4

—¿Dulce o salado? —preguntó Will.

—Dulce —contesté.

—Tu turno.

—¿Novias?

—Seis.

—¿Cuántos años tienes? —le dije en tono sarcástico.

—Diecisiete —rio él. Entendía mi pregunta.

—Vaya —finalicé.

—Solo por eso me tocan dos preguntas, te saltaste una —me advirtió cantarinamente.

—Bien, tú ganas —sonreí.

—¿De verdad no pasa nada entre tú y ella? —inquirió en tono juguetón subiendo y bajando las cejas varias veces.

—Nada de nada —confirmé, dejando reposar mi cabeza sobre la almohada.

Hacía poco que habíamos llegado de recoger nuestros respectivos horarios, y estábamos Will y yo poniéndonos al día el uno del otro como los viejos amigos que éramos. Yo estaba acostado boca arriba sobre mi cama, descalzo, con una rodilla flexionada y el celular sobre mi vientre.

Él estaba sobre la suya con las zapatillas aún puestas y las piernas cruzadas en la posición más cómoda, como si se encontrara en alguna playa paradisíaca tomando el sol.

—No sé por qué me cuesta creerlo —sonrió él, negando con la cabeza y mirando al techo.

—Es como mi hermana, Will. No soy fanático del incesto —insistí.

—De acuerdo, como digas —aceptó muy a su pesar—. Veamos… siguiente pregunta…

Revisé vagamente mi celular, cierta manía mía que tenía cuando en realidad no había nada qué hacer.

—¿No hay alguna chica que te guste, entonces? —preguntó.

Y ahí íbamos de nuevo.

¿Qué no tan solo lo podíamos dejar ahí y aterrizar en un terreno un poco menos desagradable? Vamos, era un reencuentro entre dos entrañables amigos que no se veían desde niños, una cálida charla entre los que ahora eran un par de adolescentes, ¿por qué no podíamos hablar de logros, de amigos, víboras cuando menos? ¿Era tan importante para un chico tener una novia a mi edad?

—No, Will —repetí por enésima vez, poniendo los ojos en blanco.

—Ethan, eso me extraña, de verdad —me dijo en tono divertido—. ¿Quieres contarme por qué? ¿Hay una razón especial?

Definición definitiva de suicidio social: decirle a tu compañero de cuarto que eres gay el primer día de clase.

Mi cerebro ya tenía algunas pautas para evitar los fracasos evitables.

—Sí la hay, ¿verdad? —arqueó una ceja.

Mi silencio le había respondido mejor que yo. Veamos, ¿eso era bueno o malo?

Yo recordaba una vez como a los siete años haber estado en un paseo familiar con su familia y la mía. Habíamos ido a acampar al borde de una laguna, y mientras nuestros padres hablaban un poco, él y yo nos divertíamos explorando la naturaleza.

Recuerdo haber estado sentado a la orilla del lago, con los pies sumergidos en el agua bajo el cálido sol de primavera junto a Will, cuando le dije:

—No quiero casarme con una niña.

Ni siquiera sabía de dónde había salido eso, solo lo pensé y eso salió de mi boca.

—¿Qué? —había preguntado mi rubio amigo.

—De grande me quiero casar contigo —le había dicho.

Incluso de recordarlo la vergüenza me derretía los huesos.

—¿Por qué? —me preguntó él con tranquilidad.

—Porque tú eres mi mejor amigo y nunca quiero que nos separemos. Me voy a casar contigo y estaremos juntos para siempre —le sonreí esperanzadamente.

Una lenta y cálida sonrisa se deslizó por sus perfectas pálidas mejillas cubiertas de tierra, pasó una mano por su dorada melena y luego la colocó sobre mi hombro.

—Para siempre, amigo —me dijo.

Y ya. Hasta ahí. Ese era el mayor acercamiento acerca de mi sexualidad que había tenido con Will, y eso había sido hacía ya diez años.

—Dime… eres… no sé, ¿asexual? —me preguntó.

Perfecto, lo que me faltaba. Ni siquiera se lo podía figurar en la cabeza. ¿Qué acaso ser asexual era una mejor opción que ser gay? ¿Ese era su punto de vista? Esa última sola pregunta incrementaba mis razones para no querer contarle nada. Sin embargo, su pregunta esperaba una respuesta.

No quería mentir y tampoco decir la verdad.

