CAPITULO IV UNOS LLEGAN OTROS SE VAN… PERO DEJAN EL LEGADO.  

Un nuevo miembro en la familia Calderón, al cual decidieron ponerle el nombre de Marco. Y apenas que él nació comenzaron a efectuarse grandes cambios en el mundo que lo rodeaba, pero mientras tanto no le faltó ni el afecto y ni cariño de sus padres y abuelos. Marco era el consentido de toda la familia, pero en especial de Don Rodrigo, cualquier cosa que hacía Marco era bienvenida y festejada por Don Rodrigo.

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Después de que Marco cumplió los dos años, Don Rodrigo se sintió cansado y sin fuerzas para seguir en el negocio del Ganado, así que  le propuso a su hermano vender el ganado que tenían y cerrar la hacienda, ya que ninguno de los hijos de los dos hermanos Calderón tenía el mínimo interés de hacerse cargo del negocio, y  no era justo que los dos viejos siguieran trabajando tan fuertemente sin tener un descanso en medio de su vejez. De esta forma decidieron vender todo su ganado y dividir el capital en partes iguales para luego distribuírselo entre cada familia. Esta fue una época de pleno apogeo, la plata que se logró con la venta del ganado, abasteció a los Calderón de mucho lujo y muchas comodidades por un buen tiempo. Era la edad de oro de la familia Calderón, todo era abundancia y comodidad. Los hermanos Calderón consideraron toda una suerte el haber encontrado un buen comprador para su ganado en una época en que el sector agropecuario de todo el país se sentía golpeado económicamente por la baja inexplicable de los productos primarios, el alza desproporcionado de los productos manufacturados y el alza en la prestación de los nuevos servicios públicos que se prestaban, lo cual estaba ocasionando gran malestar porque los nuevos cambios estaban en desacorde con la economía de los ciudadanos. Por otro lado el costo de vida había subido demasiado con respecto a otros años, en  fin, el Neoliberalismo estaba entrando con fuerza en esa época y había conseguido destruir la tranquilidad económica de toda la población Colombiana. Todos estos  aspectos eran los que esperaban a Marco en su edad adulta pero más agravados y magnificados. En sí se avecinaban tiempos difíciles en medio de esa apacible calma y prosperidad.

Joaquín seguía trabajando sin dejar de disfrutar las comodidades que le brindaba la fortuna “líquida” de su padre. Mientras que la fortuna perduró, Joaquín estuvo muy pendiente de no malgastarla, pero tampoco dejaba pasar la oportunidad para aprovechar el momento de buena cosecha, dándose ciertos lujos como el de viajar y conocer junto a su esposa, su hijo, su padre y hasta con sus suegros, otras ciudades del país. Pero a pesar de esto,  Joaquín siempre decía que había que guardar para los malos momentos, por tal motivo, Joaquín junto con su padre administraba tan bien el dinero que ni lo derrochaban, ni lo almacenaban ociosamente. Además con su trabajo de odontólogo Joaquín logró mantener la fortuna casi que intacta y efectiva para cualquier inversión libre o cualquier gasto en el hogar. Cristina se dedicaba casi que exclusivamente a la crianza de su hijo, porque ella decía que una sirvienta no era nunca el mejor ejemplo para los hijos. Y esto se debe a que su madre siempre le inculcó que: “madre no es solamente la que trae a un hijo a la vida, sino la que lo cría y lo ve crecer”. Don Francisco y Doña Sofía se amañaron en La Samaria. Don Francisco ponía tanto su cuota personal, como su cuota material, aportándole a toda la familia lo que pudiese, aunque era en ciertos momentos bastante reservado, procuraba ayudar en lo que podía, además le servia de compañía a Don Rodrigo en sus tiempos de nostalgia, y en los eternos juegos de dominó en el patio –formaban un dúo casi que invencible-. Doña Sofía era el alma del hogar, era ella y Don Rodrigo los típicos abuelos consentidores de Marco, ya que a Don Francisco le costaba  más trabajo ese aspecto, porque se convirtió en un tipo seco, pero a pesar de esto, siempre le dio mucho cariño a su nieto.

 Mientras que por un lado todo era equilibrado, por el otro lado -el lado de Don Cesar-, las cosas fueron totalmente desmedidas, Manuel dejó de trabajar, abandonó el negocio y se dedicó a vivir una buena vida, junto con su esposa. Sus hermanos por su parte abandonaron sus estudios e hicieron casi lo mismo, pero con la diferencia de que Jacobo volvió a estudiar después de un tiempo, y terminó su carrera como profesional. De este lado de la familia la plata salía a chorros y no entraba por ningún lado. Don Cesar y su esposa se dieron sus gustos y a veces acompañaban a la familia de Don Rodrigo en algunos viajes, claro que siempre por cuenta del mismo Don Cesar.

-Mientras tanto, el país seguía cambiando, la violencia se tomaba poco a poco el campo y la droga comenzaba a ser la base de la economía del país-.

El ambiente en el hogar para el pequeño Marco era el ideal para cualquier niño de su edad, a cualquiera que él se le acercara hacía un esfuerzo personal y le dedicaba un buen rato para hablar con él, para jugar, para contarle historias, entre otras cosas. La mayor parte del tiempo, Marco la pasaba junto a su madre, pero disfrutaba mucho del cariño que le brindaba su abuela, y de la diversión de su abuelo Rodrigo, pero lo más curioso es saber quién era el encargado de dormirlo, pues bien, era el opaco Don Francisco quien se sentaba todas las noches a leerle un cuento hasta que el pequeño se quedaba totalmente dormido, y esa paciencia no la tenía ninguno en la casa, y así se ve que el cariño es raro, depende de cada persona en particular, y de la manera como crece el amor entre ambos. Mientras tanto su padre Joaquín, era al que menos veía, y al que más esperaba, ya que las demás personas siempre estaban con él en la casa, mientras que su padre se pasaba medio día en su consultorio, y lo veía en el almuerzo y a veces en la comida, claro que tanto como el padre, como el hijo disfrutaban al máximo los momentos que pasaban juntos.

De esta forma iban transcurriendo los años, y sus cuatro años cumplidos le tocó asistir a la escuela -que es lo más normal-, pero esto resultó muy traumático para Marco, porque  no le parecía muy bien cambiar el ambiente de amor y juegos con la gente que lo había visto crecer durante toda su vida, por un ambiente de tanta gente, de tantos niños gritones y que “pa’ más piedra”, no conocía a ninguno. Esta situación lo incomodaba demasiado, solo hallaba el consuelo en el llanto durante las horas de clase, extrañaba la compañía de su madre, y de todas las personas que habitualmente lo rodeaban.

-Mientras esto ocurría. En el país habían surgido fuerzas terroristas, que poco a poco amenazaban con la seguridad nacional y con la tranquilidad del campo, tomando poco a poco fuerza ante la prepotencia del Ejercito Nacional, que los veía como insignificantes. El narcotráfico seguía siendo la fuente de ingresos más rentable, y ya superaban en ganancias y en importancia al ganado y al café.

Joaquín y su padre seguían sin problemas económicos, pero su fortuna estaba sufriendo una extraña devaluación, que ellos no le encontraban justificación. La Samaria seguiría creciendo pero en vez de crecer positivamente, seguía creciendo sin progreso, con mucho lujo pero sin mucha estabilidad e igualdad de condiciones, ya que había o existía la concentración desproporcionada de la riqueza  en toda la población.

Iban pasando los años y la crianza de Marco estaba fundamentada, en la disciplina de estudio que le imponía su madre Cristina, su personalidad estaba regida por el ambiente familiar que le proporcionaban todos y cada uno de los miembros de la familia. Joaquín usaba gran parte de su tiempo libre para dedicársela a su hijo. Doña Sofía y Don Rodrigo  gastaban mucho tiempo en consentir a su nieto, mientras que Don Francisco seguía con una actitud de indiferencia.

La personalidad de Don Rodrigo se convertía en un gran patrón para imitar por parte de Marco, la forma de tratar a las personas y la admiración que causaba o proyectaba Don Rodrigo a las demás personas era algo que Marco, dentro de su inocencia y poco entendimiento veía interesante. Don Rodrigo trataba y hablaba con todo el mundo en su casa, hasta el propio Joaquín –la cabeza de la familia en ese momento- iba constantemente en busca de la ayuda de su padre para recibir consejos. Don Francisco, parecía cansado por el peso de los años y se convirtió en un tipo ermitaño, sin embargo no dejaba de sentarse después del almuerzo a intercambiar conceptos con Don Rodrigo, que se convirtió en el único desagüe de su persona. Doña Sofía se refugió intensamente en las labores de su hogar y en la crianza de su primer nieto, esta última labor era la que realizaba con más dedicación, y esta actitud estuvo a punto de ocasionar cierta malacrianza en Marco, pero que fue bien controlada por la rápida acción de Joaquín, quien comenzó a ponerse rígido con la crianza de su hijo, para que no se le saliera de la disciplina necesaria en la crianza de un niño de esa edad. Esta nueva aptitud de Joaquín frente a Marco -su hijo-, le ocasionó fuertes discusiones con su padre Rodrigo, porque éste último sostenía que “Nadie se acuerda de cuando era niño.” Esta actitud de protección acercó más al abuelo del nieto, ya que para Marco era un verdadero escape, el refugiarse bajo la autoridad y comprensión de Don Rodrigo, porque además de escapar de la disciplina de sus padres, aprendía de su abuelo con una metodología de aprendizaje que se caracterizaba por ser paciente, dinámica y experimentada.

Era verdaderamente impresionante ver a Don Rodrigo encerrarse por horas con su nieto a enseñarle de manera práctica y dinámica las lecciones o tareas del colegio –claro que esto ocurría eventualmente, sólo cuando Don Rodrigo lo requería necesario-. Lo impresionante del asunto es cómo podía Don Rodrigo implementar o poner en práctica una metodología de estudio con su nieto, cuando ni siquiera le había dedicado una hora completa a su hijo Joaquín para enseñarle una clase, y es que el primer sorprendido de este fenómeno, fue el mismo Joaquín quién le decía con asombro a su mujer: “Me parece casi que increíble la paciencia que mi padre muestra con Marco. Todavía creo que siento los ‘coscorrones’ que me daba cuando le decía que 4 x 8 era veintitrés”. Y es que definitivamente “Los abuelos parecen querer más a los nietos que  los mismos padres”.

Cristina era una madre ejemplar, siempre pendiente de su hijo –de todas maneras no tenía más nada que hacer-, se dedicaba de tiempo completo a su  hijo cuando este llegaba del colegio. Su gran preocupación era el de darle una compañía a Marco de su misma edad para que éste no se sintiera solo, ya que iban pasando los años y la joven pareja no se preocupó por tener más hijos, por tratar de dedicarle la mayor atención posible a su primogénito. En ausencia de un hermano, Cristina se hizo amiga de Lucía –prima de Joaquín-, quien había contraído matrimonio muy joven, -lo que le costó el retiro de sus estudios-. Lucía se casó con un prestigioso abogado de la pujante ciudad de Mendoza. Se enamoraron mientras los dos se encontraban estudiando en la Universidad. El nombre de él era Jacobo –igual al nombre de su cuñado-, y era descendiente de una familia de clase media en Mendoza, pero con mucha tradición y muy conservadora, -La familia Monrroy-. En los primeros años del matrimonio de Lucía y Jacobo fueron de gran bonanza, ya que él se encargaba de resolverle los problemas jurídicos al personal de la mafia.

En fin, decía que Cristina entabló una muy buena relación con Lucía, la prima de Joaquín, con el propósito, de que el hijo de Lucía, Guillermo fuera el compañero fiel de Marco, a pesar de que Marco le llevara año y medio a Guillermo. Pero entre los niños las diferencias de edades, si se notan, ya que siempre se cumple la frase que dice: “Que el grande se complace en  hacer llorar al Chico”. Pero sin duda en la adolescencia y en la edad adulta estos dos serían los típicos ‘uña y mugre’, a pesar de ciertas diferencias que surgían entre ellos y que les ocasionaban continuos enfrentamientos normales entre amigos, que era producido por la incompatibilidad de sus personalidades, que no les impedía seguir siendo amigos, una vez solucionados sus problemas. Pero de todas maneras desde niños pintaron ser muy buenos amigos, y muchas veces con sus cotidianas peleas, ocasionaban lo que siempre pasa en estos casos, los niños pelean un rato, pero al rato estaban jugando como si nada hubiera pasado, mientras que sus madres se debatían en fuertes discusiones que ocasionaban serias grescas, que a veces ameritaban de la intervención de Don Rodrigo o de Don Cesar, porque hasta el mismo Joaquín se mostraba casi que impotente frente a la situación, en donde su prima y su mujer se ensartaban en fuertes discusiones.

En esos tiempos Manuel se encontraba viviendo en Mendoza, administrando de forma magistral la parte de la riqueza, que tenía. No trabajaba, pero vivía de hacer inversiones, y hasta muchas veces optó por invertir en el narcotráfico, lo cual se le  convirtió en un negocio bastante rentable. Pero gracias a Dios, por cuestiones de escrúpulos y remordimientos de conciencia, además de la continúa intervención y llamado de atención que le hacía su padre, no siguió realizando esta clase de negocios. Vivía cómodamente, -aparentemente- pero pronto se involucró en el ambiente de apariencia y fantochería de Mendoza, y comenzó a gastar más de lo que producía, ya que en esa ciudad lo más importante es mantener las apariencias –‘No importa lo que comas, pero vístete bien”-, y con esto comenzó a meterse en problemas financieros, pero que no le causó mucha dificultad, porque su talento administrador siempre lo sacaban de los aprietos más graves, en que se solía meter.

Mientras tanto Don Cesar se veía totalmente desgastado económicamente, todo el dinero que le había quedado de la venta del ganado se le había ido en lujos y en gastos, pero la mayor parte de ese dinero se le fue en mantener ese modo de vida, porque de acuerdo con el dinero con que se cuente, el hombre crea su estilo de vida, y de ahí que si no controla los gastos de los ingresos, el mantenimiento del alto nivel de vida es casi que insuficiente, y pronto se comienza a vivir de la apariencia, cuando internamente se pudren en el vacío. Así entonces, el dinero logró separar de cierto modo a la familia, la abundancia de dinero provocó que la individualidad prevaleciera sobre la colectividad, debido a que todos se sentían independientes y libres de la responsabilidad que significaba el trabajar para sostenerse, lo que aumenta la irresponsabilidad y la indolencia al creer que todo tiene un precio. Cada quien se dedicó a vivir intensamente sus vidas y se olvidó de mantener la unión familiar. De esta forma Lucía se casó mientras iniciaba los estudios y no volvió estudiar; y de esta forma y debido a las circunstancias se sintió tan independiente y capaz de asumir su propia vida  abriéndose nuevos caminos. Jacobo –el otro hermano- por su parte siguió estudiando en Mendoza hasta que terminó su carrera como arquitecto. El era el más difícil de ubicar porque era el más independiente, pero era el menos materializado, poseía una extraña filosofía basada en la humanización que lo hacía un ser verdaderamente sociable. Para Don Cesar, Jacobo su segundo hijo era motivo de curiosidad, puesto que su estilo de vida, en donde las relaciones sociales eran su principal acompañante constituía en un motivo de preocupación para el viejo, quien estaba muy pendiente de lo que acontecía con sus hijos. Aunque en el caso de Jacobo, todas las noticias que se referían al él le llegaban a Don Cesar por medio de terceras personas, esto se debía a que cada vez que llamaba a Mendoza a preguntar por su hijo, nunca lo encontraba en casa, por esta razón, muchas veces prefería llamar a ciertos amigos de Jacobo quienes le comunicaban los acontecimientos que tenían alusión a su hijo, y de paso probaba su suerte a ver si conseguía encontrarlo en alguna de las casas a las cuales él llamaba. A pesar de ser Manuel el orgullo y verdadera preocupación de Don Cesar, encontraba en Jacobo a una digna copia de su personalidad; siempre en la calle, en donde las amistades siempre lo acompañaban y lo apoyaban en todo lo que a él se le ocurriera, y nunca se metía en problemas, porque era calculador y meticuloso. Era el hombre fiesta y en Mendoza no había una fiesta que no fuera precedida por él (Jacobo). El era el alma de una reunión y a pesar de su vocación parrandera, era buen estudiante y siempre le quedaba tiempo de hacer de todo un poco. Fue el que menos lidia dio y el que menos ayuda pedía, era tan independiente que resolvía él sus propios problemas a pesar de saber muy bien que siempre contaría con el apoyo incondicional de su padre. Era el más descomplicado de los tres hermanos, no le importaba tanto el dinero ni el lujo sino la felicidad de vivir intensamente. Nunca estaba de acuerdo con la forma de vida de su hermano, al cual le criticaba su manera de pensar y de proceder, y lo definía como de todo punto de vista maquiavélico y peligroso. A pesar de ser él, Jacobo, un tipo despreocupado, independiente, liberal y olvidadizo, siempre se acordaba de su familia y nunca dejaba de llamar a su casa, -cuando no podía asistir- en las fiestas especiales de la familia (cumpleaños, aniversarios, etc.), es que en ese aspecto no se le escapaba ni siquiera un solo cumpleaños de un sobrino, y a pesar de estar en desacuerdo con el carácter de su hermano, no dejaba de visitarlo los Domingos, día en el cual iba rigurosamente a la casa de Manuel, y cada vez que se lo encontraba, aprovechaba la situación para enterarse de la familia. Para Don Cesar una llamada de Jacobo se traducía a un regalo del cielo, la felicidad era tan grande como la de Don Rodrigo cuando recibía las llamadas de Joaquín desde la Capital –cuando este estaba estudiando-. Y es que si Don Cesar en cierto día se encontraba de mal humor, o desgastado por un problema,  pero de repente recibía una llamada de Jacobo, con solo el hecho de que su hijo le dijera “¡Hola papá! ¿Como estas?”, ya el viejo Cesar tenía suficiente felicidad para todo un día. Era tan impresionante el amor que le tenía a su hijo, que una vez estando en plena crisis, Don Cesar se encontraba muy enfermo por causa de un virus, que estuvo a punto de llevarlo a la tumba. Tal sería la gravedad de la situación que Manuel ya hacía grandes esfuerzos para ubicar a Jacobo en Mendoza, para que por lo menos viera por última vez a su padre con vida. Manuel estuvo mucho tiempo preguntando e indagando donde se encontraba su hermano, hasta que al fin se enteró que estaba pasando unos días con unos amigos en la ciudad de Pentecostés. Al lograr localizarlo en aquella ciudad en un hotel, Manuel lo puso al tanto de la situación. Jacobo no espero ni un minuto, habló con uno de sus amigos, poniéndole su caso a criterio y le pidió que le consiguiera un transporte que lo hiciera llegar lo más rápido posible a La Samaria. El amigo hijo de una persona muy influyente, habló con su padre y consiguió que éste pusiera una avioneta al servicio de Jacobo para que pudiese llegar a tiempo a La Samaria. Todo esto pasó con tal rapidez, que Jacobo logró llegar primero de Pentecostés a La Samaria, que Manuel, que se encontraba en Mendoza que se encontraba a mitad de camino de Pentecostés. Don Cesar que se encontraba en su alcoba en muy mal estado, con toda la familia incluyendo su hermano y su sobrino, a excepción de sus dos hijos que no tardaban en llegar, en la casa a la espera de lo peor.

Don Cesar se encontraba bastante débil, había soportado tres días de fiebre intensa y con los habituales síntomas del catarro, que lo habían diezmado de tal manera, que el doctor ya no daba muchas esperanzas de una posible recuperación.

