. Está sosteniendo el teléfono con una mano y con la otra golpea la madera dando pequeños toquecitos con la uña de su dedo índice, es un molesto hábito suyo. Al verme caminar hacia mi pequeño escritorio ubicado en una esquina al fondo de la oficina, inclina ligeramente la cabeza, baja sus anteojos a la altura de la nariz y me examina de arriba abajo. Su expresión me dice: «¿¡que rayos traes puesto!?» Pero enseguida continua con su conversación y yo puedo preparar el café sin tener su mirada inquisitiva encima.

―¡¿Qué estás aquí?!―vocifera Eleonor ―¿aquí donde, en el aeropuerto? ¡Maldita sea, siempre insistes en llevarme la contra! ―Corta la llamada―. Puedes irte, te doy el día libre ―me dice mientras se frota las sienes.

―Eh, pero, señora Eleonor, yo... te te tengo que… terminar lo de...

―¡Si, si, si! ―dice con voz áspera interrumpiendo mi tartamudeo―. Solo apúrate ¿sí? Déjame tus avances. Mañana lo revisaré ―agrega en un tono más suave.

―Si, lo tengo en mi pen drive, lo pasaré a su laptop señora Eleonor ―le contesto mientras rebusco mis bolsillos.

En eso, llaman a la puerta. Eleonor se levanta de un salto.  Abre apenas lo suficiente para mirar por la abertura, se asoma y acto seguido; está en el umbral abrazando a un joven. Es unos centímetros más alto que ella, delgado, pero no demasiado, calza botas de cuero color arena, de esas que tienen suela dentada de goma, lleva vaqueros oscuros perfectamente entallados, pero no demasiado ajustados, camiseta blanca, chaqueta marrón con cremallera dorada y una bufanda beige rodea su cuello. Carga un café en cada mano y abraza a Eleonor tratando de no derramarlos.

―Mamá, yo también te extrañé, pero ya suéltame; no respiro.

¿¡Mamá!? ¿Nunca oí a Eleonor hablar de un hijo, ¿realmente es su hijo? viéndolo bien, el parecido es innegable.

―Aunque te pedí explícitamente que no vinieras, no puedes aparecer después de tanto tiempo y pretender que no quiera abrazarte ―responde Eleonor

―Mamá nos vimos en navidad. Eso fue hace unos cuatro meses

―Si, hijo, tal vez exagero un poco ―La mirada risueña que jamás había visto en su rostro da paso a una expresión más bien preocupada.― ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

―¡Por dios madre! acabo de llegar y ya me preguntas por mi partida ―Una sonrisa se dibuja en sus labios rosáceos mientras se sienta frente al escritorio de su madre― ¿Por qué no nos tomamos el café antes de que se enfríe y nos ponemos al día?

Eleonor se sienta, golpea el escritorio con sus uñas imitando el galopar de un caballo, lo cual suele hacer cuando quiere apurarme con algo. Gira su silla media vuelta para mirarme y dice:

―Mérida ¿conseguiste tu pen drive? no me digas que lo dejaste en casa porque... ―Se interrumpe a sí misma―. Sabes qué, ya no importa; igual me tomaré la tarde. Envíame todo en un e-mail.

―Oh no, no, no señora Eleonor, estoy segura de que está por aquí ―replico mientras cojo mi bolso y rebusco desesperada. Ella suspira y vuelve a girar su silla, dándome la espalda y mirando a su hijo que permanece sentado frente a su escritorio.

Mientras ellos reanudan su conversación yo sigo revolviendo los restos del croissant que comí de camino a la oficina con todo lo demás que hay en mi bolso, hasta que al fin siento entre mis dedos ese pequeño rectángulo de plástico con borde de metal.

―¡Si! ¡lo encontré! ―profiero mientras saco mi mano del bolso levantándola con fuerza para poder exhibir el pen drive, sintiéndome orgullosa de no haberlo dejado en casa como ya me ha sucedido otras tantas veces.

De repente, el recién aparecido hijo de Eleonor suelta una risotada que rápidamente intenta disimular tapando su boca.

