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La sangre de mi sangre

Luego de aquel día, Emanuel se comportaba diferente, se levantaba y seguía su rutina de colaborar en la casa, luego comíamos, pero hasta cuando masticaba era diferente, yo no quise tocarle el tema por temor de que insistiera en visitar al abuelo.

Ciertamente Diego era contador, se había  graduado allá de una manera veloz, hasta para no creerlo, pero lo más increíble era la profundidad en la mirada de Emanuel.

-¿Papá vendrá mañana? –Me preguntó mirándome a los ojos mientras mordía un jamón enrollado en su mano.

-Creo que sí, va a sorprenderse de ver a Diego.

-See.-Fue un sonido muy feo

-¿Qué te pasa con tu hermano Emanuel?

-A mi nada.-Movía la cabeza y hombros.

-Entonces que de tu grito.

-Nada, nada María. Tengo que irme.-Se levantó.-Y espero que no le cuentes a papá

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