Todos se encontraban reunidos en la sala, cuando Jacobo cruzó la puerta de la entrada. Era casi que irreconocible para sus propios familiares que lo vieron con una extraña mirada que expresa: ¿Y éste de donde salió? Su andar era rápido y daba gestos en su rostro de desesperación. Junto a él, venían cuatro amigos que estaban con él en Pentecostés y que habían viajado junto con él en la avioneta. Manuel no llegaba aún, él era el único que podía reconocer a simple vista a su hermano Jacobo. Jacobo, cuando llegó, le dio un beso a su madre quién lo miró con extrañeza, -hallaba en su hijo a un desconocido, después de dos o tres años, sin verlo, y del cual durante dicho período sólo había escuchado su voz- subió por las escaleras de la casa, y se dirigió hacia la habitación de su padre, con  gran desespero. Sus amigos se quedaron en la sala, informándoles a los presentes de quién se trataba aquella figura que había subido “como Pedro por su casa” sin ser reconocido.

Al abrir bruscamente la puerta, e invadido por el miedo en todo su cuerpo, entró en la recámara, en donde su padre se encontraba descansando, y padeciendo de su mal estado de salud y torturado por una fiebre altísima. Se postró al pie de la cama agarrándole la mano fuertemente a su padre. Al rato entró su madre sobresaltada, al no reconocer a su hijo. Cuando esta gritó dentro de la habitación -¡Jacobo! hijo mío. Don Cesar abrió los ojos bruscamente. Jacobo se dio vuelta para ver a su madre cuando sintió el jalón que provenía de la mano de su padre, quien al reconocerlo se trató de incorporar. Después de hacerlo, logró abrazarlo con tal fuerza, que no pareciese que estuviera enfermo.  Don Cesar comenzó a llorar como un niño, y Jacobo que lo abrazaba no sabía que decir, solamente lo besaba. Don Cesar le pidió a su mujer que lo dejara solo con su hijo, la felicidad le desbordaba por todos los poros, y sus ojos se convertían en un mar de lágrimas. Estuvieron hablando un buen rato, casi un lapso de dos horas y media, en ese momento llegó Manuel exaltado que enseguida se informó de la situación. Cuando por fin se abrió la puerta Don Cesar salió de la habitación caminando, como si nada le hubiera pasado. Era increíble lo que se estaba viendo, un moribundo volvía a vivir. De esta forma, el doctor lo volvió a examinar y dijo a todos los familiares que la tristeza era la que estaba acabando con la vida de Don Cesar, todo lo que él necesitaba era un poquito de alegría. Pero en sí, alegría era poco, comparado con lo que sentía Don Cesar al ver a su hijo “perdido”. Después de varios días, ya Don Cesar se encontraba totalmente restablecido. Jacobo se había  encargado personalmente de cuidar de él en esos días. Mientras tanto sus amigos disfrutaban de la hospitalidad de la madre de Jacobo, y de la belleza de La Samaria. Habían encontrado en esa ciudad un ambiente típico y pintoresco, que le daba a esa ciudad un tono muy especial, que cautiva a todos sus visitantes. Este tono especial en donde se admiraba una conservación de unas costumbres autóctonas, conservadas durante años por el aislamiento que imperaba en la ciudad, todo era lo mismo para sus habitantes, pero resultaba ser mágico para los visitantes, encontraban un ambiente libre e inocente a la vez, que nunca habían encontrado ni vivido en otra ciudad. Disfrutaban cada lugar que visitaban en La Samaria, todo era nuevo para ellos y ningún plan era absolutamente despreciable.

Mientras tanto Jacobo seguía alegrando la vida de su padre, pasaban hablando largo tiempo, y pasaban buena parte de los días juntos, lo que causaba cierto celo, entre Lucía y Manuel, sus otros dos hermanos. Era impresionante la similitud, tanto temperamental, como física de Jacobo con su padre, lo cual era corroborado por la esposa de Don Cesar que cada vez parecía más impactada por este nuevo acontecimiento. Poco a poco Don Cesar se iba enterando de la mejor manera de los detalles de la vida de su hijo, por medio de los relatos que este le refería. Conoció que vivía bien, que ya había terminado sus estudios, y que todavía seguía viviendo de la administración del dinero que Don Cesar le había suministrado para sus estudios. Decía que no tenía necesidad de trabajar, simplemente invertía bien su dinero, en negocios del comercio, y que no malgastaba el dinero en nada, además recibía la ayuda constante de sus amistades, quienes lo querían y lo trataban como un hermano. Jacobo le decía a su padre que había tenido muchas relaciones formales con novias, pero que aún no tenía muchas intenciones de casarse, pero que de todas maneras, ya tenía a varias mujeres en mente que podrían proporcionarle un buen aporte como pareja, y que en un futuro no muy lejano estaría dispuesto a casarse. Don Cesar reconoció los valores morales y la forma de ser suya en su hijo, y de esta manera lo iba queriendo más cada día que pasaba junto a él. Era para Don Cesar asimilar que de pronto el hijo al cual él había dedicado menor tiempo, era el que más se parecía a él y el que más cosas en común tenía con él, y es entonces cuando se preguntaba: ¿Y donde estabas hijo mío que no te reconocí en todo este tiempo en que estuviste a mi lado?

Poco a poco su salud fue tomando un rumbo favorable y en poco tiempo Don Cesar ya se encontraba bien del todo. Entonces Jacobo volvió a dedicarse a sus amistades, sin dejar de cuidar a su padre de vez en cuando. Salía la mayor parte del día a divertirse con sus amigos, mostrándoles cada rincón de La Samaria.

Mientras tanto Lucía la única residente en La Samaria, pasaba la mayor parte del tiempo con su madre o metida en la casa de Don Rodrigo, hablando con Cristina. La relación con su esposo era lejana, él trabajaba todo el día, y solo la veía en las noches, en donde “aprovechaban el tiempo perdido”. Solos en esos momento no existían hijos, ni padres, ni amigas, ni madres, ni nada de eso, era un tiempo sagrado para ellos dos. Sin embargo su felicidad no era total. Y esto se debía por lo que dije al principio, el dinero los había convertido en una pareja sin confianza,  aislada, e incapaz de convertir el hogar en un verdadero nido de amor. Lucía compartía más similitudes con su madre, -conservando las distancias-. Su madre y Cristina eran su consuelo, al ser las únicas personas con las cuales Lucía se relacionaba de tiempo completo. Sus hijos, no se constituían en una forma de vivir para ella, tuvo dos, y mantenía con ellos una clase de crianza despreocupada mientras que su esposo, sí hacía una gran función como padre, a pesar de que en la edad adulta de sus hijos fundamentó sus relaciones en el dinero, o con la dependencia del dinero. Para Lucía su padre, era un consentidor, pero no tenía la suficiente confianza con él como para contarles sus cosas íntimas, lo cual si hacía con su madre. Con sus hermanos era casi que indiferente, en sí vivía aislada del acontecer de ellos, más sin embargo tenía muy buenas relaciones con su primo Joaquín, al cual si consideraba como un hermano. De hecho se encontraba más a gusto en una reunión en la casa de Don Rodrigo que en su casa Paterna. De su casa paterna solo compartía con su madre, una gran relación de complicidad. Joaquín su primo, se convirtió en su hermano mayor durante el tiempo en el que vivió en la casa de Don Cesar, cuando murió Doña Victoria. Lucía y Manuel no se llevaban muy bien que digamos, sus relaciones eran bastante fraccionadas, es decir era por ratos. La comunicación entre ellos era esporádica, y la mayoría de las veces lo hacían para informarse sobre el estado de su padre. Mientras tanto, Jacobo y Lucía desde niños fueron uña y mugre, siempre andaban juntos, y compartían mucho tiempo juntos, eran contemporáneos, Lucía era un año y medio menor que Jacobo, mientras Manuel le llevaba siete años de diferencia. Sin embargo durante la adolescencia, y debido a las circunstancias, su hermandad se vio afectada. Primero cuando ambos dejaron los estudios universitarios, cada cual cogió por su lado. Jacobo más independiente, Lucía más apegada a su madre. Y  segundo, y definitivo, fue el marido de Lucía, el cual nunca estuvo de acuerdo con la cercanía de Lucía con su hermano, -la verdad es que le daban celos- e hizo lo imposible por separarlos. Y lo consiguió fastidiando a Jacobo, hasta que éste, decidió no volver a visitar  a su hermana, además el desprecio del marido de Lucía hacía Jacobo fue ratificado al mudarse a La Samaria, como para que no hubiera duda alguna.

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Marco seguía creciendo en ese ambiente de hogar caluroso. En este, todo era equilibrio, y la paz era casi que inquebrantable, a pesar de algunas discusiones de Cristina y Lucía, o de Cristina con Joaquín, y en otras ocasiones de los abuelos contra los hijos al tratar de defender al nieto. Pero la verdad es que nada pasaba a mayores, el equilibrio y la prudencia de Don Rodrigo, se transmitía a todos los rincones de la casa. Marco cursaba  segundo de primaria ya, y estaba a punto de cumplir los ocho años. Su madre y su padre le habían infundido una disciplina de estudio, por lo tanto, le iba muy bien en el colegio. Cada día  que pasaba Marco encontraba más patrones a imitar de su abuelo, y cada vez compartía más tiempo con él. Su amistad con Guillermo, el hijo de Lucía, era cada día más fuerte. No estudiaban juntos porque Cristina decía que no era benéfico que dos niños estudiaran juntos porque no se podían concentrar bien en sus estudios, porque estaban más pendientes del juego que del estudio. Pero eso sí, no perdonaban una tarde para jugar, porque después de haber estudiado, Guillermo se iba rigurosamente a la casa de Marco a jugar. Lo pasaban muy bien juntos, y se entendían de maravilla, tanto así que cuando Don Rodrigo y Don Francisco decidieron enseñarles a jugar dominó, después de un tiempo prudente de práctica, ya le daban sopa y seco a los dos viejos, que la veían difícil para ganar. Sin embargo la prudencia de Don Rodrigo, permitió que ni a Marco ni a Guillermo, el dominó, se les convirtiera en un vicio, solo los dejaban jugar una serie, -el que gane dos de tres-. Don Rodrigo a diario visitaba el cuarto en donde los dos niños se encontraban jugando, y a menudo se ponía a jugar con ellos. Para Joaquín esto era casi que increíble, porque en su vida su padre se caracterizó por ser un padre preocupado por él, siempre estaba hablando con él y compartiendo experiencias, pero de ahí a jugar “muñequitos”  o “soldaditos”, nunca lo había hecho. Y es que se estaba confirmando que “entre más viejo más niño se convierte el hombre.”

Pero poco a poco la salud y vitalidad de Don Rodrigo se iba acabando, sus problemas de presión y sus problemas cardíacos le iban molestando cada día más y más, y pesar de vivir una vida tranquila en su vejez, la mala vida que vivió en el pasado, junto con la soledad lo habían afectado demasiado. Las enfermedades lo estaban consumiendo, y aunque Doña Sofía y Cristina lo mimaban, y cuidaban mucho, no lograron impedir su decadencia. Joaquín se hallaba bastante preocupado, se sentía impotente frente a la decadencia inminente que estaba sufriendo su padre, poco a poco esa preocupación se convertía en tortura, porque la salud de su padre se iba agravando cada vez más y más. Esto lo atormentaba tanto, porque la cercanía de la muerte de su padre, le provocaba la nostalgia de ver decaer la imagen del padre fuerte y alegre que él siempre conoció. Marco también se veía afectado, porque el ambiente en la casa estaba cambiando, y aunque nadie le decía que era lo que pasaba él presentía lo que estaba ocurriendo, cada vez que veía a su abuelo trataba de acariciarlo, y cuando lo invitaba a jugar con él, la negativa de su abuelo le hacía prever lo que estaba ocurriendo. Nunca su abuelo se había negado a jugar con él. Pero las sospechas de Marco quedaron confirmadas cuando, en un día en que se encontraba jugando en la sala con Guillermo, con sus juguetes, sintió una corredera en el segundo piso, veía la cara de desesperación de su madre, su tía Lucía y de su abuela, quienes corrían de un lado a otro, desesperadamente llamando por teléfono al doctor y a Joaquín. Una palabra estaba en boca de todas las personas de su casa, “Infarto”. El no sabía que significaba esa palabra, pero sabía que era algo malo. Cuando su padre entró desesperado por la puerta, ni siquiera lo saludó,  a pesar que él se le prendió del pantalón a llorarle, Joaquín siguió su camino sin prestarle la mayor atención. Marco quería subir al segundo piso a ver qué era lo que sucedía, pero una de las empleadas le impedía moverse más allá de la escalera. La empleada bajo la insistencia de Marco, decidió llevarse a los dos niños al patio, y los hizo sentar en el kiosco. Marco lloraba inconsolable, preguntándose por dentro que era lo que estaba pasando. Y junto con Guillermo ideó un plan para burlar a la sirvienta quien los estaba custodiando, y así él poder subir al segundo piso. Fingieron estar jugando fútbol, y se ganaron la confianza de la sirvienta que disminuyó la vigilancia sobre ellos, pronto, Marco pateó el balón cerca de la cocina y se fue corriendo a buscarlo. Pero en vez de coger el balón se fue directo hacia la escalera de la casa, la sirvienta trató de alcanzarlo pero ya Marco le llevaba mucha ventaja, y además Guillermo se le prendió de la falda impidiéndole correr. Al pasar Marco por el corredor, dio un vistazo a la sala y vio que se encontraban muchos amigos de su abuelo, además de estar Don Cesar con su esposa, con una cara de preocupación inminente. Cristina, Doña Sofía y Don Francisco se encontraban también en la sala esperando. Cristina al ver a su hijo en la escalera trató de alcanzarlo, pero no pudo, Marco subió las escaleras con tal velocidad, que ni siquiera el mismo Guillermo que lo superaba en agilidad y en velocidad lo hubiera alcanzado. Al llegar al segundo piso se encontró con su padre que esperaba afuera de la habitación de su abuelo, bastante preocupado. Joaquín contuvo a su hijo e impidió que este pasase al interior de la habitación. Lo cargó y lo tranquilizó, diciéndole que el abuelo estaba bien. Lo mantuvo cargado durante un buen tiempo, frente a la presencia de Cristina, quien se ofrecía a llevárselo para abajo, pero Marco mostraba una fuerte negativa. De pronto se abrió la puerta de la habitación, y salió un hombre, desconocido para Marco, quién dijo –“Ya se encuentra estable, ya pasó el peligro.” De la noticia, Joaquín soltó sin darse cuenta a Marco, quien corrió rápidamente a la habitación y encontró a su abuelo tendido en la cama, descansando. Enseguida se lanzó sobre él, con un fuerte abrazo. Marco no sabía que le ocurría a su abuelo, pero sabía que algo malo estaba pasando. Su abuelo abrió los ojos reaccionando bruscamente, al encontrarse debajo de la humanidad de su nieto. Marco lloraba. Joaquín entró en la habitación después de recibir las recomendaciones del medico. Mientras tanto Don Rodrigo y su nieto continuaban abrazados. Marco le dijo a su abuelo: -“No te mueras abuelito”. Don Rodrigo le respondió, entre risas: -“Claro que no “mi’jo”, todavía me falta mucho por enseñarte.”

Cristina entró al cabo rato. Don Rodrigo le hizo señas a su nuera de que se llevara a su nieto. Cristina agarró a Marco y le dijo: -“Vamos Marco, deja que tu abuelito descanse”. Salieron de la habitación, la madre y el hijo. Cuando se cerró la puerta, Don Rodrigo le dio orden a Joaquín que cerrara la puerta con seguro. Don Rodrigo quería tener una charla seria con su hijo. Ambos aguardaron un buen rato silenciosos, pero Don Rodrigo interrumpió el silencio diciendo:

-No dejes pasar a nadie, a este cuarto hoy. Si quieren verme, que me vean hasta mañana, estoy cansado de luchar en contra de la muerte. –Joaquín se disponía a salir del cuarto, para avisar la petición de su padre a todas las personas que se encontraban en la sala-. ¿A donde vas?, deja lo que ibas a hacer para más luego. Ahora nada es más importante que lo que te tengo que decir, y que de pronto en otra oportunidad, ya no pueda. Por ningún otro propósito, estuve tan resistente a las pretensiones de la muerte de llevarme al otro mundo. La verdad es que ¡La vi cerca!.”

Joaquín trato de evitarlo diciéndole: -“No te preocupes por eso ahora, necesitas descansar, para tratar de recuperarte, acabas de salvarte de milagro de una muerte instantánea. Ni siquiera el doctor se explica cómo es que aún estas con vida. Porque dice que aguantaste esa crisis mortal solo, durante los veinte minutos que le costó poder trasladarse hasta aquí. Además me dijo sinceramente, que ya esperaba encontrarte muerto.”

Don Rodrigo accedió, porque no se sentía lo suficientemente fuerte como para decir lo que tenía que decir, y el malestar le estaba impidiendo, expresarse de la manera como él lo quería hacer. Además, de todas maneras sabía que aún no le tocaba su hora, y que si la muerte regresaba por él, volvería a enfrentarla como lo hizo la primera vez, en donde sacó uno de sus famosos ‘ganchos’ de derecha, para poderla dejar fuera de combate por un buen rato, además si se quería poner difícil, la golpearía en sus partes nobles.

Don Rodrigo trataba de descansar, parecía como si dormía, pero estaba delirando. Recordando su mortal enfrentamiento contra la muerte la cual  se le apareció, mientras tomaba la siesta de la tarde, después de su rigurosa charla con Don Francisco después del almuerzo. Su sueño corría como cualquier otro, de lo más normal, cuando todo se le volvió claro, y se apareció de repente un individuo con un manto morado brillante, casi que fluorescente. Comenzaba a caminar al rededor de él, y poco a poco se le iba acercando, -a paso lento y dando serpenteadas circulares-. Don Rodrigo como en todos los sueños se sentía impedido y disminuido en sus movimientos. El siniestro personaje tenía cubierta la cara y la cabeza con un manto del mismo color del traje. Cuando se le acercó a la distancia de un metro, se detuvo, se mantuvo inmutable por un rato, pero pronto alzó el rostro,  descubriéndoselo del manto. Era un rostro rojo, parecía un indio pintado para sus rituales, poseía ojeras negras y estaba carente de pelo. Tenía una mirada siniestra, burlándosele a Don Rodrigo en el rostro. Mientras tanto, Don Rodrigo comenzaba a sudar y a moverse bruscamente en el exterior, botaba espuma por la boca, y daba señales de dolor. Cristina que iba pasando por el cuarto se dio cuenta de la situación y se lo comunicó a su madre. Cristina cogió de una vez el teléfono y llamó al doctor Del Valle –el médico de la familia-, quién se puso enseguida en camino. Mientras tanto en el sueño de Don Rodrigo, el siniestro personaje le preguntaba: “¿Sabes quién soy?”. Don Rodrigo respondió: “Supongo que sí.” -en términos desafiantes-. El personaje se burló: “¡Vaya!, que coraje, pocos son los hombres que se me enfrentan en su hora, la mayoría tiembla con solo verme”. Don Rodrigo estaba bañado en sudor. Pasado un rato le respondió a la muerte: “Aquellas personas, que te demuestran miedo saben que van a morir, y se dejan llevar fácilmente, porque ni siquiera saben morir dignamente. Pero de todas formas yo sé, que aún no ha llegado mi hora, porque tengo muchos asuntos y cosas que hacer en vida todavía.” La muerte mostraba, sensación de ira y le dijo a Don Rodrigo: “El que haya llegado tu hora, solamente la decido yo. Y no me provoques porque estoy dispuesto a adelantar el reloj.” Don Rodrigo se rió y le dijo: “A peores situaciones me he enfrentado. Y por eso sé que la justicia esta de parte de los que nada temen. Yo estoy tranquilo pero tú, te muestras inseguro y eso me vuelve fuerte, porque aunque tú seas el que te llevas a los vivos, el único que te puede autorizar es Dios, por lo tanto mi hora no ha llegado aún.” La muerte hirvió en furia. Sacó un puñal de su atuendo y se dispuso a matar a Don Rodrigo. Este que se vio en peligro, retrocedió un poco y esquivo, el ‘sarpazo’ que le lanzó la muerte. Solo lo rasguñó, pero no sentía dolor alguno. De pronto el medio se volvió más claro, y salió una voz que le decía a Don Rodrigo: “Vamos Rodrigo, aún no es tu hora. Enfréntate a tu destino, que aún lo puedes hacer”. De pronto Don Rodrigo sintió que se podía mover libremente, y que su cuerpo estaba lleno de fuerza otra vez, de esta manera se dispuso a defenderse. La muerte que se encontraba aturdida por el cambio de luz, se incorporó y decidió volver a atacar a Don Rodrigo. El cual volvió a esquivar el puñal, y en el intercambio le “sembró” un coñazo  en el rostro a la muerte, que la tumbó inmediatamente. Al caer la muerte, el sueño se desintegro, y Don Rodrigo volvió en sí. Cuando abrió los ojos, se encontró al doctor Del Valle, encima oprimiéndole el pecho. Eso fue todo, su muerte quedó aplazada, indefinidamente.