«¿Qué le pasa a este imbécil?» Me ve a los ojos, mira al piso y luego vuelve a verme. Quiere mostrarme algo y cuando lo pillo mis ojos se abren como platos. Un repentino calor empieza a quemar mis mejillas.

―¿y de cuando acá traen tus empleadas la ropa interior de sus abuelitas a tu oficina madre? ― pregunta el hijo de Eleonor con una sonrisa socarrona en sus labios.

Son mis bragas, han salido volando de mi bolso cuando saqué de este mi pendrive y han ido a parar justo detrás de la silla de mi jefa

Eleonor vira hacia mí intrigada, me pilla en el momento en que guardo mi ropa interior en el bolso. Quisiera que me tragara la tierra y me escupiera muy lejos. Eleonor solo pone los ojos en blanco en tono apático y vuelve su rostro hacia su cretino, digo, hacia su hijo.

―A ver Patrick, entonces ¿cuánto tiempo te quedarás? ¿has venido solo? ¿con quién has dejado a… ―Eleonor hace una pausa y un silencio sepulcral se extiende por varios segundos.

Patrick le da un sorbo al café, Eleonor suspira, ordena unos papeles, cambia una pila de libros del lado derecho al izquierdo de su escritorio, mueve el cenicero unos milímetros acá, el perforador unos milímetros allá y se aclara la garganta.

―Hasta mañana señora Eleonor. He pasado toda la información a su laptop ―digo mirando al piso.

―Hasta pronto señorita Mérida. Por favor, mañana asegúrese de traer sus bragas puestas y no en su bolso ―responde Patrick con una sonrisa burlona que enmarca sus dientes perfectamente blancos y alineados.

De nuevo siento un ardor subiendo a mis mejillas, frunzo el ceño y aprieto las mandíbulas. Acelero el paso; quiero salir de ahí lo antes posible.

Lo odio. Definitivamente lo odio. No suelo odiar a nadie y menos con unos minutos de haberlo conocido pero este tipo es un... es un... Mi teléfono suena interrumpiendo mi búsqueda de un calificativo lo suficientemente ofensivo como para hacerle honor a la radiante personalidad del hijo de mi jefa. Veo la pantalla de mi teléfono y automáticamente la expresión en mi rostro se suaviza. Es Johnny.

                                                   CAPITULO 3

―Hola. Sali temprano y quería saber si quieres ir a almorzar ―dice Johnny al otro lado del teléfono

―sí, por favor, salgamos. ¿eh, pizza?

―Bueno yo pensaba en sushi.

―¡beah! ¡Sabes que odio el sushi!

―Sabes que bromeo ―responde entre carcajadas ―Tú mandas; pizza será. ¿Dónde siempre?

―Si. Nos vemos allá

―¿Por qué no almorzamos como la gente adulta normal? ¿no sé, un filete de res en salsa de maracuyá con pure de papas y ensalada? Algo, ya sabes, sofisticado ―me pregunta Johnny engrosando su voz en tono burlón y llevando una rebanada de pizza a su boca.

―Sabes que comerías pizza todo el día si pudieras ―le respondo con la boca llena.

―Pero ¡mira este lugar, ¡está vacío!  ―dice Johnny sacudiendo migajas de pizza de su corbata.

―No, claro que no. Mira, allá hay unos chicos; en aquella mesa.

―¿Hablas enserio? No, ellos no cuentan Mérida deben tener ¿Qué; catorce? Me refiero a que no hay nadie almorzando en este lugar a quien no hayan traído sus padres, ya sabes, gente adulta con empleo y responsabilidades; gente madura como tú y yo. Me ve a los ojos con una expresión muy seria enarcando una ceja.  Agarra su lata de Coca-Cola con el meñique alzado como si tomara el té con la reina de Inglaterra y le da un sorbo haciendo mucho ruido.

Nos miramos unos segundos y los dos explotamos en carcajadas. Johnny expulsa su bebida por la nariz y no podemos dejar de reírnos como críos. Así es todo el tiempo con Johnny, cuando estamos juntos pareciera que estuviéramos borrachos de felicidad.