—No, Will, no soy asexual —reí en medio—. Es solo que… no, no hay nadie que me guste.

Eso no era del todo falso. Desde que había llegado al Henderson Green no había conocido a nadie que pudiera haber llamado mi atención. Pero bueno, dada mi posición social en el internado yo tampoco estaba precisamente en posición de elegir, así que de todos modos no pasaba nada.

—Pero… —quiso proseguir.

—Hey, es mi turno —reclamé en son divertido.

Y lo era, pero no era por eso que quería cambiar de tema.

—De acuerdo —me concedió, con una sonrisa que me hizo pensar en que podía hacer que lo olvidara de alguna manera.

—¿Has tenido mascota? —pregunté, lo primero que se me vino a la cabeza.

—Un gato. Se llamaba Larry —articuló Will, desperezándose un poco sobre su cama.

—Genial, ¿y en dónde está? —sonreí, por fin en un terreno que me agradaba.

—Murió el año pasado.

Una mano gigantesca imaginaria me arrancó entonces de ese terreno, colocándome en cambio en uno baldío y desértico, uno en el que, si tenía suerte y era rápido, tenía la oportunidad de impedir que el tema volviera.

—Lo lamento —dije.

—Era un buen gato —admiró Will echándole un aburrido y curioso vistazo a sus uñas—, pero era muy travieso. Le gustaba entrar a las casas de los vecinos por las noches… nadie pudo impedir que tragara ese trozo de salchicha envenenada que el vecino de al lado colocó en una trampa para ratas. Lo encontró al día siguiente, lo reconoció y nos lo entregó.

No supe qué decir.

—Y así es como cambio de turno y sigo preguntando —intervino, la picardía volviendo a su expresión—. ¿Alguna vez has besado a una chica?

¡Caramba, qué insistencia! ¿Y si le decía ya que era gay para que no siguiera perdiendo su tiempo en hacer preguntas sin sentido?

¿Podemos decirle? ¿Podemos decirle ya, sí, sí, SÍ?

No.

Sintiéndome completamente trastornado por encontrarme de pronto hablando conmigo mismo, me decidí, al final, a contestarle de la única manera que sabía. Diciendo la maldita, la triste, la vergonzosa y aburrida verdad.

—¿Cuenta el preescolar? —bufé.

Will abrió su par de ojos esmeraldas como platos y los dirigió con lentitud a mí.

—No —dijo, incrédulo.

—Sí —confirmé sintiendo cómo poco a poco me sonrojaba.

—No…

—Sí —insistí.

—¡Ethan, no puedes estar hablando de Melanie Dickinson! —carcajeó él, aún sin poder creerlo.

El nivel de mi rubor no debía conocer límites.

En preescolar, con cuatro años de edad una niña de melena color paja corte hongo y pequeños redondos ojitos negros escondidos detrás de unos anteojos de violento color fucsia me había dicho que yo era el niño más lindo que había visto. Cabe resaltar que yo no muy seguido recibía un cumplido de parte de algún compañero o compañera, y siendo el mejor amigo y sombra de Will mucho menos, así que no supe cómo reaccionar.

Sin embargo, cuando luego de un par de minutos de incómodo e infantil silencio ya sabía qué decirle, ella interrumpió la mitad de mi tímido "gracias" con el tremendo beso que me plantó en los labios. Todavía recuerdo ese traumático momento, sus labios sabían a chocolate con leche, y a mí casi me dolieron los míos por la fuerza con la que ella solo los aplastó.

Recuerdo que fui corriendo a contárselo a Will con los ojos llorosos y las rodillas gelatinosas por el miedo, la adrenalina y la vergüenza. Él me felicitó y me preguntó qué se sentía. Como no pude responderle por lo enredada que tenía la lengua, me invitó un poco de su batido de fresa y se quedó a mi lado por el resto del día.

La niña susodicha respondía al nombre de Melanie Dickinson. Es curioso, porque años después, ya bien entrada la secundaria, Melanie se convirtió en la chica más hermosa y popular de toda la escuela. Desde el día del incidente nunca me volvió a hablar, aunque yo había sido testigo viviente de su impresionante metamorfosis.

Ahora, ¿debería sentirme orgulloso de que la Valerie Mitchell de mi antigua escuela me hubiera dado mi primer beso, aunque hubiera sido en su época de oruga?

—Sí, Will —repetí a regañadientes mirando cualquier otro lado.

