Capítulo 4: Eitor

—¡Olivia cálmate! —decía sin sentirme escuchado.

Debía llevarla de regreso al Hotel y aprovechar de hablar a solas con Jelena, Olivia estaba dispuesta a interferir y yo a evitar abrir ese sobre y leer su contenido delante de ella. La mujer es impredecible. Aún lamentando el estado en el que estaba debía dejarla sola en el hotel.

—¡Quizás si bebe un poco de agua! —dijo Jelena ofreciendo un vaso con agua.

—¡Gracias! Necesito hablar contigo. La llevaré de regreso al hotel y podremos encontrarnos de nuevo. ¿Estás de acuerdo? —pedí.

—¡Si, por mí está bien! —contestó la muchacha con algo de indiferencia.

Olivia lloraba desconsolada. Jelena actuaba como si no entendía nada o no le importaba, o como si nos nos creyera. Olivia no había derramado una lágrima en público desde la muerte de su padre, en el velatorio lucía como si estuviese atendiendo una  fiesta y ahora, lloraba como niña.

Se dio cuenta como yo, Jeremías veía a Jelena, quién sabe por qué le diría que él se llamaba Nathaniel, pero a quien describía Jelena era definitivamente a Jeremías. Nathaniel con 43 años y yo con 32 me veía mayor  que él, salvo que Nathaniel era muy formal es sus maneras.

—¿Volverás acá? —preguntó la chica, mientras yo trataba de calmar a Olivia.

—¡Si no te molesta! —dije.

—¡Bien! —respondió.

—¡Vamos al hotel! —pidió Olivia.

No me habló en todo el camino, se veía triste y lloraba de vez en cuando, creo que lloraba todo, el descubrimiento de su hermana, la muerte de su padre y el descubrimiento de que su padre visitaba a su hermana, y era ese socio de quién hablaba Jelena.

"Yo tengo la mayoría, así que yo tengo el control" esa era una frase de Jeremías.

Para mi mayor tranquilidad, ella no puso oposición en quedarse en su habitación sola, ella no era de esas mujeres que quieren compañía, que necesitan ser consoladas. Ella es fuerte.

—¡Llámame por cualquier cosa! —le dije.

Ella asintió débilmente y me hizo un gesto con la mano para que me fuera. Tampoco le gustaba que la vieran en sus momentos de debilidad. La conocía más de lo que ella creía. Y la noche anterior la conocí aún más. Por fin pude meter mis carnes entre las suyas. Esa mujer es puro fuego.

Regresaría para la hora del almuerzo con Jelena. La chica posee un físico de no creerse, hermosa, ojazos, cuerpazo, surfista, una nena muy linda pero no sé veía nada tonta, muy segura de ella como si fuera una Van de Venter, lo era, pero ella no lo sabía.

Llegué de nuevo al local que poseía, no tan modesto observé luego, también era dueña del local adjunto que alquilaba lanchas y tablas para surfistas, distribuía el licor para otros locales y tenía un restaurante, con mesas cómodas en un área techada de la playa, la vista era hermosa. Allí comeríamos.

—¡Señor! Lena pide que lo espere, está por venir —dijo el rubio de rulos como si quisiera contarme más —¡Apareció Tito! Su novio, le debe estar dando de golpes, por vago.

—¿Apareció? —pregunté confundido.

—¡Se fue anoche y que a visitar a un amigo y ¡Zas! Se perdió, no le llegó a la casa a Lena, hoy fue que se apareció.

—¡Parece un tonto! —observé.

—¡Lo es! —confirmó el muchacho.

Lena era físicamente perfecta, hermosa más allá de lo común, a pesar de parecía que ella se autoimponía esa apariencia de hippie playera o de surfista dorada, era hermosa, no elegante y fina como Olivia, pero era hermosa.

—¡Aquí está el menú! Puede ir escogiendo lo que quiera comer —me dijo el muchacho que se veía amable pero algo tonto.

—¡Gracias! Solo beberé algo, no me apetece comer —le informé.

—¡Me rechazó las bebidas antes y ahora la comida! Lena sentirá desconfianza de usted si no come aquí, si no consume nada de aquí.

—¡Bien! Gracias por el dato, tráeme pan tostado y mermelada de piña y  mantequilla, y un agua gasificada —le pedí.

El muchacho rió a carcajadas hasta doblarse, exagero un poco su risa para hacerlo, negó con la cabeza.

—¿Qué es eso? Es hora de almuerzo, pida algo del mar, ande, ande ande…

—¡Soy alérgico! —mentí—. Por favor, trae a Jelena.

El muchacho comenzaba a irritarme, no me apetecía comer nada de ese lugar, ni beber nada. Parecía de esos lugares donde no limpiaban los cubiertos ni los vasos.

El rubiecito se fue y por fin me dejó en paz, había poca gente en las mesas, todos estaban comiendo en la arena junto al mar. Se acercó Jelena. Me levanté, tenía la cara y los ojos rojos, llevaba el mismo vestido de más temprano ese día.

