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XXXIV. ¿SUEÑO O PESADILLA?

Cuando abrí los ojos, me encontré tirada en mi cama, atada de pies y manos.

—Buenos días, Meredith bonita —dijo Santiago acariciando mi cabeza.

Él se encontraba sentado a mi lado. Yo sólo lo miré, no podía hacer mucho más. Aún trataba de entender lo que estaba pasando, pero mi cabeza no me seguía el hilo, por lo que debí esperar un poco.

» ¿Pensaste en serio que te dejaría ir nada más porque sí? —preguntó burlonamente—. Tontita, tú eres mía y siempre será así.

Santiago intentó besarme, pero aparté la cara, molesta.

—¿Ahora soy tu perro?, ¿o porque me amarras? —pregunté sosteniéndole la mirada.

Yo no era alguien fácil de intimidar. Había vivido tanto tiempo de la mano de la muerte que no temía que ese

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