El beso
El beso
Author: Hector Adrian Montes Cervantes
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Daniel este día estaba en verdad cansado, era una de sus primeras parrandas y no estaba acostumbrado, la boca seca y el mareo apenas le permitían distinguir la mesa con las viandas de desayuno que por costumbre departía con su madre, que para no perder la manía reiteraba las reprimendas comparativas a su hijo.

—Pero porque no te pareces un poco a ella, estudiante destacada —decía con menosprecio entre chillidos y suspiros —En verdad que no pareces el niño bien, obediente que sacaba sobresaliente en todas sus clases.

—Mamá —se dirigió en tono suplicante —por favor me siento realmente mal —asentía mientras le daba un sorbo a su café —además, Pía nunca estudió.

—¿Cómo te diriges hacia ella de esa forma? —le reclamó altiva llena de soberbia —en todo caso, no hablo de ella…

Quedando en suspenso su diatriba, pues en ese momento Pía su amiga de toda la vida entraba a la cocina.

—No pasa nada —anunció al entrar mientras guiñaba un ojo a Daniel —yo le he dicho que me puede llamar así, además es cierto yo no estudié, tanto como tú.

Decía mientras dirigía la mirada a Daniel, así, solapado por la complicidad de Pía, pudo desayunar mas o menos en calma, mientras su madre empeñada en corregirlo recapituló, una vez mas, la amistad eterna con su amiga, recordando que su hija a diferencia de él, fue siempre una estudiante sobresaliente, que debido a sus notas pudo acceder a universidades de prestigio, Pía sin embargo no hacia alarde, al contrario, mantenía una sana relación con Daniel, pero a pesar de eso su presencia en la casa siempre resultaba en el inconveniente recordatorio de los ajenos triunfos de su hija, Pía cada que estaba en el país se hospedaba en la casa, a veces por meses a veces por días, esta vez ya tenía tres meses. Estando en estas cavilaciones se oyó el timbre de la puerta, la casa, grande que correspondía a la alcurnia y poder de la familia, que eran además un motivo mas de lamentación de la madre para el comportamiento de Daniel, que sin esperar a nada se paró, en medio de reproches por la ofensiva displicencia de su comportamiento en la mesa, mientras Pía simplemente le daba un beso en la frente y lo veía salir.

En la puerta Roberto su compañero de tropelías esperaba ansioso dando vueltas en círculo en torno a la puerta, al abrirla Daniel condescendiente lo vio con lástima, todavía con resaca sintió un golpe de luz y levantó la mano para cubrirse del sol, mientras miraba el interior del carro.

—¿Traes mujeres en el coche?

Decía con voz amarga y negando con la cabeza.

—Ya —arrebato con desgano —anoche se quedaron en mi casa… —interrumpió mientras miraba con desagrado y saluda al interior del auto —es David y Lety su novia…

Agregó mientras apresuraba a Daniel.

—¿Su novia? —exclamó sonriendo mientras sacudía las manos como tocándole los senos —¿la rubia?.

El simplemente contestó levantando las cejas al tiempo que se dirigía al automóvil y franqueándole el paso le abrió la puerta, que por conveniencia lógica era el copiloto, dejando a la pareja retozar a lo ancho del asiento trasero, mientras discutían los pormenores y chismes que recorrieron la parranda. Ya al interior la pareja saludó frívolamente, mientras se presentaban, a pesar de conocerse, pues en la escuela iban en el mismo grado, he incluso en las mismas clases, pero sus roces sociales eran distantes, ella especialmente se comportaba indiferente a Daniel, en cambio el de lejos la desnudaba, la revolcaba y la asumía como suya, pero sabiéndose tan distante simplemente no hacía nada.

En camino a la escuela, la sed, era síntoma general en el grupo, así, que por decisión individual de Roberto apoyado por David se detuvieron en una pequeña plaza, dejando a la perezosa pareja a solas, y sin esperar a que se perdiera de vista el novio, Daniel sentado como pasajero contiguo al conductor movía el espejo retrovisor bailando la imagen arriba y abajo enfocando a Leticia.

