CAPÍTULO 5

                                                     

Me despierto como loca pensando en lo tarde que debía ser.  ¡Joder, joder, Joder! son las nueve, ni siquiera escuché la alarma. No, no, no. No puede ser, me quito el vestido de lentejuelas, busco la ropa más decente que puedo encontrar y me visto, el olor a café invade la alcoba. ¿por qué huele a café?

Salgo de la habitación mientras me peino con los dedos, entro a la cocina y ahí está Patrick, tomando café mientras prepara panqueques

―¿Y tú que haces aquí? ¿nos acostamos?

―Bueno creo que eso era lo que querías, pero soy un poco tradicional, ya sabes, primero tienes que invitarme a salir y tratarme bonito ―dice con una sonrisa burlona irritante mientras pone la mezcla de los panqueques en la sartén

―¡Que gracioso! que yo recuerde tu fuiste el que me siguió hasta mi departamento, yo sabía llegar sola, pero claro seguro lo tenías todo planeado.

―No te des tanta importancia, solo quería ver que la mano derecha de mi madre llegara sana y salva a casa. Pero no contaba con que te me tirarías encima e intentarías violarme.

―¡Tu madre va a matarme! No puedo faltar así, sin previo aviso, sin ninguna justificación. Tengo que irme, si quieres quédate. Veo que has lavado los trastes, puedes aprovechar de lavar la ropa también.

―Ayer me diste la impresión de que eras una chica divertida y despreocupada Mérida, pero veo que se acabó el encanto.

―No te confundas, soy divertida y despreocupada; en mi tiempo libre. Pero son las diez de la mañana y tenía que estar en la oficina hace dos horas. Así que no puedo ser divertida y estar despreocupada Patrick.

―Relájate. Hoy no irás a la oficina. Has amanecido con una diarrea infinita, bueno eso fue lo que le escribiste a tu jefa. Textualmente ―dice Patrick señalando hacia mi teléfono que está en la encimera de la cocina ―Ella te respondió diciéndote que no hay problema que te tomes el día.

―¿¡le has dicho a tu madre que tengo una diarrea infinita!? ¿No se te ocurrió nada más?

―¿te salvé el pellejo y te quejas? ¡Qué mal agradecida! Bueno, puedes decirle que no has sido tú la del mensaje, seguro entenderá que has pasado la noche conmigo y por eso he sido yo el que le ha escrito a las seis de la mañana desde tu celular. No creo que Eleonor se haga rollo por eso.

Le espeto un gruñido, cierro fuertemente mis puños y me voy a recostar en el sofá. Patrick se acerca, trae un plato y una taza de café, me los da y se sienta en el piso recostándose del sofá.

―Me llamaste cara de cólico.

―¿Que te llamé cara de cólico? ―le pregunto fingiendo sorpresa, la verdad es que eso lo recuerdo bien.

―Sí, cara de cólico. Así me dijiste y después me pediste que no te acusara con mi mami.

Trato de no reírme, dejando escapar un leve ronquido por la nariz

―Sí, fue gracioso, hasta que intentaste violarme.

―Eso quisieras ―respondo, tratando de no parecer avergonzada pero puedo sentir que el rubor se me sube al rostro de recordar que había sido yo quien lo besó ―Pero que yo recuerde, no pusiste resistencia―. Agrego y pruebo el café. Él sonríe.

―Temía por mi vida. Dice en tono burlón.

―Ya, enserio, ¿qué hacías con mis amigas, de donde las conoces?

―A ellas no las conocía hasta anoche, pero a Jacob sí; jugamos baloncesto en preparatoria, me lo conseguí el otro día en el supermercado e insistió en que debía salir con él. Así que acepté, y pues, ¿cómo terminé aquí? Esa parte la sabes bien.

―¡Guau Brigitte y su prima! ¿llegarían bien a casa?

―Si, les pedí que me escribieran en lo que estuvieran en casa. Todo en orden.

