3

Luego de haberse dado una ducha rápida y de que yo hubiera desempacado, Will y yo salimos hacia el exterior.

Él era el chico nuevo.

Sé que si hubiera sido ese mi caso (y lo había sido hacía dos años), la gente hubiera ignorado olímpicamente mi existencia. Sería el típico chico con el que todos chocan por los pasillos, al que nunca eligen en clase aunque se parta el alma levantando la mano, el invisible cuya vida es un misterio que a nadie le interesa resolver.

Pero él… él era Will Robinson.

Su entrada a la cafetería pareció llevar un efecto de cámara lenta. Comencé a cuestionarme si me había colado en una especie de película sin darme cuenta dada mi acostumbrada torpeza, una película de la que mi rubio amigo era el protagonista.

Fue objeto de todas las miradas ni bien puso un pie en el lugar. Él, todo seguridad, músculos y mano desordenando su melena con gracia, seguido bastante de cerca por un puntito azabache que no estaba acostumbrado a tanta atención.

La cafetería del Internado Henderson Green era un recinto muy amplio de grandes ventanas que daban con el colorido jardín que por la estación aún florecía de forma alegre. Las paredes (como casi toda la institución) estaban pintadas de crema pastel y el piso de baldosas blancas estaba siempre reluciente. De la comida nunca había podido quejarme. No nos alimentaban como a reyes, pero yo estaba muchísimo más que satisfecho con todo lo que nos ofrecían religiosamente en nuestras tres comidas diarias.

Las mesas estaban distribuidas sin tanta simetría por todo el sitio. Era una cualidad que yo valoraba en cualquier cafetería institucional: nos brindaba la oportunidad de formar nuestro propio orden y sentarnos con quienes nosotros viéramos conveniente.

Ay de ese cosquilleo en el estómago que se sentía al ver todas las miradas tan cerca de mí…

Yo bien sabía que todos miraban a Will, las chicas de la mesa de al lado, el equipo de fútbol americano, las conservadoras de la esquina y los cerebritos de la mesa más allá, todos miraban al guapo recién llegado cuya figura deslumbraba a la población estudiantil mucho más de lo que cualquier cosa lo había hecho en mucho tiempo.

—¡Hey, Ethan! —me llamó Johanna desde una mesa que estaba junto a la ventana.

Cuando la ubiqué, tiré con suavidad de la manga de Will para alertarlo. Este movimiento causó tanta sorpresa por parte de los alelados admiradores que yo casi podía oír sus pensamientos chillando: "¡¿Qué, es amigo de Ashburn?!".

—¿Cuándo te volviste tan popular, que no me di cuenta? —me preguntó la chica con el entrecejo fruncido una vez estuve sentado frente a ella, recorriendo con la mirada a cada espectador.

—No me miran a mí, lo miran a él —reí, señalando a mi amigo como si el asunto fuera demasiado obvio.

Porque lo era.

Will se sentó a mi lado luego de devolver un par de saludos y sonrisas cual estrella de cine, y su mirada se posó sobre Johanna después de volver a la realidad.

—Hola, soy Will —sonrió el rubio a mi amiga.

—Johanna —pronunció ella con extrañeza.

Me encontraba yo pensando en qué sabor tendrían los aminoácidos cuando me di cuenta de que en ese caso la presentación correspondiente era mi responsabilidad.

—Oh, eh… —balbuceé— Johanna, este es Will, mi mejor amigo de la infancia. Will, ella es Johanna.

—Pensé que no tenías novia —me susurró él con complicidad dándome un par de suaves codazos.

—Nada de eso, Will —negué inmediatamente, mis mejillas ruborizándose—. Es mi mejor amiga.

—Mejor amiga —repitió ella, dándole una desinteresada mordida al sándwich de jamón que tenía frente a ella.

—No quiero sonar como un idiota, pero… ¿eso es posible? —preguntó él, como si acabaran de exponerle un espécimen raro y desconocido.

—Lo es —contesté.

—Hey, Ashburn —me susurró Johanna sin previo aviso.

—¿Qué? —respondí.

—Preciosura a las seis —sonrió en tono mordaz señalando con la cabeza un punto a mi espalda.

Al voltear, casi creí sentir que un viento con olor a flores sutiles me golpeó en la cara. Por el pasillo se acercaba una chica muy hermosa de larga melena negra ondeando al viento cual bandera del país de donde proviene la belleza.

Su piel era blanca, blanca y tersa incluso a la vista. Vestía una blusa de algodón sin mangas de color violeta y shorts negros rasgados discretos. A pesar de no llevar tacones la forma de sus piernas era estilizada y curvilínea, como de supermodelo recorriendo la pasarela.

