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CAPITULO 4

JULIAN

—Dile a la señorita Ivanov que suba sola —ordené a la recepcionista y colgué la llamada.

En toda mi vida, nunca había sido propenso a sentirme nervioso, pero, en aquellos momentos, debía admitir que sentía una ligera presión en el pecho ante la perspectiva de volver a verla.

Después de la visita de su hermano, supe con total certeza que volvería a verla; tan certeramente como que después de la mañana viene la tarde y luego la noche, ya que, en lo que respectaba al dinero, el orgullo de una persona era lo primero en sacrificarse y los hermanos Ivanov necesitaban mucho dinero.

Estaban desesperados; mucho más de lo que Yuri Ivanov había demostrado.

En cuanto él se marchó de mi despacho, comencé a investigar su situación y descubrí que era insostenible. Les faltaban como mucho, de seis a nueve

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