El soltero menos codiciado
El soltero menos codiciado
Author: Leonel Sarpa
Capítulo 1

María Inés Montalvo llegó a la casa como todas las tardes, rayando la noche y con más deseos de acostarse a descansar que ponerse a realizar las tareas que tenía asignadas dentro de la familia, para que todo marchara correctamente sin que el trabajo del hogar recayera más en un miembro que en otro.

Abrió la puerta y se encaminó directamente al cuarto del hermano menor. Raulito apenas tenía nueve, pero era el más inteligente de todos según los tíos, aunque solo lo veían diez o doce días al año. Inés no sabía bien por qué decían eso, pero sospechaba que era debido a que era el único varón que tuvo su querido hermano, desaparecido en los laberintos de Nueva York hacía ya una década, cuando aún Raulito estaba en el vientre de su mamá.

Solo tuvo que empujar la puerta, pues nunca la cerraba por dentro.

—Ya llegué.

—Sí mamá, ahora voy —fue la respuesta de su hermano, que ni siquiera apartó la vista del televisor ni soltó los mandos de la consola de juego.

María hizo una mueca y siguió hacia el otro cuarto. Empujó la puerta, pero dio unos toques al comprobar que estaba cerrada.

—¿Quién es? —se escuchó desde el interior.

—¡El F.B.I.!, ¿quién más podría ser?

—¡Querrás decir la Interpol, el F.B.I. no tiene jurisdicción aquí!

—O.K. chica lista. La Interpol se va a bañar. Voy a pedir pizza, no tengo ganas de cocinar, ¿de acuerdo?

—¡¿Otra vez?! En cualquier momento aprendo a hablar italiano.

—Si quieres pido comida china.

La respuesta se demoró unos segundos y cuando la dieron, tenía cierto aire de conformismo.

—Mejor pizza, el cantonés es muy difícil de aprender, ¿qué quiso Raulito?

—Le da lo mismo, siempre que se pueda comer con una mano para poder seguir jugando con la otra.

La conversación a través de la puerta terminó y María fue a bañarse después de pedir la pizza por teléfono. Se desnudó con prisa y se metió bajo el agua tibia. Desamarró su negra cabellera y desenredó la trenza que siempre llevaba en el trabajo. Le dolían un poco los pies, pero luego se encargaría de eso, primero era lavarse el cabello. Por un momento su mente viajó sin quererlo ella hasta su infancia, en su país de origen, cuando su mamá le lavaba la cabeza en el fregadero de la cocina y lo que se divertía lanzando espuma a diestra y siniestra, provocando el regaño y la risa de su padre. Ahora había crecido y, aunque mantenía la lozanía y el buen humor de su niñez, las obligaciones y responsabilidades le impedían reír tan a menudo como quisiera. Terminó el baño justo cuando tocaban a la puerta. Todavía envuelta en la bata y con el pelo recogido en un moño que dejaba escapar algunos mechones mojados que se pegaban a su piel, abrió la puerta.

El chico de las pizzas se quedó con la boca abierta sin poder decir nada. Solo admiraba de arriba abajo la belleza latina que había abierto la puerta.

—Se te va a enfriar la pizza…y los dientes —dijo ella con una sonrisa a medias que por poco tumba de espaldas al chico.

—¡Perdón! Es que estaba mirando…digo, pensando… ¡No! Estaba esperando el dinero. ¡Claro, que si no tiene no importa…!

—No te preocupes, aquí está el dinero.

Visiblemente avergonzado, el chico entregó la caja y tomó el dinero.

—Gracias —dijo ella y cerró la puerta sin darle tiempo al mensajero a responder. Al voltearse casi tropieza con la hermana, que estaba justo detrás de ella.

—¡Rebeca! Casi me haces caer. ¿Qué miras con esa cara?

—Nada, que cada vez que recibes a un mensajero en bata de baño, se quedan tontos mirándote, como si nunca hubiesen visto una mujer mojada.

—¡No seas exagerada, solo son niñatos! Seguro que después de unos minutos ni se acuerdan de mí.

María llevó la caja de pizzas a la mesa, escoltada por su hermana que se sentó a su lado y esperó con ansias a que le dieran su porción.

—¿Te lavaste las manos?

—¡Claro! No soy una niña.

—¿No, y qué cosa eres?

—Ya tengo dieciséis, con dos más podría entrar al sorteo de tu jefe.

—¿Al sorteo de mi jefe.? ¿De qué estás hablando? —preguntó María, dejando la cuña de pizza a medio camino entre la caja y la boca.

Rebeca la miró como si hubiese acabado de salir de un platillo volador y con los ojos como platos le dijo:

—¿De verdad que no sabes nada del sorteo de tu jefe?

Después de recibir como respuesta un encogimiento de hombros y una cara de sorpresa, Rebeca salió disparada hacia su cuarto y regreso a los pocos segundos con una revista entre sus manos. La puso sobre la mesa, frente a su hermana y la hojeó un par de veces hasta llegar a la página que buscaba. En grandes letras rojas sobre una foto de su jefe jugando al golf, se podía leer a todo lo ancho de la página un encabezado entre signos de exclamación.

“—El soltero más codiciado de Londres decide casarse —María miró sorprendida a su hermana que le sonreía mientras comía su pizza y siguió leyendo el cuerpo del artículo—. El ex jugador de futbol y empresario, Raymond Dallas, ha decidido casarse y, como todo lo que hace, será extravagante y diferente a los demás. A veces nos preguntamos si se pasa todo el día pensando cómo llamar más la atención de los medios. Lo cierto es que las redes sociales han explotado con la declaración del modelo de cuarenta años, que efectuará un sorteo con mil mujeres de entre dieciocho y treinta años que deseen ser su esposa”. Pero… ¿qué demonios?

