2

El rubio se quedó atónito, quieto y empezó a mirarme como si tratara de hipnotizarme.

—Uhm… perdón, ¿te conozco? —preguntó luego, no extrañado como yo esperaría.

—¿Entonces sí eres Will? —sonreí. Mi corazón empezaba a latir cada vez más rápido a causa de la nostalgia.

—S… sí, ¿pero tú quién eres?

—Will, soy Ethan… —me levanté de la cama y me acerqué un poco a él— ¿qué ya no me recuerdas?

A ritmo lento la expresión del chico que tenía en frente se fue suavizando, hasta que por fin abrió los ojos de par en par, ambos teñidos de infinita sorpresa.

—¿Ethan?

Asentí con la cabeza, sonriéndole.

—¡Ethan! —exclamó, atrayéndome hacia sí mismo.

Yo también lo abracé, y muy fuerte. ¿Cuánto hacía que no lo veía? ¿Unos… seis o siete años? Pero cuánto había crecido ese tipo. Era incapaz de creerlo, la última vez que nos habíamos visto ambos escasamente superábamos el metro y medio de estatura.

—¡Ethan, cuánto te he extrañado! —siguió, palmeando mi espalda—. Han pasado… ¿cuántos años? ¡Ya perdí la cuenta, parece una eternidad!

—Sí, lo mismo digo, amigo… —devolví en respuesta.

Nos soltamos luego de un rato.

—¿Y cómo has estado? —me preguntó Will—. No he sabido nada de ti desde que… nos fuimos a Canadá…

—Yo he estado bien. Pero dudo que mejor que tú, ¿o sí?

—Bueno… me ha ido bien, debo admitirlo —sonrió, pasando su mano por su cabellera, dejando a la vista un musculoso brazo de adolescente—. Pero… no puedo creer que no me haya dado cuenta desde el principio. ¡Ashburn! ¿Cómo es que no reconocí tu apellido?

—Eso dolió —me llevé una mano al corazón fingiendo estar ofendido.

—Jamás podría olvidarte, amigo.

Jamás podría olvidarte.

—Ni yo, Will, ni yo —palmeé su hombro, mientras mi sonrisa se hacía más grande.

William Robinson. Vaya que era una sorpresa. Una coincidencia de lo más inesperada.

Supongo que todo empezaba muchos, muchos años atrás, cuando mi padre aún iba en la secundaria. Había estado en su primer día de clases un año como cualquier otro, cuando se le había cruzado por el camino un chico nuevo, un rubio que llegaría poco tiempo más tarde a convertirse en su mejor amigo: Arthur Robinson.

Mamá una vez me dijo, cuando le pregunté cómo había conocido a papá, que no fue así exactamente: ella no conoció a papá, conoció a papá y a Arthur. Es que ellos dos eran inseparables, pocas veces se veía a uno sin el otro. Los dos forjaron una de esas amistades que llegan a durar milenios. Ambos se graduaron juntos, tuvieron su boda juntos, y hasta lograron tener a sus primogénitos a fechas muy cercanas…

Y ahí es donde entramos nosotros.

Will y yo habíamos nacido con dos meses de diferencia, siendo él mayor que yo. Nos habían enseñado a considerarnos "primos", aunque no lo fuéramos por lazo sanguíneo. Habíamos sido los mejores amigos desde bebés, habíamos crecido juntos.

Will Robinson era un pequeño en extremo extrovertido y vivaz que era el alma de todas las reuniones y fiestas. Iluminaba con su brillante y pícara sonrisa cualquier lugar al que iba. Qué diferente era a mí, que desde pequeño fui muy tímido e introvertido, un niño que se escondía detrás de su mejor amigo cada vez que tenía que enfrentarse a algo.

Tal como lo habían sido nuestros padres, nosotros éramos de esos amigos que ríen fuerte de las mismas bromas todo el tiempo, que comparten hasta la ropa, que guardan secretos hasta la muerte. Éramos ese tipo de amigos que en un momento pueden empujarse y romperse un brazo entre sí, y al segundo siguiente gritarse lo mucho que se quieren. Así éramos nosotros. Éramos hermanos.

Los dos ya habíamos cumplido los siete años cuando tío Arthur y su familia había tenido que mudarse con urgencia a Canadá. Mi padre y Arthur jamás perdieron el contacto, pero Will y yo éramos niños por ese entonces, así que no se podía esperar demasiado de nosotros.

Y entonces, diez años después (una década, una eternidad) el pequeño William estaba parado frente a mí.

Claro que no era con exactitud el pequeño Will Robinson quien se encontraba conmigo. Era lo suficientemente alto como para que su fisonomía y su esculpida figura le gritara al mundo que estaba a casi nada de convertirse en un hombre, y su postura destilaba una auténtica independencia. Seguridad, confianza, cualquier cualidad que a mí me faltara, él de seguro la tenía.

¿Cómo me vería él? ¿Estaría examinando también los cambios que el tiempo había hecho en mí? Yo mismo lo hice.

Bien… bueno, había crecido… un poquito.

El extremo de lo triste.

—Me he perdido diez años de tu vida, amigo —dijo Will, sentándose en su propia cama, frente a mí—. ¿Ha pasado algo importante?

—No lo creo —le respondí con sinceridad, tratando de rememorar algún suceso que hubiera podido marcar la diferencia en mi aburrida vida.

—¿Seguro? —frunció el entrecejo y giró la cabeza con levedad hacia un lado, lo que me hizo recordar a un cachorro que habíamos compartido de niños.

—Sí, lo siento, cuando te fuiste se acabó la diversión —reí, franco y de forma melancólica.

