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En la ciudad de Granada se iba a realizar una ejecución pública en nombre del Rey para ajusticiar así a los monfíes rebeldes, uno de los últimos reductos de moros insurrectos que habían sido sofocados. El verdugo preparó los tétricos cadalsos donde serían ahorcados al salir el sol.

 El carcelero que los custodiaba era un sujeto gordinflón y feo, de barba a medio cortar y chimuelo. Se recostaba a tomar vino de una botella todo el día en una mesa al lado de las celdas donde estaban hacinados y amontonados los moros.

 —¿Es usted el celador? —le preguntó una voz femenina. El adormilado guardia levantó la mirada de mala cara, como siempre, pero al ver a la hermosa mujer frente suyo, que tenía un atractivo traje de odalisca dejando ver sus rebosantes y redondos pechos, los hombros descubiertos y el cabello suelto se quedó allí, absorto,

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