―Gracias.  Le digo bajito mientras lo miro y pienso en lo lindo que se ha portado. Pero me doy cuenta que lo estoy mirando por demasiado tiempo, así que le doy un último sorbo al café, coloco el plato y la taza en la mesita al costado de sofá y le digo:

―Bueno creo que deberías irte; Eleonor debe estar preocupada

―Si claro, si quieres que me vaya me iré ―me responde con voz apagada.

La verdad es que no quiero que se vaya.

 ¡Joder! ¿dónde está el tipo malcriado que conocí ayer en la oficina o el idiota de anoche que no dejaba de ver el teléfono mientras todos se divertían? si no vuelve a comportarse como un imbécil querré besarlo otra vez.

―Si; quisiera dormir un poco ―le respondo cruzando los brazos.

―Claro, no hay problema.

Se pone de pie; yo hago lo mismo mientras él busca su chaqueta. Se me acerca y me da un beso en la mejilla.

―Grabé mi número en tu teléfono, por si necesitas algo ―me dice suavemente con sus labios muy cerca de los míos―. Eh, lo registré como “cara de cólico”.

Yo sonrío y él se aleja, abre la puerta y antes de salir me dice:

―Ah, te escribió un tal Johnny. Dijo algo de noticias acerca de una investigación ―Entonces sale y cierra la puerta.

Abro los ojos como platos y busco mi teléfono en todo el departamento. Por un momento pienso en por qué Patrick se tomó la libertad de leer mis mensajes quien se cree que es. Ahora vuelve a parecerme insoportable. Pero no hay tiempo para pensar en eso, el mensaje de Johnny es mucho más importante.

Recuerdo que el teléfono estaba en la encimera de la cocina así que voy allá y noto lo fastidiosamente ordenado y limpio que está todo a mi alrededor.

«Ha habido avances en la investigación Mérida. Es posible que sean buenas noticias»

Se me pone la piel de gallina al leer el mensaje de Johnny

―¿Podemos vernos en la tarde para hablarlo? ―le escribo.

―Si, a las cuatro en el Umbría. (Emoji de “bebida caliente”)

―Ok (Emoji de cara alocada)

Llego al Umbría a las cinco. Johnny me espera afuera; en una de las mesas exteriores donde tiene un pequeño plato con migajas de tostadas, una taza vacía y un par de sobres amarillos. Me mira con reproche

―Una hora tarde señorita Rodríguez. Si no empieza a madurar, ninguna corte le dará la custodia de su hijo.

―Johnny, deja de jugar. Le digo secamente mientras me siento.

―Pues no juego; hablo en serio Mérida. Ya tienes que dejar de salir entre semanas y de vivir la vida como una adolescente.

―¿Y tú como sabes que salí?

―Como no respondías tu teléfono llamé a Brigitte, me respondió una chica que dice ser su prima y me dijo que Brigitte estaba indispuesta porque tenía resaca. Le pregunté si sabía cómo me podía comunicar contigo. No pretendía averiguarte la vida Mérida, solo pensé que esto era importante. Me dijo que anoche estuvieron en un club pero que ellas se fueron temprano, que tú… ―Johnny hace una pausa y suspira ―Te quedaste en el club con un amigo.

―Pues sí. Bueno no. Un amigo no, yo…

―Creo que lo encontramos ―Me interrumpe.

―¿De verdad? ¿estás seguro de que es él?

―Pues, yo diría que no se parece muchísimo a ti, pero tiene cinco años y nació en el hospital donde diste a luz. Me dice mientras saca papeles de uno de los sobres y me señala una de las fotos grapadas en los documentos ―nació a las once cincuenta de la noche y en el hospital recuerdan que su madre era una joven de ascendencia latina que dio datos falsos y después huyó. ¿crees que sea coincidencia?

Le quito los documentos de las manos, arranco la foto y la toco con la yema de mis dedos durante unos segundos.

―Esa se tomó cuando tenía 11 meses ―Me aclara Johnny

El niño en la foto es un bebé hermoso de test clara, ojos marrones y cabello castaño lacio que cae como lluvia sobre su frente, tiene los labios rosados y cachetes regordetes. Lleva una camiseta roja de rayas blancas con un estampado de bate, guante y pelota de beisbol. Limpio mis lágrimas.

