ALENNA
ALENNA
Author: Lya Rogers
принцип/ Principio

"Las lágrimas que caen son amargas, pero aún más las que no caen"

Siberia

Se dejó caer, sus músculos doliendo y sus pulmones luchando por conseguir aire, estaba cubierta de sangre, el frío calando sus huesos. Estaba en la parte trasera de un local de mala muerte, la policía debería llegar en unos minutos, pero ella solo quería reposar unos segundos para recuperar el aliento.

Su teléfono sonó, maldiciendo, miró el mensaje de su padre, el dinero había llegado, suspirando, se levantó, tendría que escapar por el tejado y luego perder a la policía, pero estando llena de sangre no llegaría muy lejos.

Tomando una inhalación profunda, corrió en la oscuridad hasta la escalera de incendios oculta en la parte trasera del edificio, era un ruidoso bar/hotel para ricachones, los frecuentaba bastante, pero solo para trabajos.

Subiendo de prisa las escaleras, se encontró con que la policía había llegado antes de lo anticipado, así que mientras suspiraba pesadamente, buscó una habitación a la que pudiera acceder desde la parte trasera, entrar sería riesgoso, pero si quería escapar, tendría que ocultarse.

Bingo. Pensó al ver a una pareja joven salir de la habitación mientras la seguridad del hotel les ordenaba evacuar. La ventana estaba abierta y había una maleta abierta en la cama, así que podría disfrazarse y salir.

Su ropa era de lycra, pero cubierta con un material resistente que podía resistir los cortes de la mayoría de las navajas, su pelo, largo y con unas ligeras ondas estaba firmemente atado pero la sangre se había secado y su frente y su cabello no se había librado. Rápidamente se metió al baño, no podía dejar rastros, o su padre le patearía el trasero. Así que tomó un par de paños húmedos y limpió tan bien como pudo, lo suficiente para despejar su rostro.

El tiempo corría y ya debían estar revisando las habitaciones. Se deshizo de su ropa en tiempo récord, los tatuajes serian difíciles de esconder, así que tomó el primer vestido que encontró, un par de tacones y un abrigo frondoso, soltó su cabello cuando vio un ushanka, eso solucionaría el asunto del cabello.

En un bolso que encontró en una mesa metió sus armas la ropa ensangrentada, y las toallas llenas de sangre, cerró la ventana por la que había entrado y se puso sus guantes. No llevaba maquillaje, pero un poco de labial rojo y estaba lista.

Salió de la habitación, luciendo su mejor cara de joven asustada y se unió a los huéspedes que salían de sus habitaciones. Vio un americano y se le acercó

- Disculpad ¿Sabes que ha pasado? Me dan miedo los policías - dijo con un marcado acento, el hombre, quien estaba entre sus cuarenta tardíos y con el aspecto típico de los hombres con más de un trapo sucio debajo del tapete, la tomó del brazo, ingenuo. Siempre caían con el asunto de la ingenua adolescente asustada.

­- Tranquila, niña - respondió el hombre - Vamos, han pedido evacuar y eso haremos - la acompañó por el pasillo, fingiendo agobio, pasaron hasta el ascensor, donde sin duda intentó meterle mano - ¿Qué hace una jovencita como tú, sola en este lugar?

¿Sería buena idea añadir algo de daño colateral? Si el maldito viejo verde le tocaba el culo, le arrancaría las pelotas.

- de visita - respondió para salir del paso, evitando ser sugerente, el ascensor se detuvo y una vez en el Lobbie, se apresuró a la salida, allí había más revuelo por lo que se deshizo del abrazo del hombre, no sin antes darle un pisotón, y gracias a su estatura fue fácil para ella alejarse.

Y en cuanto salió del edificio, caminó, alejándose lo más que pudo hasta que un auto pasó por ella.

- ¿Un aventón?

Cuando llega a la mansión, todo estaba como lo había dejado, impecable, hombres armados alrededor, mujeres con poca ropa, hombres adinerados, y en el centro de todos ellos, su padre.

Alexey Ilich Petrov, magnate, ex agente del Spetsnaz y actual líder la Bratva.

Era un hombre atractivo, de mandíbula firme, ojos grises como el cielo tormentoso y carácter implacable.

- Ah, hija mía - dijo alegremente al ver a Alenna entrar acompañada de Igor, uno de sus hombres más fieles.

- jefe - se limitó a responder la joven, se había quitado el abrigo y el ushanka, por lo que estaba en pie frente a su padre con el vestido y los brazos llenos de sangre.