                        *                      *                      *                      *

Pasó el tiempo, y Don Rodrigo se encontraba, casi que totalmente restablecido, pero él sabía que el peligro era inminente, a pesar que sus familiares se encontraban bastante confiados en su recuperación, no dejaban de cuidarlo. Don Francisco que increíblemente, era el más preocupado, fue el que más lo acompañaba y cuidaba su vida había tomado un segundo aire, para poder brindarle gran satisfacción en sus últimos momentos a su compañero y  amigo. Todos se preocupaban por él. Pero definitivamente las cosas habían cambiado radicalmente para Marco, con respecto a su abuelo, el extraño suceso había roto las relaciones entre ellos dos, Don Rodrigo trataba de cuidarse más y la incomodidad que sentía al sentirse inútil le dañó el genio paciente que tenía. Ya no hacía otra cosa que hablar con Joaquín, charlar con Don Francisco –que era la mayor parte-, bromear con Cristina y con Lucía –que era su principal distracción-, y fregar un poco la vida con Doña Sofía, quien se encargó de sus cuidados, y sobre todo de su dieta, desde que sufrió el infarto que por poco lo deja sin vivir.

Marco sentía que su abuelo ya no le pertenecía, porque ya no estaban el mismo tiempo juntos, pero era todo lo contrario. Las charlas de Don Rodrigo con su hijo Joaquín era para darle instrucciones a este último, sobre la crianza de Marco, en donde Don Rodrigo le decía a Joaquín, que siguiera siendo rígido con su hijo, que lo corrigiera en todo error, porque el mundo que estaba viendo en los periódicos, no era un mundo para vacíos de cerebros, que están en su mayoría llenos de errores. Don Rodrigo en una noche, le confesó a Joaquín que se veía reflejado en los ojos de su nieto, pero que veía algo más importante que él no alcanzaba a saber que era, pero sin embargo tenía la certeza de que era algo grande, porque todos los Calderón que conservan ese rasgo predominante, que es la mirada profunda y los ojos negros, eran personas que estaban destinadas a no dejarse vencer, y que lo más importante que se puede hacer en ellas, era brindarles una educación rígida y un buen ejemplo, para que nunca se desviaran a lo malo, porque sería de toda forma fatal para todo el mundo.

Don Rodrigo no dejaba de vigilar los movimientos de su nieto, y aunque dejó de tratarlo, seguía sus acciones paso a paso, preocupado, por esa cualidad adicional que veía en su nieto, y que todavía no sabía que era, y le preocupaba sobre manera que la maldad pudiera crecer en él, porque de esta forma sabía que sería incontrolable. Dentro de sus charlas con Don Francisco, a quien  convirtió en su confidente, le dejó muy claro lo que él estaba viendo en los ojos de su nieto, y también le dejó claro que sus horas estaban contadas en este mundo. Pero con todos los conocimientos que Don Rodrigo le transmitió a Don Francisco, éste no pudo ser alguien influyente en su nieto, porque simplemente su personalidad no le daba para ser eso, que debía hacer según Don Rodrigo.

Por otra parte Cristina comenzó a sentir malestares, debilidad, nauseas, entre otros, por tal razón la llevaron a verse con un médico. Este le comunicó, que se encontraba esperando otro bebé. Una noticia que llenó a toda la casa de alegría, Joaquín y Marco no cabían dentro de su felicidad, Doña Sofía tomó nuevas fuerzas y se volvió  más hacendosa, atendía a Cristina y a Don Rodrigo al mismo tiempo y de diferentes formas, y de paso también atendía a Lucía que también se encontraba en estado, claro que más adelantado. Don Francisco recibió la noticia con gran alegría, y a esta noticia se le agregó, que Leonardo en su segundo matrimonio por fin había logrado concebir un hijo. Don Rodrigo, en cambio, vio la noticia con tristeza, y se decía a sí mismo: “Que lástima que no lo voy a conocer”. Y su preocupación crecía, porque veía en su hijo a un procreador digno de los caracteres particulares de la familia Calderón, que ya llevaban ocultas una generación completa, y que no se habían vuelto a manifestar, por el lado de Don Cesar. Don Rodrigo veía esta situación con preocupación. Los caracteres Calderón se estaban volviendo a manifestar, pero de una forma desconocida, y lo que era más peligroso, en una generación sin suficientes conocimientos sobre las características de comportamiento de las tres formas de la estirpe Calderón, de las cuales, tanto él, su hermano y su esposa Victoria estaban preparados para afrontar, en caso de que se manifestasen en uno de sus hijos, -Sin embargo esa posibilidad nunca se dio-. Habían recibido una preparación casi que académica que les hizo la madre de Don Rodrigo, y que no les sirvió de mucho porque los caracteres biológicos de la familia Calderón sólo se les manifestarían en sus nietos.

Estas características típicas en los descendientes de los Calderón se habían manifestado de generación en generación desde la época de la colonia –desde donde se tiene registro- no había pasado ni una sola generación en donde no se presentara en al menos en uno de sus miembros el indicativo particular de la familia; los ojos moros, grandes, negros y poseedores de una belleza encantadora. Don Rodrigo en sí era miembro de la segunda clase de Calderón, Don Cesar en cambio, no se supo en sí, si era o no, tenía los ojos pero no se manifestaban en él ningún comportamiento característico de la familia. Mientras que Don Rodrigo desde muy pequeño mostró aspectos marcados que hizo que su madre reconociera en él, uno de los miembros legítimos de la familia de su esposo, Don Luis Calderón.

Ya era tradición de que, cuando un miembro de la familia Calderón estaba a las puertas del matrimonio, debía recibir ciertas lecciones sobre el tratamiento básico que se le debía dar a un miembro de la familia que presentara el símbolo genético de los Calderón (los ojos), y que  además presentara ciertos comportamientos característicos que iban impresos en los genes, para que después no se presentaran problemas que podrían constituirse en un caos mayor, al salirse del dominio de sus padres. El secreto en sí, se encontraba en la crianza del niño desde chico, una vez se le hayan inculcado ciertas normas morales que influyeran de manera efectiva en su comportamiento, ya la batalla estaba ganada, y solo había que esperar recoger frutos del árbol sembrado. Pero si la educación no era la conveniente, si los padres se salían de ciertos parámetros establecidos como son el buen ejemplo, una disciplina rígida pero flexible al mismo tiempo, complementada con amor y mucho diálogo, en donde jamás se debía ser alcahueta pero sí muy comprensivo, el de preocuparse que el dinero no tuviera más del cuarenta porciento de importancia dentro de su vida, y que sus valores y fines sean destinados a las personas más que en lo material, y sobre todo que sus relaciones se basen en el respeto y no en el temor,  en la confianza y no el libertinaje. Todos estos parámetros eran esencialmente importantes dentro de la crianza de un Calderón, porque si se suprimía uno de los aspectos anteriormente mencionados, o por lo menos se alteraba el balance que debía existir entre estos, algo malo podía ocurrir. Las experiencias acumuladas de todos los descendientes de los Calderón (Desde que aparecieron en España), habían instruido a los Calderón de una manera forzosa, de cómo debían encausar el comportamiento de la familia, para no seguir teniendo problemas que les costaran el prestigio de la familia, que en el pasado tuvo en su seno a muchos pilluelos, corsarios, piratas, rebeldes antinacionalistas, déspotas y autoritarios. Poco a poco iban aprendiendo de los errores y se iban estudiando meticulosamente los comportamientos, hasta dar con métodos o formas de evitar desfavorables manifestaciones. La información que se sacara de cada experiencia se iba transmitiendo de generación en generación, de esta manera se iban sacando conclusiones, y poco a poco se iban corrigiendo los errores cometidos en cierto momento, hasta llegar al punto de alcanzar a clasificar todos los comportamientos característicos.

                        *                      *                      *                      *

Cada día que pasaba la desesperación de Don Rodrigo aumentaba, al no poder darle a su hijo la suficiente instrucción sobre la crianza de las personalidades características de la familia Calderón, su angustia aumentaba al ver que su hijo no le ponía la suficiente atención cuando él trataba de darle una instrucción. Pero sus grandes decepciones eran el no poder identificar la personalidad de su nieto y el no tener más tiempo para llegar a  conocer a su futuro nieto. De la primera estaba un poco tranquilo, porque sabía que Joaquín haría una gran labor de padre con su nieto, y que consciente o inconsciente de la información sobre las clases de personalidades de la familia Calderón, haría un gran papel como padre llevando hacia adelante a Marco, forjándolo como persona. Pero de la segunda decepción si estaba seguro, porque la muerte ya lo había vuelto a visitar en dos ocasiones, y en la última estuvo a punto de desfallecer.

Iba transcurriendo la mitad del año ya, y Don Rodrigo se veía cada vez más desgastado. Cristina estaba a punto de cumplir sus nueve meses de embarazo, solo le faltaban dos. Marco seguía siendo feliz en ese hogar, con la amistad de Guillermo, con las atenciones de su madre y de su abuela; ya había cumplido nueve años de vida, y su vida como estudiante era muy exitosa. Por su parte Joaquín estaba en pleno furor de su carrera, su clientela aumentaba cada día más y más, y de esta forma decidió complementar sus estudios con una especialización que duró seis meses viajando periódicamente a Mendoza. Doña Sofía vivía para atender a todos los miembros de la familia, pero sin embargo recibía mucho amor y apoyo cuando lo necesitaba. Poco a poco se iba sintiendo la ausencia del equilibrio que transmitía Don Rodrigo a todos los miembros de la familia. Cada vez se convertía en un hombre más reservado y misterioso, pero la verdad es que estaba estallando por dentro, y casi no tenía fuerzas para seguir enfrentando a la muerte. No decía nada para no hacer sufrir a los que lo rodeaban. Al parecer sus problemas cardíacos estaban estables, pero sin embargo la muerte quería acabar rápido con su vida y su fuerza iba disminuyendo cada vez que era visitado por la muerte.

El embarazo de Cristina continuaba “viento en Popa”, su madre volvió a multiplicar sus atenciones en torno a ella, Joaquín no hallaba la forma de multiplicarse, porque tenía que darle amor y apoyo a su mujer, tenía que estar pendiente de Marco, estar pendiente de  la salud de Don Rodrigo y además de los gastos de la casa y los pacientes de su consultorio. Estos eran tiempos difíciles para Joaquín, su consultorio vivía lleno, y no tenía tiempo ni de leer el periódico por estar trabajando. Además Cristina constantemente lo vivía llamando, por una cosa u otra, pero más que todo era para tenerlo vigilado y metido en los acontecimientos de su hogar. Cuando llegaba a su casa pasaba a jugar un momento con su hijo y tratar de hablar con él, pero definitivamente Joaquín, no era muy diestro para esto último. Pasaba del cuarto de Marco a la sala a hablar con su mujer y con sus suegros por un buen rato hasta la hora de la comida. De ahí pasaba al cuarto de su padre a dialogar con él. En estos tiempos ya Don Rodrigo no salía mucho de su cuarto, hasta la comida se la llevaban a la cama, su estado de ánimo había decaído y cada día se sentía más débil, pero siempre sacaba fuerzas para atender a los que entraban a su alcoba, e incluso en una ocasión en la que Marco entró, diciéndole: - ¡Abuelito! ¿Quieres jugar conmigo?, Hoy no vino Guillermo, y nadie ha querido jugar conmigo. Además hace mucho tiempo que no jugamos juntos. La ternura invadió a Don Rodrigo, y por eso sacó fuerzas de donde no las tenía, para jugar con su nieto, y compartir con él, así fuese la última vez en un juego. Marco trajo su caja de soldados y comenzaron a jugar. Al ver a Don Rodrigo jugando con su nieto, la mayoría de los habitantes de la casa se tranquilizaron, porque pensaron que Don Rodrigo estaba mejorando, pero no era así, cada movimiento que hacía al jugar, le restaba fracciones de su vida, sin embargo el amor era más fuerte (“El amor mueve montañas”), y más que luchar contra su existencia luchaba por ocultar su dolor ante su nieto. Pero todo era en vano, ya Marco se había percatado en dos ocasiones, de que a su abuelo lo invadía un terrible dolor. Don Rodrigo lo notó cuando Marco se quedó inmóvil, mirándolo fijamente a los ojos, y le dijo: -Mejor dejemos de jugar, no quiero que sufras. Mejor cuéntame una historia. Don Rodrigo sintió que todos sus esfuerzos por ocultar su dolor habían sido en vano, y comprendió, que delante de la mirada de su nieto no podía seguir fingiendo, sin embargo se hecho a reír y le dijo: -Veo que a ti no te puedo engañar. Sí, me esta doliendo mucho el cuerpo, -cogió a su nieto, se lo sentó en las piernas y le comenzó a hablar encima de la cama- ya no soy el mismo de antes, ya estoy viejo, y ya casi no tengo fuerzas. Ya me queda poco tiempo entre ustedes, pero quiero que sepas, que a donde vaya, siempre estaré pendiente de ti, y siempre contarás con mi ayuda en lo que quieras.

Marco se asustó y comenzó a llorar. Había descubierto una verdad, que él había intuido desde hace tiempo. Don Rodrigo lo abrazó y le dijo: -No llores mijo. “Los machos no lloran”. Quiero que seas un hombre de bien y quiero que me prometas que no le vas a decir a nadie lo que hoy te he dicho. Después de que Marco se calmó y dejó de llorar, Don Rodrigo comenzó a contarle uno de los cuentos que le tenía reservado desde mucho tiempo, y que no había tenido la oportunidad de contárselo, por estar más preocupado de sobrevivir, que de vivir lo que le quedaba de vida.

De esta manera, la mañana siguiente bajó a desayunar, como hace dos semanas que no lo hacía. Se sentó casi toda la mañana a hablar con Don Francisco. Y a las once de la mañana salió a la calle, en busca de su hijo. Al llegar a su consultorio, esperó de incógnito su turno de atención, y cuando llegó, le dio una sorpresa inmensa a su hijo que nunca esperaba esa inesperada visita. Joaquín canceló las demás citas pendientes, y se dispuso a hablar con su padre. En esta conversación Joaquín le confesó la difícil situación anímica  por la que estaba pasando. Le dijo entre otras cosas, que el trabajo le estaba consumiendo la mitad de su vida, y que por ésta razón se veía impotente de afrontar las situaciones de la casa. Su trabajo se estaba convirtiendo definitivamente en un problema, porque su mujer ya estaba presentando síntomas de celos, y que de una u otra forma se constituía en una presión muy grande para él, porque se sentía como perseguido, sin estar haciendo nada malo. Además estaba muy preocupado, porque no estaba siguiendo con las pautas que  Don Rodrigo le estaba dando para la crianza de su hijo, y esto era porque no tenía suficiente tiempo para compartir con su hijo, por el trabajo y por los demás problemas que tenía que afrontar en la casa, como era el de la salud de su padre. Pero sobre todo le preocupaba la situación de que su hijo Marco se encontraba desplazado por el nuevo hermano, que aún no había nacido y que ya estaba recibiendo más atención que él. Joaquín moralmente o personalmente estaba vuelto añicos. En este caso Don Rodrigo con su principal característica de mediador, de persona que siempre busca  un equilibrio y de dar siempre un buen consejo, le propuso a su hijo que hablara con su mujer que la invitara a salir  de tal forma que le transmitiera seguridad, y que si de esta forma no encontraba respuesta de su mujer, entonces era necesario hablarle fuertemente y hacerla comprender de esta manera. O si no funcionaba de esta forma, -y lo dijo en son de burla- era necesario darle gusto a su inseguridad o en sí darle motivos verdaderos, pero eso sí, como último recurso –después de lo dicho ambos estallaron en risa-. Que con su trabajo lo mejor que podía hacer era reducir las horas de atención para que le quedara más tiempo para pensar en sí mismo y en su familia. Y si no, que se tomara unas vacaciones, y que en ellas aprovechase todo el tiempo posible con su hijo, que era lo que en realidad le importaba a Don Rodrigo. En cuanto a la preocupación que tenía Joaquín y que le confió a su padre sobre su salud, el mismo Don Rodrigo le dijo: -No te preocupes tanto por mí, ya yo viví mi vida, ahora te toca a ti, vivir la tuya. De todas maneras la muerte llega y debemos estar preparados para enfrentarnos a ella.

Joaquín no intuyó el significado de esta última frase, porque estaba en cierta forma muy emocionado por el segundo aire que le había dado su padre, y porque simplemente veía a su padre de muy buen semblante, por lo tanto ni siquiera le pasaba la idea por la mente, de que muy pronto dejaría de vivir. Por su parte Don Rodrigo mostraba fortaleza, en medio de su debilidad de viejo. Estaba resuelto a vivir intensamente sus últimos momentos de vida, y tratar de solucionar la mayor cantidad de problemas que existían en su familia, proporcionándoles su gran sabiduría y su eterna experiencia. Ese mismo día, durante la tarde se sentó a hablar con su nuera sobre el problema que tenía con su hijo, a raíz de los celos que en ese entonces los tenía desatados. Como nunca se dispuso a hablar con Cristina, y a tratar en cierta forma de conocer su manera de pensar, porque aunque pareciera imposible, es muy diferente el conocer la forma de actuar, a conocer su forma de pensar. Y eso lo aprendió muy bien Don Rodrigo cuando un día se dispuso a hablar con su mujer por un tiempo largo y tendido, apoyado por la aparente confianza que existía entre ellos, siendo ya marido y mujer. En esa ocasión Don Rodrigo llegaba de la hacienda, muy tarde por cierto, debido a que se le había presentado un inconveniente con el pago de salarios a los trabajadores, pero en fin todo quedó solucionado. Don Rodrigo llegó a su casa y comenzó a buscar a su mujer por todas partes. La encontró en la habitación de costura, estaba tejiendo una camisita de bebé –Doña Victoria se encontraba en estado y aún no le decía nada a Don Rodrigo-, y cuando sintió acercarse a su marido guardó la tela en el costurero. Don Rodrigo la saludó de beso como siempre lo hacía, le preguntó su ocupación y ella le dijo que estaba arreglando una camisa. Don Rodrigo la encontró tensa, trató de acariciarla, pero no se inmutaba, estaba como nerviosa. Esto preocupó a Don Rodrigo, quien pensó que su mujer se encontraba molesta por su llegada retardada. De esta forma, decidió salir del cuarto de costura y recostarse un poco, no le dio suficiente crédito a la situación. Durante la comida, notó que su mujer no le dirigía la mirada, la notaba preocupada, abstraída. Ninguno de los dos pronunciaba palabra alguna, hasta se podían oír los comentarios del ‘servicio’ en la parte de atrás del patio. Don Rodrigo le preguntó a su mujer, que le sucedía, pero ella le respondió que solamente estaba cansada. Don Rodrigo en última, optó por ofrecer disculpas por haber llegado tan tarde. Su mujer lo único que hizo fue levantarse de la mesa e irse a la habitación en medio de un mar de lágrimas. Don Rodrigo quedó más confundido todavía y ahí sí salió el famoso dicho que dice: “¿Quien entiende a las mujeres?”. Se quedó pensando en la mesa con su mirada ida y sin despabilar casi, terminándose la comida, y tratando de ver que hacía con ese nuevo imprevisto que había surgido. Reflexionaba dentro de sí mismo, ¿Que habré hecho mal?, ¿En que me habré equivocado?, ¿Que puedo hacer para enmendar el supuesto error? Dentro de su mente pasaban toda clase de ideas, tanto absurdas como lógicas, sobre dicha situación, entre ellas las más probables eran el haberla descuidado por andar trabajando, el que su mujer podía sentirse sola, o la más remota en la cual no pensaba casi pero no se podía descartar era que su mujer necesitaba un hijo.

