LA ÚLTIMA HECHICERA DE EGIPTO
LA ÚLTIMA HECHICERA DE EGIPTO
Author: Demian Faust
CAPÍTULO I: LA MATRIARCA

Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender.

El Kybalion

Alejandría, Egipto.

 Mi esposo, el Rey Ptolomeo XII, nunca fue muy popular entre los egipcios. Aún lo recuerdo embriagado de vino y hartándose morbosamente de los mejores manjares, rodeado de sus amigotes en los festines que organizaba mientras el pueblo desfallecía asolado por hambrunas.

 Ptolomeo era griego, como habían sido todos sus ancestros remontándose hasta la conquista de Alejandro Magno, su piel blanca contrastaba con la piel oscura de sus súbditos egipcios y no hablaba una palabra de egipcio, ni tuvo nunca el menor interés en mezclarse con la cultura de este pueblo al que desdeñaba como bárbaros del desierto. Esto lo hacia tremendamente impopular y se mantenía en el poder gracias a sus amigos romanos que sofocaban las rebeliones en su contra.

 Recuerdo a Ptolomeo sentado en la mesa de su palacio alejandrino rodeado de los diplomáticos romanos a quienes consideraba sus amigos. Atiborrándolos grotescamente de comida y bebida, riendo y carcajeándose sonora e indecentemente.

 Por supuesto que las intenciones de Roma no eran altruistas como él pensaba. Los romanos ambicionaban Egipto y cernían sus oscuros propósitos impacientes por apoderarse de esta tierra justo sobre las narices del monigote de mi esposo.

 Mis hijas heredaron —afortunadamente— su belleza y su inteligencia de mí, aunque su hedonismo y maldad la heredaron de su padre. Desde niñas fueron esplendorosamente lindas y de aguda inteligencia, pero también banales, crueles y ambiciosas. Sus nombres eran Berenice, Arsínoe y Cleopatra. Todas muy similares, aunque Cleopatra era considerablemente más inteligente y quizás un poco más desalmada. Por lo general, cuando alguna niña esclava cometía alguna equivocación por mínima que fuera, Berenice y Arsínoe la golpeaban hasta dejarla tirada sobre el suelo, llorando, y con eso les bastaba. Cleopatra, en cambio, no se saciaba hasta ver sangre.

 También tuve un hijo pequeño llamado como su padre, pero que aún no pasaba de jugar inocentemente con muñecos.

 El usual banquete en que se agasajaba mi marido Ptolomeo fue interrumpido por una de las frecuentes revueltas populares de tan tumultuosa época. Pronto, los campesinos hambrientos irrumpieron en el palacio, asesinaron a los guardias de Ptolomeo y se dirigieron hacia las estancias privadas del rey. A Ptolomeo se le bajó la borrachera de un tirón y se le atragantó el muslo de cerdo que se estaba comiendo, y escapó del palacio a toda prisa.

 —¿A dónde vas? —pregunté desde el muelle, cargando al más pequeño de mis hijos, el niño Ptolomeo y franqueada por mis hijas adolescentes, de las cuales, Berenice, ya tenía mayoría de edad. Mi esposo se introducía junto a algunos esclavos a una barca con remeros.

 —A Roma a buscar ayuda.

 —Tú sabes por qué fue que se suscitó esta última revuelta, ¿o no?

 —¿Qué se yo? —dijo mientras supervisaba que sus esclavos introdujeran su equipaje— estas gentes son como animales…

 —La rebelión —expliqué suspirando— se da porque están molestos con que le entregaras Chipre a los romanos como un regalo de buena fe…

 —¿Para que quieren Chipre? Nadie nunca va para allá…

 Guardé silencio. No había forma de razonar con alguien tan ciego.

 —¿Quién se quedará a cargo?

 —Tú —dijo él cuando el barco ya se alejaba en las aguas rumbo a Roma— y Berenice. Serán corregentes hasta mi regreso.

 Mi esposo era ciertamente más tonto de lo que yo pensaba. Berenice era tremendamente ambiciosa y no tardó en tomar el poder.

 Berenice derrocó a su padre con pleno apoyo del pueblo. Los romanos, que no podían concebir la idea de que una mujer reinara, intentaron obligarla a casarse varias veces pero ella se escapaba de los matrimonios asesinando a sus pretendientes.

 Sin embargo, y a pesar de sus tácticas homicidas, el gobierno de Berenice no duraría mucho. Recuerdo a Ptolomeo adentrándose en el Palacio rodeado de los soldados romanos que tenían sus espadas manchadas con la sangre de miles de egipcios que se habían rebelado contra él. En cuanto entró encaró furiosamente a su hija traidora. Ptolomeo había logrado convencer al Senado de Roma de su legitimidad como rey de Egipto y sin mucho trámite ordenó la ejecución de Berenice.