—¿Qué haces? —pregunta Leticia mortificada mientras se acomodaba en el asiento.

—Quiero verte las piernas.

Respondió con cinismo mientras giraba una vez más la imagen.

—Tengo pantalón, ¡idiota!

Agrego sin enfadarse, mientras bajaba la vista a sus piernas, él simplemente omitió el comentario recorriendo con el espejo la totalidad de su cuerpo, mientras sonreía y retorcía el espejo, finalmente paró, la vio de frente en el espejo, y simulo un beso, ella se sonrojó ligeramente y sonrió.

—¡Estúpido!.

A pesar de mantener la “indiferencia” mutua a partir de ese día ellos se saludaban con naturalidad, incluso a veces al encontrarse solos departían trivialidades, ambos mantenían la distancia, paradójicamente Daniel a pesar de su carácter frívolo y del deseo carnal, la descartó como un prospecto sexual, menos aún como uno sentimental, pero le agradaba su compañía, aun cuando esta se diera en grupo, así como tal para Daniel le era fácil reconocerla, no solo por su físico, los ademanes y su voz le denunciaban su presencia, si bien su carácter desenfadado le alejaban de ir más allá, por eso esa mañana, siendo Daniel un alumno regular, y estando ya en el último ciclo antes de graduarse para entrar a la universidad no podía llegar temprano a la primera clase, en general los maestros y sus padres no le molestaban pues sus calificaciones pese a no ser excelentes eran aceptables, y como siempre ese día corría para llegar apenas con la tolerancia, al abrir la puerta del aula le pareció ver a Leticia al final del pasillo, lucia molesta y triste, y aunque no pudo ver quien era le pareció que hablaba con alguien, pero la prisa y el desenfado natural le segaron y simplemente se metió.

—Vaya Señor Daniel, esta vez entró dentro de la tolerancia.

Gimió el profesor con sarcasmo, haciendo omisión de la vergüenza por la mirada de sus compañeros, rastreando con la vista buscó a Roberto, y fugazmente distinguió a David, que al igual que Leticia parecía molesto, pero como siempre su desenfado pudo mas, y en su afán de encontrar lugar finalmente vio a Roberto que le hacía una señal en el fondo del aula, apenas tomaba asiento, se oyó la puerta del aula por segunda vez, la figura distraída y ajena de Leticia, aparecía seria, e igual que él fue inmediatamente reprendida, y de la misma manera, ella busco un rostro familiar, que encontró en David, pero él parecía descuidado de su presencia, por un par de segundos Daniel pensó que David no le apartó el lugar a Leticia, ella como su novia le besó en la mejilla apenas se sentó, David frio y lejano sonrío levemente, sin dar mayor importancia, un poco por que no le interesó y un poco porque llegó tarde, Daniel simplemente lo pasó por alto y tan rápido como sucedió lo olvidó, al salir de clase la pareja se abrazó y al parecer feliz, Daniel como casi todo en su vida, una vez mas volteo la cara insensible, si bien emblemáticos la liga de eventos no mellaron en el mas allá de una morbosa curiosidad, que se disipó a la velocidad de la siguiente fiesta, que justamente seria esa noche, y lejos de departir el cotilleo se limitó a continuar en su vida, dejando la relación hacia Leticia en el mismo tenor, y este día no sería la excepción, Roberto no ha salido de clase, Daniel tiene un acuerdo tácito para esperarlo en la cafetería de la escuela e irse juntos, a lo lejos unas chicas que departen y espontáneamente se ríen, él, que no las pierde de vista desde que entraron disfruta tranquilamente de sus caderas, ensoñándose con cada una de ellas, mas de una en miradas furtivas le ha dedicado una sonrisa, así que se apresura a tomar la bebida que mantiene girando con dos dedos, y hace ademan de pararse, pero súbitamente una voz femenina le detiene al borde de la silla.