Siempre hemos tenido una conexión especial. Ya el primer día que nos vimos supimos que estaríamos ahí el uno para el otro: Yo lloraba desconsolada, entonces, sentí una mano acariciar mi cabeza, al voltear para mirar de quien se trataba, un par de ojos azules me miraron. Él también había llorado; sus mejillas y su nariz estaban rojas y sus ojos, aunque vivaces, se notaban todavía aguados. Tomó mi mano como si me conociera y me dijo:

―Tu mami volverá pronto, igual que la mía.

 Desde ese día en el jardín de infancia fuimos inseparables, eso hasta que Johnny cumplió diez años. Su madre lo abandonó, dejándolo bajo el cuidado de su padre: El señor Peterson. Este nunca fue un gran tipo y el abandono de su esposa fue el detonante de una inmensa ira que volcó en su pequeño hijo.

Un día, fui a su casa. Le daría una roca muy extraña que había encontrado caminando por el lago. Tenía un color gris platinado y pequeños cráteres; parecía una pequeña luna llena. Sería una pieza genial para la colección lítica de Johnny. Cuando estaba a punto de tocar la puerta escuché gritos

―¡No papá no, no volveré a llorar te lo juro! ―Era la voz de Jonny. De fondo, se escuchaban ruidos como de platos de loza quebrándose.

―¡Te dije que los hombres no lloran carajo! ¡Por eso se fue tu madre! no soportó la vergüenza de tener un marica por hijo.

―No lloraré, no lloraré papá ya no lloraré.

La puerta se abrió y salió ese hombre sucio y desagradable, con un cigarrillo en una mano y en la otra una botella de licor. Me miró de pies a cabeza, tiró su cigarrillo al suelo y lo apagó de un pisotón.

―Mira, una chica, deberías fallártela en vez de andar chismeando con ella ―le espetó mientras se alejaba.

Entré a la casa y encontré a Johnny en una esquina, sentado en el piso, rodeando sus piernas con los brazos y la cara hundida en sus rodillas.

―Johnny ―le dije mientras me sentaba frente a él. Entonces, vi sus brazos llenos de marcas; pequeñas quemaduras en forma de círculos. Algunas estaban frescas, otras ya eran manchas; cicatrices que sobresalían de su piel. Levantó su cabeza y entonces, extendí mi mano hacia él y le dije tímidamente ―pensé en ti cuando la vi.

 La puerta seguía abierta. Johnny cogió la piedra de mi mano y la tiro con fuerza fuera de la casa.

―¡Lárgate! ¡no quiero ver a nadie! ―gritó mirando al piso.

Tan pronto como terminó la frase brotaron lágrimas de mis ojos. Salí y tiré la puerta a mis espaldas. Pero no podía enojarme con Johnny; no era culpa suya. Vi la piedra tirada en suelo, me regresé a la puerta y la dejé sobre el tapete.

Johnny y yo nos fuimos distanciando poco a poco. Ya no quedábamos para ir a pasear en bici después de clases, ya no me invitaba a su casa ni iba a la mía. Aunque Johnny es dos años mayor que yo, íbamos en el mismo grado, pues él había empezado en el jardín de infancia más tarde de lo que era habitual. Pero incluso estando en la misma clase, sólo cruzábamos un par de palabras.

Pasaron los años y Johnny se volvió un chico tímido. La dulzura desapareció de sus ojos azules, que se tornaron sombríos y vacíos. Me entristecía mucho no poder ayudarlo. Empezó a faltar mucho al colegio, una semana, dos, tres, un mes. Lo llamaba casi todos los días, pero levantaban el teléfono y se quedaban en silencio.

―Se que eres tú al otro lado, sé que me oyes, puedo sentir tu respiración. Sé que es tu respiración; conozco tu forma de respirar. Se que no quieres que te ayude ―Hice una pausa y suspiré―; sé que no puedo hacer nada para ayudarte, pero, por favor no me alejes de ti, déjame estar a tu lado, déjame llorar junto a ti―. Fueron las últimas palabras que le dije. Ese día también colgó sin decir nada.