 Allí, frente a mí y a sus hermanas, los soldados romanos colocaron a Berenice de rodillas. Ella se mantuvo en silencio y miró a su padre con ojos de odio y luego se escuchó el sonido metálico de una filosa hoja rebanando su cuello limpiamente y su cabeza rodando por los marmóreos suelos. Arsínoe se cubrió el rostro, pero Cleopatra sonrió sádicamente.

 —Bien hecho —felicitó Ptolomeo al militar romano que había comandado las tropas que lo volvieron a sentar en el trono. Era un muchacho veinteañero, muy apuesto y fornido, en quien la adolescente Cleopatra se fijó de inmediato. Se llamaba Marco Antonio, aunque estaba lejos de saber lo que le deparaba el destino respecto a Egipto y que esa sería la tierra que lo llevaría a la perdición.

 Aunque ya mi hija Cleopatra comenzaba a mostrar su verdadera naturaleza, ciertamente que la oportunidad le llegaría pronto tras la muerte de mi esposo Ptolomeo XII tan solo algunos años después de haber recuperado el gobierno. En su testamento legó el poder a su hijo varón, Ptolomeo XIII y a su hija Cleopatra quienes, como era la costumbre en Egipto, debían casarse aunque fueran hermanos. Ptolomeo tenía 12 años y Cleopatra 18 el día de su boda.

 Entré al despacho donde Cleopatra —la verdadera gobernante— dirigía los destinos de Egipto. Conferenciaba con los sacerdotes, los ministros, los concejeros, los caudillos locales y a todos les daba indicaciones fuertes y directas. A diferencia de su padre, aprendió la lengua egipcia que hablaba con soltura, aunque también dominaba media docena de otros idiomas. Estudió política, retórica, filosofía, música y matemática. ¡Era toda una intelectual!

 —Incrementaremos los presupuestos en los templos para la restauración de estatuas y obeliscos —le decía a sus asesores quienes la escuchaban atentamente, aún siendo una mujer y una muchacha joven— así como construiremos nuevas carreteras y acueductos para el pueblo…

 —Majestad —intervino uno de los ministros— por muy populares que sean esas medidas, ¿Cómo las financiaremos?

 —Sencillo —dijo Cleopatra y explicó elocuentemente como ahorrar dinero recortando gastos superfluos, disminuyendo el aparato burocrático y mejorando la recolección fiscal en áreas periféricas.

 Los ministros asintieron impresionados con la sagacidad de su reina.

 —¡Por qué nadie me pregunta a mí lo que quiero hacer! —reclamó el joven Ptolomeo con una patética rabieta infantil. Los ministros guardaron silencio y con un gesto manual Cleopatra les indicó que desalojaran el aposento, cosa que se apresuraron a hacer.

 —Ptolomeo, ven aquí —le dijo ella y el muchacho se le aproximó. Era sólo un niño malcriado, pero era el verdadero rey en la teoría. —¿Qué te he dicho sobre interrumpirme en las reuniones?

 —¡Yo soy el rey! ¡Yo debería estar tomando las decisiones!

 —Ptolomeo —dijo ella aferrándole los hombros con una sonrisa seductora en su rostro— ¿Te gusta lo que hacemos en las noches? —el muchacho asintió, después de todo era un adolescente. —Pues entonces, deberás obedecerme. Además, amor, estas cosas son muy aburridas, créeme. Te diviertes más jugando.

 —¡Ya no quiero jugar! ¡Quiero gobernar! ¡Quiero que hagan un barco de oro para que yo pueda viajar en él!

 Cleopatra perdió la paciencia y le propinó un sonoro bofetón. El pequeño Ptolomeo se aferró la mejilla hinchada y enrojecida por el golpe y salió corriendo del lugar.

 Cleopatra lo observó fijamente mientras él se alejaba y pude reconocer conjeturar sus turbios pensamientos.

—No es sabio, Cleopatra —le dije— m****r a matar a un niño.

 —Madre —dijo ella sorprendida por mi presencia y se sentó en el escritorio a revisar papiros— no te escuché entrar.

 —Querida hija, creo que es hora de que te revele un poco mi… genuina historia y la de Egipto. ¿Sabes? no es la primera vez que la Tierra de Egipto está gobernada por una mujer. Déjame contarte una historia…

I

Tebas, Egipto, 1600 años en el pasado.