Subió a la habitación, descontrolado, era la primera vez que se le presentaba un hecho al cual no le tenía solución concreta, y que con solo pensar una respuesta tenía que analizar  un mar de posibilidades. Dentro de él maldecía, ¿Y como es que pretende que yo sea adivino y sepa que es lo que le pasa? Al llegar al frente de la puerta de la habitación la duda se apoderó de él, una inseguridad impresionante lo acongojaba, se arrepintió de tocar  la puerta en tres ocasiones, tuvo que llenarse de argumentos y de mucha fuerza para que después de cinco intentos de abrir la cerradura, en donde la agarraba y desistía nuevamente, hasta que por fin la abrió dispuesto a todo. Cuando abrió la puerta con tal decisión, dispuesto a todo, se derrumbó enseguida al ver a su esposa sentada a un lado del lecho, se encontraba llorando inconsolable. Dudó más que cuando pidió la mano de Doña Victoria en casamiento, tanto que hasta vio como única salida la retirada. Pero en ese momento Doña Victoria acentuó el llanto, lo cual lo motivó aún más a consolarla. Se le acercó inseguro de sí mismo, y se le arrodillo enfrente. Le agarró las manos, y le dijo a su mujer: -Mi amor ¿Que he hecho para que te pongas así? Esta pregunta hizo que Doña Victoria quien había suspendido el llanto por un rato, ante la presencia de su esposo, volviera a caer en un agite sentimental. Esto desconcertó más a Don Rodrigo quien volvió a insistir diciendo: -No se que te hayan dicho de mí, pero te aseguro que no he hecho nada de lo cual tenga que avergonzarme. Te lo aseguro.

Doña Victoria siguió con su lamento desesperado. Y al rato decidió hablar diciendo: -No es nada de eso, no te preocupes. Don Rodrigo volvió a insistir diciendo: -Si es que te sientes sola, mañana no voy a la hacienda y me quedo aquí, contigo. Doña Victoria se hecho a reír alegando que tampoco era eso. Don Rodrigo lucía desesperado e impaciente. Doña Victoria le dijo que no pasaba nada, que simplemente se había acordado de algo y que se había puesto sentimental. Pero Don Rodrigo intuyó la mentira y optó por la tercera y última opción tratando de animarla: -Sabes... desde hace rato vengo pensando, y he llegado a la conclusión... de que en esta casa hace falta un hijo. Esta noticia si le cayó en seco a Doña Victoria que no hallaba la forma de cómo comunicarle a su esposo que se encontraba en estado, porque simplemente le daba miedo la forma de cómo podía reaccionar. Doña Victoria guardó silencio un rato, bajo la incertidumbre de Don Rodrigo, hasta que se decidió hablar:

-Querías un hijo. Pues ya lo tienes.

-¿Qué...Qué? –Reaccionó Don Rodrigo-

-Pues sí, ya lo tienes. Estoy embarazada.

Don Rodrigo pegó un grito de felicidad y salió saltando por toda la habitación. Luego volvió al punto inicial y le preguntó:

-Pero ¿Por qué no me lo habías dicho? Si uno de mis grandes anhelos es ser padre.

-Porque me dio miedo y no sabía como ibas a reaccionar.

-Pero por Dios... Durante tres meses siendo marido y mujer. En donde tu me has atendido como un rey, y me has solucionado millones de cosas -porque todo te lo cuento-, desde que nos casamos, no te he ocultado ni un minuto de mi vida, y tu no has dejado de escucharme ni de ponerme atención. Y ahora, que te toca a ti confiar en mí, prefieres callarte, prefieres ocultar una verdad que me ha hecho muy feliz. ¿Cómo es que yo te doy toda mi confianza y tú no la tienes conmigo? Es que simplemente no lo puedo concebir.

Después de ese momento, Don Rodrigo decidió tener una charla bien seria con su mujer, en donde más que un reclamo, parecía un cortejo, porque entre una palabra y otra, le robaba un beso de la boca. Duraron hablando un buen rato, tratando aspectos de su vida sentimental y su relación de pareja, y encontró que a su esposa, le incomodaban muchas cosas, de las cuales él no tenía conocimiento todavía, ni le habían pasado por la mente, y que por la falta de comunicación que existía entre ellos, no hubieran salido a la luz todas esas fallas –porque en la relación de pareja, una cosa es verse todos los días y otra muy diferente es tratarse todos los días, porque uno ve imágenes que actúan, pero debe saber también cómo tratar igualmente las formas de ser, y los temperamentos diferentes- que más adelante se hubieran traducido en problemas, porque si uno no sabe con quién trata, ¿Quien más lo va ha saber? O ¿Quien lo va a ayudar después? De esta forma iba conociendo muchos apartes de la vida de su esposa que ni siquiera su suegra podía saber, y que nunca hubiera podido descubrir con el pasar de la vida, si no era hablando. Y mientras avanzaba la conversación más se conocían el uno al otro, es que una cosa muy diferente era el contarse los sucesos que pasaban diariamente, que preguntarse las cosas que realmente le gustaban, o que pensaba de cierta cosa o de otra, “esos eran conocimientos que solo se logran hablando y no narrando.”

                        *                      *                      *                      *

Pues bien esa noche Joaquín se dispuso a hablar con su mujer. Llegó a su casa al medio día, tan concentrado estaba en lo que iba a hacer que ni siquiera saludó a su hijo. Fue directo con su mujer, le pidió un minuto para hablar y se encerraron en el cuarto. Don Rodrigo que había llegado mucho antes que su hijo, estuvo pasivo durante un buen rato, conciente de la importancia de la acción que iba a realizar su hijo con su mujer. Mientras tanto, Don Francisco y Doña Victoria lucían totalmente desorientados, mostrando mucha curiosidad por el accionar de su yerno. Esta situación solamente se había presentado en dos ocasiones, una, en donde Joaquín se mostró celoso de una visita que le hizo Cristina –sin compañía- a Manuel en su despacho, con el fin de hacer negocios, ya que Cristina quería invertir un dinero que había ahorrado su Padre en algunas cosas para tratar de obtener ganancias, y para esto quería contar con la asesoría de Manuel, quien en ese entonces le iba muy bien en La Samaria –Todo esto pasó, antes de que los dos hermanos Rodrigo y Cesar Calderón hubieran decidido vender el ganado- Joaquín, se sintió traicionado y dejó de hablarle a su mujer en el transcurso de una semana. Esa vez fue una pelea conyugal bastante fuerte, los celos se apoderaron de Joaquín quien no terminaba de confiar en la personalidad de su primo por muchos hechos que lo hacían temer de sus acciones, uno de esos hechos ocurrió en un día durante una parranda; se encontraban los dos bastante tomados. Estaban celebrando en el club La Samaria el cumpleaños de Don Cesar. Cuando comenzaron los dos primos a hacer ‘tertulias’ de borrachos –confesiones-, cuando en una de esas, Manuel le confesó a Joaquín, que todavía estaba enamorado de Cristina. Enseguida Joaquín reaccionó bruscamente y arremetió sobre la humanidad de su primo. Se trataban de dar golpes el uno al otro, pero ni acertaban, ni podían mantener el suficiente equilibrio para efectuar el balanceo necesario para propinar un buen golpe. Pronto fueron separados por los meseros, y luego suspendidos por los directivos del club durante dos meses por mal comportamiento. Al día siguiente después de pasar la borrachera lo primero que hizo Joaquín fue prohibirle a su mujer volverse a ver con Manuel, claro que le contó con pelos y señales los motivos.

Y en la segunda ocasión, pasó todo lo contrario, la pelea surgió porque una paciente de Joaquín se estaba sobrepasando, y en cierta ocasión Cristina sorprendió a dicha mujer en pleno ‘acoso’ a su marido. Entonces como siempre, los hombres siempre tienen la culpa, dejó de hablarle por un mes al pobre de Joaquín, lo echó del cuarto, y ni siquiera la mirada le dirigía. Joaquín se puso en mal estado, no soportaba la situación, y lo peor era que sin él  haber hecho nada, ya había sido señalado como un delincuente. Así que decidió refugiarse en el alcohol, hecho que empeoró la situación y le dio más motivos a su esposa de pensar mal de él y de sentir más resentimiento. Hasta el mismo Don Rodrigo tuvo que intervenir, habló con su hijo, le hizo que le confesara la verdad.

Después de encontrarlo inocente, fue a hablar con la parte agredida, quien se mostró fuerte como una roca, y es que los hechos inculpaban fuertemente a Joaquín según ella. Don Rodrigo buscaba fórmulas para solucionar la situación de su hijo, quien se hallaba desesperado. En una ocasión Don Rodrigo sorprendió a Lucía y a Doña Victoria “dándole carbón” a Cristina en contra de Joaquín, y se ideó un regaño que dejó a las tres pensando seriamente en ‘confesarse’. Las condenó por ‘Chismosas’, por ‘sizañosas’ y por levantar injurias en contra de su hijo. En ese regaño que fue más que todo, un discurso, en el cual argumentaba cada acusación que hacía con un pasaje de la Biblia, sellándolo -con broche de oro- con un verso o un dicho del “Quijote”. Y mientras iba bajándoles la moral a “las tres mosqueteras”, iba mencionando la verdad de los hechos que acusaban a su hijo. Durante su ‘discurso’ no las dejó hablar ni una palabra, ni tampoco les daba oportunidad de hacerlo, hablaba con tal elocuencia, que hasta al mismo “Gaitán” hubiera opacado, hasta tal punto que solo encontrara consuelo en el silencio. Luego de terminada su obra, subió las escaleras, entró en su cuarto, cerró con llave, y soltó la “carcajada” que le produjo la cara de las tres mujeres, que habían quedado horrorizadas de sus mismos actos. Luego Don Rodrigo se dispuso a seguir con su plan “B”. Salió de su casa, se dirigió al “bar” del club La Samaria, en donde se encontraba inconsolablemente Joaquín bebiendo. Lo sacó del “bar” a empujones, lo sentó en el comedor y lo hizo tomarse una taza de café negro para quitarle un poco la borrachera. Luego de que Joaquín se tomó el café, y al verlo un poco más calmado, Don Rodrigo se dispuso a contarle lo que había acontecido en su casa, y le dijo que si en verdad quería reconciliarse con Cristina esa era la ocasión. –“Llévale una serenata” le dijo Don Rodrigo. Joaquín no podía sobreponerse a la emoción, abrazó a su padre y comenzó a darle gracias y a llorar como un niño –Típicos síntomas del ‘borracho’-. Don Rodrigo le pegó una cachetada -muy fuerte por cierto- diciéndole:

-¡Deja la maricada! ¡Se hombre y compórtate! No es hora de hacer ‘papelitos’. Vine a buscar a mi hijo y encuentro un ‘pelagatos’, confundido por el maldito trago. ¿Desde cuándo el trago ayuda a solucionar problemas? Lo único que hace es agravarlos más, porque limita la capacidad de todo hombre de pensar y de valerse por sí mismo. ¡Apúrate! Tómate otro café, y Vámonos rápido a buscar un Grupo Musical, para darle una serenata a tu mujer y solucionar de una vez por todas este lío.

La maniobra hecha por Don Rodrigo fue exitosa. Apenas Cristina oyó el toque de guitarra de los músicos, salió por la puerta a abrazar, mansamente a su marido. Lo que siguió fue un “Parrandón”, que ni pa’ que les cuento. Eso sí  la joven pareja pasó en vela la noche, porque al otro día bien tarde que se levantaron, con cierto aire de complicidad. Y durante todo el día mantuvieron una risa de “fechorías”, que junto al descontrol de Don Francisco, quien refutaba continuamente: - Y lo peor es que no disimulan. Cosa que contrastaba con la risa de satisfacción de Don Rodrigo. Estos dos comportamientos creaban en la Casa Calderón un ambiente para morirse de la risa.

Pero en la tercera ocasión –en la que estoy narrando-, la ‘Charla’ tenía como fin solucionar una situación de tensión, para prevenir una posible ‘guerra’ de sentimientos provocada por los celos. En estas situaciones, en donde ninguno de los dos ha tenido participación en algo que amerite algún reclamo, o que conllevara a una discusión, es difícil demostrar quién está actuando mal o quién esta actuando bien, porque no  había surgido ningún problema, y en donde la situación descansaba en un ambiente de tensión, de observación y de ‘tanteo’ –a ver quién está más caliente-. En estas situaciones en que son muy necesarios tener la certeza de hacia donde te diriges, porque vas a protestar, y que quieres conseguir. También es muy necesario tener muy en cuenta la prudencia y la sagacidad, para conseguir lo que se quiere y no herir, ni hacer de un simple diálogo, una terrible discusión.

Joaquín se dirigió con su esposa, a la cual sujetaba por el brazo hacia su habitación. Una vez cerrada la puerta, se oyó el pistillo de la cerradura. La curiosidad mataba a Doña Sofía y a Don Francisco, a quién se le vio atento a la situación y preocupado de verdad, algo que ya no era común en él, siempre andaba pendiente de sus asuntos y abstraído totalmente, se refugiaba en la lectura, y sólo hacía contacto con el mundo cuando se ponía a hablar con Don Rodrigo.

La puerta de la habitación de los esposos continuaba cerrada, se oían murmullos y de pronto una que otra voz fuerte, pero de todas formas se podía percibir una fuerte discusión. Doña Sofía atormentada por la curiosidad patrullaba el corredor de los cuartos, tratando de oír alguna clave de lo que estaba ocurriendo en esa habitación. Pero Don Rodrigo le imposibilitaba su objetivo, ya que se puso a jugar con su nieto en el pasillo, y dentro del juego procuraba hacer todo el ruido posible, para evitar que Doña Sofía pudiera oír algo.

Las horas pasaban, la curiosidad y la angustia invadía la existencia de Doña Sofía y de Don Francisco, mientras Don Rodrigo seguía tan tranquilo jugando en el corredor con su nieto. Hasta que de pronto se abrió la puerta, salió Joaquín disparado -le echó una mirada a su padre, le ‘guiño’ el ojo a su hijo y bajó las escaleras-. Cristina salió más tarde, con una cara de enojo y de inconformidad fáciles de notar en su bello rostro. Cristina bajó y se reunió con su madre y con Lucía, las cuales en unos minutos se pusieron al tanto de la situación. Don Rodrigo hacía una reflexión interna tratando de deducir hasta qué punto su hijo había desarrollado la estrategia en contra del mal del celo. Y por más que se llenaba internamente de argumentos, sacó como conclusión que llegó hasta la segunda fase –el hablar fuerte-, pero la incertidumbre de que si su hijo llegaría hasta el final del plan, le ponía la piel de gallina, porque ya conocía muy bien el temperamento de su nuera, y sabía que con solo llegar a la fase dos era suficiente como para armar un ‘cataclismo’ dentro de la casa, porque ella nunca aceptaba perder. Don Rodrigo sabía que si Joaquín por simple orgullo “machista” llegaba hasta la fase tres dentro de sus recomendaciones, pondría en serios problemas la estabilidad de la casa y por ende de su matrimonio. Don Rodrigo solo confiaba en la mentalidad conservadora y fiel que le había infundido a su hijo desde que comenzó a educarlo por medio de las ‘Charlas’ en el comedor.

Pero contrario a lo que pensaron todos en la casa, Joaquín en el camino decidió no formar tanto problema, y decidió tomarse unas vacaciones y llevarse a su familia a Mendoza para pasarla bien e ir de compras. Había pensado en ir a Pentecostés para descansar, pero viendo el estado actual de su mujer, que estaba embarazada, prefirió no ganarse “un problema de ‘mirar muy profundo en la playa’, o ‘de mirar el fruto prohibido o tierras de bonanza ajena’” así que prefirió dejar el mundo tranquilo y disfrutar de unas vacaciones en paz. Decidió cerrar el consultorio durante la tarde, le avisó a todos sus pacientes que no atendería durante el fin de semana. Luego contrató a unos músicos y le llevó una serenata a su mujer, para limar las asperezas. Decidió que era mucho más benéfico hacer las pases que formar una guerra, es decir “Si no puedes con el enemigo, únetele.”

Don Rodrigo se mostró bastante complacido con la decisión que tomó su hijo y descansó del sentimiento de culpa que le producía el haber dado un mal consejo.

Esas fueron unas vacaciones inolvidables para Marco, ya había viajado mucho, pero en esos viajes pasados carecía de suficiente razón como para disfrutar al máximo la gran experiencia que produce el conocer lugares diferentes. Los tres o mejor dicho los cuatro la pasaron muy bien, Mendoza más que una ciudad turística, es una ciudad comercial a la cual se va a comprar y a vivir el ambiente de una gran civilización en comparación con La Samaria, que te brinda un ambiente tranquilo, y casi que virgen o inocente.

Pasó un mes después del viaje, y sólo se esperaba la venida del nuevo miembro de la familia Calderón. Sin embargo otro acontecimiento no tan alegre se avecinaba para toda la familia.

Don Rodrigo volvió a decaer de salud, se quedó en cama durante cuatro días, y al quinto quedó fulminado -al acabársele la batería y la garantía de calidad del ‘relojito’ del cuerpo-. Mientras agonizaba soñaba en su eterna lucha con la muerte, que lo había agobiado durante los cuatro días anteriores, y en el quinto día, Don Rodrigo seguía mostrándose fuerte y decidido ante la amenaza de la muerte, pero ésta vez la muerte tenía un arma más fuerte. En el sueño se le apareció junto a la imagen de Cristina embarazada. La muerte amenazó a Don Rodrigo con maltratar a la criatura que Cristina llevaba en el vientre, y fue así y sólo así como Don Rodrigo bajo los brazos y le dijo a la muerte:

-Has ganado. Me rindo, “El preservar una vida nueva, será siempre una buena causa para que una vida vieja se extinga.” Porque de una vida nueva nace una esperanza, mientras  de una vida vieja sólo puede quedar el buen recuerdo, la satisfacción de haber vivido intensamente y de haber alcanzado los sueños y las ilusiones marcadas. ¡Haz tu trabajo ya!, y deja a mi familia tranquila. Dirás que has triunfado, pero en realidad el verdadero triunfador soy yo, porque he vivido lo suficiente y he dejado buen fruto, y además de ésta forma puedo velar más directamente por la felicidad de mi familia, al interceder por ellos ante el dueño de nuestras vidas, y al cual tú temes tanto.