Un día me enteré que Johnny y su padre se habían mudado de la ciudad. Por supuesto, él no me había dicho nada. No me había avisado que se iría, no se despidió, no dejó una nota. Sentí mucho enojo, tristeza, miedo, culpa, todo un remolino de sentimientos y emociones que casi acaban conmigo.

―Cariño, tienes que comer algo, ya te llamará. Seguro estaba tan emocionado con la mudanza que se ha olvidado avisarte. ¿Puedo entrar? ¿quieres hablar de esto?

Mi madre insistió varias veces en hacerme comer. Ella solo quería consolarme y cada vez me irritaba más esa vocecilla aguda. De niña solía ser el mejor sonido del mundo, pero ahora tenía doce años y mi mejor amigo ―o lo más parecido que había tenido a uno― se había marchado a otra ciudad: El fin del mundo para una adolescente.

―¡Déjame en paz mamá! ¡no quiero ver a nadie! ―Fue por días mi respuesta

Pasé semanas inconsolable, pero poco a poco dejó de doler. Volví a mi vida normal y el recuerdo de mi entrañable amigo Johnny quedó dormido en un pequeño rincón de mi corazón hasta unos años después.

Era el baile de graduación de secundaria. Había comprado un hermoso vestido solo por complacer a mi madre. Ya había decidido que recibiría mi diploma por correspondencia, no iría a la ceremonia y mucho menos iría a la fiesta, socializar con los chicos de mi edad me resultaba tremendamente aburrido.

Me encontraba en mi habitación, a punto de sumergirme por tercera vez en la misma historia; una de mis favoritas. “Es una verdad universalmente reconocida…” alcancé a leer cuando llamaron a la puerta y escuché a mi madre haciendo un alboroto. Así que cerré aquel libro y me asomé para enterarme de que pasaba.

―¡Dios mío Johnny! ¡cuánto has crecido! Ya no eres un niño. Llamaré a Mérida ―dijo mi madre. Sus pasos apresurados al subir las escaleras retumbaban en mi habitación.

―¡Mérida! ¡Mérida! Querida, ven a ver quién es.

―Ya voy madre, estoy… estoy saliendo de la ducha ―le dije para hacer algo de tiempo.

Corrí a ponerme algo decente, me peiné lo mejor que pude y salí corriendo de mi habitación invadida por la emoción.

 Bajé al primer piso saltando los escalones de tres en tres. Me quedé inmóvil parada frente a él, no sabía si saltarle encima y abrazarlo hasta compensar todas las veces que lo necesitó o si abofetearlo por irse así, sin más. ¡Joder! ya no era ese niño pecoso y delgado, con las rodillas raspadas. Estaba muy alto y apuesto, su sonrisa era perfecta, su cabello rubio caía suavemente sobre su frente y sus ojos azules tenían brillo otra vez.

―Siento haberme ido sin avisar ―dijo mientras las facciones de su rostro se retorcían. ―Si era yo al otro lado del teléfono.

―Les traeré algo de tomar ―dijo mi madre susurrando mientras se alejaba hacia la cocina. Johnny continuó diciendo:

―Te escuchaba  al otro lado del teléfono. Yo también podía sentir tu respiración, yo también conozco tu forma de respirar. Si quería tu ayuda Mérida, solo que no sabía que podías hacer por mí. No quería alejarte, quería más que nadie que estuvieras a mi lado, yo también quería llorar junto a ti. Pero estaba enojado Mérida, estaba enojado conmigo, por no haber sido suficiente razón para que mi madre se quedara, estaba enojado contigo porque por mal que te tratara y por mucho que te ignorara seguías ahí. No quería que esta ira que me invadía te alcanzara y me llevara a hacerte daño, no quería alejarme Mérida, pero tenía que hacerlo.

No dije nada, solo me acerqué a él y me colgué de su cuello. El rodeó mi cintura con sus brazos y permanecimos así durante unos minutos en los que lloramos sin parar, lloramos como niños, como ese par de niños aquel primer día en el jardín de infancia.

