Peligrosa Propuesta — Serie Propuesta Libro III
Peligrosa Propuesta — Serie Propuesta Libro III
Author: Isabella Rossi
PRÓLOGO

Un año y medio después de la Boda de Henry y Camile…

HENRY

Moví la cabeza despacio, intentando recobrar el conocimiento, parpadeando y arrugando la nariz por el olor nauseabundo que aturdía a mis fosas nasales.

Intenté moverme pero mis manos estaban sujetas hacia atrás, amarradas a la madera de una silla vieja que rechinaba con mis movimientos. Abrí los ojos al recordar todo lo que había pasado antes de recibir aquel golpe que me dejó inconsciente y sentí temor por Camile y mis hijos.

Miré a mi alrededor pero todo estaba oscuro, solo el olor a putrefacción reinaba allí y a mis oídos llegó el sonido del recorrido del agua: estaba en el interior de una alcantarilla.

Forcejeé mis muñecas, intentando deshacerme de las cuerdas que tenía atadas alrededor, sin éxito alguno.

«Mi Dios», musité, mientras en mi cabeza se formaba una vaga idea de lo que ocurriría. No le tenía miedo a ese hombre, no le tenía temor a la muerte ni a que se deshiciera de mi como un perro. Solo necesitaba saber que mi familia estaba a salvo y que no les había hecho nada, para morir en paz.

Sabía que no sería así de sencillo… estaba seguro que no sería tan gentil como Danielle lo fue con su hermano, pero no le temía ni guardaba rencor; estaba listo para lo que fuera pensaba hacer conmigo.

Intenté una vez más liberar mis manos, pero fue inútil y solo comenzaba a aceptar mi destino. Sin embargo, en la serenidad que buscaba mi interior para preparar mentalmente a mi cuerpo, una tenue luz inundó el lugar mientras unos pasos se acercaban rápidamente.

Sonreí de lado, cuando noté que no me había equivocado: era él, quien estaba recreando el pasado para cobrar una venganza injusta, porque su hermano era la mismísima escoria personificada.

—¿Sorprendido? —preguntó con el ceño fruncido y negué.

—En absoluto; ¿por qué debería estarlo? Solo me estás dando la razón delante de Emma y de todos los demás.

—Nadie tiene por qué enterarse… —dejó la lámpara que llevaba en la mano, colgada a un gancho improvisado de hierro que nacía de la pared húmeda—. Podrías morir ahora mismo y nunca pensarían que he sido yo.

Sonreí de inmediato, burlándome de sus palabras.

—Créeme que serias el primer sospechoso. ¿O acaso piensas que yo maté a tu hermano?

Su semblante se desencajó por haber sembrado la duda en él.

—No lo pienso; estoy seguro.

Negué con la cabeza y sonreí.

—La persona que lo hizo, te buscará y acabará contigo… no tendrá piedad alguna de ti. Solo estás firmando tu propia sentencia con tus actos.

—Soy doctor en psicología además de abogado, Ross; no lo olvides cuando trates de lavarme el cerebro y cambiar los roles. ¿Acaso crees que soy tan estúpido? —indagó, cruzándose de brazos y sonriendo—. Por supuesto que tú no jalaste el gatillo, pero el simple hecho de haberlo ideado, te hace más culpable que la misma persona que incrustó una bala en la nuca de Cristopher.

—Tú no sabes nada de tu hermano… ni de mí. Estás ciego por el dolor y te comprendo, pero; ¿sabes todo lo que él hizo? —pregunté y me vio con inquisición—. ¿Sabes qué me acusó de fraude y me envió a prisión falsificando documentos? ¿Estás enterado que casi mata a mi esposa y al bebé que llevaba en su vientre? Al menos dime que estás al tanto que contrató a matones para que me asesinaran en la cárcel y que de milagro salí ileso; solo porque mi compañero y yo cambiamos esa noche de catre. ¿Sabes todo eso? —presioné, intentando ganar tiempo para encontrar alguna salida.

—Esa no es justificación suficiente para asesinar a sangre fría a un hombre y lanzarlo a la calle como a un perro —replicó, acercando su rostro al mío y mirándome con odio—. ¡Podrían haberlo enviado a la cárcel! —gritó—. Que tuviera un juicio justo y la justicia lo condenara por sus delitos, pero decidiste hacer justicia tú mismo, quitándole la vida a un hombre que solo necesitaba ayuda de profesionales, el calor de una familia que para lo único que le ha servido fue para exprimirlo —se volteó, dándome la espalda y suspirando con frustración—. No sabes nada… no tienes idea de todo lo que mi hermano sufrió a lo largo de nuestra vida —volvió a mirarme y frunció el ceño—. Sí; admito que se equivocó demasiado, pero le hubieras dado la posibilidad de pagar su culpa y redimirse en prisión. Sin embargo, solo acabaste con él, le arrebataste la posibilidad de arrepentirse, de cambiar, de buscar un futuro mejor.

Con cada palabra que emitía, sentía un profundo dolor en él. Lo entendía más que nadie y hasta le daba la razón para hacer lo que hacía, pero definitivamente estaba cegado por el amor de familia y no aceptaba que su hermano ya no tenía remedio alguno.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó, cuando me quedé callado.

—James; tú no lo conocías… no sabías en realidad quién era tu hermano. No puedes defender lo que desconoces; ¿cuánto tiempo estuvieron distanciados?

—Muchos años, pero eso no quita que lo que hubieras hecho estuviera mal.

—Lo sé… como también sé que en este mundo no había lugar para los dos: él intentó matarme, y aunque creyó que tuvo éxito; falló. ¿Solo por eso debía tener compasión con él? ¿Una compasión que él jamás tuvo conmigo? —pregunté y me vio con sorpresa—. Tenía una hija pequeña y enferma que dependía de mí. Una madre y dos hermanos de quienes solo yo me ocupaba. Me engañó, haciéndome creer que Camile me había traicionado, me encerró por un delito que no cometí y me arrebataron a Jillian, con el único propósito de hacer dinero a su costa.

»Sólo porque yo estoy vivo y el no, ¿crees que soy un monstruo? ¿Un asesino? —indagué y esquivó su mirada porque en el fondo, sabía que tenía razón—. Tu hermano no se hubiera detenido porque me odiaba y sabes perfectamente que jamás habría tenido la compasión que estás reclamando en estos momentos, cuando lo único que yo he hecho, fue proteger a mi familia.

—De todos modos, eso no te da derecho a quitarle la vida a un ser humano…

—Lo sé, pero era una cuestión de supervivencia, James.

—¡Era venganza, Henry! —gritó—. No quieras cambiarle el rótulo a las cosas, y ya terminemos con esto de una vez por todas —bramó furioso, levantando el pliegue de su camiseta y sacando una pistola—. Ojo por ojo; ¿cierto?

Pronunció, rodeándome para quedar tras de mí.

Cerré los ojos y solo le rogué a Dios que cuidara de mi familia, que le diera consuelo a mi madre y fortaleza a Camile para ocuparse sola de nuestros hijos: Jillian, Henry y el pequeño Fred.

Sentí el frío cañón sobre mi nuca y respiré hondo.

—Jala del gatillo, si eso te hará sentir mejor —dije por última vez.

—Lo haré con el mayor placer del mundo —sentenció, presionando con rabia el arma en mi carne y supe que ya no había marcha atrás.

Moriría.

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