—No son tu tipo déjalas.

Le reprendió Leticia que caminó en torno suyo para sentarse frente a él.

—¿Qué quieres?... —sonrió pícaro al verla, acomodándose en la silla —soy así, además esa morena ya van tres veces que sonríe.

—Claro, así eres.

Sonrió con algo de tristeza bajando la vista a la mesa.

—¿Qué? —le dijo sin preocupación, pero atento —¿problemas con David?

—No —inquirió ella contestando rápidamente —quiero que me ayudes.

—¡Yo! —exclamó perplejo poniéndose la mano en el pecho —¿parezco de los que dan ayuda?

—¡Hay! —sacudió la cabeza y reclamó —cállate solo contéstame y deja de decir idioteces —él alzo los hombros y negando con la cabeza en un gesto indiferente —¿tienes sexo?

Preguntó seria y sonrojada, mientras el abría la boca y la miraba con asombro.

—¿Quieres que tú y yo…?

Decía en voz baja mientras balanceaba la mano frente a ella.

—¡¿Qué no te cansas de ser un estúpido?! —arremetió sin gritar, pero en tono severo —¿no estás viendo que esto me cuesta mucho trabajo?, ¡solo contesta!

—¡Ya!, ¡sí!, tengo sexo, no últimamente, pero sí.

Respondió en voz baja apenado y balbuceante.

—¿Las quieres…? —preguntó con voz apagada francamente avergonzada, mientras el la veía estupefacto sin comprender la pregunta —a ellas, con las que tienes sexo, ¿las quieres?

Él finalmente en parte entendió el problema, no sabía que responder porque no sabía porque la pregunta, se arremolino en las posibles respuestas, y trató de encontrar una que al mismo tiempo la ayudara, y lo exculpara, pero las ideas solo daban vueltas y ella empezó a exigir una respuesta presionando con la mirada, y acudió a la única moral que él conocía, el cinismo.

—No.

Una vez más, en el mundo bizarro de Daniel poco le duró el recuerdo de aquella plática, y el siguió su vida tan indiferente como siempre lo era, en este punto de su vida el pasar las materias e ir a la siguiente fiesta era más trascendente, y justo es lo que este viernes se planeó, siendo tarde la escuela casi vacía prendía las primeras luminarias, así Daniel y Roberto que planeaban sus futuras hazañas caminaban por los pasillos obscurecidos rumbo a el estacionamiento.

—¿Janet? —argumentaba Roberto —claro si me pidiera un favorcito, de mala gana pero se lo haría.

—Pues yo si se lo hacía de buenas.

Respondió Daniel en tono vulgar, los dos sonrieron maliciosamente, en ese momento a lo lejos la figura de Leticia a espaldas de Roberto, que caminaba a prisa a las aulas superiores llamó la atención de Daniel, la distancia y la precaria iluminación no le permitieron distinguirla con claridad, pero le pareció que la acompañaba alguien, por apenas un segundo Daniel se distrajo, tratando de reconocer al posible acompañante de Leticia, pero Roberto en su elocuente exposición sobre las maravillas de los senos de Lidia lo regresaron a su cotidiana indiferencia, y caminando sin prisa mientras planeaban la ruta hacia la fiesta, pensando a quien recoger primero, justo al entrar al estacionamiento una voz templada de hombre les saludó.

—¿Qué hay niñas?

Interpeló mientras estiraba la mano para saludar.

—Mira quien lo dice, la flor más rosa de la pradera.

Contestó Roberto mientras saludaba a David, sonreían he intercambiaban decorosos insultos, mientras Daniel sorprendido cavilaba, recordando a Leticia en la tenue luz de los pasillos, entonces por primera vez en su vida se preocupó por alguien más que no fuera él, y comprendió que no fue su imaginación, que Leticia se perdió en la bruma de la obscuridad con “alguien” que no era su novio.

—¿Han visto a Leticia?