- Lo hiciste bien, doce objetivos en tres días... - continuó Alexey, levantándose de su asiento y acercándose a ella, a diferencia de sus hermanos, Alenna era pequeña, delicada y conservaba cierto aire inocente en su rostro. Pero según su padre, ella era la más letal.

La habían entrenado desde que tenía uso de razón, sometiéndola a entrenamiento digno del mismo spetnaz, con solo diecisiete años ella era una mentirosa experta, sus emociones siempre bien escondidas a menos que quisiera lo contrario. Su especialidad era la tortura, su arma favorita, las navajas.

- ¿Puedo descansar? - preguntó, incluso si odiaba a su padre por convertirla en lo que era, no podía evitar complacerlo.

Alexey la miró, reparando en la sangre en sus manos

- ¿Te hirieron? - preguntó, Alenna asintió señalando su costado, donde le habían pateado con fuerza, en su rostro pálido empezaba a notarse un moretón oscuro – Descansa, dejé un archivo en tu habitación, sales en diez horas.

Quería protestar, le tomaría más de diez horas recuperarse, pero asintió, era su trabajo y no le quedaba de ora que soportarlo. Por un segundo, cuando vio a las jovencitas que coqueteaban con sus hermanos en la fiesta, se preguntó vagamente como se sentiría preocuparse por cosas banales como el color de su lápiz labial en lugar de planificar como matar a un hombre de la manera correcta.

Fue escoltada por hombres de su padre, sus nombres eran Ivan y Diego, sus vigilantes, ella lo consideraba chistoso cuando tenía diez años, se sentía una princesa, pero ahora ella "custodiada" por ellos. Como si no hubiera tenido oportunidades de matarlos a todos.

Su habitación, que había sido la misma desde hace años, era sencilla. Una cama doble perfectamente ordenada, paredes forradas con alfombras persas para mantener el calor, dos armarios metálicos grandes. Uno para las armas y otro para sus pocas pertenencias personales. El único detalle que le daba a la habitación la idea de que alguien habitaba allí, era el pequeño librero en una esquina, tenía solo unos cuarenta libros, pero había leído cada uno de ellos varias veces.

Una vez que el cerrojo hizo clic a sus espaldas ella, sus hombros se relajaron, la mirada indiferente en su rostro se desvaneció y las lágrimas se precipitaron sobre los ojos grises, sintiéndose asqueada, se desnudó mientras daba trompicones hacia el baño que estaba ligeramente escondido en el fondo. El espejo abarcaba casi toda la pared, por lo que lo odiaba, cuando se miró, sintió nauseas.

El cabello estaba rígido y pegajoso por la sangre, su rostro aunque vagamente tenía restos de maquillaje, parecía sucio , las lágrimas dejando surcos húmedos a su paso.

Alenna era una joven hermosa, la única hija entre diecisiete varones, su cabello había sido castaño cobrizo cuando pequeña, pero con el tiempo se había oscurecido y ahora era casi negro, la piel, siempre pálida se había acostumbrado a los golpes, pero aun así los hematomas conseguían lucir terribles, sus pechos, que habían empezado a crecer a los trece años, ahora eran redondos y pesados, y su figura estaba bien definida gracias a los años de duro entrenamiento, pero eso no era lo que ella odiaba al verse.

Odiaba las marcas sobre su piel pálida, que resaltaban incluso más oscuras que los cardenales, la tinta de los tatuajes que le habían estado aplicando desde que tenía memoria. En sus dedos, habían líneas cruzadas, una por cada vida que había tomado, sus nudillos llevaban la marca de la muerte, en sus hombros, una estrella náutica que la identificaba como perteneciente a la Bratva.

En sus costillas, tenía escrita la palabra "Muerte" justo por encima de una cicatriz en forma de cuña, su espalda, marcada con el lema de su padre "muerte antes que cárcel" y un logo del spetsnaz, delatándola como asesina de policías. En sus antebrazos, serpientes gemelas, en el dorso de la mano izquierda, otra estrella náutica, una más elaborada y con el símbolo griego de Hades, los que significaba que era un alto mando en aquel lugar.

Todas esas marcas eran obligatorias, esa misma noche tendría que marcar cuatro líneas más en sus dedos, lo evitaba lo más posible, las marcas estaban empezando a quedarse sin lugar y pronto empezaría a contarlas en su cuello.

El cuello de su padre estaba lleno de esas marcas.

Temblando, se alejó del espejo y abrió el agua caliente, amando la sensación de finalmente poder sentir calor en su piel helada.

Llorando aún, se sacó la sangre seca con saña, deseando borrar de su mente los recuerdos de la noche.