—¿Es la única chica a la que has besado?

—De hecho, era una niña, y fue ella la que me besó, no yo. Pero sí, fue la única —mascullé.

—Vaya… —exhaló en un suspiro significativo.

—Pero no creas, en la secundaria se convirtió en el mejor exponente femenino de la escuela según todo el mundo.

—¿Y según tú?

Traté de formular en mi cabeza la imagen no de la pequeña Mel, sino de la Melanie adolescente, con la larga cabellera color paja, usando el uniforme discreta pero seductoramente con tal de que resaltara su delineada y esbelta figura de señorita-casi-mujer, habiendo dejado los anteojos en el olvido y reemplazado por unos de contacto que habían vuelto sus ojos de un tono azul acuoso.

—Bien… sí, era bonita, creo —dije, encogiéndome de hombros.

—¿Solo bonita? —insistió él, que, de manera evidente, esperaba algo más.

—Sí…

—¿Pero nada más? Quiero decir… ¿solo bonita? —no podía explicarse con otras palabras.

—En realidad nunca llegué a conocerla muy bien —me excusé con rapidez.

El rubio vaciló por un momento.

—Tú sí que eres un caballero, amigo —me sonrió luego.

—¿Qué?

—Sí, eres todo un caballero —se acercó a mí y me palmeó con afecto la espalda—. Pudiste haber hablado de su cuerpo y no lo hiciste, solo te importó su interior, quizás un poquito su rostro. Eso es bueno, quisiera ser como tú.

—¿No piensas igual? —pregunté, tímido.

—Bueno, hay un par de cosas que busco en las mujeres antes que sus sentimientos —respondió.

Me quedé en silencio, pensando en lo mucho que me desagradaba esa última frase suya. ¿Ese era mi amigo Will?

Mi sentir debió reflejarse en mi expresión, porque él de inmediato quiso resarcirse.

—No, no me malinterpretes —corrigió al instante—. Dios, de seguro acabo de quedar como un idiota. No me refiero a… es decir, sí, obviamente, no creo que haya alguien que no se fije en el físico, pero… no es eso con exactitud lo que busco. Me baso en expectativas, no sé si me dejo entender… no es por ellas, sino por mí. Hay mujeres cuyas expectativas jamás podré llenar, así que no quisiera hacerles perder el tiempo conmigo. Cada vez que me fijo en alguien tengo que estar seguro de que seamos compatibles. ¿Lo entiendes? No es que sea un puto machista, solo no me arriesgo demasiado. Ellas son un privilegio y quiero estar a su altura.

Así de fácil mi molestia se fue. Sí podía lidiar con ese concepto de mi entrañable amigo.

—Entiendo —dije.

La puerta se abrió sin previo aviso y una morena bajita se hizo presente cruzando la habitación con tranquilidad, sin inmutarse por nuestra sorpresa.

—Hey, Ethan, hola Will —añadió pasando por el lado del rubio hasta estar sentada a mi lado en mi cama—. ¿Recogiste tu horario?

—Sí… —me desperecé— ¿y tú?

—También —confirmó Johanna—. ¿Qué tienes hoy?

—Mmm… veamos… —hurgué en mi bolsillo hasta hallar el papelito doblado en cuatro donde estaba mi horario— a la una tengo Literatura con Burke, a las dos treinta Filosofía con Dick y a las tres treinta Historia con Palmer. Luego descanso, bla, bla, bla… Matemática con Gardner hasta las seis y de ahí la cena, nada más.

—Ya… —comprobó ella su propio horario— ¡bien, compartimos Matemática!

A Will no le molestaba en lo absoluto ser ignorado, lo cual me tranquilizó.

—¿Qué hay de ti, Will? —preguntó la castaña.

El rubio levantó la vista, y luego de darse cuenta de que la pregunta era para él, rebuscó en su bolsillo hasta encontrar su horario.

—Bien… hoy Historia, Filosofía, Inglés y Física.

—Compartimos Filosofía hoy, Will —comenté.

—¿En serio? Gracias al cielo —sonrió.

—Cierto, Johanna, no te lo pregunté —me dirigí a la chica—. ¿Con quién te tocó este año?

—Amy Stewart —se encogió de hombros, restándole importancia—. No está mal, supongo.

Por primera vez en toda mi vida sentí que mi suerte estaba mejorando. 

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