Preguntó con descuido David, mientras Daniel se hundía en el borroso recuerdo.

—¡No!

Reconoció Roberto descuidado lejano a la verdad.

—Si…

Declaró tímidamente Daniel.

Apunto de decir lo que sabía, algo lo traicionó, su destructiva moral basada en la indiferencia se sacudió, su lealtad se dividió entre su apático bienestar, y una simple mujer, quien sabe porque lo hizo, tan solo, sin pensarlo, lo dejó ir.

—La vi salir de la escuela —dijo asombrado de sí mismo, mientras señalaba la entrada —a lo mejor ya va a la fiesta.

David se acongojo mientras registraba en su memoria, y sin convencerse de las palabras de Daniel, divagó por unos segundos, pero las luminarias ahora brillantes y las pálidas luces lejanas de las pocas aulas que todavía tenían clase le perturbaban, por un breve instante se extendió un silencio denso de David a manera de reproche por lo que parecía una mentira de Daniel, pero la sonrisa sínica imperturbable de Daniel, le daban credibilidad.

—Si… —dijo David pausado mientras miraba al fondo —quizá salió pero quedamos de vernos aquí, voy a la biblioteca.

Daniel tenso apenas y dirigió una tímida despedida, y retomaba camino al auto, mientras razonaba exculpándose, que él había hecho lo posible, y lo que pasara no podía ser su culpa, sin darse cuenta un debate silencioso y voraz contradecía hasta los razonamientos más metódicos, impulsándolo a buscar y advertir a Leticia, Roberto aislado de la trama seguía ufanándose de las conquistas y necedades que estaba dispuesto a hacer, sin prestar mayor atención a los puños cerrados que maldecían en silencio a una precaria conciencia que ganaba terreno en la mirada enrojecida de Daniel, no fue hasta liberar el seguro del auto que notó la mandíbula apretada, y la vista destellando rabia, que comprendió que algo pasaba.

—¿Estas bien?

Pregunto sincero y preocupado.

—¿Eh?… —respondió Daniel con calma —sí… —Pausó mientras buscaba un pretexto para olvidar y divertirse —no puedo… —exclamó sorprendido de sí mismo—te alcanzó allá.

Declaró con un murmullo, y regresó a la escalera donde vio por última vez a Leticia, y mientras maldecía, salón a salón piso a piso buscaba alguna señal de ella,

abriendo las puertas de las aulas, a media luz vio leve de reojo una sombra que bajaba por las escaleras que el recién había subido, caminando deprisa trató de reconocerla, pero la sombra en paso firme y lúcido era lo que a él le pareció un hombre, aterrado pensó que era tarde y que David le habría ganado, pero un sonido lívido y lejano le llamó, le parecieron pasos, y lentamente subió al último piso, y con calma buscó el origen, una puerta entre abierta daba paso a una aula que sin más luz que el atardecer dejaba ver la figura desvanecida de Leticia inmóvil sin blusa y el sostén frágilmente sujeto de un lado, serena, mirando al pizarrón, al sentirlo con tristeza dibujó una leve sonrisa, Daniel la contempló de lejos, desconcertado sin saber qué hacer, se acercó lentamente.

—¿Qué haces?

Pregunta Leticia mientras una lagrima lentamente se escurría hasta la barbilla.

—Quiero verte las piernas.

Respondió, sonriendo mientras recogía la blusa del suelo.

—Tengo pantalón, idiota.

Balbuceo ahogada por las lágrimas.

Se quitó la chamarra y la cubrió mientras ella se sumergía en el dolor, hundida en el desamparo, liberando tristeza y soledad, el simplemente no sabía que hacer solo escuchaba ese llanto quebrado que la consumía, que requería consuelo, en medio de su incapacidad tomó espontáneamente la única decisión moral correcta, la abrazó con ternura escuchando pasivo los quebrantados gemidos tratando de protegerla y salvarla, sintiéndose acogida, finalmente entre sollozos pudo terminar su diálogo.

—Estúpido.

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