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XXXIII. DUDAS QUE MATAN

Pasó una semana en que no supe nada de Leo, tampoco es que quisiera saber o que tuviera tiempo de buscarlo. No podía permitirme más dudas, el fin de semana me iría a vivir con Santiago y debía dejar las cosas resueltas. No podía irme con pendiente alguno, ni dejar a mi hermano colgado con nada así que, después de una semana de intenso trabajo, hice mis maletas y me despedí de todos.

Sólo necesitaba dejar de pensarlo, de amarlo, de necesitarlo y las cosas se pondrían fáciles. Pero, lamentablemente, dejar de hacer eso era lo más difícil, porque Leo estaba grabado en mi corazón, en cada célula de mi memoria, en cada poro de mi piel, estaba en mí en todo momento.

Cada segundo que pasaba dudaba más haber tomado la decisión correcta. Incluso pensé que tal vez debí haberlo intentado una vez más, tal vez, esa vez, serí

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