La muerte de Don Rodrigo fue algo traumático para toda la familia, pero mientras Cristina, Don Francisco y Doña Sofía, sufrían un inmenso dolor por la muerte de esa persona que significaba el espíritu vivo de todo el hogar, Marco y Joaquín, no sentían aún el dolor, porque no lograban asimilar el hecho tan fácilmente, sentían un vacío enorme, pero no lograban captar o interpretar lo que esto significaba en realidad, esa era la eterna dificultad de todos los descendientes de los Calderón, asimilar de forma rápida los eventos fugaces y sorpresivos. Don Cesar en cambio, si sentían un inmenso dolor, ya que estaba preparado desde hace un mes para ese acontecimiento. Su hermano Rodrigo le había confesado, todo lo que él  sentía, de sus sueños con la muerte y sus grandes preocupaciones. Don Cesar alcanzó a asimilar ese trágico acontecimiento antes de que pasara, y vivía en un calvario de solo pensar en que pronto su hermano, su amigo y hasta en muchas ocasiones su padre, dejaría de existir dentro de muy poco tiempo. Lo más curioso en el entierro, era ver que más que un entierro era un festival. Porque en medio del dolor de toda la familia Calderón, se oyeron tres bandas musicales que acompañaban el entierro. Esto correspondía al último deseo que pidió Don Rodrigo a sus tres mejores amigos, (Pepe, Nando y Pacho), amigos de todas las tardes en el kiosco, amigos y compadres del juego de Dominó, compinches en la juventud durante los famosos y gloriosos bailes en el club La Samaria en épocas de Carnaval, en fin, amigos de toda la vida. A cada uno le pidió un deseo, en particular, pero que llevaba un mismo significado en sí, que era que su entierro no fuera el “mar de lágrimas” en donde se lloraba su muerte y desaparición, ¡No Señor!, el quería que su entierro fuese un motivo de celebración, en donde festejaran por su victoria y entrada al reino de los cielos. Y entonces Don Rodrigo le pidió a Pepe, que le llevara una “Papallera” que calentase de “Porros” alegres  su entierro. A Nando le pidió que le llevara una “Tambora”, que tocara la cumbia Cienaguera para que alegrara el caminar del velorio. Y a Pacho le pidió que le llevara un “Conjunto Vallenato”, que le tocara el “Testamento” del Maestro Escalona y una buena “Puya” de Alejo Durán –“el pedazo de acordeón”, para que las mujeres rezaran con alegría y con buen ritmo, el rosario durante el entierro. Pero eso sí, que controlasen que los tres conjuntos no tocaran al mismo tiempo, para que se oyera bien la música, y para que se viese un orden y no “una pelea de perros” entre los ritmos. Y ¡Ya! que sus tres camaradas cumplieron con lo prometido. A las dos horas de haber comenzado el velorio, llegaron los tres conjuntos y aunque por muy confundidos e incómodos que se encontraban los músicos al tocar en esa situación tan particular, comenzó el festejo, que no se llamó el velorio de Don Rodrigo Calderón, sino “El Homenaje a Don Rodrigo Calderón”.  De esta forma Don Rodrigo logró sus objetivos hasta después de la muerte, la confusión entre lo que se debía hacer y lo que se estaba haciendo, produjo al principio un “choque” en el cual Joaquín quien nunca había lanzado un puñetazo en su vida, sacó toda su furia y se llevó a punta de golpes a media “Papallera” por delante, al interpretar como una “broma” de mal gusto lo que estaba pasando. Pero gracias a Dios que los tres amigos de Don Rodrigo lo sujetaron y le explicaron lo de los tres últimos deseos de Don Rodrigo, antes de que los músicos dejaran por un lado la obligación de tocar, para responder con violencia la agresividad de Joaquín. Joaquín confundido, entre uno y otro motivo, terminó por aceptar la situación; con tal de cumplir con los últimos deseos de su padre. Y en sí el pensamiento de Don Rodrigo tuvo buen efecto en la realidad, consiguió borrar las caras largas en los asistentes al velorio a punta de “Porros”, hizo más amena la caminata del velorio hacía el cementerio a punta de “Cumbias” –Y para qué, pero les mentiría si los pies de los caminantes iban al son del “Clarinete”-, e hizo que las mujeres rezaran un rosario más animado, a punta de “Vallenatos y Puyas” –en el entierro-. Es que increíblemente la música provocaba un efecto inconsciente en la gente, que se abstraía de la situación del entierro, al oír el hermoso hechizo que hacían las orquestas con su melodía; como será, que hasta al mismo Joaquín le costaba mucho concentrarse en lo que estaba haciendo, y convencerse que estaba enterrando a su padre y no festejando su cumpleaños. Además, provocó que muchas señoras respetables y hasta el mismo cura se confundieran en el rosario y comenzaran a cantar “El Testamento”.

De todas formas el golpe fue muy duro para toda la familia, que no tuvo mente ni para rezarlo, ni para llorarlo, en el día del entierro.

Pero solo al pasar de los años, Marco comprendía cada vez más la falta que le hacía su abuelo, tanto en sus juegos, como en sus “Charlas”, y al oír hablar a su padre o a su “Tío-abuelo” (Don Cesar), anécdotas sobre su abuelo, encontraba en este cada día un modelo más digno de imitar.

A los tres meses nació el nuevo miembro de la familia Calderón. Una niña blanca y hermosa, de pelo castaño y con ojos oscuros y mágicos, que abarcaban a todo el universo, así como los tenía su abuelo Rodrigo. Ella fue el suplemento de Don Rodrigo en cierta forma, ya que mantenía a la familia lo suficientemente ocupada como para que nadie tuviese oportunidad de ponerse a pensarlo y  recordarlo. Esa niña nació con una energía impresionante, requería de mucho cuidado y atención de todos los miembros de la familia. Además, ella se convertía en ese nuevo aire que estaba esperando toda la casa, todo ese cariño represado durante tanto tiempo por el trabajo y los quehaceres, se desbordó junto con la alegría que salió de su cautiverio, después de haber sido encerrada por la muerte de Don Rodrigo. Este nuevo miembro se convirtió en el nuevo centro de la familia y que integró hasta al tan ermitaño abuelo Francisco, quien volvió a preocuparse por las personas que tenía a su alrededor. La ternura que despertó su nueva nieta en él era impresionante, le cambio el rumbo de sus actividades, y es que al juzgar la manera como se creó ese amor dentro de una persona ya resignada a terminar su vida, nadie hubiese pensado que entre el abuelo y la nieta, se hubiese creado un vínculo tan hermoso, como el que se hizo entre Don Rodrigo y Marco.

Y es que cuando nació esa niña a la cual bautizarían con el nombre de Isabel, se desató una unidad familiar en torno a ella, y que terminó integrando de una mejor manera a toda la familia,  despertando el interés  de cada miembro, de conocerse y de tratarse entre sí nuevamente.

Cada miembro se encargaba de realizar una función. Por su parte Marco mostraba curiosidad y cada día formulaba más preguntas en torno a una infinidad de inquietudes, que terminó con la cooperación de toda la familia no solo para lidiar a Isabel, sino para abastecer la curiosidad de Marco. Hasta el punto en que, hasta el mismo Don Francisco se preocupaba por resolver las preguntas de Marco, y lidiar con su nieta al mismo tiempo, algo que a Don Francisco no le hacía mucha gracia al principio, y que durante las primeras semanas trató de buscar una manera de evadir esa obligación para tratar de seguir con su estilo de vida. Es malestar que terminó  definitivamente un día en que Marco, Joaquín y Cristina salieron a una fiesta de cumpleaños de un amigo de la infancia de Joaquín, para esto tuvieron que dejar a la pequeña Isabel bajo los cuidados de  sus abuelos. En primera instancia, Doña Sofía se había hecho cargo de todo el trabajo, de cuidar a su pequeña nieta, mientras que Don Francisco yacía en su cama viendo televisión. Pero por una de esas circunstancias de la vida, Doña Sofía que estaba dándole de comer a la niña, tuvo la necesidad urgente de desplegarse en retirada a toda marcha hacia el baño. De esta forma dejó a la niña en la cuna de rapidez y salió disparada para su destino. Al poco rato la pequeña Isabel comenzó a llorar cada vez más fuerte, Don Francisco extrañado llamó a su mujer avisándole que la niña estaba llorando, pero su mujer que se encontraba muy ocupada en sus ‘asuntos’, le dijo: -¡Hay Francisco! no seas tan pesado, y atiende por lo menos una vez a tu nieta, que yo en este momento no puedo. Don Francisco dio muestras de fastidio y pensó en ser indiferente a la situación, pero sin embargo la niña siguió llorando, de tal forma que Don Francisco optó por atenderla. Al entrar en el cuarto, se acercó tímidamente a la cuna, dio una pequeña mirada a su nieta quien guardó silencio al detectar con su mirada, a una extraña figura que se estaba asomando en sus aposentos. Ambos se quedaron inmóviles detallándose con la mirada, pero Don Francisco al encontrar la mirada de su nieta quedó invadido de un extraño hechizo de ternura, que lo hizo abstraerse y dejar de pensar en sus cosas para admirar la belleza de esos ojos negros. Fue así, como recordó las palabras y las indicaciones de Don Rodrigo con respecto a los ojos de los Calderón. Se encontraba tan distraído pensando en esas cosas, que su mente solamente interrumpió su trabajo cuando escuchó esa pequeña carcajada que produjo su nieta, invitándolo a acercarse. Don Francisco no sabía ya que hacer, había casi que olvidado la ternura que producía una niña, y fue de esta forma como recordó el nacimiento de su hija Cristina y el pequeño incidente en donde había dejado a su propio hijo Leonardo olvidado en una gaveta. Todo esto pasaba al mismo tiempo en que Isabel se reía, esperando una caricia de su abuelo, pero a éste le costaba tanto trabajo, que no salía de las indecisiones que lo abrumaban y de los recuerdos que lo distraían. Entre tanto Doña Sofía entró en el cuarto y se conmovió de la situación que estaba observando, pero al mismo tiempo en que decidió acelerar el acercamiento diciendo: -¡Ya vez!, por andar de viejo “agrio”, es que ya no puedes ni siquiera acercarte a este pedacito de ternura, que hace parte de ti. Porque tú eres su abuelo, el hombre que engendró a su madre Cristina en mi cuerpo, con un amor tan grande, del cual sólo queda el recuerdo, porque dudo en reconocer en ti, ni siquiera la quinta parte del hombre con el cual me casé.

Don Francisco refutó el comentario de su mujer, y se disponía a abandonar el cuarto, pero Doña Sofía lo detuvo poniéndole a Isabel en los brazos diciéndole: -Ni creas que vas a dejar el trabajo por la mitad. Ahora te toca dormirla. Y seguidamente desapareció rápidamente por el umbral de la puerta dejando a su marido más que comprometido, encartado con una labor que él había olvidado desde hace años.  Don Francisco no conseguía ni siquiera cargar adecuadamente a Isabel, quién al sentirse maltratada comenzó a llorar, complicándole más la situación al inexperto abuelo. En esta situación tan incómoda recordó una de sus antiguas funciones favoritas; el sentarse a sus hijos en las piernas y ponerse a jugar con ellos. Pero le costó tanto trabajo acomodar a su pequeña nieta en sus piernas, por el estado “enclenque” de su cuerpo de solo meses de vida. Así que decidió acostarla en sus piernas, pero la niña seguía llorando. Don Francisco estaba ya desesperado y trató de pedir ayuda a su mujer o a alguna sirvienta, pero nadie acudía a sus llamados, porque su esposa que se encontraba en el primer piso, ordenó a todas las sirvientas no acudir al llamado de Don Francisco, ni al llanto de Isabel. En el fondo, Doña Sofía trató lo que no había hecho con su marido desde que decidió tomar esa vida de ermitaño, que era el de sensibilizarlo con algo que le produjera algo de ternura, ternura que había perdido ante el “amargo retiro forzoso de su trabajo”.

Mientras tanto Don Francisco se encontraba en serios aprietos porque no hallaba la forma de calmar la “cólera” de su nieta, que jamás se había encontrado entre unas manos tan inexpertas e incapaces de producir alguna caricia. Sin embargo la situación requería de mucha experiencia e ingenio, que era lo que le sobraba a Don Francisco. Sin embargo Don Francisco ya no tenía la ternura, ni la paciencia suficiente para hacer la engorrosa labor de calmar la furia de un bebé molesto. Pero cuando la situación se convertía cada ves más insoportable, donde incluso Doña Sofía estaba a punto de desistir de su estrategia, y ya iba resignada subiendo las escaleras para ir a atender a su nieta y exonerar a Don Francisco de dicha función algo inesperado ocurrió. Don Francisco enfrascado en medio de esa situación tan incómoda hizo un gesto con su cara, que le llamó la atención de Isabel, quien contuvo el llanto por un instante, y  se quedó viendo un rato el rostro extrañado de su abuelo, quién se preguntaba interiormente ¿Que habría pasado? ¿Por que habría parado de llorar la bebé? Pero después de un rato Isabel reanudó el llanto, y al hacerlo Don Francisco repitió el gesto, lo que le llamó nuevamente la atención, volviendo otra vez el silencio a la habitación. Mientras tanto Doña Sofía se encontraba en las escaleras, apreciando el extraño trascender del llanto de su nieta que comenzaba a dejar un buen rato de llorar y que después arrancaba con su desconsuelo a todo pulmón. Hasta que por fin, hubo un momento en que vino la calma total. Extrañada, Doña Sofía se dispuso a averiguar lo que pasaba en la habitación. Al asomarse cuidadosamente por la puerta se encontró con una sorpresa casi que increíble que le arrancó varias lágrimas de sus ojos, su esposo estaba jugando con su nieta, haciéndole muecas mientras ésta estallaba en carcajadas. Todo esto le hacía recordar a Doña Sofía cuando su esposo solía jugar con su hija Cristina, cuando ésta era un bebé,  cuando Don Francisco no estaba tan presionado por el trabajo, y cuando solía vivir intensamente la vida.

Esa noche Don Francisco no solo jugó e hizo que se durmiera su nieta, sino que cayó abatido por el cansancio, con ella encima de su vientre, y así amanecieron juntos hasta el otro día. Al otro día, Don Francisco despertó sobresaltado por los llantos de su nieta, pero después de una buena noche en donde había recordado la importancia de la ternura, y de lograr calmar a punta de caricias y besos la furia de su nieta ya no era cosa de otro mundo. Mientras que Isabel, quién se encontraba como nunca, protegida, segura y sobre todo amada por una persona que había dejado de amar desde hace mucho tiempo, lo que convertía el amor de ese hombre en un privilegio que no todo el mundo disfrutaba desde hace tantos años. Y de esta forma, Don Francisco volvía a integrarse a la vida familiar, por medio de la crianza de su nieta Isabel cuyos ojos lo embrujaron hasta el punto de volver a amar la vida que él había desechado desde hace mucho tiempo. Y así fue que la crianza de Isabel tuvo un factor importante como fue el cariño, la confianza y la experiencia de su abuelo Francisco, que la apoyaba y la “alcahueteaba” en todo lo que su nieta quería. Tan grande fue el amor que despertó Isabel en Don Francisco, que él la convirtió en su máxima heredera, por encima de sus hijos y sus otros nietos, porque en palabras textuales que solía decir Don Francisco: - “Esa niña me devolvió a mi la vida, recordándome lo más hermoso que existe de ella que es volverse a sentir vivo, y por eso no tengo como agradecérselo.”

De esta forma iban transcurriendo los años, en donde toda la atención de la familia se centraba en Isabel, lo cual despertaba un sentido de independencia por parte de Marco, quien iba madurando tanto en su pensamiento, como en su cuerpo. Era cada vez más independiente, tenía mucho tiempo para pensar sobre las cosas, al mismo tiempo en que adquiría mayor conocimiento de ellas y de los saberes de la vida por medio de la observación del mundo que lo rodeaba. Iban pasando los años, y con ellos los diferentes grados del bachillerato sin mayores problemas. Mientras que en el mundo seguían pasando millares de cosas que lo conduciría a buscar y a luchar sus anhelos y sus sueños. Entre estos hechos que pasaban se encontraba la masiva migración de foráneos a La Samaria, buscando consuelo en su paz y tranquilidad, pero también habían otros que buscaban en esta apacible ciudad un campo en donde  podían satisfacer sus ambiciones, encontrando así en La Samaria un medio en donde se podía dominar fácilmente, debido a la relativa indiferencia y su gran timidez de sus pobladores a pronunciarse ante los atropellos que ocurrían en ella. De esta manera poco a poco, La Samaria comenzó a prosperar y a desarrollarse en medio de un ambiente de intereses oscuros, que desfavorecerían el avance del nivel de vida  de sus habitantes. Todo era un monopolio y una “sinverguenzura”, que socavaba las bases tan puras en que se fundamentó la ciudad desde sus principios.

Y de esta manera Marco y su hermana Isabel iban creciendo en un ambiente familiar, en medio de una sociedad socavada por la sinverguenzura, que en ellos repercutió en cierta forma.

Pronto Marco se convirtió en un adolescente, casi un hombre, y llegó a cursar el último año de su bachillerato. Era una persona bien fundamentada en lo físico y en lo intelectual, ya que hizo varios cursos adicionales a su educación tratando de complementar sus saberes, aprendiendo el idioma Inglés en una escuela manejada por unos gringos que se habían especializado en enseñarles a los habitantes de La Samaria el idioma anglosajón. Además se metió en la escuela de los Quinteros  (Músicos por excelencia y tradición), quienes armaron una academia de música, buscando preservar la cultura y los ritmos folclóricos de la hermosa Bahía. En dicha escuela se especializó en la parte de percusión, los tambores y el llamador, y junto con otros amigos formaban una muy buena banda, que entraba gratis al estadio para ver jugar al Ciclón Bananero, el equipo que hacía sufrir a toda la ciudad en cada partido del torneo Nacional de fútbol y que Marco aprendió a querer desde que era muy niño. Marco y sus compañeros no se perdían de ningún partido, y en cada partido formaban un carnaval con su música en las tribunas.

Marco en apariencia era un joven alto, que mostraba mucha vitalidad en cada parte de su cuerpo atlético, se mantenía en él esa mirada profunda y diciente, que reflejaba su estado de ánimo, y que expresaba muchas veces lo que quería y lo que le estaba ocurriendo. Por esos ojos negros que eran como una boca de volcán por donde respiraba todo su ser, su madre lograba intuir cada uno de sus estados de ánimo, y de esta forma sabía si estaba triste, si estaba contento, si estaba preocupado o si algo malo le estaba ocurriendo. Su madre se constituía en el soporte moral de su existencia, la quería tanto que hacía la mayoría de las cosas en base a lo que ella le decía, pero debido a esa incapacidad de expresar amor, no lograba hacerla sentir querida, pero para suplir esto, él trataba de que ella se sintiera orgullosa de él. De esta forma Cristina veía en Marco a su orgullo y su locura, y a la vez Marco le correspondía a su amor viviendo de sus consejos y haciendo realidad sus anhelos, tratando así de no defraudarla.