―¿Dónde está? ―le pregunto mientras guardo la foto en mi bolsillo.

―Nuestro investigador averiguó que estaba i

nterno en un orfanato.

―¿estaba? ¿lo adoptaron? ―le pregunto con voz trémula. Puedo sentir mi corazón arrugándose dentro mí.

―Esta es la parte extraña: Salió del orfanato cuando cumplió un año, no fue adoptado por nadie, o al menos no hay registro de su adopción. Uno de los empleados recuerda que una vez fue visitado por una pareja; eran un tanto raros.

 ―¿raros cómo?

―Le dieron galletas y soda, la mujer no dejaba de peinarlo y el hombre guardó en una bolsa la lata de soda, el envoltorio de la galleta y el peine.

―Pues sí; eso está bien raro. ¿Ahora que haremos Johnny? ¿Como lo encontramos? ―Dejo salir un suspiro de frustración.

―No lo sé Mérida. Nuestro investigador está siguiendo algunas pistas, pero dice que no hay nada consistente. Hasta ahora pudo averiguar que la trabajadora social encargada del caso ya no trabaja más en el orfanato. No hay expedientes suyos, ni apellido, ni dirección, nada, se esfumó. Es como si se la hubiese tragado la tierra.

                                                    ******

 Llego a casa echa un lio, saco la foto del bolsillo trasero de mi pantalón.

―Si te encuentro prometo que no volveré a dejarte nunca más ―le digo al niño en la foto y me echo a llorar. Me recuesto en el sofá y me quedo dormida.

Mi teléfono suena. Miro la pantalla; es un número registrado como «mi amorcito». La foto del contacto es de Jacob.

―¿aló? ―contesto desconcertada

―Jada cariño, ¿dónde estás? ¿estás bien?

―Eh, disculpa, no soy Jada, ella no está conmigo. Pero ¿Qué pasa? ¿pasó algo malo?

No me responde. Miro mi teléfono, se había apagado. ¡Un momento, este no es mi teléfono! Si fuera por el modelo ni cuenta me daría, pero tiene una funda verde manzana con flores fucsia y brillos que yo nunca le pondría a mi móvil.

Me dispongo a levantarme del sofá, pero cuando coloco mi pie en el suelo, piso en falso y caigo. De repente estoy siendo arrastrada por una corriente de agua. Intento nadar, pero no puedo, me duelen las piernas, la vagina, el vientre, siento que todo está roto dentro de mí. Estoy inmóvil y el agua me arrastra hasta que todo se oscurece. De pronto, estoy parada al lado de un cuerpo tirado boca abajo, lleva un minivestido negro con un escote pronunciado en la espalda, sandalia de plataforma roja; le falta una. Es una chica con una frondosa melena rizada y piel canela.

¡Por dios! ¡es Jada! pienso horrorizada mientras me agacho y volteo el cuerpo. Si, es ella.

Me despierto con la sensación latente de no poder respirar, cojo mi móvil y le marco a Jada. Su teléfono esta apagado. Llamo a Jacob. Suena, pero no contesta. Llamo a Patrick

―Aló Mérida. ¿cómo estás?

―Eh, lo siento, no es nada ―Cuelgo

Estoy exagerando, ha sido solo un sueño. Jada está bien. Me repito a mí misma para calmarme, pero paso la noche en vela, llamándola a ella y a Jacob insistentemente; ninguno de los dos contesta.

Al día siguiente llego a la oficina temprano. Ordeno mi escritorio, preparo café y leo algunos artículos que estaban pendientes por revisar.

Se hacen las doce y Eleonor no ha llegado.

A la una de la tarde abren la puerta; es Patrick. Entra a la oficina con un semblante sombrío.

―Buenos días ―dice con voz áspera.

―Hola Patrick. Buenos días.

Se sienta, saca un folder de uno de los cajones del escritorio de su madre, saca un fajo de hojas de este y me dice:

―Necesito tres copias de cada página por favor.

―Ok. Eh, ¿Estas bien?