 Bajo el inclemente sol del desierto viajaba a toda prisa un jinete protegido por un turbante y una capa negra que le cubría todo el rostro. Fustigaba a su caballo con rabia intentando apresurar su paso hasta llegar al destino deseado, el Palacio de Dyamet, donde residían los reyes tebanos y en cuyo espléndido interior moraba la familia real.  Las estancias eran un vergel de bellos muros engarzados con oro y joyas, decorados con jeroglíficos e imágenes de los dioses, y por entre cuyas columnas era posible ver el curso del Nilo.. La bestia llevó finalmente a su amo hasta las magníficas instalaciones del glorioso y palaciego edificio ubicado al borde del caudaloso Río Nilo. El sujeto desmontó del animal y cruzó el umbral con actitud prepotente.

 Tebas era gobernada en ese entonces por la Familia Ahmóside cuya indiscutible líder y matriarca se llamaba Tetisheri. Legendaria por su belleza cuando joven, desde que cumplió los treinta años se cubrió de pies a cabeza con finos ropajes y no permitía que la vieran desnuda nunca, pero su fuerte voz y su mirada penetrante bastaban para proyectar su enérgico carácter. Tetisheri era la más cercana concejera de Sequenenra, Rey de Tebas, un apuesto y gallardo monarca casado con sus tres hermanas (hijas también de Tetisheri) todas de una belleza exuberante aunque, según la opinión general, la más hermosa era Ahotep, de largos y lacios cabellos negros y unos grandes ojos expresivos, con la cual concibió un robusto y juguetón primogénito.

 Su apacible tarde fue interrumpida por la brusca intrusión del hombre encapuchado que entró a la estancia rodeado de los guardias (entre los que estaba el comandante de estos, Kamose, hermano de Sequenenra) y dijo groseramente:

—Traigo un mensaje a nombre de mi señor el Faraón Apofis II, legítimo gobernante de la Tierra de Egipto. A sus oídos han llegado los rumores de sedición de entre las renegadas tierras tebanas y ordena que sean ajusticiados todos aquellos que se atreven a clamar contra él.

 Sequenenra miró a su madre quien le proporcionó una mirada firme y expresiva de confianza.

 —Si te estás refiriendo al usurpador extranjero que ha blasfemado contra la herencia egipcia, a ese falso faraón desvergonzado, a ese cerdo hicso que nos insulta con su sola presencia… pues… puedes decirle que no es sedición querer expulsar a un sucio invasor de un trono arrebatado. Y que si mi familia debe escuchar los clamores de alguien, serán los de los dioses de Egipto que reclaman indignados el sacrilegio de permitir que ese perro permanezca más tiempo en el trono.

 —Tienes una lengua valiente, Sequenenra —escupió el mensajero hicso— pero imprudente. No podrías ganar una guerra contra el Faraón Apofis. Tu reino está cercado, tienes a nuestros aliados nubios al sur y a nuestros territorios controlados al norte.

 —Sí, pero tenemos nuestro honor, y eso es algo que un hicso nunca tendrá —declaró Sequenenra— ahora lárgate de aquí antes que decida cortar tu cuello, bastardo hicso.

 El mensajero se dio media vuelta y se fue con mirada turbia.

 —¿Estás seguro de lo que estás haciendo, hermano? —preguntó Kamose con espada en mano.

 —Ya es tiempo —respondió la matriarca Tetisheri— de que Tebas guíe a los egipcios hacia un nuevo amanecer. No podemos seguir bajo el dominio de los cerdos hicsos.

 —Así es —continuó Sequenenra poniéndole la mano en el hombro a su hermano— reúne un ejército. Enrola a todo hombre que pueda empuñar una espada y prepáralos para la batalla, porque partiremos en busca de la cabeza de Apofis.

 Kamose celebró con un grito guerrero y levantando su espada, el gesto fue imitado por todos los guardias y Tetisheri dijo:

 —Egipto se está levantando…

II

Esa noche Sequenenra y su esposa favorita, la bella Ahotep, hicieron el amor. Sequenenra despertó a media noche, desnudo aún, y observó a su hermana contemplando la luna por la ventana.

 —Partirás mañana a la guerra ¿verdad? —preguntó ella percatándose de que estaba despierto.

 —Sí.

 —Los hicsos son crueles y son enemigos formidables. Sus recursos son ilimitados y su maldad no conoce límites. Si esta guerra fracasa invadirán Tebas y la destruirán hasta el último ladrillo, masacrando a la población para dar el ejemplo, como lo hicieron con Abidos cuando intentó rebelarse hace ya muchos años.

 —Lo sé. ¿Crees que no deba hacerlo?

 Ella se volteó y le dijo frente a frente:

 —Todos vamos a morir alguna vez. La muerte es algo natural, pero la injusticia y la deshonra no lo son. Morir defendiendo una causa noble es mejor que vivir siendo un cómplice del mal.

 —Nuestro hijo Ahmosis será mi heredero. Deberás cuidarlo bien.

 —Le hablaré sobre lo valiente que es su padre, para que esté tan orgulloso de ti como lo estoy yo.

