Tayler Blake y los Guardianes del Equilibrio - Episodio I
Tayler Blake y los Guardianes del Equilibrio - Episodio I
Author: Carlos Fontes
Capítulo 1

 Recién comenzaba el verano en el Valle de México. Anthony y Victoria

Blake por tercer año consecutivo llevaban a su hijo Richard al campamento de

la iglesia de San Jacinto. Pero este año era diferente porque Tayler, su hijo

menor, ya tenía diez años y por lo tanto edad suficiente para ir al campamento

por primera vez. Richard, de trece años, amaba el campamento. Él era un

deportista nato y siempre destacaba en todas las actividades, desde los

deportes más simples como el fútbol, hasta los más complejos como el

canotaje por el río. Incluso los niños mayores solían buscar a Richard para que

estuviera en sus equipos.

Anthony estaba orgulloso de su hijo mayor y siempre decía que era igualito a él cuando era joven. La verdad es que sí se parecíanmucho, los mismos ojos verdes, delgados, bien parecidos y con el mismo cabello negro lacio. Si le poníamos un bigote a Richard sería igualito a su

padre. Tayler era muy diferente. Él se parecía a su madre, los ojos de un color

café muy claro, un poco mas rellenitos que el resto de su familia y un cabello

rizado castaño que los distinguía. Victoria era una mujer hermosa, la gente

solía decir que los años pasaban lentamente en ella. Tenía un rostro

extremadamente amoroso. Con sólo mirarla sonreír, sus hijos sentían que todo

iba a estar bien sin importar nada más.

 Los padres de familia se quedaban la mañana del primer día del campamento

para una plática de bienvenida donde las monjas y los cuidadores del

campamento se presentaban y les explicaban a grandes rasgos en que iban a

5Tayler Blake y los Guardianes del Equilibrio Carlos Fontes

consistir las actividades que realizarían sus hijos las tres semanas que estarían

ahí. Anthony se veía desesperado cuando terminó la plática, parecía que tenía

prisa por irse. Al despedirse, fue breve con sus hijos.

- Bueno niños ya nos vamos, diviértanse mucho. Richard espero verte

con un trofeo cuando volvamos por ustedes.

- Sí, papá. – Dijo el niño muy seguro.

- Y Tayler, por favor no le causes problemas a tu hermano, hazle caso a él

y a las monjitas.

- Sí, papá. – Tayler se sintió regañado de alguna manera.

- Mis niños denme un abrazo. – Dijo Victoria al borde del llanto.

 La cara de Tayler se perdía entre los rizos de su madre, se abrazaron con

fuerza por un momento y después se separaron. Los padres se alejaron

lentamente mientras los niños aún decían adiós con las manos. Tayler todavía

podía sentir el olor a coco de su madre y deseó que su padre lo hubiera

abrazado también, aunque fuera por un segundo. Richard comenzó a irse hacia

las cabañas y Tayler se apresuró a seguirlo, cuando por accidente cruzó

miradas con una niña que iba de la mano de su padre. Tan sólo fue un instante,

pero él sintió como si el tiempo corriera más despacio. La mirada de esta niña

era intensa, profunda e hipnótica. Ella le sonrió y él sin dudarlo le regresó la

sonrisa. La niña se despidió de sus padres también, ambos la abrazaron con

fuerza y no la soltaron por un buen rato. La vio de espaldas un momento más,

su cabello negro le llegaba hasta la cintura, hacía un contraste intenso con el

cabello rojo brillante de su madre. Richard regresó por él, lo jaló de la mano y

lo llevó hacia la cabaña.

 Los primeros días en el campamento fueron duros para Tayler que trataba de

seguirle el paso a su hermano, pero le era imposible. Richard parecía conocer

a la perfección todas las actividades, como si hubiera estado toda su vida ahí y

no sólo dos veranos antes. En la caminata por el bosque los cuidadores tenían

que pedirle constantemente que esperara al resto del grupo ya que siempre iba

muy adelante. Tayler estaba un poco celoso de su hermano, todos parecían

quererle, en cambio a él nadie le hacía mucho caso. Él quería volver a ver a la

niña de antes, hablar con ella, pero el campamento los dividía por sexos y casi

nunca se juntaba a niños y niñas en un mismo lugar.

 En el cuarto día tuvieron tiempo de juego libre. Richard y algunos de sus

amigos se fueron a una caminata por el bosque a escondidas, querían explorar

más allá de lo que los cuidadores les permitían. Tayler fue hacia el lago y se

paró a la mitad del muelle de madera a mirar cómo los otros niños jugaban en

el agua. Un par de niñas en traje de baño pasaron corriendo junto a él y

saltaron al lago como si nada. Se acercó a la orilla del muelle y miró el agua

fijamente cómo si quisiera comunicarse con ella. Por detrás alguien le dio un

pequeño empujón que casi lo hace caer, esto lo asustó mucho e

inmediatamente retrocedió algunos pasos. Tardó un momento en darse cuenta

que era la niña del primer día quien lo había empujado.

- ¿Por qué haces eso? – Dijo él tratando de no sonar muy enojado o

asustado.