―Estaré bien cuando tenga las copias que necesito ―me responde.

Con el ceño fruncido me acerco y le arrebato las hojas de la mano. Salgo de la oficina hacia la copiadora.

Por lo que veo Patrick ha vuelto a ser el mismo idiota de siempre. 

―Llama al señor Yun Ming y dile que no se publicará el reportaje acerca de su fábrica ―dice Patrick en cuanto le entrego las copias.

―Pero, ¿por qué no se publicará? No entiendo. Ese reportaje es importante para Eleonor. Es un favor que le está pagando al señor Yun Ming. La señora Eleonor…

―No pedí tu opinión Mérida ―me interrumpe ―El señor Yun Ming explota personal extranjero, los hace trabajar más de doce horas por un plato de comida, los hace dormir en un edificio a punto de derrumbarse. Es detestable, no seguiremos teniendo relaciones comerciales con ese cretino. No le daremos publicidad con un artículo elogiando su fábrica en nuestra revista.

―Está bien ―respondo vacilante ―Lo llamaré

―También llama a este número. Dile a la señora Teodora que volveré el jueves.

Esperando a que en algún momento Patrick cambie de opinión pospongo la llamada a al señor Yun Ming y hago primero la otra llamada que me ha encargado. Leo el numero escrito en el pedacito de papel, me detengo y lo leo nuevamente, me parece que tiene unos números demás. Entonces comprendo que es de otro país. Marco el número. Y mientras timbra se van formulando dudas en mi mente: ¿a dónde volverá Patrick el jueves? Si este numero es de otro país ¿quiere decir que se ira lejos? ¿y si...

_Bonjour. bonne nuit ―Una tierna vocecilla contesta del otro lado, cortando de golpe mis pensamientos

―Hola. cariño ¿puedo. hablar con Teodora? ―respondo hablando despacito, procurando que la vocecita al otro lado del teléfono me responda en español o por lo menos me entienda

―Théodora. Oui. si trouvé ―me responde y luego dice en voz más alta, pero sin gritar―. Teodora est pour vous

―¿Aló? ―me habla ahora una mujer. Su voz es agradable; maternal.

―oh, señora Teodora soy Mérida. La secretaria de… ―hago una pausa sin saber si debía decir que era secretaria de Eleonor o de Patrick― Del señor Patrick ―digo al fin. Espero que me responda para asegurarme de que me entendiera antes de dar todo el recado en vano

―oh si, dígame señorita Mérida.

―Si. El joven Patrick quería avisarle que regresará el jueves.

―Entendido señorita Mérida. Gracias.

―Ok. Hasta luego.

¡Regresará el jueves! Cuando me pidió que avisara que regresaría el jueves, me imaginé que regresaría al dentista, o a la barbería o que se yo, pero ¿A dónde regresará? Para empezar ¿Dónde vive? ¿Canadá? ¿Francia? ¿Quién es la señora Teodora? ¿será su esposa? Y el niño que me hablo ¿su hijo? Y ¿Por qué carajo me importa tanto?

Cuelgo el teléfono y me desvanezco sobre la silla, dejando salir un suspiro, puedo ver de reojo que Patrick voltea ligeramente a verme. Así que trato de guardar la compostura. Me siento erguida.

―¿Desea alguna otra cosa joven Patrick? ―pregunto con aspereza; quiero que sepa que yo también empiezo a marcar la distancia.

―Si Mérida, archiva estos documentos por favor

―Me levanto, cojo los documentos y voy al archivador que está al lado de mi escritorio. Mientras pongo los folders siento que Patrick se acerca. Pone sus manos una a cada lado de mi cintura, yo giro poniéndome de frente hacia él. Él me ve a los ojos, su expresión es de preocupación, suspira y dice:

―El jueves regresaré a Francia. ¿irías conmigo?

―¡¿A Francia!? ¿vives en Francia? Y ¿Por qué iría contigo a Francia?

―Sí, cierto. Disculpa, yo… no se en que pensaba.