Porque era cierto. Al perder a mi mejor amigo de niño había perdido prácticamente a mi otra mitad, lo cual le mencioné una vez a mi madre, pero nunca a mi padre porque aún siendo yo un pequeño inocente sabía que a su parecer ese pensamiento iba a sonar en extremo gay.

Se habían acabado las aventuras, los juegos, las arriesgadas travesuras. Will era siempre el osado descubridor de cosas interesantes, y yo… pues yo era su pequeño y leal asistente que lo admiraba como a su ídolo. Siendo así, con la ausencia de Will, me volví bastante solitario. Todo eso hasta llegar al internado a los quince años y conocer a Johanna.

—¿Me vas a decir que no tienes novia, entonces? —me dijo él de pronto en tono sardónico, abriendo con movimientos perezosos su maleta.

¿… sí?

No tenía novia y nunca la iba a tener. Ese era, sin embargo, un tema del que no me gustaba para nada hablar, dado mi penoso historial. Los escasos amigos que con mucho esfuerzo, perseverancia (y con una notable de dosis de talento para actuar) había logrado hacer durante el inicio de mi adolescencia, habían salido huyendo ante la simple mención de la palabra con g… o con h, como se le quiera decir.

Ser gay.

Ser homosexual.

Al principio yo había pensado que no era nada complicado serlo. Incluso, cuando lo había descubierto, había planeado tener una vida normal, ser aceptado y querido por todos, tener amigos y amigas, tener (con suerte) una pareja y ser feliz y tranquilo por el resto de mi vida. El mundo era quien se había encargado de desvirgarme de ese iluso y utópico pensamiento de la manera menos delicada posible.

Cuatro, CUATRO veces lo había intentado.

La primera había sido al iniciar la secundaria, justo a los doce años. Paul, el único chico en mi salón que me hablaba, había ido a mi casa. Estando en mi habitación, y yo con la inocente idea de que estaba frente a mi nuevo mejor amigo y confidente, había soltado de sopetón la pregunta que definiría mi año escolar.

"¿Qué harías si yo fuera… digamos… gay?"

La expresión de Paul cambió radicalmente. Se levantó en silencio del suelo en el que los dos estábamos sentados frente a frente con las piernas cruzadas, se alejó de mi habitación y salió de mi casa sin despedirse.

Fue así como el único chico de mi salón que me hablaba no volvió a dirigirme la palabra.

Al año siguiente, a los trece, un chico nuevo había llegado al salón, lo que incrementaba en un no tan alentador 1% mi esperanza de mejorar mi vida social de una vez por todas. Se llamaba Nigel, tenía el pelo anaranjado y era muy hablador. Esa era una ventaja para mí, ya que yo no hablaba mucho, así que él conseguía (al menos por el tiempo que fuimos amigos) llenar mi silencio con sus palabras.

Habíamos ido al parque un día a montar bicicleta… y quizás había sido mi error habérselo soltado así, sin anestesia ni nada.

Él divisó a una guapa muchacha paseando a su perro a lo lejos, y planeó con rapidez una astuta maniobra para poder entablar conversación con ella y así yo pudiera ligar.

"Descuida, es inútil, no me gustan las mujeres" le dije yo, tranquilo.

Debía haber aprendido la lección de la primera vez, creo yo.

Nigel poco a poco fue distanciándose, poniendo excusas, hasta que, al final, logró deshacerse de mí y tener un nuevo grupo social que sí aprovecharía la oportunidad de ligar con una hermosa castaña en el parque.

Ese mismo año Brendan, un tipo alto, castaño y resentido con su grupo de amigos, se me acercó. Vestía siempre de negro, llevaba el cabello muy largo y me hablaba por horas de bandas de rock y metal pesado que luego yo ya nunca recordaba.

Luego de mis dos primeras lecciones traté de ser un poco más cuidadoso. Quizás con Brendan si tenía suerte.

Me invitó a su casa un día para oír cómo tocaba la guitarra eléctrica (era una Epiphone muy bonita de color negro, la cual hubiera sonado de maravilla si Brendan no tocara tan pero tan mal).

Entre los recortes de los ídolos que me mostró, encontré a Freddie Mercury, abiertamente gay y feliz, una de las cosas que yo más anhelaba. Hice una pregunta entonces, una que no pensé que fuera a importar…

"¿Tú crees que el mundo me aceptaría como a él?"

Y listo. Eso bastó.

Al siguiente día Brendan, como por arte de magia, había olvidado sus diferencias con su antiguo grupo de amigos y todos habían vuelto a ser una sola manada, si acaso más unida.

Por cuarta vez metí la pata cuando a los quince hice, por accidente, una estúpida pregunta acerca de la construcción química en el cerebro de una persona homosexual al nerd de mi salón (el cual, a propósito, tenía más amigos que yo). Eso confirmó sus sospechas de que yo era gay, y lo único que me dijo antes de alejarse fue que me fuera olvidando de hacer vida social si seguía siendo tan evidente con mi orientación sexual.

Hasta ahí. Luego, dadas mis súplicas, mis padres habían solicitado mi ingreso al internado Henderson Green.

—¿Ethan? —me despertó Will.

Volví a mi realidad.

Habitación. Primer día de clase. Will Robinson.

—Oh, eh… —titubeé— no, ninguna. Supongo que no he tenido tiempo para eso.

Will me lanzó una mirada de incredulidad, como tratando de descifrar si en realidad estaba diciendo la verdad o estaba gastándole una broma.

Al cabo de un minuto pareció darse cuenta.

—Bien… —aceptó, concientizándose de mi realidad— eso se acabó. Conmigo aquí todo va a ser distinto, ¿de acuerdo? Volverán las aventuras e incluso podrías conseguir una novia antes de que termine el mes, así que el cambio empieza ahora.

Le respondí con una tímida sonrisa, sabiendo muy bien que eso no iba a pasar.

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