Cuando logramos componernos un poco me di cuenta de que Johnny estaba vestido muy elegante; llevaba un terno negro satinado muy moderno que le quedaba perfecto.

―¿¡Y que llevas puesto!? ―me preguntó con cara de preocupación. ¿que no era hoy el baile de graduación?

―¿Quieres ir al baile? ―le pregunté desconcertada

―Pues sí, vine a llevarte al baile, si no ¿con quién más irías?

―Ah, entonces supusiste que no tendría con quien ir al baile y viniste en mi rescate ―le dije con sarcasmo mientras limpiaba las lágrimas que aun corrían por mis mejillas

―Pues sí ―respondió con cara de presunción.

―Me subestima señor Peterson…

―No tienes con quien ir al baile ¿verdad? ―me interrumpió.

―No ―le contesté sacando el labio inferior de forma exagerada.

―Pues ahora sí. Ve, ¡apúrate, arréglate, vístete, has lo que tengas que hacer! Y por favor limpia tu nariz; te están chorreando los mocos. Es muy desagradable.

Fue el baile más memorable que pude haber tenido. Pasamos toda la noche hablando, poniéndonos al día. El padre de Johnny había muerto hacía unos cuantos años, lo cual, por cierto, me alegró saber.  Johnny estuvo en un hogar de acogida hasta que cumplió la mayoría de edad. Entonces, recibió una notificación en la que se le informaban que su madre había muerto y que le había dejado un fideicomiso.

―Es mucho dinero Mérida ―me dijo emocionado ―Incluso podría pagar mis estudios y también los de alguna desquiciada interesada en estudiar artes plásticas o filosofía de la percepción de la no sé qué. Ya sabes, alguna de esas carreras que se estudian para no conseguir empleo jamás. ¿Qué dices?

―Pues para tu decepción, te informo que no conozco a ninguna persona que desee estudiar alguna de esas carreras, ¡por Dios! ¿¡Quién querría estudiar algo así!? Lo que está de moda entre los jóvenes bohemios de hoy en día es estudiar filología o letras o cualquier carrera que te convierta en un exitoso escritor de «best sellers».

―Ah ¿es que ya no pintas? ¿Ahora escribes?

―Digamos que estas frente a la redactora principal del diario escolar. Bueno, escribí un artículo una vez. Pero fue lo mejor que se ha publicado en la historia de ese tonto periodicucho.

 ―¡Genial! ¡No se diga más! ¡Iremos a la universidad! Bueno, al menos tenemos para pagar la colegiatura, con los otros gastos ya veremos qué hacer. Buscaremos un empleo de medio turno, conseguiremos pasantías remuneradas; algo saldrá.

 No cabía en mí de la emoción. Sin la ayuda de Johnny, jamás hubiese podido estudiar. Mi madre apenas podía pagar las cuentas. Éramos sólo ella y yo desde que tengo memoria.

Los años pasaron rápido, no fueron los mejores; ocurrieron cosas que me marcaron, tomé decisiones difíciles. Pero terminé lo que inicié, culminé mi carrera en Filología con mención honorifica. Y aquí estoy, vestida de jeans y sudadera, acabando de salir de mi glamuroso empleo como preparadora de café, almorzando pizza con mi mejor amigo de la escuela.

                                                      CAPITULO 4

Entro a casa, me quito los tenis y me echo en el sofá, estoy por quedarme dormida cuando suena el teléfono.

―Hola Jada. ¿Qué hay?  sí, sí, claro, mmm sí, pero en plan de grupo nada de citas a ciegas, por favor. ¡Otra vez no!

―Ok. Entonces nos vemos a las diez.

Entro a la ducha. Mientras el agua caliente relaja todos mis músculos y estoy envuelta en una maravillosa neblina con olor a lavanda, cierro los ojos, pero enseguida los abro como platos. ¡Joder!  no puede ser que la primera imagen que venga a mi mente sea el irritantemente perfecto rostro del malcriado hijo de Eleonor, vaya manera de arruinar un momento placentero.