- Estaba jugando ¿Por qué no te metes a nadar?

- Porque no quiero.

- ¿Y por qué no quieres?

- No me gusta el agua.

- ¿Te da miedo?

- No.

- ¿Entonces?

- Bueno a lo mejor sí me da un poquito de miedo. Dice mi papá que

cuando era más chico me caí a una alberca y como estaba tapada

tardaron mucho en sacarme.

- ¡Órale! ¿Y no te moriste? – Preguntó ella con mucha inocencia.

- Pues creo que no, pero por eso creo que no me gusta el agua, aunque no

me acuerdo de nada la verdad.

- A mí también me daba miedo nadar, pero mi papá me compró estos

flotadores y ahora ya no me da miedo, hasta me gusta. – La niña llevaba

unos flotadores rosas con dibujos de princesas en los brazos.

- Pues que bien por ti, aunque no creo que sea tan fácil para mí.

- Si quieres te los presto.

- No gracias. Además son rosas, los niños no podemos usar rosa.

La niña se quedó pensativa, después corrió hasta la orilla del lago, buscó algo

por un rato y después se acercó con una de las monjitas que los estaba

vigilando. Al regresar con Tayler tenía una cara de travesura y las manos

detrás del cuerpo.

- Te tengo un regalo.

- ¿Y qué es? – Dijo Tayler algo confundido.

- Es una piedra del lago. – La niña le enseño la piedra, era blanca

redonda y lisa. Tenía una estrella dibujada en el centro con un marcador

negro.

- Ok, gracias ¿Y para qué es?

- Es para que ya no te de miedo el agua, esta piedra conoce muy bien el

lago y te puede ayudar.

- Pero ¿Cómo me va a ayudar? Es sólo una piedra.

- Ah, es que esta piedra es mágica ¿Ves? Tiene una estrella, mientras la

tengas contigo no te puedes ahogar en el agua. – La niña estaba

demasiado sonriente, parecía estar segura de que le había solucionado la

vida a Tayler, aunque este no estaba muy convencido.

- A bueno, pues que bien, ojalá funcione.

- Ya verás que sí.

- Oye ¿Y cómo te llamas?

- Me llamo…

- ¡Tayler ven conmigo! ¡Rápido! – Richard llegó muy alterado y jaló a

Tayler antes de que pudiera escuchar el nombre de la niña.

Richard no dijo mucho, llegaron hasta su cabaña que estaba sola y se

encerraron. El hermano mayor caminaba de un lado al otro muy nervioso.

Hasta que Tayler no pudo más.

- ¿Qué pasa Richard? Me estás asustando.

- Dicen que estoy loco, que me lo estoy inventando todo.

- ¿Pero de qué hablas?

- En el bosque, había unas sombras, me estaban siguiendo y me

susurraban cosas.

- ¿Eran personas entonces?

- No, eran otra cosa, parecían personas al principio ¡pero después

empezaron a correr en cuatro patas!

Comenzaron a tocar la puerta con fuerza, eran las monjas gritando el nombre

de Richard.

- No estoy loco Tayler, te lo juro, tienes que creerme.

- Te creo hermano.

Tayler conocía a su hermano mejor que a otra persona en el mundo, no estaba

seguro de lo que estaba pasando, pero sabía que su hermano siempre tenía la

razón, y si estaba diciendo las cosas era por algo, así que simplemente le

creyó. Richard al escuchar esto, se tranquilizó, su cara cambió por completo.

Al parecer solamente necesitaba que alguien le creyera. Abrió la puerta y las

monjas se lo llevaron a la oficina. Tayler no supo qué es lo que le habían dicho

a su hermano. Sólo supo que los demás niños que lo acompañaban no vieron

nada, que habían llamado a sus padres para que fueran por él y que no le

habían permitido ir al paseo en canoa por el río. Tayler sabía que esa era la

parte favorita de Richard de todo el campamento. Richard se quedó en la

cabaña acostado bajo las cobijas hasta que todos se fueron al río, su hermano

menor tampoco quiso ir. El niño de diez años se recostó junto a su hermano y

sin decir nada lo abrazó y así se mantuvieron por un rato.

- Me van a expulsar del campamento Tayler, mañana van a venir mamá y

papá por mí. Papá va a estar furioso. Dice la madre superiora que si no

lo estoy inventando entonces estoy enfermo de la cabeza y tengo que ir

con un doctor, de esos que atienden a los locos. No quiero eso y no

quiero irme del campamento, quiero ir al río ¡Estuve esperando todo el

año para ir a ese paseo!

- Tranquilo Richard, a lo mejor todo se soluciona cuando vengan mamá y

papá.

- No, no lo creo. Pero ¿sabes qué? No necesito que nadie me acompañe

para ir al río. Yo soy el mejor con la canoa, soy mejor que todos los que

sí van a ir. No necesito cuidadores ni monjas.

- ¿Y qué vas a hacer?

- Cuando regresen todos del paseo y vayan al comedor, nos escapamos y

vamos al rio.

- Pero a mí me da miedo, Richard.