Esa muchacha era la más bonita que pudiera haber visto cualquier persona en muchísimo tiempo, con su sonrisa resplandeciente, esos coquetos lunares oscuros que adornaban su párpado, y la zona bajo su labio inferior, esos grandes ojos azules de largas pestañas negras que se posaban sobre la gente como si se tratara de su plebe…

Why don't you come on over, Valerie? —canturreó Johanna, mirándola en son divertido.

—Llegó la reina —dije yo con una sonrisa significativa.

—¿Quién? —Will tenía la cara de ser el único del grupo de amigos que no entendió el chiste.

—He ahí a Valerie Mitchell —le explicó Johanna, señalando a la azabache con discreción.

Will volteó, como yo lo había hecho hacía unos momentos.

Valerie Mitchell había llegado al internado un año antes que yo. Su nombre solo significaba una cosa: éxito.

Valerie era la emperatriz del Henderson Green. Era hermosa, carismática, divertida, medianamente buena estudiante y alma de las fiestas. Me faltaban dedos para contar a los tipos que se morían por ella. ¿Es necesario seguir describiéndola?

—Bonita, ¿eh? —dijo Johanna.

—Eso es obvio —sonrió Will, volviendo la atención a nosotros.

—Bueno, ser su amigo es equivalente a ser el puto amo, ¿no, Ethan?

—Así es —convine.

El característico vocabulario de Johanna a veces me ponía los pelos de punta. Yo, por mi parte, no era ni siquiera capaz de pensar en decir alguna grosería, era demasiado incompatible conmigo.

Una ya conocida fragancia invadió mi perímetro. No supe por qué sentía ese fuerte aroma a perfume de princesa hasta que la guapa azabache que acababa de entrar a la cafetería se estrelló contra la silla de mi amigo de al lado.

Eso era algo que yo envidiaba de la gente perfecta: incluso al accidentarse se veía bien. Si alguna vez Will, o Valerie, o alguna de esas personas que parecen sacadas de una revista adolescente, sufrieran… no sé, un choque automovilístico… bueno, yo podía imaginarme a Will saliendo del auto accidentado cual Leo Di Caprio en alguna de sus películas de supervivencia, que ni las heridas o cortes le quitarían su tremenda pinta de actor hollywoodense. ¿Y a Valerie, por ejemplo? A ella levantándose cual despampanante y curvilínea amazona cuyos rasguños y sangre manchando su bonito rostro no harían más que acentuar su encanto.

Sin embargo, a mí solo podía imaginarme dentro del vehículo, inmóvil, temeroso y con el fiel aspecto de algún extraño maniquí retorcido.

—¡Por Dios! —exclamó Valerie.

Echando mano de sus tremendos reflejos, Will se levantó de la silla, volteó instintivamente y consiguió tomar la mano de la chica antes de que cayera al suelo.

—¡Cuidado! —dijo, supongo que por inercia.

Johanna y yo nos convertimos en silenciosos espectadores. Pero no nos molestaba en lo absoluto, de hecho, llevábamos tanto tiempo siéndolo que incluso se nos había hecho muy cómodo.

—Gracias… gracias —sonrió la azabache a Will, tímida.

—Ten más cuidado, puedes lastimarte —recomendó él haciendo gala de una grana amabilidad.

—Lo haré, lo lamento —ella se arregló un largo mechón detrás de la oreja.

—Bien —sonrió él.

—Bien… debo irme —dijo ella al final—. Hasta luego. Gracias por todo.

—Adiós.

Desde el principio hasta el final esa escena no podía haber sido más artificial y falsa.

En primer lugar: Valerie no era de las personas que tropiezan con sillas y caen al suelo. Podría haber pasado por alto si se tratara de una persona como yo, cuya torpeza es parte de su esencia. Pero ella no lo era. En definitiva, no.

En segundo lugar, sus razones eran obvias. En realidad, no me sorprendía que le hubiera echado el ojo a Will.

—Oh-oh, ella usó la maniobra de "me-caigo-sensualmente-detrás-de-ti" —dijo Johanna, divertida, en tono de advertencia.

—¿Cómo dices? —un atisbo de sonrisa se esparció por el rostro de Will mientras volvía a su lugar.

—Le gustas, compañero —sonreí yo, palmeando su espalda con afecto.

—Ella no usa sus truquitos con cualquiera —terció Johanna.

—¿Tú crees? —la cara de satisfacción de Will no pudo ser más notoria.

—Estamos seguros —dije yo.

Con Johanna teníamos la manía de completarnos las frases. Tal vez el hecho de que no tuviéramos a nadie más que el uno al otro y pasáramos tanto tiempo juntos contribuía a esto.

—Bienvenido a la jungla, Will —sonrió Johanna, dejándose caer plácidamente sobre el respaldar de la silla con los brazos cruzados.

Sí, Will.

Welcome to the jungle.

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