Su cuerpo dolorido agradeció el baño, mientras se vestía, lista para dormir durante el mayor tiempo posible. Pero en su cama, vio la carpeta beige que seguramente contenía la información de su siguiente objetivo. Deseaba que fuera un trabajo cercano, algo sencillo y rápido, pero con su padre nuca era así, el hombre hacía tratos con hombres poderosos y ellos pagaban por tener el trabajo hecho, y ella, lo haría.

Suspirando se dejó caer en la cama, una jaqueca empezando a molestarle.

Miró el folder y lo abrió, leyendo el nombre de su próxima víctima.

Ryan Constantine - 34 años

Elisa Constantine - 29 años

Colaterales: Anna Constantine - 5 años.

Alenna se estremeció, cuando había niños involucrados se sentía extraña, pero conocía bien las consecuencias de la desobediencia. Su hermano Viktor había robado dinero y su padre le había cortado la mano izquierda con un cuchillo de cocina.

Dejó el folder a un lado y se recostó, su mente dando vueltas, imágenes de cada una de sus víctimas pasando por su mente, incluyendo los asesinatos "de práctica" como los llamaba su padre.

Ella podía matar a un hombre sin pestañear, le habían forjado un nombre en aquel mundo, la respetaban, y le tenían, pero solo por quien era su padre...en realidad todo aquel que nunca la había visto actuar, le subestimaba, era una mujer menuda en comparación con las esbeltas bellezas y putas que su padre siempre usaba de compañía, los hombres creían que un poco de fuerza bruta podría contenerla.

Pero esa fue su primera lección, usar las ventajas de tu oponente a tu favor, ella era menuda, pero rápida, y seguía un riguroso entrenamiento, por lo que había adquirido resistencia, pero siempre existía la posibilidad de que la atraparan, una mano podría fácilmente estrangularla...

Suspirando, se sentó y empezó a rebuscar entre sus cosas algo para el dolor, necesitaba dormir, y resistir la siguiente misión. Era un secuestro y tortura por lo que tendría que llevar a sus hermanos Nikolay, Jack, Dmitri, Sasha y Lion. Lo que significaba ponerse su máscara de nuevo.

Pensó en cuando tuvo que empezar a fingir indiferencia, su padre la abofeteaba cuando se dejaba llevar, el llanto era una debilidad que no se podía permitir, eran mujer, en la Bratva las mujeres tenían un rango alto si esta demostraba valerlo, y ella lo había demostrado toda su vida.

Prypiat era un lugar tranquilo, y habían llegado a su destino temprano, a las diez de la mañana, por lo que le quedaba un largo día por delante. El lado bueno de que su padre era un mafioso y de que le pagaran una moderada cuota por los asesinatos, era el dinero. Y aunque jamás lo admitiría en voz alta, Alenna era una chica de gustos caros, la mayoría de su armario era ropa de cuero negra, y en algunas ocasiones, ocupaba los recursos de la misión para ir de compras.

—¿Estás bien pollita? — preguntó en un susurro su hermano mayor, Ixander, de todos los Petrov, él y Alenna eran los únicos que se parecían entre sí por completo, pues eran hijos biológicos de padre y madre, aunque en algún punto de su infancia, la madre que veía en algunas fotos ocasionales había desaparecido.

Ixander era el único de sus hermanos que alguna vez le hacía esa pregunta, además del apodo cariñoso que le había otorgad una travesura infantil.

Una de las reglas principales era nunca dejar a los que no pertenecen a la "familia" sepan en qué piensas, pero los Petrov no eran demasiado afectuosos tampoco. Excepto por Ixander, quien, aunque había recibido el mismo entrenamiento que ella, una lesión que lo dejó por seis meses en una cama, siempre mantenía una sonrisa.

— Estoy bien, solo cansada — respondió Alenna, al igual que ella, tenía ojos gris tormenta y pestañas, el cabello de Ixander era más castaño que cobrizo, pero con la cantidad correcta de luz casi parecía pelirrojo.

Un indicio de mala suerte para todos, tal vez por eso le tenían más respeto a Ixander, tal vez serian diferentes si ella hubiera sido pelirroja, como su madre.

— Estuve hablando con padre... ¿Estás segura de que puedes con esto? Constantine es...bueno, era un viejo colega, y ya sabes lo que significa — asiento, eso significaba que le matarían, o la utilizarían para llegar a su padre, la tortura era algo que pensaba que podría soportar, no es como si no hubiera tenido que enfrentarse a las inclemencias de su padre y del clima antes, pero no era masoquista, aquel trabajo era personal para su padre, por lo que tendría que ser impecable y sin dejar cabos sueltos.

— Estaré bien — aseguró ella sacando sus lentes de sol — No es mi primera vez.

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