III

Una miríada de cientos de aguerridos y perseverantes soldados tebanos asediaban las murallas de Menfis.

 Sequenenra llevó su caballo de color blanco hasta el frente de su nutrida armada tebana. Extrajo su espada y dijo:

 —¡Escúchenme tebanos! ¡Les habla su rey! ¡Un verdadero egipcio! Hoy comenzaremos una batalla para liberar a nuestro pueblo del fétido yugo extranjero. Hoy emprenderemos una campaña heroica. Hoy, con la venia de los dioses, me declaro legítimo Faraón de Egipto —sus tropas vitorearon— nos abriremos paso en las tierras conquistadas por los hicsos hasta llegar a su capital, Avaris, en donde cortaremos la cabeza del usurpador. ¡Nada nos detendrá hasta cumplir nuestro destino y liberar Egipto!

 Y tras hacer esta declaración, sus tropas y él cabalgaron a toda prisa internándose en el territorio enemigo. Los arqueros hicsos de Menfis tomaron la iniciativa lanzando sus letales flechas contra la valiente caballería tebana clavándole los proyectiles a una buena cantidad de soldados que se desplomaron ensangrentando la arena.

 Por órdenes de Sequenenra los arqueros tebanos contraatacaron y su excelente puntería eliminó a varios enemigos. Al llegar a las paredes de la ciudad comenzaron el ingreso lanzando cuerdas a los muros y trepando por ellas pero eran ultimados por aceite hirviente y lanzas que les tiraban los centinelas. El mismo Sequenenra, mientras subía por la soga, observó a los hombres que estaban sobre él colapsar desde lo alto atravesados por una lanza. Pero él finalmente llegó al borde, le enterró su espada en el abdomen al centinela que se despeñó por el borde del muro emitiendo un desgarrador alarido y penetró dentro de Menfis.

 Siendo un hábil esgrimista cortó cuellos y vientres de cuanto enemigo encontró en la ciudad. Pronto, su hermano Kamose logró subir hasta cruzar la muralla igual que él y emprendió la misma labor de combate hasta repletar el suelo de sangre y cadáveres. Kamose se aproximó hasta el enorme portón que separaba Menfis del desierto y estuvo a punto de ser asesinado por un hicso pero su hermano intervino destripando al sujeto con un corte limpio de su espada. Tras esto, Kamose puso en funcionamiento el sistema de poleas y palancas que abrió la puerta permitiendo que el ejército tebano penetrara en Menfis y las cimitarras de bronce de los hicsos entrechocaron ensordecedoramente con las espadas egipcias.

 Una vez habiéndose adueñado de la ciudad, los tebanos vitorearon y celebraron el nombre del Rey Sequenenra.

IV

 —¡Maldito sea Sequenenra! —rabiaba el Faraón Apofis II de la dinastía hicsa dentro de su palacio en Avaris. Las noticias de las victorias tebanas llegaban a sus oídos atormentándolo.

 —Nuestras fuerzas siguen siendo poderosas, mi Señor —le anunció su visir, hicso también— y te aseguro que será detenido mucho antes de llegar a Avaris —entonces Apofis lo tomó del cuello enardecido diciéndole:

 —¡Eso dijiste de Menfis! —luego lo soltó y se sentó en su trono— Sequenenra solo pudo haber avanzado tanto por contar con simpatizantes. Quiero que busquen a todos sospechoso de ser traidor y lo lleven a la Fortaleza del Terror donde deberá ser torturado hasta que revele los nombres de sus colaboradores.

 —Sí señor.

 —Y necesitamos recursos para defender a Egipto de estos insurrectos, así que incrementa los impuestos y saquea los templos…

 —Con todo respeto, mi señor, eso puede ser bastante impopular…

 —¡Haz lo que te digo si no quieres que te corte el cuello!

 —Sí, mi señor, discúlpame —dijo reverenciando y dejó el salón del trono.

 Las ordenanzas de Apofis el Usurpador comenzaron a verse materializadas. Una anciana egipcia lo comprobó al observar la horda de soldados hicsos que incautaba todo a su paso mientras arrasaba con las humildes tiendas y viviendas. Se llevaba a gallinas cacareantes y al ganado que encontraban, tomaban las canastas y vasijas con grano y frutos y aquello que no se llevaban lo destruían.

 Las normalmente concurridas callejuelas de la ciudad habitadas por campesinos y artesanos, estaban invadidas por los soldados hicsos. El ruido de vasijas quebrándose en el suelo al ser tiradas por soldados —sin motivo alguno— ó de ancianos pidiendo clemencia al ser apaleados por diversión, era tan indignante como las risotadas de los soldados que se satisfacían al hacerlo.