- ¡Ya madura Tayler! No puedes vivir toda la vida con miedo al agua,

además ¿Qué mejor que vencer tu miedo con tu hermano mayor? Yo te

puedo ayudar y cuidar para que no te pase nada.

- No Richard, no quiero. No te enojes.

Richard no dijo nada, se cambió de cama y esperó a que diera la hora. Tayler

se quedó dormido hasta que Richard, ya listo con mochila y todo, lo despertó.

- Última oportunidad Enano ¿Vienes o te quedas?

- Me quedo, y tú también deberías de quedarte Richi. Es peligroso que

vayas solo, además, pronto se va a hacer de noche.

- Haz lo que quieras, yo no me voy a quedar encerrado en mi última

noche de campamento.

Richard salió muy decidido y se escabulló entre los árboles y las cabañas

evitando a todo mundo. Mientras tanto, Tayler se sentía culpable por dejar que

su hermano se fuera solo, sobre todo ahora que estaba pasando por un

momento difícil. Pensó en el momento en que le dijo que le creía y él se había

tranquilizado. Después de darle vueltas por mucho rato decidió ir tras él. Antes

de salir, regresó por la piedra con la estrella y se la guardó en el bolsillo del

pantalón.

No tuvo que esconderse de nadie ya que él no estaba castigado, simplemente

trató de que nadie lo viera salir hacia el río. Cuando llegó, se notaba que la

noche caería pronto. Alcanzó a ver a su hermano salir en una canoa individual.

Llevaba el casco, pero no llevaba el chaleco salvavidas puesto. Recordó cómo

siempre se había quejado de ese tipo de cosas. Decía que los flotadores y

chalecos eran para niñas.

 El pequeño niño comenzó a correr por la orilla del río tratando de seguir a su

hermano gritándole por su nombre. Él quería que lo viera para que supiera que

estaba ahí, apoyándolo y que no lo iba a dejar solo. Tayler corría y corría

gritando, pero el sonido del rio era muy fuerte y Richard no lo escuchaba. Él

estaba muy concentrado en el canotaje, Tayler no sabía mucho de eso, pero

parecía que su hermano sabía lo que hacía, después de todo tal vez era verdad

que era mejor que todos los demás.

Hubo una curva donde Richard tuvo que mirar hacia donde estaba Tayler y

por fin lo vio. Ambos se sonrieron. Después de la curva comenzaban los

famosos rápidos y esa era la parte peligrosa del recorrido. Richard ya los había

cruzado antes, pero en una canoa grupal con los instructores. Además, a esa

hora la corriente estaba más fuerte de lo que él recordaba. Esquivó las

primeras rocas con algún trabajo y más adelante estaba una pequeña salida

donde estaba la otra pequeña estación de canotaje, por lo regular ahí terminaba

el recorrido. Pero Richard no pudo salirse en la desviación y siguió hacia los

otros rápidos, los que no eran parte del recorrido, los que no conocía.

 Tayler estaba exhausto, pero no podía dejar de correr para seguir a su

hermano, se dio cuenta de que pasaron la estación donde debía de parar y que

no lo hizo. Siguió su instinto y tomó un chaleco antes de seguir por el puente

hacia la segunda sección del río, uno de los cuidadores estaba ahí amarrando

las canoas y vio al pequeño Tayler. Le gritó que se detuviera, pero este no le

hizo ningún caso. Era difícil distinguir a su hermano porque estaba cada vez

más obscuro. Se puso el chaleco como pudo y a lo lejos escuchaba al cuidador

que lo seguía y le gritaba que se detuviera.

En un instante, la canoa de Richard golpeó una roca y el muchacho cayó al

agua. Tayler lo pensó por un momento antes de tirarse al agua a salvar a su

hermano, recordó la piedra que traía en el bolsillo del pantalón, la sacó para

mirarla un momento y recordó las palabras de la niña: “…mientras la tengas

contigo no te puedes ahogar en el agua”. Y saltó. Fue una caída de unos cuatro

metros de alto, Tayler se sumergió por completo un par de segundos antes de

salir a flote gracias al chaleco salvavidas. Unos metros más adelante escuchó a

su hermano pedir ayuda y después logró verlo luchando por mantenerse a

flote. Tayler no sabía nadar, pero nuevamente siguió su instinto y uso sus

brazos para acercarse a su hermano, lo alcanzó y se tomaron de la mano. Unos

metros más adelante ambos lograron sujetarse de una roca, la corriente estaba

muy fuerte, la obscuridad era casi absoluta. La luna y las estrellas

proporcionaban una tenue luz. La roca estaba resbalosa y sus pequeños

cuerpos estaban muy cansados. La mano de Richard se soltó de la roca y

quedó sujetado sólo de la mano de su hermanito.

- ¡Agárrate bien Richard!

- ¡Ya no puedo más Tayler, mis brazos no me responden!

- ¡No te sueltes hermano! ¡Por favor!

- ¡Perdóname, Enano! – Sus manos se soltaron en contra de la voluntad

de ambos y la corriente se llevó al hermano mayor.

- ¡Richard! – El grito de Tayler se llevó lo último de su energía,

momentos después, también se soltó de la roca.

 

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