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CAPITULO 3

LUCIANA

Aunque Yuri tenía razón, me costaba culpar a mis padres por el curso que había terminado tomando mi vida.

Cuando se enteraron de mi amorío con Julián, como era de suponerse, se mostraron espantados.                                       Ni siquiera lo quisieron conocer y no tardaron en empezar a aparecer los primeros problemas financieros, como por arte de magia.

La empresa no había conseguido prosperar con el tiempo y el banco comenzó a presionar a mi padre para que se pusiera al día con la deuda de la hipoteca.

Yuri se encontraba lejos, viviendo despreocupado la buena vida a la que estaba acostumbrado, así que mi padre, desahuciado, me confesó todos los problemas por los que estaba atravesando y me convenció de que un extranjero sin dinero, no era el candidato más adecuado para mí.

Mis padres ya tenían suficientes problemas con la empresa, como para que yo les diera otro más al salir con un tipo que según ellos, solo estaba interesado en mi dinero.

En aquel entonces, Owen acababa de heredar una gran fortuna con la muerte de sus padres y demostró su interés en unirse a la compañía familiar.

—¿Acaso no estaban saliendo? —dijo mi padre cuando sugirió mi matrimonio con él—. Owen es casi otro miembro más de la familia; es el candidato más adecuado para ti.

Me había quedado sin palabras al ver cómo mi propia vida se organizaba sin que pudiera decir nada al respecto.

Era verdad que conocía a Owen desde hacía mucho tiempo y también que habíamos salido. Sin embargo, siempre supe que no era un hombre adecuado para mí y había roto con él mucho antes de conocer a Julián e iniciar mi romance con ese italiano.

No obstante, cuando me negué a casarme con Owen por conveniencia, mi padre se había echado a llorar y eso terminó de convencerme porque nunca lo había visto de aquella manera.

Aquella situación me había hecho sentir desgarrada por dentro. Tenía que elegir entre el amor que sentía por Julián y el deber como hija de mis padres.

Owen iba a aportar dinero en la empresa familiar, ocuparía un lugar en la junta directiva  y yo debería pagarle, casándome con él.

Me había sentido horrorizada porque prácticamente me estaban vendiendo a él, pero al ver lo preocupados que estaban mis padres y la vergüenza que sentían al saberse pronto en bancarrota, supe que no podía hacer otra cosa más que casarme con él.

Sin embargo, sentí mucha vergüenza cuando Owen afirmó que sabía de la situación en la que estaba mi familia y que estaba dispuesto a hacer lo correcto; que estaba enamorado de mí y que al casarnos él estaría conmigo y yo salvaría a la empresa de mi padre.

Fue cuando sentí que no tenía salida y decidí escoger a mi familia por encima del profundo sentimiento que sentía por Julián.

Oí a Yuri carraspear y volví al presente.

—Mañana volveré a ir al banco y buscaré otra inmobiliaria que nos ayude a vender la casa a un buen precio.

—¿De nuevo? —preguntó con sarcasmo mientras se servía una copa de vino y la terminaba de un solo trago—. ¿Por qué no quieres aceptar que si no recurrimos a Julián Ricci, estaremos endeudados el resto de nuestras vidas? —increpó sobrepasado—. La compañía solo genera deudas y vender la casa al precio que deseas, es imposible. Se está cayendo a pedazos y ni siquiera podemos repararla para poder venderla a un precio decente. El banco terminará quitándonosla para cobrarse lo que debemos y los dos nos quedaremos sin un lugar en el que vivir.

»¡Ni siquiera tenemos otro sitio en el que vivir!

 Tú dejaste la universidad y te mudaste a casa de Owen de la que ya dispuso el banco; y yo no tengo otro sitio aparte de Moscú, pero no puedo regresar sin que resolvamos el asunto de la empresa.

La voz de mi hermano había adquirido un timbre amargo y sentí pena por él.

—Tu ex está dispuesto a escuchar lo que tengamos que decirle.

—Julián nunca me ayudaría, Yuri. Entiéndelo, por favor.

—¿Y cómo lo sabes? —replicó mientras se servía otra copa y me observaba con expresión desafiante.

—Porque lo conozco.

—Pues ahí es donde te equivocas, Luciana.

—¿Qué quieres decir? ¿De qué estás hablando? ¿Y crees que deberías tomar otra copa tan temprano?

—Dejaré de beber cuando todo este asunto se resuelva y pueda tener la tranquilidad de saber que no tendré que pedir limosna.

Suspiré cansina y negué con la cabeza.

—¿Qué dijo Julián, para que confíes tanto en él? —cambié de tema.

—Me dijo que quiere verse contigo, Luci.

—¿Por qué? —inquirí consternada.

—Porque está dispuesto a ayudarnos, siempre y cuando seas tú quien negocie con él.

—Pues eso no va a pasar, Yuri.

—¡¿Entonces prefieres vernos a los dos en la quiebra por no querer tener una conversación con un antiguo novio?! —dijo disgustado, frotándose la cabeza—. ¡No lo puedo creer!

—No vamos a terminar en la quiebra, Yuri. No seas pesimista.

—Pues te aseguro que no nos falta mucho para que nos quedemos sin nada.

—Te prometo que mañana iré al banco y haré todo lo posible por conseguir un préstamo.

—Sabes perfectamente al igual que yo, que no te darán el bendito préstamo. ¡Por qué sigues en negación con nuestra situación!

–¡Basta ya! —bramé sobrepasada por la presión.

Nunca había querido evitar la realidad, pero, en aquellos momentos, quería que pasara a un segundo plano todo el asunto de la empresa.

Más aun cuando Yuri, lo único que veía era a un ex novio que tenía mucho dinero y que podría estar dispuesto a ayudarnos prestándonos una cantidad a un interés razonable por los tiempos de nuestro amorío.