 —¡Malditos perros hicsos! —dijo la anciana para terror de su hijo, un humilde pastor que había llegado a la ciudad a vender leche de cabra.

 —¿Cómo nos llamaste, vieja bruja? —preguntó enfurecido uno de los hicsos y pronto una pandilla de gandules como él rodeó a la mujer.

 —Lo que oyeron. ¡Son ustedes unos perros! ¿No les apena estar aquí robándonos como hienas carroñeras? Pero los dioses nos han dado al gran Sequenenra que nos liberará de sus cadenas. Pronto vendrá Sequenenra, las noticias de sus victorias son mayores cada día y cuando venga, la sangre de los hicsos será tanta como el agua del Nilo…

 —¡Madre cállate! —pidió el muchacho y luego se dirigió a los soldados— por favor discúlpenla. Ella está muy mayor y no sabe lo que dice…

 —Traigan a esta traidora —ordenó el capitán del escuadrón— y llévenla a la Fortaleza del Terror…

 —¡No por favor! —suplicó el joven mientras tomaban a su anciana madre de los brazos— ¡No la torturen! ¡Es sólo una anciana! ¡Se los suplico!

 Pero como respuesta a sus súplicas el muchacho solo recibió una paliza y nunca volvió a ver a su madre.

 Simultáneamente los soldados hicsos se adentraban en las entrañas de los sagrados templos y les extraían todos sus tesoros ignorando las súplicas de los sacerdotes.

 —¡Por los dioses! —exclamó un viejo y ciego sacerdote que era asistido por un novicio que le servía de lazarillo— ¡Tenga algo de respeto!

 Justo entonces escuchó quebrarse algún otro objeto valioso. Se trataba de una antiquísima tableta invaluable repleta de antiguos hechizos y encantaciones. Los hicsos prosiguieron pillando el lugar ávidamente llevándose todo lo de valor, despojando a las estatuas de sus ofrendas enjoyadas y provocando la caída de muchos de estos ídolos para angustia de los sacerdotes.

 Una vez saqueado el lugar comenzaron un incendio que devoró los valiosos rollos repletos de secretos irremplazables.

 Los sacerdotes miraron con los ojos humedecidos como el fuego consumía su santuario mientras los hicsos se carcajeaban.

 —¿Están complacidos? —preguntó el viejo clérigo— ¿Han logrado su cometido?

 —Aún no —respondió siniestramente el comandante hicso y con un gesto de su mano dio la orden a sus soldados quienes tensaron los arcos y acribillaron a los sacerdotes. 

V

Las esperanzas depositadas en Sequenenra retrocedieron duramente. El cadáver descuartizado del caudillo fue retornado hasta Tebas para que se realizaran los ritos fúnebres pertinentes. La primera en ver el cuerpo traído por la comitiva fue Tetisheri. Sobre una carreta halada por caballos, Tetisheri descubrió el rostro que había sido cubierto por una sábana y que mostraba ya rasgos cadavéricos. Recordó a Sequenenra cuando aún no era un rey guerrero sino un niño pequeño al que alimentaba y bañaba en el Nilo. El pequeño infante que alguna vez fue a dormir a su cama cuando tuvo una pesadilla en la noche y que lloró tras la muerte de su camello favorito. Tetisheri cerró los ojos, acongojada por el dolor…

 Ahotep salió del palacio poco después. Le cubrió los ojos a su bebé y derramó amargas lágrimas al ver a su hermano y esposo muerto. Los ritos fúnebres fueron realizados casi de inmediato y, tras el ritual que encomendaba su alma hacia el Duat, Tetisheri se dirigió a hablar con su segundo hijo.

 —Te corresponde a ti, Kamose, suceder a tu hermano —le dijo.

 —¿Yo?

 —Ahmose, el hijo de Sequenenra es un niño. Sólo tú puedes liderar a nuestro pueblo y continuar la lucha.

 —Pero… yo no soy un líder, madre.

 —Sí lo eres. Eres digno hijo de tu padre y veo en ti la misma gallardía que había en tu hermano. Haz que la muerte de Sequenenra no sea en vano. Yo creo en ti, hijo mío.

 —Lo haré por ti madre…

 —No. Hazlo por Egipto.

 Kamose lideró las fuerzas rebeldes extendiendo su reino desde la Isla de Elefantina al sur hasta las tierras de Hermópolis al norte. Mantenía control sobre la sagrada ciudad blanca de Menfis y prosiguió sus campañas militares cercando a los hicsos hasta arrinconarlos en su ciudad, Avaris, que se encontraba sitiada.

 El multitudinario ejército rebelde rodeaba Avaris. Recientemente se habían enfrentado en una confrontación bélica y los buitres aún sobrevolaban el cielo como mórbido recordatorio de la recién acontecida matanza. Pero la batalla había finalizado y los rebeldes acampaban a las afueras de Avaris.