Llevo el cabello suelto, lo he peinado con la rizadora así que se me ha encogido hasta los hombros, me he hecho un maquillaje de noche, con mucha sombra y glitters que vi en un tutorial de youtube. Opté por un minivestido de lentejuelas plateadas, de manga larga y cuello en v con escote profundo, peleo un poco con la cremallera hasta que logro hacerla subir, el vestido me queda un poco apretado en las caderas y suelto en el escote, me calzo unas sandalias superaltas que me encantan, cojo un bolso de sobre negro, retoco mi labial y listo.

El taxi me deja frente a la entrada principal del club «Dim light». Me bajo y miro a todos lados buscando a Jada y a Brigitte. No las veo, hay mucha gente esperando para entrar.

―Mérida, Mérida, ¿eres tú? ―Grita una voz femenina un tanto ronca. ―Es Jada, la escucho pero no logro verla entre la gente.

―Oh si, si es ella, reconozco ese trasero a lo lejos ―dice Brigitte soltando esa risita loca que me encanta. Las voces se escuchan ahora más cerca; vienen de atrás de mí, así que doy media vuelta, lista para encontrarme con mis compañeras de juergas y casi caigo de espaldas cuando veo quien las acompaña.

―Hola Mérida ―dice Patrick con un tono de satisfacción que no podía disimular. Me escanea de pies a cabeza sin ningún tipo de disimulo.

Instantáneamente comienza un ir y venir de miradas interrogativas entre Jada, Brigitte y yo.

―Nos conocemos de la oficina, trabajamos juntos ―dice Patrick respondiendo a la pregunta obvia.

―Ah, se conocen, que bien. Entonces Patrick ya sabe a qué atenerse ―dice Jacob, el novio de Jada, en tono burlón. Ni siquiera había notado su presencia. Lo miro entrecerrando los ojos haciéndole cara de reproche.

―Nos conocimos hoy para ser exactos ―aclaro

―Entonces todavía no sabe que estás loca ―dice Briggitte mientras le pone el brazo en el hombro a una chica que la acompaña. Nos reímos―. Ah, disculpa, no las he presentado ―agregó Briggitte―: Abby Mérida, Mérida Abby. Abby prima, Mérida amiga y bien, ¡listo! ahora todos nos conocemos.

Entramos al club y nos dirigimos a un lugar tranquilo con asientos de cuero y una pequeña mesa central de vidrio, la música no es tan alta como cerca de la pista, la luminosidad es tenue, líneas de luces de neón se dibujan y desdibujan sobre nuestros cuerpos.

―Patrick ¿les traemos unos tragos a las chicas? ―dice Jacob.

―¡Que papacito ese Patrick! ¡está como quiere! ―dice Brigitte en cuanto los chicos se alejan lo suficiente―, me lo quiero llevar a casa esta noche ―agrega con una sonrisa pícara, poniendo las palmas de las manos una frente a otra a la altura de su boca y moviendo los dedos de forma juguetona.

Cruzo los brazos, me recuesto ligeramente y miro hacia un lado

―Pues a mí me parece un tipo bastante común. Nada del otro mundo ―refuto mientras ladeo la cabeza y pongo mi puño cerrado debajo de mi barbilla.

Cuando regresan Jacob y Patrick, cada uno pone sobre la mesa una bandeja con dos tragos, es un líquido rosa servido en copas grandes, con una rodaja de naranja enganchada en un lado y sombrillita. Jacob lleva un trago color miel servido en un vaso pequeño y Patrick se ha pedido ese trago que toman los estirados; un líquido transparente, servido en una copa ancha con una aceituna al fondo.   

La noche discurre entre alcohol y baile con desconocidos. Para todos menos para Patrick; no se ha movido de su asiento, no ha terminado el primer trago, parece incomodo, solo mira su teléfono. Jada y Jacob han empezado a discutir de la nada.

―Necesito ir al baño ―me susurra Briggith. Se tapa la boca con la mano, su mentón se contrae bruscamente hundiéndose en su pecho y un ruido escapa de su garganta; vomito yendo y viniendo.