—Le prometí que mañana lo irías a ver —dijo Yuri, mientras extendía sobre la mesada del desayunador un papel con la dirección y su número de móvil apuntados.

De solo leer aquellas dos líneas que me volverían a conectar con mi pasado, la respiración se me dificultó y los latidos en mi pecho se aceleraron con fuerza.

—No puedo obligarte a ir, Luci, pero si decides verlo, te estará esperando en su oficina.

Diciendo aquello, Yuri se puso de pie y se marchó, dejándome sola en la cocina.

Suspiré y me recosté sobre la mesada con los ojos cerrados.

No tenía elección y en realidad, Yuri tenía razón. Al ritmo que iban las cosas, no tardaríamos mucho en perderlo todo.

Tal vez, Julián ya habría olvidado cómo habían terminado las cosas entre nosotros. Quizás también, su carácter ha mejorado con los años y pudiéramos hacer simplemente negocios con un préstamo a bajo interés por el breve pasado que compartimos.

Bufé, poniéndome de pie mientras rogaba internamente porque de verdad hubiera olvidado nuestro desastroso pasado, porque ya me quedaba claro que no tenía opción.

Sencillamente, tendría que ir a ver a Julián Ricci.

***

Con una indescriptible ansiedad, contemplé el edificio que había al otro lado de la concurrida avenida.

Se trataba de un altísimo edificio con paredes de cristal, debajo del cual la multitud de gente pasaba por mi lado frenéticamente para recordarme por qué odiaba el ritmo de aquella gran ciudad y por qué vivía a las afueras de Londres, lejos del tumulto, en una mansión que se estaba desmoronando.

Eso en sí mismo me recordó por qué estaba allí. Debía ver a Julián para tratar de conseguir un préstamo que pudiera sacarme de la situación en la que me encontraba y para que Yuri y yo pudiéramos tener algo parecido a una vida sin preocupaciones.

Suspiré hondo cruzando la calle hasta llegar a la enorme puerta giratoria por la que debía entrar, diciéndome a mí misma que tenía que apartar el terror que me atenazaba e ir a buscar lo que esperaba conseguir.

Tenía que recordar que aquello no era una visita que le realizaba a un viejo amigo y que solo se trataba de una reunión de negocios.

Prefería considerarlo así porque de ese modo únicamente podía apartar la aterradora parte personal de aquella reunión.

Del mismo modo, intenté borrar los rasgos de su imponente y perfecto rostro, reemplazándolo con la cara del director del último banco que había visitado banco: un hombre gordo, petiso y calvo.

Sonreí imaginando a Julián así. Quien sabe y tal vez lo estaba.

Me anuncié en recepción y mientras la mujer que me atendió se comunicaba por teléfono, miré mi aspecto en la pared de cristal.

Había tratado de vestir lo adecuado por lo que llevaba puesto una falda gris por debajo de las rodillas, una blusa negra y unos zapatos planos del mismo color. Me recogí el cabello en una coleta baja y me maquillé apenas con un poco de rímel, un brillo de labios muy natural y un rubor bastante ligero.

No estaba yendo a verlo para causarle una buena impresión con mi imagen, sino porque no encontraba otra solución rápida a mi desafortunada situación y además, prefería no pensar en nuestro amorío pasado para no hacer pedazos la vidriosa seguridad que tenía en mí misma y la cual sabía necesitaría para sobrellevar aquella reunión.

En lo que duraba la llamada de la mujer que me veía con desdén, di vuelta la cabeza para encontrarme con la antesala más impresionante que había visto en toda su vida y comencé a creer que Yuri no se había equivocado al decir que Julián era muy rico, porque una persona tendría que tener mucho dinero a su disposición para poder permitirse asentar sus oficinas en un edificio como aquel.

Suspiré pensando en cómo y cuándo Julián se había convertido en el hombre poderoso que era hoy, porque cuando lo conocí hace siete años, no tenía ni dónde caerse muerto.

Sí. Era verdad que siempre había tenido mucha ambición, pero en aquella época de nuestras vidas, su pretensión aún no había comenzado a transformarse en dinero.

Por aquel entonces, trabajaba en un gimnasio para conseguir un poco más de dinero y si no hubiera sabido de primera mano que era un estudiante de primera clase, habría pensado que se trataba de un simple entrenador y de su pasado solo sabía que sus padres no tenían mucho dinero y que vivían en Roma.

Cuando lo veía en el gimnasio entrenando, con apenas una camiseta que se adhería a su cuerpo musculoso, me preguntaba si habría participado en muchas peleas en las calles de Roma.

Era increíble que de ayudar a unos estudiantes a golpear un saco de box por unos euros, hubiera sido capaz de llegar a poseer una de las oficinas más caras, sin dudas, de todo el país.

Bufé y levanté la cara, para tratar de borrar aquel temor que comenzaba a acobardarme.

—El señor Ricci la espera —me indicó el elevador privado que llevaba al despacho de Julián—. Debe ir hasta el piso veinte. Generalmente alguien la acompañaría, pero el señor Ricci ordenó que fuera sola. Supongo que lo conoce bien para que le conceda esa licencia —dijo la recepcionista con curiosidad y envidia en su tono de voz.

 —Supone bien —repliqué mordaz, dirigiéndome al elevador y marcando el piso veinte.

Mientras aquel elegante cubículo de metal subía, sentí un enorme nudo en la garganta, como si algo me dijera que me estaba metiendo en la mismísima boca del diablo.

Cuando las puertas se abrieron, tomé una gran bocanada de aire y caminé con una seguridad camuflada, dispuesta a enfrentar mi pasado y al hombre al que sin dudas, había marcado hirientemente con mi abandono.

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