 —Mi madre tenía razón —dijo Kamose a su lugarteniente Mehtis dentro de la tienda mientras observaban de lejos la temible Avaris que se había convertido en sinónimo de dolor y llanto, y que lucía lúgubre y recubierta por grises murallas como un cáncer enquistado en el corazón de Egipto— Avaris está muy fortificada y es inexpugnable. Creo que deberemos retroceder y atacar los territorios hicsos más al noreste.

 —Eso sería mostrar debilidad, mi señor, no es sabio seguir consejos de mujeres…

  Kamose desenfundó su espada y apuntando al cuello del sorprendido lugarteniente dijo:

 —Habla irrespetuosamente de mi madre de nuevo y será lo último que hagas…

 Dos guardias que jaloneaban a un jovenzuelo de los brazos entraron a la tienda y lanzaron al muchacho al suelo. Uno de ellos dijo:

 —Mi señor, interceptamos a este mensajero intentando llevar una petición de auxilio de Apofis a sus aliados nubios —luego le entregó el papiro a Kamose que lo leyó detenidamente comprobando la veracidad de sus palabras.

 —Sí… en efecto. Apofis está asustado.

 —Por suerte detuvimos el mensaje a tiempo —le dijo uno de los guardias.

 —Apofis no es tan tonto como para enviar a un solo mensajero. Debe haber enviado al menos a tres por diferentes rutas dada la importancia del mensaje.

 —¿Qué debemos hacer, mi señor? —preguntó Mehtis.

 —Pues nada hacemos con sentarnos aquí todo el día. ¡Debemos ir a Nubia!

VI

Los nubios habían sido doblegados por los egipcios siglos atrás. Cuando los hicsos conquistaron al otrora glorioso Egipto, los nubios encontraron la oportunidad de vengarse de sus enemigos y respaldaron a la dinastía usurpadora reconociendo al primer faraón hicso, Salitis como gobernante de Egipto.

 Justo en el sur, donde se encontraba la frontera del Bajo Egipto con la negra y selvática Nubia, se toparon dos ejércitos rivales. Por un lado los feroces guerreros tribales de piel negra y cabellos rizados que, con sus escudos y sus lanzas y sus rostros pintados, gritaban amenazadoramente a sus enemigos, las fuerzas egipcias comandadas por Kamose, para quienes los nubios no eran más que bárbaros.

 La refriega no tardó mucho en dar comienzo y ambos ejércitos se sumieron en un caótico marasmo de sangre y muerte. En la anarquía de la reyerta las lanzas se enterraban profundamente en los torsos y los abdómenes, las espadas cortaban cuellos y cercenaban brazos y la sangre manchó la jungla.

 El propio Kamose enfrentaba frenéticamente a los nubios con toda su ira. Los hería a diestra y siniestra moviendo su espada hacia todas partes y las terribles cortadas que las lanzas nubias le provocaban las ignoraba aplacando el dolor con su furia incontenible. Tan violento y eficiente fue la contienda egipcia que los pocos nubios sobrevivientes se replegaron escapando aterrados e internándose en el ramaje de la selva.

 —Bien hecho… —felicitó Kamose escupiendo sangre— bien hecho… mis hombres… vayámonos de aquí…

 Las noticias de la derrota nubia llegaron hasta los temerosos oídos de Apofis de boca de su propio hijo y general, Jamudy.

 —¡Malditos sean! ¡Malditos! ¡Malditos! —exclamó Apofis enloquecido por la ira.

 —Y hay más, padre, cada vez más príncipes locales se alían a Kamose. Algunos creen que tu política de ordenar la destrucción de templos y lugares sagrados para los egipcios tuvo… un resultado opuesto…

 —La única forma de lidiar con estos arrogantes egipcios es destruyendo su espíritu —adujo Apofis.

 —Pues tu gobierno han sido todo un fracaso, padre.

 —¡Cuida tu lengua!

 —No, padre, ya no. Eres un inútil y un incompetente. Kamose conquista más y más territorio cada día y tú no logras impedirlo. Tanto la corte como los otros generales estamos hartos de tu ineptitud… —dijo extrayendo su espada y subiendo hasta el trono.

 —¿¡Pero que haces insensato!? ¡Agghhhh!

 Y así, Apofis II falleció y su hijo Jamudy fue convertido en faraón y simultáneamente Kamose agonizaba en su palacio tebano presa de las infecciones que le provocaron las heridas de batalla.

 —Hijo mío —le dijo Tetisheri al lado de su lecho mientras le remojaba la frente con agua fría para aliviarle la fiebre— has sido muy valiente. Cuando fallezcas y el dios Osiris pese tu corazón en la balanza para saber que tan bueno fuiste en este mundo, vas a romperla.