Su último año como estudiante de bachillerato estuvo marcado por las condiciones que regían en el país, la devaluación de la moneda, la caída del narcotráfico como el principal soporte de la economía y de la inversión, el desprestigio del Estado, y la falta de credibilidad en los gobernantes por parte del pueblo. El resurgir de la violencia en todo el país, los grupos subversivos habían tomado el control del campo y poco a poco la miseria y la violencia llegaba a las ciudades. Crecía el inconformismo por  la ineficacia del Estado. El sector salud, uno de los sectores más productivos fue fuertemente afectado por medidas del gobierno en donde se creaban instituciones que velaban por la salud de la gente, y que restringían en una gran parte los ingresos del personal médico, y esto perjudicó fuertemente a Joaquín, quien tuvo un revés impresionante en sus ingresos, le tocó cambiar la calidad de sus servicios, buscando más cantidad de pacientes. De esta forma lograba sostener su hogar, pero a cambio de un esfuerzo casi que sobrehumano y mal gratificado. Lo poco que quedaba de la herencia de su Padre,  que cada día se iba desvalorizando más, lo utilizó para aplicarle un tratamiento y contratarle los cuidados necesarios a Don Cesar que se encontraba en muy mal estado de salud, ya que sus hijos no lograban costear totalmente el tratamiento que requería, porque Manuel aparentemente tenía un nivel de vida muy bueno, pero también tenía muchos compromisos grandes de dinero que le amargaban la vida, y  que si se pudiera decir así, debía hasta su apellido. Jacobo por su parte fue el que más aportaba, pero las obligaciones que tenía también lo obligaban a restringirse de muchas cosas, y a pesar de ser un gran profesional y de tener muy buenas amistades, no logró muchos avances en lo económico, y a pesar de haber formado su propia agencia de viajes, estuvo al borde de la quiebra cuando la crisis económica se agudizo en todo el país. Lucía por su parte también padecía de problemas económicos, su marido cayó dentro del grupo de los desempleados del país y solo vivían de unos pocos negocios que de vez en cuando le salían a Jacobo –su marido- y de esta manera sostenía su hogar. De todas maneras Joaquín se vio obligado a ayudar a su tío por una petición que le había hecho su padre antes de morir, que consistía en que nunca abandonara a su tío Cesar ni personal ni anímicamente.

La situación estaba dura no solo en la Casa de los Calderón sino en todas partes, eran mayores las deudas que los ingresos, el sistema financiero estaba en crisis nadie tenía dinero para seguir pagando, solo se tenía dinero para subsistir. En el consultorio de Joaquín los pacientes eran pocos, pero siempre había. A Don Francisco ya le tocaba cubrir muchos gastos que su yerno Joaquín no podía cubrir.

En estas condiciones transcurrían los últimos meses de estudio de bachillerato de Marco, todo a su alrededor era un completo alboroto, no había tranquilidad en ninguna parte. Todo lo que se transmitía por los medios de comunicación eran malas noticias, no había escape a ese túnel oscuro y peligroso en que se había convertido el país. La Samaria dejo de ser durante cinco años consecutivos de sus habitantes, y se convirtió en el centro de control de grupos fuertes tanto en lo económico, como en lo político, pero después de un tiempo llegaron más lejos, porque llegó el momento en que hacían su propia justicia privada, y como los habitantes de La Samaria no les preocupaba mucho esto, dejaban que las cosas siguieran así. De esta forma todas las actividades de La Samaria giraban en torno al beneficio no de su gente, sino de esos grupos que  imponían su voluntad manejando a los políticos como unos títeres. De todas formas la mentalidad de los políticos del departamento de La Macarena dejaba mucho que desear, pero todo esto era culpa de la propia gente que no les exigía lo que debían, y que dejaron que estos “Sofistas” hicieran lo que se le diera la gana con el poder, sin tener a ningún “Sócrates” que los defendiera. Y de la misma manera, pasaba  con todo el país, los pocos buenos que surgían –El mito de las tres G[1]- eran vilmente asesinados por los intereses oscuros que custodiaban sigilosa y celosamente el poder en torno a su conveniencia.

Era un mundo paralizado, sin desarrollo y con pocas oportunidades, un mundo en donde no se podía escoger una carrera libremente, y en donde no se podía escoger por gusto sino por circunstancia. Y eso fue uno de los problemas que tuvo Marco y que tuvieron muchos otros jóvenes de esa generación, no podían darse el lujo de equivocarse en escoger una carrera para estudiar en una Universidad. Otro de los problemas que se le presentaba a Marco era que la poca orientación que recibió de su colegio, sobre la carrera que quería ejercer, y de esta forma era aún más difícil escoger. Todo el mundo repetía el mismo consejo: “Estudia algo que te guste. No dejes que te obliguen. Tienes que escoger una carrera que sea productiva, porque sino, no llegaras muy lejos.” Eran muchas exigencias, para tan pocas bases, ya que en Colombia un bachiller no tiene las capacidades suficientes como para conseguir un buen empleo. La decisión de escoger una carrera es tan seria y tan subjetiva que requiere de verdaderos consejos, verdaderas experiencias, que dejen y no simples frases vacías, que ponen a cualquier bachiller más confuso y más indeciso. Para tomar una decisión tan importante era necesario más colaboración, más diálogo y experiencias por aprender, como para estar seguro de que es lo que un joven quiere, o por lo menos, hacerlo caer en cuenta como para qué puede servir y en que forma le gustaría a un joven desempeñarse en la sociedad, para así lograr algo por ella. De esta forma se convertía en un dilema para Marco escoger la carrera que él quería estudiar. Joaquín y Cristina no querían intervenir mucho en ese aspecto, o por lo menos el temperamento de Marco parecía no permitirlo. Guardaba cierto grado de misterio, su decisión quedó determinada a su criterio, basado en la observación y en la proyección que él hacía dentro de su imaginación que fueron las bases para tan seria determinación. De tal forma, que también de una manera u otra el ambiente en que se encontraba su sociedad, lo encarrilaba a buscar alguna alternativa que lo ayudara a colaborar o a defenderse de la sociedad en que estaba viviendo.

Lo que pensaba en esos momentos Marco era en todo sentido determinante, porque por su mente pasaban todas las ideas habidas y por haber, que pudieran ayudarle a proyectarse de cierta manera en los campos en que quería destacarse en un futuro. De tal forma, que ésta preocupación inicial del futuro, lo volvió un joven meditabundo, siempre abstraído a una realidad interna que el resto de personas desconocían por completo y que no le otorgaban la importancia que para Marco tenía ese estado de ánimo, en el que analizaba probabilidades, descartaba unas y aceptaba otras, trataba de armar un rompecabezas en la mitad de una calle, en donde ninguno que pasaba por ella le encontraba suficiente sentido a lo que él estaba realizando en ese lugar, le pitaban, lo insultaban y lo regañaban por no prestar atención en lo que estaba haciendo. Más sin embargo, él insistía tratando de concentrase para elegir la ficha que más se le acomodara al rompecabezas de su vida. A su alrededor el mundo seguía su curso y él continuaba inmutable, siempre regido a su deber y limitándose a aprovechar el tiempo para pensar. El solo pensar no le ayudó, así que decidió instruirse mejor, buscando revistas, libros, observando películas para analizar los estilos de vida y sobre todo analizando su realidad por los diferentes medios de información para interpretar de mejor forma su situación y unir lo que le gustaba con lo que le tocaría vivir,  para de esta forma descartar la infinidad de direcciones en ese mar de conocimientos que es la vida, para solo escoger uno,  y llegar a un puerto que lo satisfaga como persona y como hombre.

Una vez ya escogido el campo en que le gustaría actuar que estaba orientado en la parte administrativa y pragmática, Marco era muy dado con su ingenio a aportar soluciones inmediatas y a convertir verdaderos problemas en simples especulaciones. Así pues, dejó que la realidad lo hiciera tomar su última decisión. Y fue entonces, cuando se preocupó más por su medio, viendo que era lo que más le disgustaba y la forma en como podría aportar con su persona y con sus conocimientos a mejorar dicha situación. En este período fue en donde Marco trataba de descubrir en realidad para que servía, que cualidad le sería útil para llegar a ser un buen profesional. Y para esto tenía que ir más allá de su mente, tenía que encontrarse a sí mismo y tratar en lo posible de no engañarse.

Fue así como se decidió por administración de empresas, un campo en donde podría aprender lo suficiente en dos de los problemas que tenía su sociedad, como lo eran la comunicación y la economía. En poco tiempo le comunicó su determinación a sus padres, sin contarles mayores cosas sobre su escogencia, ni mayores detalles de todos los planes que había hecho él con su mente  alrededor de  esa importante determinación. De tal forma, Marco solo esperaba que ese último año se terminara para comenzar a forjar su destino. Un año lleno de desaires y muchos compromisos que terminaban con desestabilizarlo emocionalmente. Era su último año en su tierra, su último año en la vida familiar y su último año con sus amigos, y la verdad es que anímicamente no se sentía muy bien. La presión que ejercían todos esos compromisos de un bachiller juntos lo atormentaba y no lo dejaban en libertad para gozarse la vida. Además todos los problemas que surgían en su casa en torno a la situación económica, terminaban por desestabilizar aún más su mundo, al no dejarlo disfrutar la vida. Pareciese como si el mundo se hubiese puesto todo en su contra para dificultar más su existencia. Buscaba la ayuda de Dios, sin excederse en fanatismo, pero el mundo esta tan disparatado que hasta la ayuda Dios se demoraba en llegar. No había de otra que confiar en sí mismo, en refugiarse bajo su persona y bajo las cualidades que Dios le había dado para enfrentar la vida. Solo rogaba porque las cosas le salieran bien y que de una u otra forma se acabara rápido el año para enfrentarse con la realidad de su destino, para lo cual se había venido preparando, y en lo cual sabía que él tendría todas las de ganar. Su madurez, una buena preparación y su mente fuerte, se convertían en sus mayores armas para afrontar la vida.

El tiempo pasaba lento y despacioso, pero lleno de muchos eventos y compromisos que lo abrumaban más aún, y que lo hacían desear que todo terminase ya. Estaba muy comprometido con sus padres, con su familia, con el colegio y hasta consigo mismo de mantener un gran nivel, y una regularidad efectiva, ya había durado seis años estando a un mismo ritmo y faltándole meses, ya se sentía fatigado. En estas instancias lograba comprender, que lo difícil no era llegar a la cima, sino sostenerse en ella, y de esta manera comenzaba a preocuparse por lo que le esperaba.

La Universidad un ambiente para el cual, él estaba diseñado, pero que a la vez era un diseño teórico que nunca había experimentado en la realidad y por lo cual trataba de centrar sus pensamientos en ese ambiente para hacer los últimos ajustes en su personalidad y no estrellarse con un simple sueño. Y en eso centró toda su atención, para tratar de analizar las cosas en las cuales estaba fallando, para que de esta forma pudiera ir corrigiendo las cosas que en un futuro lo pudiesen perjudicar.

Lo más interesante de esta situación era  que Marco vivía en medio de dos vidas paralelas; en una vivía la realidad y en la otra vivía otra realidad pero en su mente, en ella armaba una serie de situaciones ficticias, o más que eso una serie de posibilidades que podrían presentársele en su propia vida, y desde esta forma abstracta de la realidad buscaba una posible respuesta o alguna salida lógica al asunto. De esta manera, no solo creaba una trama dentro de su mente, sino que también creaba las situaciones, las formas de actuar de sus personajes que eran copiadas de personajes de la vida real, y también armaba no solo la idea que le conduciría a resolver determinada situación, sino que creaba su propia manera de actuar y de expresar. Poco a poco, no solo reunió como parte de su experiencia, las vivencias en el mundo real, sino las situaciones que él mismo planteaba en su mundo mental.  Estas últimas experiencias irreales además de ayudarlo a prepararse mentalmente para la vida real, también iban desarrollando su gran capacidad de observación, captación e interpretación de las cosas, cualidades que demostró plenamente al ejercer su profesión, en donde sacó a flote todo su ingenio e imaginación, para cambiar de cierta forma los dogmas ideológicos de la gente.

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Cuando Marco llegó a la Capital para iniciar sus estudios, comenzó de una manera u otra a poner en práctica su mundo ideal. Sin embargo, se encontró con una realidad bastante diferente, la cual le exigió una mejor concentración y atención con respecto a la vida.

Pero lo que más le costó trabajo fue adaptarse al ambiente frío de la Capital y su gente. Ese color gris de la ciudad y el no encontrar a ningún “Compadre” dispuesto a ayudarlo cordialmente, se constituían en un gran cambio para Marco y su mayor problema, y mucho más como “Primíparo” en la Universidad. En cuanto a las exigencias académicas, no encontró mayores obstáculos, se refugió a la disciplina de estudio que le había infundido su madre desde el principio, además de una gran disposición de trabajo, y el sacarle gusto a hacer lo que verdaderamente le gustaba. Poco a poco se iba adaptando a la circunstancia gracias a su gran ingenio que se  constituyó en su gran virtud y su forma de conseguir amigos, a los cuales les transmitía su espontaneidad y su alegría, para que poco a poco se amoldaran a su estilo de vida. Pero el factor clave y el que más le hizo falta dentro de esta nueva realidad que estaba viviendo eran los cuidados y las atenciones de toda su familia, de tal manera que en cada instante estaba extrañando la virtud de cada uno de los miembros de su familia. Cómo será, que hasta le estaba haciendo falta las molestias de su hermanita Isabel, a la cual quería mucho, y llegó a quererla mucho más a la distancia. Lo que más llegó a extrañar de su casa era los tiempos de dispersión con su madre, los momentos en que dialogaba y jugaba con ella. Eran momentos inolvidables y que cada vez que los recordaba lo hacían sentir bastante solo. Pero poco a poco iba superando cada una de las adversidades que se le presentaban en su camino, y lo más importante era que lo hacía solo y sin ayuda de nadie.

Aunque Marco se alojaba en el antiguo apartamento de su padre, que era lo suficientemente cómodo para un estudiante, siempre mantuvo fuertes los lazos con su tío Leonardo, que también vivía en la Capital, y que aunque solo tuvieron oportunidad de tratarse durante algunas vacaciones de mitad de año y Navidad, en los cuales Leonardo visitaba a La Samaria para ver a sus padres y para pasarla ‘sabroso’ y relajarse en esa tierra hermosa y cálida, olvidándose así de la tensión que creaba en él la Capital. De todas maneras Marco procuró cultivar más la relación con su tío, para conseguir ayuda y apoyo de él, además logró hacer una gran amistad con su primo Fidel, mayor que él dos años, y que estaba estudiando en la misma Universidad que Marco. Gracias a él fue que comenzó a relacionarse con gente de la Capital, y fue también como comenzó a adaptarse en el ambiente en que se desarrollaba la juventud Capitalina.

La finalidad de Marco era terminar rápido su carrera de administración de empresas, y para esto trataba de adelantar materias y avanzar otras por medio de vacacionales, lo cual le costaba mayor concentración y disciplina en su trabajo. Para él, estudiar su carrera no era un trabajo pesado sino un reto personal.

Por su ingenio y buen trabajo se ganó poco a poco la confianza de los profesores, quienes le daban buenas recomendaciones y un trato casi que privilegiado. A medida que iba avanzando iba aumentando su reconocimiento en toda la Universidad. Y es que para decir verdad, su vida durante su primer año y medio de estudios universitarios, fue el trabajo duro y serio que realizaba en su universidad. De tal forma que al durar tres semestres estudiando, ya cursaba el cuarto semestre de su carrera universitaria. Su visión estaba centrada en ser competente, y en abarcar la mayor cantidad de campos de acción, en los cuales pudiese desempeñarse, para poder ser más competitivo en el medio en que le tocaba subsistir, en donde no valía el haber estudiado sino lo que realmente podrías ofrecer como trabajador y cual es el resultado de todo tu trabajo. Una situación en donde los empleos son pocos, la competencia es nefasta, los capitalistas son los reyes de la sociedad y son ellos los que se dan el lujo de escoger y desechar a su merced a la sociedad, ya no era un estado de oligarcas, sino de poderes económicos y poderes violentos, que el que tenía alguno de los dos poderes estaba en disposición de m****r y de imponer condiciones. El Estado dejó de ser una autoridad de control en todos los campos del país cuando dejó de ser propietario del país con la “apertura”, y pasó de ser un control absoluto y centralizado, para convertirse en un títere de los capitalistas y una autoridad moral, que solo trataba de controlar con las leyes, lo que no podía hacer ya como institución y como autoridad regente. De esta forma cada quien hacía sus propias reglas, casi que sin consultar al Gobierno, que se convirtió en una “Caballería” que siempre llegaba tarde al sitio de la balacera. Como sería la situación tan deprimente del Estado, que no solo perdió su credibilidad -Después de ser el ordenador principal del país-, sino que además tenía que pedir permiso de los Capitalistas para gobernar a su Nación. En sí, el país parecía una cuerda de la cual tiraban de un lado los izquierdistas, impulsados por un pensamiento socialista de provocar una revolución haciendo decaer al Estado y a la sociedad, causando dolor, odio y temor, al mismo tiempo en que destruían las esperanzas de la gente, por las cuales aparentemente estaban luchando. Mientras que por el otro lado se encontraban los miembros de la Extrema Derecha que buscan el poder basándose en lo económico, en la explotación y el utilitarismo, y que eran de igual forma peligrosos, porque al estar dentro de la ley, hacían igual de daño que los izquierdistas, porque a pesar de no hacer daño físico, si hacían un daño moral en la sociedad, al impulsar el “Maquiavelismo” para obtener poder,  causando de esta forma inconformidad en las partes explotadas que no tienen mucho que protestar porque a fin de cuentas el ser capitalista no es un delito.

De esta manera Marco se preparaba para enfrentarse a un ambiente  opresivo y agresivo al mismo tiempo, que ya era señalado por el mundo entero como un peligro mundial. Y a pesar de ello en las universidades se veía y se sentía un ambiente de repudio a lo que ocurría al exterior, el ambiente Universitario se caracterizaba por la protesta y la preocupación general de todos sus integrantes al ver el mundo que sus mayores habían forjado para ellos. De esta forma la tendencia de la mayoría de estudiantes era salir del país y buscar oportunidades en otro lado. Sin embargo habían muchos que pensaban en darle la cara al problema y enfrentarlos, tratando de aportar un poco de su persona al país que los vio nacer.

De esta forma, Marco vivía otra vez entre dos mundos, el mundo universitario, de unión y de trabajo, y el mundo de la realidad que no lo tocaba tanto a él sino a sus padres, que cada vez se encontraban más desesperados por la situación. Marco no hallaba que hacer, la impotencia era inminente, y es que para poder hacer algo, primero tenía que ser,  y para llegar a ser, tenía que esperar; solo así lograría hacer algo. Un dilema entre el cual se debatía todos los días, y sobre todo cada vez que se comunicaba con sus padres por teléfono. Para poder colaborar con la causa de su familia, se mudó con su tío Leonardo quien lo acogió cordialmente. Además cada vez iba restringiéndose aún más en los gastos y tratando de conseguir ingresos extras para acomodarse a las circunstancias en que se veía.

Pero al ir terminando su segundo año de estudios, cursando su quinto semestre de carrera, recibió dos golpes muy fuertes y seguidos. Fue en una tarde de Noviembre, en que llamó su padre con un tono bastante trágico y retraído, no encontraba en sí las palabras para comunicarle a su hijo una muy mala noticia. -“Tu abuelo Francisco se murió”. Al pronunciar esa frase, surgió un silencio eterno en la comunicación, ni el padre ni el hijo lograron seguir hablando. Marco se quedó estático, con el teléfono en el oído. Pronto se puso la mano derecha en la frente y soltó varias lágrimas. Su tío Leonardo que pasó coincidencialmente por ahí, detectó el mal semblante de su sobrino y le preguntó que acontecía. Marco simplemente le pasó el teléfono, poniéndose después las dos manos en el rostro, diciéndole a su tío: - Habla tú, que ya... yo no puedo...