—¡Hola! ¿Todo bien? —pregunté con cortesía. Asumí que había terminado con el novio o algo así.

—¡Murió Nathaniel! Ya no tengo abogado, el hombre que me atendió su teléfono me dijo que tenía instrucciones claras para mí para cuando eso ocurriera y yo llamara —dijo aún entre sollozos. ¿Lo quería?

—¡Lo siento mucho! ¿Eran cercanos?

—Me enseñó mucho, era mi socio —dijo llorando, se colocó las manos entre el rostro.

Al menos no le importará que no ordené comida. Pensé.

—¡Jelena! Necesito que mires unas fotos y me digas si este es tu Nathaniel —le mostré en el teléfono las fotos de Jeremías, unas de internet donde se daba la noticia de su fallecimiento.

Ella abrió los ojos como platos y exclamó.

—¡Sí! Es él ¿Por qué sale en el periódico?

—¡Su verdadero nombre es Jeremías Van de Venter. Léelo allí, revísalo en tu móvil.

Ella enseguida sacó su móvil. Era desconfiada. Busco y al cabo de un rato me miró calmada pero salían lágrimas de sus ojos azules.

—¿Por qué me mintió? —preguntó.

—¡Era tu padre! No te lo quiso decir, quién sabe por qué pero te ayudó y compartió contigo.

Llegó el chico con las cosas que le pedí, me sonrió con amabilidad. Le devolví la sonrisa esperando que se fuera rápido.

—¿Mi padre? Nunca me hablaron de él.

—¿Y tu madre? —pregunté.

—¡No quiero hablar de eso! Esa mujer elegante, es mi hermana, ¿En serio lo es? Bueno pero igual quiero pruebas de ADN, todo eso de sangre y todo, porque sí, él era socio conmigo pero su nombre no era real, entonces no me puede quitar nada, la mayoría de esto es mío —dijo atropellando las palabras.

Reí. Reí mucho, esa pobre diabla pensaba que estábamos allí para que Olivia reclamara algo de esa pocilga. ¡Por Dios!

—¡Los McNamara se darán banquete con esta —pensé para mí.

—¡Descuida! Jeremías tenía mucho más que todo esto, y parte te la dejo a tí. Debes acompañarme al Banco Nacional  a retirar un sobre que tú padre envío para que custodiaran allí, debes conocer las condiciones que el impuso para que accedieras a la herencia.

—¡Ah ya se! No me quieres estafar, me quieres violar, o secuestrarme y venderme como prostituta, yo no soy tonta, no me iré contigo sola, para eso fue el teatro que monto tu amiga, para irse y que tú te aprovecharás de mí, enfermo, vi cómo me mirabas —dijo a toda velocidad —¡Buzo! ¡Buzo! Llama a Gaviota.

Mire en dirección del rubio que puso cara de nervios y salió corriendo. No daba crédito. Jeremías las concibió bien buenas pero locas, las dos, ¡Que maldita loca era esta!

—¡Mira niña! No te estaba mirando de ninguna forma lasciva, andabas desnuda por todo esto, estaba sorprendido por tu descaro y tú falta de clase, no te quiero violar, no te tocaría jamás,  eres…—preferí callarme.

Ella me veía sorprendida. Estaba roja de la rabia.

—¿Soy qué? ¿Fea? Fea no soy, soy bella —dijo como una niña.

—¡Y mentirosa! Esos torneos de surf ¡Por Dios! Yo no sé nada de eso y sé que no hubo tantos en esos tiempos marcados allí y menos en este pueblo olvidado de Dios. Mentirosa y engreída —le grité.

Ella se levantó y me comenzó a correr.

—¡Lárgate! Violador, estafador —gritaba y ya la gente nos veía.

Se acercó un Rubio alto con la cabeza rapada, y músculos como rocas, parecía una nevera gigante.

—¡Disculpa! Al final eres una cliente de mi cliente, estoy aquí para cumplir la última voluntad de Jeremías Van de Venter y no debí decir nada de eso, lo siento —dije rápido antes de que todo escalara más y la mole me golpeara.

—¿Te disculpas? Está bien. Lo acepto. Y nadie, nadie cuestiona mis trofeos, no son de aquí son de otros lugares.

—¡Buenísimo! Bien por ti, podemos ir con Buzo y este señor, así te aseguras de que no te quiero violar —dije.

—¡Esta bien! Gaviota y Buzo irán con nosotros —dijo la loca.

Nos pusimos en marcha, la loquita mentirosa que se inventa los torneos de surf insistió en que la mole de músculos, conocido como Gaviota, y Buzo nos acompañara. Accedí, por supuesto. Ante el ambiente tan tenso, me pareció entonces que Buzo era mi único y mejor amigo. Acepté su charla boba todo el camino.

Después de la escena, cambie de parecer.

—¡Olivia y Jelena se darían banquete con los McNamara. Debía escoger bien el bando. Pensé.

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