—¡Sigue leyendo, sigue leyendo! —saltó la hermana entusiasmada con ser la portadora de la última noticia.

“—Las mujeres —prosiguió María—, deberán m****r su foto de cuerpo entero y una síntesis sobre sus gustos en ropa, deportes, comida, películas y perfumes. De ellas serán escogidas siete (como el número que solía usar cuando jugaba) que se les dará la oportunidad de salir con él durante un mes, después del cual hará un corte para dejar a tres finalistas de la que saldrá su esposa, luego de salir otro mes con ellas”.

—¡No puedo creer hasta dónde ha llegado el imbécil! Y lo peor es que seguramente le llueven las ofertas con la cantidad de sesos huecos que hay por ahí.

María estaba visiblemente ofendida por lo que estaba leyendo, tanto que olvidó seguir comiendo y, revista en mano, siguió leyendo para sí el resto de la noticia mientras iba a la cocina a servirse un poco de agua. La hermana quedó satisfecha de su rol y continuó con su pizza como si no hubiese un mañana, pues sabía que después de que le dijera lo que había hecho, no podría salir más del cuarto al menos por una semana, pero eso no le importaba en lo más mínimo con tal de conseguir lo que quería. Al cabo de unos minutos, María regresó a la mesa y puso la revista sobre la misma con el desprecio y la frustración dibujados en su rostro.

—Si todo el mundo le conociera como yo, seguramente casi nadie se presentaría para esa payasada, porque eso es lo que es, una payasada —María hablaba consigo misma, sin mirar a su hermana que la observaba, esperando el mejor momento para soltar la bomba que guardaba para el final—, mira que buscar mujer al estilo de un “reality show”, como si las mujeres no tuviesen dignidad ni amor propio. ¿Viste lo que desea saber el señorito? Los gustos en ropa, películas y no sé qué otra banalidad. Es un estúpido superficial machista, engreído y narcisista…

—Te apunté para el sorteo y te escogieron entre las siete.

—¡Así mismo es, me alegro que pienses de esa forma! —dijo María caminando hacia su cuarto con una porción de pizza en la mano. De repente se quedó congelada mientras su mente terminaba de procesar lo que su hermana había dicho. Se volteó igual que un robot hasta que sus ojos, sumamente abiertos, clavaron la mirada en los de su queridísima hermanita, quien ahora le parecía un insecto más asqueroso que el de Kafka —. ¿Qué fue lo que dijiste, Rebeca?

Rebeca ya había tomado sus precauciones, poniéndose detrás de la mesa y usándola como escudo contra su hermana. No era la primera vez que lo hacía y siempre le había dado resultado, pero en esta ocasión dudaba seriamente que solo la mesa y las sillas bastaran para detener al monstruo que se le venía encima. Dieron una vuelta completa mirándose fijamente, tratando de adivinar el próximo movimiento de su rival para cazarlo o librarse, según fuera el caso. En un segundo María se abalanzó por encima de la mesa y Rebeca, con la habilidad de su juventud, la esquivó en el último momento y corrió hacia su cuarto como si la persiguieran los demonios malditos del infierno. Llegó con tiempo para cerrar la puerta y asegurarla por dentro. María quedó afuera, golpeando la madera con los puños cerrados y dando alaridos como una loca que llevan al manicomio.

Una hora después de cruentas negociaciones, alrededor de la misma mesa que sirvió de escudo a Rebeca, la madre hacía las funciones de árbitro entre las hermanas. Llegó en el mejor momento, cuando María casi derriba la puerta para cocinar viva a la traidora y luego de hacer valer su condición de matriarca, las logró convencer para que se sentaran y trataran de resolver las cosas como familia, sin que hubiese que lamentar pérdidas colaterales de vidas humanas.

—A ver —comenzó la madre—, explícame, Rebeca, qué hiciste para que tu hermana quisiera matarte con el cuchillo de la cocina —dijo, callando con una mirada a María, que ya iba a protestar.

—¡Nada, mamá! Solo inscribí a María en una especie de concurso.

A pesar de su tez, levemente oscura, María cambiaba de color como un camaleón. El humo se veía salir por las orejas mientras asesinaba a su hermana con los ojos.

—¿En qué consiste ese concurso, Rebeca? Y quiero respuestas directas, que te conozco bien y sabes hablar mucho sin decir nada, recuerda que te tuve nueve meses dentro de mí.

La joven miró fijamente el mantel dibujado que cubría la mesa y quedó pensativa unos instantes con la mirada clavada en los arabescos del dibujo y sin levantar los ojos comenzó a hablar.

—En una revista salió el jefe de mi hermana, haciendo un sorteo para casarse con la que ganara y yo la inscribí sin pensarlo mucho, pero dio la casualidad que la escogieron y ahora tiene que ser parte del show. Te juro que no lo hice con malas intenciones ni pensé que se molestara tanto.

—Pues si eso es todo, no veo el motivo de tanta pelea. Ahora mismo la sacas del dichoso concurso y todo resuelto, ¿no?

Al ver que su hija no cambiaba la expresión de culpa de su rostro, la madre adivinó que faltaba algo más por decir.

—¿Hay algún problema con eso, Rebeca?

—No se puede —dijo tragando en seco—. Ya  pagaron los cinco mil dólares por estar entre las escogidas.

—¡Qué! —explotó María sin poder contenerse más tiempo—. ¡Ahora mismo devuelves ese dinero y les escribes disculpándote por lo que hiciste o te juro que…!

—¡Nadie jure más nada, que esto no es una iglesia! Rebeca, ¿por qué no se puede devolver el dinero?

—Las condiciones decían que si participaba y luego se arrepentía, tendría que pagar el doble del dinero para salirse. Además…ya gasté quinientos dólares.

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