Capítulo II El Encuentro

—¡Oh, Chantel! Estaba esperándote ¿En donde te habías metido mujer? 

La voz chillona de la jefa de Chantel resonó en los oídos de la chica. Pensando que ni siquiera podía tener cinco minutos de paz en el baño de damas. Entendía que era la asistente de la mujer, pero al menos podría respetar su espacio.

—Estaba en el baño señora Wons.

Chantel trabajaba para una revista importante de la ciudad de Anchorage (Alaska) ubicado en el extremo noroeste de América del norte (EE.UU).

Ella era la asistente de una prestigiosa editora, la señora Reina Wons. Escribia artículos sobre la moda y ropa interior. Chantel siempre quiso ese puesto, escribir era lo suyo. Pero llegar a esa cima no era para nada fácil. Así que por los momentos debía conformarse con llevarle café a su jefa y todo lo que está nacesitase.

—¡Ah sí! Bueno, ya estás aquí. Antes de que te marches necesito que recojas unos vestidos que me fueron enviados y los lleves a mi coche. Están en la bodega.

—En seguida señora Wons.

Solo faltaba diez minutos para acabar con su horario de trabajo pero su adorada jefa le encantaba robarse más de su tiempo… uno que no era pagado. Resignada suspiro, tomo su abrigo y pertenencias para terminar con su trabajo. 

Caminaba distraída hasta su casa, hacía mucho frío en Anchorage… eran pasadas las cinco las de tarde, a pesar del día de perros que tuvo esa tarde se encontraba feliz… ya que al día siguiente era sábado y no tendría que trabajar y verse obligada a ver la cara de su jefa.

A escasos metros de su apartamento un bulto negro y peludo llama su atención… por un costado de su edificio había un pequeño callejón donde existía un contenedor de desechos perteneciente a la residencia. Y allí estaba ese bulto ¿Pero que era? La chica curiosa pero temerosa camina despacio hasta el mordiendo su labio.

Estando cerca Chantel noto que era un perro… frunció el ceño. Se encontraba casi acurrucado.

—¡Oh Dios! Está herido. Dijo agachándose. —¿Estará muerto? Se pregunto.

Fue a tocarlo pero vio que el animal se medio movía… retrajo la mano, lo miro un rato más. Era hermoso, admiro el pelaje grueso y negro. Nunca había visto a un perro como ese… cuando el animal movió el osico, Chantel retrocedió asustada cayéndose de culo.

—Joder… ¡es un maldito lobo! Exclamó.

Se puso en pie rápidamente e hizo el intento de entrar por la puerta del servicio del edificio. Pero algo la detuvo, cuando volteo enfoco aquellos hermosos y penetrantes ojos azules. La dejo impactada, su corazón latió como loco. 

El animal la miraba fijamente sin hacer ningún movimiento. Ella volvió sobre sus pasos acercándose al lobo, a lo que escucho de parte de él un quejido lastimero.

—¡Hey! ¿No me morderas verdad? Solo… voy ayudarte ¿Está bien? Sonríe asustada.

Debía estar más loca que una cabra… a quien se le ocurría salvar la vida de un lobo. Pero la mirada de ese animal la atrapó. Parecía tan inofensivo, tan dulce. No tenía corazón para dejarlo morir.

[...]

Arquímedes después de adentrarse en la cuidad, tratando de evitar toparse con personas que pudieran darse cuenta que era un lobo al final la debilidad lo agotó. Había perdido muchísima sangre, cayendo inconsciente en un pequeño callejón.

No tenía idea del tiempo que tenía allí tirado, pero una voz melodiosa lo despertó. Y ese olor… ese grandioso olor llegó a sus fosas nasales inundando todo su sistema nervioso. Le devolvió la vida en un instante, cuando ya no podía más… cuando se había rendido dejándose morir… el aroma de ella al fin llegó a él salvandole la vida. 

Abrió los ojos y allí estaba, era increíblemente hermosa. El frío hacia que sus mejillas se volvieran más rosadas, sus ojos eran color ámbar, y ese tono de piel blanquecino parecía de terciopelo. Pero lo más hermoso de ella era su cabello, le recordaba a los magestuosos lobos blancos. Eran una rareza entre las manadas, exóticos y hermosos.

Llevaba el cabello plateado, tan largo que pasaba la curva de su cintura. ¡Dios! Era una hermosa hembra humana. Y esa chica era su luna. Su salvación. 

[...]

Chantel no encontró otra manera de meter el cuerpo del lobo hasta su casa que utilizar el carrito que se usaba para transladar cosas pesadas. Y le sirvió de mucho, porque una media hora después se encontraba en el quinto piso atendiendo al pobre animal.

—¡Mierda! Te han disparado amigo ¿En qué líos te metiste? Decía ella intentando sacar la bala.

No era experta en la medicina pero con las pinzas de ceja que tenía esperaba que pudiera servirle para extraer la bala. Unas vueltas más, hasta que extrajo la cosa metálica.

—Si. Dijo victoriosa. —Deberia estudiar medicina, se me da bien. Dijo con la bala en las manos.

Pero no se percató que la herida comenzó a sangrar mucho y al hacerlo se alarmó presionando con muchas mantas.

—Tranquilo amigo, te ayudaré.

[...]

Por la noche Arquímedes despertó miro su pata y está ya estaba sanada. Su cuerpo también sano a la perfección, pero aún seguía en su forma lobuna. Eso quería decir que esa noche no había luna.

Se puso en cuatro patas caminando por la casa guiado solo por su olfato, la buscaba a ella… entro en una habitación y allí estaba la chica, completamente dormida. Entro despacio acercándose hasta la cama, la olfateó y babeo en seguida. Era ella, no había dudas olía a lavanda. Como la que crecía en la manada. 

Se sentó solo a observarla y pensar cómo le iba hacer ahora para explicarle todo a esa chica humana... Ser humana significaba un gran problema, estos solían ser muy escépticos tratándose de asuntos de hombres lobos y brujas o cosas sobrenatural. Se echó al lado de la cama, aún sentía los efectos del cansancio pero al menos esa noche dormiría en paz como no lo hacía en mucho tiempo.

De las miles de lobas que habían, tenía que ser una humana la que desharía su hechizo... Bueno, por la mañana se preocuparía en pensar que hacer para solucionar ese detalle sobre ella. El lobo poso la cabeza sobre sus patas y poco a poco cerró los ojos aspirando solo el aroma de su chica.

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