―Patrick, yo... ―Hago una pausa y dejo escapar un suspiro― Quiero aclararte lo del otro día en mi departamento: Estaba un poco ebria, no pensaba con claridad. No significó nada Patrick, espero que lo entiendas.

―Sí, no te preocupes, sé que no significó nada. Y lo de Francia; lo siento, no sé en qué estaba pensando.

Llego a casa y pienso que me hubiese gustado decirle a Patrick que sí; que me iría con el hasta el fin del mundo si me lo pidiera, que lo del otro día si había significado algo, que desde entonces no dejo de pensar en él. Pero fue el mismo hecho de sentirme así lo que me hizo decirle justo lo contrario. Sentí miedo, miedo de esto que sentía por este completo desconocido, este sentimiento que no era lógico, que no entendía, miedo de que el no sintiera lo mismo, aunque estaba ahí parado frente a mi pidiéndome que me fuera con él Francia.

¿y si lo llamo y le digo que iré con él Francia? Pienso por un instante. ¡No Mérida! ¿Qué te pasa? Me regaño a mí misma.

Cada vez estoy más cerca de encontrar a mi hijo y no puedo simplemente tomarme unas vacaciones y dejar todo así. Y Johnny, ¿qué pensaría Johnny de que me fuera a otro continente con un hombre al que conocí hace tres días?

No sé nada de Patrick, excepto que es el hijo de mi jefa. Pero siento un inexplicable deseo de estar a su lado e ir descubriendo todo eso que desconozco.

Por qué no puede ser Patrick una persona normal y simplemente invitarme a cenar, tenía que invitarme a Francia. Pero tampoco era para decirle que lo del beso no significó nada, podía pedirle que tomáramos las cosas con calma. Lo voy a llamar; cojo mi teléfono y busco entre los contactos “cara de cólico” pero no tengo el valor de marcarle.

Es sábado, son las diez de mañana. Me levanto y preparo café. Me pongo ropa de casa. Toda mi ropa de casa está manchada de pintura. Me enrollo todo el cabello formando un moño como una cebolla sobre la coronilla y me voy a la otra habitación. Tengo un par de semanas que no pinto.

Pongo música, preparo un caballete, la pintura y manos a la obra. Ya para el domingo he terminado un par de bocetos. Son dos rostros, los de las dos últimas chicas con las que soñé.

Termino ese libro, que no he tenido tiempo de leer durante la semana. Llamo a Johnny y charlamos por un par de horas.

Domingo. Empiezo a leer un nuevo libro. Escribo un par de páginas de «algo» que lleva archivado unos cuantos meses. No sé si es una novela, un diario, o simplemente «diarrea verbal» pero de vez en cuando agrego unas cuantas líneas o unas cuantas páginas, dependiendo de mis ánimos.

Hago limpieza. Paso la tarde con Johnny que ha venido a verme. Nos acabamos una pizza familiar mientras vemos pelis de sangre, de ovnis y de zombies.

―Me parece que es un capullo ―dice Johnny cuando le cuento de Patrick.― pedirte que te vayas con él a Francia. Si apenas lo conoces.

―si... es un capullo ―digo viendo al piso

―¡No puede ser! ¡quieres ir! ―dice Johnny con mirada acusativa. Yo lo miro en silencio― ¡por dios Mérida! ¡de verdad quieres ir!

―¿me culpas por querer conocer París? ―le digo en tono juguetón tratando de romper la tensión.

―Ese es un buen punto ―dice Johnny sonriendo. No volvemos a mencionar el tema.

Es lunes por la mañana, son las seis, me estoy terminando de alistar para irme a la oficina, pero Patrick me llama.

―Aló, Mérida. No vengas a la oficina. Ha pasado algo. Voy a tu casa ¿vale?

―¡Patrick! ¿¡qué ha pasado!? ¿estás bien? ¿Eleonor está bien?

―Espérame Mérida, allá hablamos ―dice rápidamente y cuelga.

Han pasado veinte minutos eternos; por fin llaman a la puerta. Cuando abro Patrick me abraza

―Lo siento Mérida.

―¿Qué? ¿qué pasa Patrick?

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