Cuando comenzó a hablar Leonardo con su cuñado y poco a poco le iba soltando la noticia, el llanto y los gritos de dolor de Leonardo invadieron a toda la casa. Todos los presentes acudieron a la sala a ver que pasaba.

Para Marco el golpe fue muy duro, ya estaba lo suficiente maduro como para captar lo que significaba la muerte, algo que no sucedió cuando se murió su abuelo Rodrigo. Aunque las relaciones entre Marco y su abuelo Francisco no fueron tan trascendentes como lo fueron con Don Rodrigo, Marco alcanzó a tomarle cariño y mucho más cuando ocurrió el cambio de personalidad de Don Francisco con el nacimiento de Isabel, en donde su abuelo se convirtió en una persona más asequible y más agradable al tratar. Marco no sabía realmente qué hacer cuando escuchó por primera vez la noticia, no sabía en sí qué sentir, pero cuando se puso a pensar en el amor que había visto entre su abuelo y su abuela, y recordó el gran amor que le tuvo a su hermanita, y al recordar las largas “Charlas” y juegos que sostenían los dos en la terraza y en el kiosco de la casa, se le salieron las lágrimas y sintió un gran vacío en el pecho, al pensar que esas escenas no las volvería a ver más.

Marco pidió permiso en la universidad y viajó el mismo día junto con su tío a La Samaria, para asistir al velorio y al entierro. La tristeza era grande en toda la casa, cuando regresó a ella, se encontraba de cierto modo descuidada y deteriorada, daban muestras de la crisis que pasaba su familia. Estando junto con su padre se atrevió a preguntarle cómo había pasado, ¿Porque se había muerto su abuelo? Joaquín le respondió, que todo fue muy rápido, que no dio tiempo para reaccionar. Tres días antes, en el almuerzo se quejó de un dolor en el estómago, pero se le quitó enseguida después de un rato, luego le volvió a dar en la comida al día siguiente, pero también se le quitó con una bebida que le dio Doña Sofía, y hoy amaneció “Tieso”.

Doña Sofía que se levantaba a las cuatro de la mañana, trato de despertarlo, y simplemente permaneció inmóvil. Ella no le prestó mucha atención, pensó que estaba cansado, se bañó y luego esperó una hora, y le pareció muy raro, porque él no se pasaba de dormir después de las cinco de la mañana. Después, trató de despertarlo otra vez, pero seguía inmóvil, de esta forma se angustió y se dio cuenta que no respiraba, fue entonces cuando “Pegó” un grito, que despertó hasta a la sirvienta que dormía en el patio. Nos despertamos todos, Cristina llamó rápido a un doctor, pero ya no había nada que hacer, ya estaba muerto.

El entierro fue hasta las seis, esperando a que Leonardo y Marco pudiesen llegar, para verlo por última vez. Pasaron los días, Marco encontró a su hermana Isabel y a su Madre bastante golpeadas, pero la verdad es que le preocupaba más su abuela, que se veía como abstraída, como un cadáver viviente, no hablaba ni contestaba lo que se le decía, y no comió bocado ni en el día del entierro, ni al día siguiente. Y fue preciso, no aguantó el golpe de la muerte de su eterno amor, su primer y último hombre de su vida, la razón más fuerte por la cual se aferraba a la vida, levantándose todas las mañanas a encargarse de todo el orden de la casa, su preocupación en el día, y su dulce sueño en la noche; ya tenían sesenta y cinco años de estar juntos, de vivir debajo del mismo techo, de compartir la misma cama, la misma realidad, el hombre por el cual trajo a la vida a dos criaturas y por el cual suspiró hasta el último instante de su vida. Doña Sofía no soportó su cama vacía, ni la ausencia de su sentido de vida, y a los dos días murió, se le estalló el corazón por la tristeza. Esa mañana Marco despertó en medio de un ambiente de trifulca y alboroto, no sabía que estaba pasando, pero al salir de su habitación se encontró con llantos y lágrimas. Otro duro golpe para la familia. Cristina e Isabel se hallaban como locas, Marco simplemente veía como las personas que lo rodeaban se le iban convirtiendo en recuerdos, recuerdos que no sabía si eran tristes o alegres, porque al recordarlos volvía a vivir buenos tiempos, pero también se derrumbaba ante el dolor de la ausencia. Joaquín no sabía que hacer,  todo se estaba derrumbando desde su perspectiva, y es que hasta el mismo Don Cesar se encontraba delicado y muy próximo a morir. La muerte rondaba, yendo de un lado a otro esfumando a los sobrevivientes de una generación muy próspera. Para mejorar el ambiente de la familia, Joaquín decidió mudarse a otra casa, al otro lado de la ciudad.

Para evitar los malos recuerdos, que le producían el recordar las muertes de los tres viejos de la familia, Joaquín tuvo que vender la casa, que era uno de los patrimonios más antiguos de la familia Calderón. Esta situación incomodó un poco a Marco, quien no estaba de acuerdo con la acción que realizó su padre, y se lamentaba cada día más de la situación de decadencia que sufría su familia. Se llenó de odio por la impotencia que sentía.

Después de tres días más, se despidió de su familia y partió a la Capital junto con su tío, que en verdad se encontraba muy golpeado, por la muerte de sus padres. En fin Marco y su tío duraron una semana completa en La Samaria, en la cual surgieron acontecimientos muy lamentables para la familia Calderón.

Llegando a la Capital y encontrándose solo y libre para pensar, comenzó a armar nuevamente su mundo de ideas, en el cual buscaba crear todo tipo de circunstancias que lo guiarán en la realidad a la solución de los problemas. Pero esta vez sus ideas eran más letales, y más que ideas, eran planos o estrategias de batalla, todo esto gracias a las experiencias y conocimientos que le otorgaron la Universidad y su vida en la Capital. Comenzó a planear su “Tablero de Ajedrez”, haciendo mover  sus fichas; ya no, a la deriva sino dentro de un criterio más maduro y más experimentado. Comenzó a construir su “Rompecabezas” combinando técnica y razón. Su mente estaba abierta y en continuo trabajar, dejando el mundo real bastante vulnerable. Ya no era un ser existiendo, sino un ser buscando razones para existir. Sabía que debía cambiar muchas cosas para poder hacer algo por su familia.

Luego de haber salido de ese “bache” de ser un ser pensante, se concentró nuevamente a sus estudios, porque había sacado la conclusión que el primer problema era el tiempo, no podía darse el lujo de seguir esperando siendo impotente, tenía que ser en ese momento, alguien para poder cambiar las cosas. Sin embargo su pensamiento cambió en mucho sentido, comenzó a producir antes de tiempo, no siguió esperando a ser para producir. Había planteado varias probabilidades de producir y se dedicó a buscarlas y a hacerlas realidad. Volvió a ser polifacético, como lo era en el colegio, se dedicó a explotar sus cualidades combinándolas con su ingenio para poder producir algo que le diera ganancias. Durante su época de bachiller, siempre estaba dispuesto a abarcar todo, siempre encontraba una forma de hacer las cosas y que éstas al mismo tiempo quedaran bien.

De tal manera que Marco no solo se preocupó por adelantar materias, para terminar rápido su carrera y poder desempeñarse como profesional, sino que también estaba muy pendiente de realizar labores extras que le proporcionaran cierta ganancia. Para esto se dedicó a hacer trabajos y a ayudar a estudiantes que estuviesen en dificultades en ciertas materias, además buscaba la forma conseguir algún trabajo u ocupación que le dejara algún capital extra. Así entonces, Marco no solo iba cultivando su mentalidad para el estudio sino también para el trabajo, y aunque vivía saturado de oficios, siempre tenía tiempo para todo y no le decía “No” a nada, ya que un “No” le significaba, decirle no a ganarse la vida. Pero este no, solo tenía un condicionamiento ético y moral que le impedía decir que sí. Aunque la propuesta fuese muy buena, la disciplina y la formación que recibió de su familia impedían en toda forma desviarse a malos pasos, y es que no le faltaron personas que le propusieran utilizar su talento para vender “b****a” y hablar “m****a”. En estos casos el usaba una ley que lo guiaba firmemente en el buen sendero: “Hacer bien las cosas, ganar lo justo. Y sobre todo, que lo que se vaya a hacer no perjudique a nadie”. Y esta frase se convertía en una fortaleza en contra de la tentación, y cada vez que la comunicaba en forma elocuente ante una tentativa amenazante, hacía que hasta el más preparado “Sofista” o “Mañoso”, desistiera de sus propósitos después del segundo intento. Y es que cuando los cimientos no fallan el edificio seguirá en pie, y  por lo mismo: “por más fuerte que sople el viento, la montaña siempre estará firme y desafiante.” Es importante comprender que la mentalidad fuerte de Marco se derivaba del conocimiento pleno del mal y de sus efectos y consecuencias. Gracias a esto, pudo crear en su mundo imaginario una situación similar en el cual, el pudo pensar y crear una posición fuerte en contra del mal, para que cuando esa situación se le presentara tuviese idea de como debía actuar o si era el caso de reaccionar, para mantener libre su conciencia.

En este entonces fue cuando decidió aprovechar su talento musical, en cuanto a percusión, adaptó sus conocimientos de la “Tambora”, a las “Congas”, que eran unos instrumentos más propios del medio musical de la Capital, y con el cual podía abarcar más ritmos musicales. Pero esto se le convertía en un problema muchas veces, porque el temperamento “Fresco” y despreocupado de los músicos, contrastaba con su puntualidad y responsabilidad. El problema no era solo de temperamentos, sino de hábitos y costumbres, porque las maneras de comportarse de estos, iban muchas veces en contra de sus principios y de su personalidad. Pero en fin, era algo a lo cual él debía adaptarse. Otro de los problemas que le ocasionó la música fue, la cantidad de tentaciones y dificultades que se le planteaban mientras realizaba el trabajo, como son el trago, la dificultad que se creaba muchas veces con el pago de un toque, los sitios en los cuales le tocaba meterse a veces eran despreciables en todo los sentidos, tanto por la gente, como por el mismo sitio. Sin embargo, el principal problema que se le presentó, fue el horario, todos los toques que hacían eran durante la noche y se prolongaban hasta la madrugada, y esto realmente no le favorecía porque las “trasnochadas” les disminuían mucho las energías para el resto de sus actividades. Y por todo esto después de dos meses metido de lleno en el campo de la música, decidió retirarse porque le vio a esa actividad más desventajas que ventajas. La decisión no fue fácil. Estaba luchando en contra de una de sus mayores pasiones que era la música, pero cuando estuvo en dificultades en una materia, en la Universidad, en la cual le costó bastante trabajo recuperarla, debido a que requirió de mucho trabajo, dedicación y sobre todo mucho estudio, algo que por estar pendiente de la música y de los compromisos que ésta acarreaba, no lograba realizar. De esta forma, la decisión parecía bien fundamentada hacia el abandono. Pero lo que más le preocupó y lo que lo hizo reaccionar, fue cuando se dio cuenta que por el descuido en su disciplina de estudio poco a poco estaba perdiendo su nivel académico, y su jerarquía en la Universidad que tanto esfuerzo y trabajo le había costado. De esta forma se hizo un fuerte auto análisis en el que llegó a la conclusión de que sus aspiraciones estaban por encima de la música, y que no quería perder por ella algo por lo que tanto había luchado. Estaba convencido de que la música le había brindado muchas satisfacciones, pero no podía desviarse de un camino que ya estaba próximo a terminar. Tuvo que pensar mucho, pero a fin de cuentas llegó a la conclusión de que él seguiría siendo músico a pesar de no estar en una banda –Ya que como buen costeño, llevaba el son de la música hasta en el caminado-, pero de algo sí estaba seguro,  y era de que no sería profesional si no se graduaba. El talento de tocar la percusión podía esperar, mientras que su carrera no, esto lo pensó cuando recordó una de las frases que le había dicho su abuelo Rodrigo en una de sus “charlas”, cuando le expresó a Marco su punto de vista sobre los estudios. En aquella ocasión Marco fue regañado por Cristina, al negarse a hacer las tareas alegando que si iba a ser músico, de que le serviría la “Biología” -En ese entonces Marco ya había comenzado a ensayar con la “Tambora” y gracias a ello estaba muy entusiasmado con su nueva ocupación-.  En la discusión Don Rodrigo intervino, se llevó a su nieto a su cuarto para hablar, y entre tantas ideas que le transmitió a Marco ese día, sólo una, pero la más importante, se le quedó grabada  en la memoria, para toda su vida: “Los talentos siempre estarán ahí, esperando a que tu decidas cuándo y cómo utilizarlos, pero la oportunidad de aprender no siempre se presenta. El hombre es un ser incompleto, y necesita conocer para defenderse en la vida. No te conformes con lo que sabes, porque en realidad no sabes nada. Rompe las barreras que te impiden conocer, porque estas no te dejaran  progresar como persona y  te llevarán a la perdición, al notar que a pesar de ser adulto, sabes menos que un niño.”

De esta manera Marco decidió reservar su talento musical para dedicarse al estudio y volver a su disciplina. Pero no le fue muy fácil, tuvo que mantener firme su fuerza de voluntad porque sus amigos del conjunto trataban de persuadirlo para que volviera a tocar en la banda, pero Marco los desalentaba mostrando su grado de determinación, diciéndoles: “Que primero estaba el deber que el placer”.

Al pasar dos meses más, Marco ya había vuelto a tomar las riendas de su carrera, recuperó la materia en que se encontraba en dificultades, y poco a poco volvía a adquirir la credibilidad y la confianza que había perdido durante su corto período como músico.

Ya había pasado un año y medio desde que Marco estuvo por última vez en La Samaria, que fue para la muerte de sus abuelos. Desde entonces no había vuelto. Sacrificaba sus vacaciones estudiando, y adelantando materias en la Universidad. Llamaba dos veces por mes a su familia en La Samaria, para enterarse de como iban las cosas en su casa paterna, y para hablar con sus padres y su hermana, que ya había dejado de ser una niña, para convertirse en una adolescente. Pero por motivo de las distancias las conversaciones entre los dos hermanos se veían afectadas por el paso de los tiempos y por la falta de comunicación que existía entre ellos. A pesar de eso el cariño de Marco hacia su hermana seguía siendo el mismo o mayor, desde cuando la trató por última vez en persona. Mientras que Isabel recordaba a su hermano de otra forma, lo veía como una figura que admiraban sus padres, y a pesar de concebir su existencia, para ella más que su hermano era una persona de la cual no tenía muchos recuerdos, y al cual desconocía de trato, y que por esto sus sentimientos hacía él no estaban definidos. Mientras que en la memoria de Isabel solo existía la imagen de un hermano molestón, que a toda hora le llenaba los cachetes de besos, y que le impedía jugar tranquilamente con sus muñecas, para Marco la imagen de su hermana le inspiraba cariño y ternura, porque a pesar de ser su hermano y no tener las mismas obligaciones de tratarla y de criarla como la tenían sus padres, a él le tocó en cierta forma colaborar o influir dentro de su educación y dentro de su temperamento, ya que el trato que él le proporcionaba a su hermana Isabel, también tuvo en cierta forma un carácter formativo que pudo ser  negativo o positivo, pero lo más importante fue que Marco influyó en su hermana durante una edad tan importante como es la niñez, en donde el niño aprende más cosas, y en donde comienza a diferenciar entre lo bueno y lo malo. Para Marco el ambiente que le brindó su hogar durante su infancia, fue muy influyente en su personalidad y en su manera de actuar, cada persona de su familia le proporcionaba muchas clases de apoyo y de enseñanza. De su padre vio la seriedad, de su madre la fortaleza y el apoyo moral, de su abuelo Rodrigo la sabiduría y la prudencia, de su hermana diversión y responsabilidad hacía ella, de su abuela Sofía, el trabajo y la dedicación, y de su abuelo Francisco la capacidad de cambiar y de volver a empezar. Todo esto se convertía en su soporte y en su ley de la vida, tomando el ejemplo de cada persona de su familia Marco lograba no solo solucionar muchos de los problemas que se le presentaban, sino que lograba darse fuerzas a sí mismo para seguir luchando.

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Al graduarse Marco como Administrador de Empresas de la Universidad, decidió seguir sus estudios y realizar una especialización para complementar sus conocimientos y para ser más competitivo en su campo de acción. Una vez terminados sus estudios y lograr su título de especialista en Administración, decidió ponerse a buscar trabajo, cosa que al principio vio muy difícil, sin embargo, poco a poco le iban saliendo las cosas. Dentro de esta tarea de tratar de buscar empleo en un País como Colombia, en donde ni siquiera los colombianos confían en sus compatriotas, y en donde se desecha el talento criollo para favorecer a las “Culturas superiores”, que en su mayoría de veces vienen a aplicar conceptos que no van en favor de la sociedad Colombiana, y que no les importa mucho los daños que le ocasionen a su gente, porque simplemente no tienen un sentido de pertenencia que los conduzca a buscar un bien, y es que de todas maneras cuando ni siquiera el propio colombiano se preocupaba por su país, es casi que imposible que un extranjero llegue a hacerlo.

Sin embargo, en estas condiciones fue cuando las amistades, los contactos, la buena imagen y la jerarquía que había dejado Marco en su universidad, le favorecieron mucho para encontrar un buen empleo, que le sirvió como un verdadero trampolín, dentro de su gran carrera como profesional. El propio Decano de la facultad de Administración lo recomendó con el dueño de un Banco que llevaba de nombre de “Banco Zapatío”, y que a pesar de ser una entidad con poco renombre en el país, hacía parte de una muy importante cadena financiera con centros en Madrid y en Buenos Aires, que contaba con pequeñas sucursales en varios países de Centro y Suramérica. El nuevo trabajo, para Marco no significó una simple experiencia, sino que se convirtió en un verdadero reto. La empresa se encontraba pasando por un muy duro momento, ya que la economía había sufrido su segunda crisis en menos de seis años, y apenas se estaba volviendo a recuperar. Por lo cual, los gerentes de las empresas salían y entraban de ellas como empleados y luego como desempleados respectivamente. Era una etapa muy competente, eran muy pocos los que lograban consagrase en un cargo por mucho tiempo. La dificultad en el manejo de la inversión, junto con  la exigencia que se hacía con relación a la rentabilidad de estas, requerían más que trabajo duro y experiencia,  de mucho ingenio y capacidad algo que Marco tenía en cantidad, gracias a su capacidad de proyectar las cosas al futuro y de prevenir las consecuencias.