 —Hice lo que tenía que hacer madre —respondió él con movimiento convulsivos.

 —Cierra los ojos, hijo mío, descansa y dirígete hacia el mundo de los muertos, donde podrás encontrarte con los otros Faraones que te antecedieron, en cuya gloriosa presencia, serás más que digno de estar.

 Y así Tetisheri vio morir a uno más de sus hijos.

 Rápidamente se dirigió hasta el salón del trono donde su hija Ahotep dictaba directrices a los escribas, ministros y sacerdotes como lo había estado haciendo desde que su esposo y hermano Sequenenra había iniciado la revuelta. Ahotep había administrado Tebas y nadie lo había cuestionado.

 Tetisheri la miró por un tiempo. Era una mujer muy bella y en aquel momento vestía un sedoso vestido de color blanco y acinturado. Utilizaba una diadema de oro sobre su negro cabello y una pechera de lapislázuli sobre hombre y pecho. Además se maquillaba los ojos con un color azul purpúreo.

 —Madre —dijo ella al verla. Iba a preguntarle por su hermano pero la mirada de dolor de Tetisheri contestó por si sola.

 —Es hora de que tú tomes el poder, Ahotep —declaró Tetisheri y Ahotep ordenó a sus subordinados que las dejaran solas.

 —Con todo respeto, madre, lo que dices es una locura.

 —No lo es. Tú eres la esposa de Sequenenra y tu hijo es el heredero. Pero él tiene diez años y en estos momentos en que estamos liderando una revolución no podemos dejar a nuestro pueblo acéfalo…

 —Madre, soy una mujer…

 —¿Y qué? Has gobernado Tebas brillantemente y sé que serás una estratega militar audaz e inteligente porque te críe, como críe a tus hermanos. Los críe con el odio hacia los invasores, con el amor por Egipto y su pueblo en sus corazones y con la ambición de verlo libre algún día.

 —Aún si yo tomara las riendas, madre, no sé que hacer…

 —Nunca te dije como llegué a ser reina de Tebas aún cuando era una plebeya ¿cierto? 

 Según relató Tetisheri, hubo una ocasión en que la guardia real tebana llevó hasta la presencia del magnánimo rey Senajtenra, soberano de Tebas, a una mendiga cubierta por ropajes de nómada. Una vez que la lanzaron bruscamente a los pies del gobernante en su trono, le dijeron:

  —Majestad, ante ti te presentamos a esta ladrona encontrada deambulando entre los pasillos del templo para que decidas el merecido castigo por su atrevimiento.

  —¿Y bien? —preguntó él mirándola altivo desde su asiento. —¿Qué tienes que decir, muchacha?

 Ella se arrodillo sobre el suelo, removió los trapos que le cubrían el rostro y parte del dorso y mostró al mandatario su espléndida hermosura que prendó de inmediato su atención. Tenía largos cabellos lacios, ojos de un tono azul-plateado y un cuerpo esbelto y magnífico y dijo:

  —Misericordioso señor Senajtenra, no soy una ladrona. Soy una bruja.

  —¿Qué clase de bruja?

  —Una muy poderosa. Entré al templo a rendir honores a los dioses. No pretendía robarme nada.

  —¿Puedes ver el futuro?

  —¡Por supuesto, Alteza!

  —¿Qué ves en mi futuro?

 Entonces la bruja extrajo de entre sus harapos unas cartas que lanzó sobre el suelo e interpretó el resultado.

  —Veo que serás padre de un gran linaje que desterrará a los invasores de Egipto y restaurara la soberanía nacional.

  —¿Y en el amor?

 Entonces la bruja extrajo otra cosa diferente de entre sus ropajes, lo que parecía ser una especie de polvo plateado que dispersó de la palma de su mano derecha con un soplido. La nubecilla de polvo giró en forma inusual formando una especie de torbellino y encantando al Rey.

  —Veo  —dijo— que Su Majestad encontrará pronto al amor.

  —¡Lo he encontrado ya! —declaró Senajtenra levantándose del trono y, para sorpresa de los guardias, ayudando a la bruja a levantarse y colocándole sus manos en la cintura mientras sonreía…

  —¿Encantaste a mi padre? —le preguntó Ahotep una vez culminado el relato de Tetisheri.

  —Sí. Y es por eso que sé que ustedes son capaces de cualquier cosa. ¡Por que son hijos de una bruja!

VII

Una caravana se trasladaba desde las provincias egipcias en Palestina hasta Avaris para entregar los respectivos impuestos de las ciudades tributarias. La extensa procesión de bueyes y camellos cargando grandes cargamentos de grano y otros bienes, era arriada por capataces hicsos.