Nos levantamos de un brinco y caminamos, o más bien trotamos hacia el baño, Abby nos sigue. Mientras Brighit expulsa todo el contenido de su estómago en el retrete, Abby le sostiene el cabello. Una persona basta para hacerse cargo de una ebria, así que salgo del baño. Camino por el club y me parece que no he conseguido dar con el sitio donde estábamos sentados, no veo a Patrick ni a Jada ni  a Jacob ¿será que estoy tan ebria que me he venido a otra mesa?

Vuelvo a los baños, están abarrotados de chicas charlando, retocando su maquillaje, acomodando sus senos en los escotes de sus vestidos, busco señal de Brigitte y su prima, pero no doy con ellas. Me voy a la barra, me siento y saco un billete de mi sostén.

―Dame algo que tenga una rodaja de naranja y sombrillita por favor ―le digo al tipo que sirve los tragos.

Mi teléfono está en mi bolso, mi bolso no está, Brigitte no está, Jacob no está, Jada no está, Patrick tampoco, lo cual en realidad me parecía genial. ¡Me voy!

Salgo del club y detrás de mí, caminan tres chicos que ríen pícaramente. Uno de ellos pone su mano en mi cintura, acerca su boca a mi oído y me dice:

―¿Necesitas que te lleven a casa precio…―Antes de que termine la frase me alejo lo más que puedo

―¡No gracias!

―¿Estás sola linda? ¿De verdad? Deberías venir con nosotros, la pasaremos super bien ―me dice otro chico del grupo mientras se me acerca y me agarra de la muñeca. Retiro el brazo con fuerza. Y miro a los lados. No estoy sola; hay gente a mi alrededor, entrando y saliendo del club, tomando aire, fumando, vomitando en la acera, pero nadie se percata de lo que sucede o al menos a nadie le interesa. Continúo caminando. Los tres tipos me siguen, me han alcanzado y caminan a mi lado.

―Vamos hermosura, te llevaremos a casa. Nos divertiremos.

―¡No, ni de coña, eso no va a pasar! Está conmigo ―dice Patrick, quien había aparecido de la nada y se interpone entre estos tipos y yo.  Ellos se alejan de inmediato.

―Oh que bien; mi héroe ―digo con sarcasmo―. No era necesaria la entrada dramática. ¿Dónde se metieron todos? ¿¡que les pasa!?

Me acerco y le quito mi bolso de la mano, me doy media vuelta y me alejo tambaleando

―Oye, no te iras sola. Te acompaño.

―Genial ahora tengo niñero. ¡Hurra! ―Levanto los brazos fingiendo emoción.

 Permanecemos en total silencio durante todo el trayecto.

―Aquí me bajo, fue un placer señor cara de cólico ―le digo a Patrick y me rio a carcajadas mientras me quito los zapatos. El conductor detiene el auto ―Lo siento, lo siento, por favor no me acuses con tu mami; me despediría ―le digo a Patrick mientras me bajo del coche.

Patrick paga el taxi y se baja también

―Te acompaño, dudo que puedas encontrar tu departamento.

―Como quieras.

Consigo mi departamento sin ninguna dificultad. Me acerco a la puerta, saco las llaves de mi sostén y después de un par de intentos logro meter la llave correcta en la cerradura, después de abrir la puerta giro para decirle a Patrick que se puede largar, pero tropiezo y me sostengo de su cuello para no caer, el me agarra de la cintura, me mira fijamente; nuestros cuerpos están muy cerca y se siente perfecto, huele demasiado bien. Miro sus labios y sin pensármelo lo beso.

 El me aprieta fuerte por la cadera aferrando mi cuerpo al suyo, pongo una mano en su nuca y la otra en su mejilla, nos besamos durante unos segundos, entro y tiro mi bolso al sofá. El me sigue. Cierra la puerta y yo lo vuelvo a besar. No puedo y no quiero dejar de hacerlo, y él parece sentir lo mismo hasta que, de un momento a otro se aleja bruscamente, como si de pronto hubiese recordado que, por algún motivo en especial, no debería besarme

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