 Pero no llegaría lejos…

 Mientras atravesaban el candente desierto del Sinaí eran observados furtivamente por un grupo de rebeldes atrincherados entre las dunas, liderados por Ahotep.

 Ahotep ya no estaba ataviada con los finos ropajes de una princesa sino que usaba un ajustado traje de guerrera que le dejaba al descubierto las piernas, y sostenía sus cabellos lacios y negros en una cola de caballo.

 Esperó durante algunos momentos y cuando decidió que era el momento indicado dio la orden y emergió junto a su tropa de entre el parapeto.

 Clamando gritos de guerra Ahotep y sus fieles guerreros sorprendieron a los capataces hicsos y los asesinaron a todos casi sin pérdidas de su bando. Dejaron con vida a los esclavos palestinos y, salvo por uno, se los llevaron junto al resto del botín, a servir en Tebas.

 Al que dejaron libre le indicaron que diera la noticia a los hicsos de lo que había pasado.

 Un pergamino con la noticia le fue entregado a Jamuny por su visir. El faraón rechinó los dientes e hizo trizas el papiro con sus propias manos.

 Poco después las fuerzas comandadas por la hábil Ahotep asestó otro golpe a los hicsos reteniendo a un grupo de corruptos funcionarios egipcios al servicio de los invasores que recolectaban impuestos y llevaban lo recaudado de Amarna a Avaris.

 —¿Cómo pueden servir a un usurpador como Jamuny? —preguntó Ahotep a los cobradores que estaban maniatados, desnudos y arrodillados sobre la arena a sus pies.

 Los recaudadores de impuestos se deshicieron en excusas y súplicas. El leal Mehtis se aproximó espada en mano presto a darles muerte.

 —No, no —lo detuvo Ahotep— no vale la pena —dijo perdonándoles la vida.

 Nuevamente llegaron malas noticias a Jamuny arruinándole su desayuno. Jamuny lanzó los tazones en que le llevaron el alimento y los hizo añicos contra las paredes en una explosión incontenible de furia.

 Las acciones de Ahotep seguían dándole duros golpes a los hicsos. Ella misma comandó en persona las tropas que tomaron Heliópolis. Cabalgaba sobre su caballo cortando cabezas enemigas como una saeta a través del desierto. Encabezaba la horda libertadora inspirando a sus escuadrones y logró numerosas victorias militares hasta arrinconar a los hicsos en Avaris, haciéndolos perder tanto territorio que su dominio sobre Egipto pasó a ser puramente nominal.

 Para cuando el hijo de Ahotep, que había sido criado por su valerosa abuela Tetisheri, alcanzó la edad suficiente como para ejercer el trono, Ahotep renunció tranquilamente y depositó el poder en el muchacho adolescente, pero las victorias militares del mozuelo fueron simplemente la culminación de las campañas de su madre.

 Casi treinta años desde que Sequenenra se rebeló contra los hicsos. Las tropas egipcias bajo el mando de Ahmosis I conquistaron finalmente Avaris destruyendo el último reducto hicso de Egipto. La ciudad fue devastada y quedó en ruinas y Jamuny, el último faraón hicso, se colgó del balcón de su palacio antes de ser tomado vivo. Ahmosis envió expediciones militares de represalia contra los pocos hicsos que escaparon a las provincias de Palestina y contra los nubios.

 La gente de todo Egipto celebró la victoria. El país había sido reunificado y su Imperio renacía. Ahmosis ordenó la reconstrucción de los templos y monumentos destruidos por los hicsos, premió a los caudillos locales que lo apoyaron y envió embajadores a estrechar las relaciones con los imperios vecinos como Grecia y Persia.

 —¡Salve oh Faraón Ahmosis I, vencedor de los usurpadores y señor de todo Egipto! —gritó el veterano Mehtis ante el salón del trono en la nueva capital egipcia, Tebas, en donde se sentaba el soberano. La multitud de guerreros, sacerdotes, ministros y esclavos que atestaban el salón correspondió el saludo con vítores gozosos.

 —Si hay alguien en este reino que merece el crédito por este triunfo —dijo Ahmosis poniéndose de pie— son mi abuela Tetisheri y mi madre Ahotep.

 El Faraón se aproximó a ambas y  las reverenció con una pronunciada inclinación y todo el resto de sus súbditos imitaron el gesto. Sería uno de muchos reconocimientos pues Ahmosis I repletó Egipto de monumentos dedicados a la memoria de su madre y abuela, dos de las más grandes heroínas de la historia…

 —¿Qué intentas decirme con esa historia, madre? —me preguntó Cleopatra una vez que finalicé el relato.

 —Tetisheri y Ahotep son hoy recordadas como grandes mujeres que lideraron a su pueblo con justicia y bondad contra los invasores ¿Cómo quieres que te recuerden a ti?

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