Cuando comenzó a trabajar fue bastante duro, lo encargaron jefe de un departamento en un Banco. El manejo del personal era un gran problema que debía de resolver. Y eso se debió definitivamente a que su corta edad, no lo ayudaba en nada para esta función. Y esto era un gran problema porque si nadie atendía sus órdenes, sus criterios e ideas no tendrían los efectos esperados.  En su primera semana de trabajo, no dijo nada, se dedicó a evaluar las cifras y las cuentas del banco, pero su verdadero objetivo era observar a las personas que le tocaría “gobernar” en ese momento, observaba detalladamente las actitudes y los gestos que hacían sus futuros compañeros de trabajo, con respecto a él, pero también tenía bien calibrado su oído para escuchar hasta el más mínimo murmullo que estuviera relacionado con su persona. De esta manera fue clasificando al personal de acuerdo con la forma en como lo acogieran, así entonces que encontró en su inmediato subalterno a un hueso duro de roer y a un factor de peligro con respecto a su trabajo, por ser un fuerte opositor. El segundo a su cargo era una persona con apariencia antipática y repelente, obeso a manera de pingüino, desde el primer día se mantuvo lanzándole indirectas a Marco, con el fin de asustarlo y de incomodarlo, era un tipo al cual Marco debía saber cómo tratar para no ganarse un problema interno dentro de su “fortín”. Al principio optó por sobrellevarlo, pero vio que esa actitud no le favorecía en nada, ya que este individuo le hacía perder mando y jerarquía dentro de su oficina, y cada día le faltaba más el respeto, con sus frecuentes indirectas, que al mismo tiempo eran más directas. En estas circunstancias, Marco buscó la manera de hacerse respetar, imponiendo multas a los trabajadores que no le obedecieran, e incluso al principio tuvo que despedir a dos funcionarios del banco –Entre ellos al fastidioso pingüino-. De esta forma se convirtió en el típico jefe cruel y despiadado –todo un ogro-,  en contra de sus principios personales, provocando que sus empleados, no fueran capaces de sostenerle ni siquiera la mirada. Su disciplina era estricta, para una situación caótica en donde no solo se estaba jugando su puesto, sino su orgullo como profesional. En una semana el banco funcionaba como un relojito, la gente trabajaba fuertemente y sin distracción alguna, por la rigurosa disciplina que imponía Marco desde su departamento. Su trabajo era estupendo, las ordenes eran ejecutadas al instante y obedecidas sin ninguna objeción, de esta forma Marco ya había logrado la primera etapa de su propuesta de trabajo, hacer que las personas trabajaran intensamente, no excesivamente, que es muy diferente, ya que la intensidad se traduce en la productividad y en la eficacia, mientras lo excesivo se traduce en el trabajo hecho de mala gana, en la explotación inhumana del hombre y en la sublevación de éste en contra del trabajo. Marco, ya estaba recogiendo los primeros frutos de su trabajo teórico y de la misma forma  ya se estaba ganando la confianza de sus superiores que lo veían ya como un salvador. Pero Marco no se sentía bien, porque le hacía falta trabajar en la parte más importante  para él, que era la persona. Durante todo ese tiempo transmitió y provocó mucha tensión a sus empleados, y esto era algo que iba en contra de su personalidad y de sus principios, además iba en contra de muchas reglas de manejo de personal. Fue entonces, cuando logró los resultados que buscaba y  se ganó el respeto de todo el personal en el banco, buscó la manera de cambiar su imagen ante sus empleados, soltando poco a poco las riendas que les había colocado para tratar de manejar la situación.

En medio de esta situación, algo ocurrió con el gerente del Banco, y en su reemplazo nombraron a Marco. El ascenso llegó muy rápido para el joven que se había ganado la confianza de los directores que supervisaban su trabajo. Su reto aumentaba, pero el deseo de mejorar sus relaciones con sus empleados y compañeros seguía en pie. No podía administrar un Banco si la gente no hacía lo que el ordenaba, pero tampoco podía descartar la confianza que debía tener en sus subalternos en un trabajo con tanta responsabilidad. El tiempo trascurría y Marco sentía la necesidad de ganarse la confianza de sus empleados.

Un día Marco entró a su oficina y convocó a una reunión  a todos los ejecutivos en la sala de juntas. Todos lucían preocupados y nerviosos, solo esperaban que el ogro hablara, al mismo tiempo que rezaban sobre manera, para conservar sus empleos. Ante esta situación Marco solo se reía, y lucía tranquilo, pero eso sí, guardando compostura y una seriedad que producía miedo. Al entrar todos los convocados en la sala que por cierto eran solo hombres –no citó a ninguna mujer-, estaban a punto de tomar asiento, pero Marco dio orden de que no se sentaran. Esta orden dejó sin aire a muchos y a otros de mal color, estaban totalmente desconcertados por la actitud de su jefe. Todos se miraban extrañados, pero no pronunciaban ninguna palabra. Al rato Marco ordenó recoger la mesa y archivarla en un rincón, junto con las sillas, argumentando que necesitaría mucho espacio para realizar la actividad que tenía en mente. Se hizo lo que se pudo, se buscó la manera de dejar el mayor espacio libre, se movieron materas, tableros y mesitas que había alrededor, y que según Marco estaban estorbando. Los hombres simplemente obedecían, dejando toda la inmobiliaria amontonada en un rincón, de tal forma que convirtieron la sala en un potrero despejado. Luego de esto todos se ubicaron enfrente de Marco quien comenzó a contar a los asistentes, quienes se asustaron más, ya que no sabían en que iba a terminar el asunto y ni siquiera se lo imaginaban. –“Bien, somos ocho. Perfecto, quedamos parejos”, señaló Marco, ante la mirada desorientada de los ejecutivos. Después les ordenó a dos hombres que cogieran una silla cada uno y que la ubicara en cada extremo de la sala. Fue cuando entonces se dispuso a hablar:

-“Pues bien caballeros, los he reunido aquí para comunicarles que gracias al trabajo duro que se ha venido realizando, y debido a la seriedad y disposición que han mostrado en la ejecución de mis ordenes, hemos logrado sacar adelante el banco, al cual pertenecemos. Por tal motivo, nos hemos ganado la confianza y admiración de la junta de socios del Banco, quienes en una reunión realizada en el día de ayer, respaldaron nuestro trabajo y apoyaron nuestras reformas -que entre otras cosas han dado muy buenos resultados-. Por esta razón, aproveche la situación y al ver que se encontraban de buen humor, tuve el atrevimiento de solicitar un premio para las personas que han logrado hacer realidad mis ideas, y gracias a esto logré conseguir.... que los accionistas destinaran un quince porciento de las utilidades que hemos obtenido, -gracias a nuestro trabajo y dedicación- para otorgar una bonificación especial, que se hará efectiva en el pago de nuestros salarios. –Todos los presentes brincaron de la emoción-. Pero también, yo les quiero manifestar mis agradecimientos, por la disposición que han presentado, y por eso los he citado aquí para realizar una pequeña sesión de relajamiento, para tratar de mitigar la tensión y el estrés que hemos sufrido todos, durante estos días.”

Esta última información, silenció todos los gritos de felicidad, por el desconcierto que originaba estas últimas palabras. Sin embargo, Marco tranquilamente se dirigió a su maletín, y de él sacó una especie de esfera de color rojo, que a simple vista parecía hecha de caucho. –“Que tal si jugamos un partidito de micro, cuatro pa’ cuatro. ¿A ver cómo nos vamos?, un equipo que juegue sin saco y el otro con él –invitó Marco con entusiasmo-. Todos acataron las órdenes, más por la alegría que por compromiso, y eso era lo que buscaba Marco, relacionarse de mejor manera con sus empleados y tratar de mermar ese odio que él creo en ellos, en contra de sí mismo. Marco sabía muy bien que una de las mejores formas de comenzar una relación con personas con que se han tenido problemas era el juego, pero el juego recreativo, no el juego competitivo, que crea más enemigos, que amigos y rompe con facilidad y en poco tiempo, amistades que duraron en forjarse años. Mientras que el juego recreativo hace que hasta las más grandes asperezas se olviden, ya que crea una relación basada en el trabajo de grupo y el compañerismo, para poder ganar, y esto era lo que pretendía Marco  –Nuevamente se salió con la suya-. El partido se llevó a cabo en la sala de juntas, los ejecutivos mostraban tanto sus incapacidades, como sus habilidades en el juego, de los ocho presentes, solo tres alcanzaban la edad de los cuarenta años, mientras el resto se veía bastante joven. El juego se tornó interesante y competitivo, un equipo marcaba un gol y el otro le respondía con otro, la “tocata” era el principal arma, porque la individualidad no salió a flote debido al espacio y las pocas condiciones de los jugadores – O mejor dicho de los patiadores-, pero sin duda la mala condición física de los ejecutivos imposibilitaba, un movimiento más espontáneo dentro del juego. Pero a pesar de esas adversidades, el talento al tocar la bola en el espacio reducido era una virtud en estos “Pateadores”, que cualquier jugador profesional de fútbol hubiese envidiado. Mientras adentro de la sala era toda una fiesta deportiva, en el exterior, el personal femenino, escuchaba con extrañeza y curiosidad, algunos movimientos y gritos que salían del improvisado estadio. Lo más simpático del asunto fue cuando uno de los equipos logró empatar, y se dispusieron a celebrar el gol con tal algarabía, que no estaba permitida dentro de las reglas de este nuevo deporte de oficina, porque una de dichas reglas era la de no gritar, para no llamar la atención. Pero la emoción fue tan grande que no se contuvo, y produjeron un ruido bastante fuerte al celebrar el gol del empate, lo que ocasionó que una de las secretarias, que se encontraba cerca de la sala, se imaginara que en la junta había surgido tremenda pelea, y de inmediato llamó al guardia de seguridad para que averiguara que estaba pasando,  y de paso controlara la situación si era el caso. El guardia subió, entró en la sala, pero no salió. Había entrado, y lo habían puesto a sustituir a uno de los jugadores que había desistido por falta de físico. Las personas que se encontraban afuera se preocuparon más, por la demora del guardia, y la sucesión de los ruidos. Pero de un momento a otro la paz volvió, la puerta se abrió, y salió Marco bastante sudado, ordenándole a una aseadora que trajera un buen número de gaseosas.

Su labor había tenido un rotundo éxito en el sexo masculino, pero aún faltaba el sexo femenino, en donde las cosas van a otro precio. Con las mujeres, la estrategia a seguir era otra muy distinta, porque mientras a los hombres se les puede brindar emoción y compadrazgo, a las mujeres hay que brindarles mucha dulzura, comenzando por bajar la guardia, dejando de ser tan áspero, “echándoles  piropos” y mejorarles el trato, pero, sobre todo saciando “sus necesidades de hablar”. Cuando comenzó su misión, fue mirado con extrañeza por las integrantes de su oficina. Observaban con mucha malicia el repentino cambio que presentaba su jefe, que pasó de ser un ogro que les exigía a toda hora el trabajo, a ser un digno representante de la flexibilidad laboral, de un día para otro. Sin embargo al pasar los días esa extrañeza se convirtió en curiosidad y luego en admiración.

La vida de Marco comenzaba a tomar direcciones favorables, se convirtió en un ejecutivo de mucho prestigio y bien cotizado por su trabajo serio y su productividad. Tanto así, que le comenzaron a llover propuestas de un momento a otro, a pocos meses de estar ejerciendo. En su vida personal se encontraba bien organizado, y aunque vivía todavía bajo el mismo techo de su tío Leonardo, ya estaba dando los primeros pasos para su independencia, tratando de organizar sus gastos. Otro de los aspectos personales de bastante cambio fueron sus relaciones con las personas que lo rodeaban, en su trabajo respiraba un aroma amigable, sus compañeros lo querían y lo respetaban mucho, con sus compañeras las cosas eran de otra forma, de un momento a otro sus antiguas amigas se le convirtieron en admiradoras sentimentales, porque la admiración y la curiosidad que hubo al principio, se convirtió poco a poco en una obsesión y un deseo. Esta nueva situación que se le presentaba a Marco, le ocasionó varios problemas ya que no tenía mucha experiencia en el campo del amor,  y era presa fácil de las llamadas “Gasolineras” que sobreponen los intereses y lo material por encima del amor, o por lo menos de una relación seria. Marco solo había tenido dos novias en su vida, la primera fue finalizando el bachillerato, y le pasó como en las mejores fiestas, “En lo último, es cuando se ponen las cosas buenas, y uno no quiere irse después de haber perdido tanto tiempo al principio”. Esa fue una bonita experiencia, era una relación que se basó en el apoyo moral mutuo y en el cariño, por fuera de cualquier “Animalidad”. Pero todo terminó con el grado de Marco y su viaje a la Capital para estudiar, ella era menor que él en un año y no le quedó de otra que quedarse en La Samaria y dar todo por terminado. El segundo noviazgo fue estando en la Universidad, una de sus amigas de curso entabló una relación basada en la confianza y en una sinceridad enorme, en donde ambos se buscaban para ofrecerse apoyo, pero luego surgió el amor. Esta vez las cosas se dieron tan rápido que Marco no encontraba forma de aguantar el ímpetu de su compañera y entonces surgieron bastantes problemas que le dieron a esa relación tan rápida, un fugaz final. Sin embargo siguieron siendo amigos, y volvió a aparecer cupido con sus flechitas, y fue así como los volvió a flechar. Pero nuevamente se cayó el “mundo”, y esta vez en forma definitiva, necesitaron hablar mucho para comprender que entre ellos la única relación que podía surgir era la amistad. Es que entre Marco y esa chica llamada Patricia, habían muchas diferencias, porque a pesar de tener una misma forma de ver la vida, sus costumbres eran totalmente distintas y poco compatibles entre sí, lo cual producía una serie de desacuerdos entre ellos, en los cuales ambos salían muy lastimados.

Fuera de esas dos oportunidades Marco no conocía otra clase de amor que no haya surgido como apoyo personal, y por eso fue víctimas de muchas mujeres que para su parecer no sabían lo que era el amor, y que estaban condenadas a vivir solas o como aves de paso, que así como llegan, se van. Pero Marco encontró de todo, en el campo del amor también le tocó sufrir el sabor  de las mujeres “Pitillo” -Plásticas por fuera y vacías por dentro-, las cuales “dan” todo lo que les pidas a cambio de comodidades, pero eso de pronto es algo normal, el problema es que son muy dadas a aburrirse y cuando tú más las necesitas desaparecen –Se va la plata, se van las mujeres-, otro de los problemas de estas mujeres, es que fuera de su belleza y el mantenimiento de esta, todo les parece insignificante, no son muy instruidas, ni tampoco bien estudiadas, y por eso no saben ofrecer mucho afecto, ya que todo lo toman deportivamente y cuando hay dificultades simplemente “abandonan el barco” y se van. Sin embargo Marco decía  que “Aquel hombre que encuentre a una mujer inteligente, bella y apasionada (que ame con locura) al mismo tiempo, ha encontrado al mejor tesoro que puede existir en la Tierra, porque de ser así, ha encontrado media vida de felicidad.” Sin embargo, esa era una felicidad esquiva para él todavía, él que por más que buscaba y escogía a sus flores por medio de una selección minuciosa antes de caerle, no lograba encontrar nunca el sabor que buscaba, tal vez porque era muy exigente, pero la verdad es que más que esto, tuvo que sufrir el problema de todos los Calderón en el amor, una especie de mala suerte.

A pesar que en su mayoría todo iba por buen camino para él, siempre se preocupó por el estado de su familia y a pesar de perder en ciertas ocasiones la comunicación constante con ellos, siempre estuvo pendiente de todas sus necesidades. Todos los meses le hacía un envió a su padre  de una parte del dinero que él ganaba en su trabajo, al mismo tiempo, en que veía la forma de organizarse mejor  y tratar de mejorar sus condiciones y pretensiones como profesional.

En ese instante, el centro de su vida era el trabajo, sabía que todo lo que hiciera en ese momento sería determinante para su futuro. No podía hacer mal las cosas porque se jugaba su carrera como profesional, no podía pensar seriamente en las mujeres, porque apenas estaba comenzando, y en un mundo tan crítico como el que estaba afrontando, debía organizarse de mejor manera para tratar de poder ofrecer algo a su futura pareja. Y sobre todo, no podía volver a casa (su ciudad Natal) porque sus aspiraciones como profesional se verían frustradas en su ciudad de origen, en donde no hay industrias, los campos de acción son reducidos, y monopolizados por gente que sin ser de La Samaria, se habían apropiado de ella en poco tiempo, desplazando y marginando a sus verdaderos dueños que nunca se habían propuesto  hacerse sentir, y que de todas formas estaban ya, bajo las leyes que habían impuestos estos “invasores”. Esta era una de las situaciones que más tarde resolvería Marco, después de varios años, en donde él mismo, después de regresar a su tierra, la recuperaría para su gente. Su pensamiento alrededor de esta situación se veía reflejada en una de sus frases más utilizadas por él que era: “La Samaria, es para los samarios, el resto que espere”, y esta misma frase fue su lema cuando se lanzó en su campaña a la Gobernación del Departamento  de La Macarena, muchos años después cuando regresó triunfante a su región y a su tan querida ciudad, después de haber triunfado en otras partes del mundo, gracias a su talento y trabajo serio, pero eso ya es otra historia.

Como venía diciendo las perspectivas de Marco estaban dirigidas a cambiar y mejorar su mundo desde su trabajo, y no sólo de su pensamiento, cuidándose siempre de ser una persona más que vive en el mundo, para ser una persona activa dentro de él. Por eso, su trabajo fue la base su éxito, porque simplemente y llanamente con él pudo transformar y mejorar el mundo para acercarlo más semejante a sus sueños, porque a pesar de que los hombres no logran plasmar en la vida todo lo que piensan y construyen en su mente -ni por más cálculos y perfecciones que se le realicen a una obra-,  nunca quedará igual a la imagen creada en los planos y mucho menos a la que se creó inicialmente en la mente, porque la realidad ideal es distinta a la realidad material. Así mismo no se logrará cambiar del todo al mundo a base de buenas intenciones y de buenas ideas, pero es un hecho que en algo se puede mejorar al mundo y al ambiente en que vivimos si se trabaja fuerte y con dedicación, y Marco era conciente de ello.

Para Marco las oportunidades en la vida había que buscarlas, y no esperar que les cayeran del cielo; es decir que no bastaba con el simple hecho de rezar todos los días y de ir a la iglesia todos los Domingos, porque hasta el mismo Dios dice “¡Ayúdate!, que yo te ayudaré”. Por eso Marco buscaba por todas las formas, tratar de sobresalir en su trabajo, para encontrar opciones más favorables, y cuando se presentaba la oportunidad, exigía con argumentos y motivos suficientes para conseguir lo que se proponía. De esta forma cuando se encontraba en la gerencia del Banco, cada vez que solucionaba una crisis u obtenía un triunfo para la entidad, también procuraba conseguir para él algunos beneficios, como era el de exigir una bonificación o un estímulo que le proporcionara más bienestar económico.

Durante el tiempo en que trabajaba Marco en el Banco, una comisión de inspección de toda la red financiera, hacía sus respectivos controles a sus entidades en todos los países en donde tenían sucursales financieras funcionando, y cuando llegaron a Colombia, e inspeccionaron el Banco  en que trabajaba Marco, se encontraron sorprendidos por las condiciones tan favorables en que andaba la entidad, a pesar de lo que ocurría a su alrededor, en donde todos los Bancos se encontraban en grandes aprietos en cuanto a liquidez, se refiere, sin embargo, “El Banco Zapatío” tenía un funcionamiento estable, con unas ganancias significativas con respecto a otras entidades financieras. Los resultados obtenidos por Marco, representaron un buen calificativo y muchos elogios por parte del comité de inspección,  quien llamó a Marco para que participara en la reunión que se iba a realizar con la junta directiva del Banco, en donde le pedían un minucioso informe del manejo que le había dado a la entidad. La reunión estaba programada para las once de la mañana, en la oficina central en donde trabajan los miembros de la junta y de donde parten todas las órdenes que tenían que ver con la entidad. Este llamado sorprendió mucho a Marco, quien ya había entregado el informe de todo el trabajo que se había venido realizando bajo su gerencia, y que ya se encontraba muy tranquilo porque había recibido una comunicación que le hizo el presidente de la junta directiva, en la cual le informaba a Marco que no había ningún problema, que al contrario, los miembros del comité habían quedado bastante satisfechos. Sin embargo unos días después se encontró con una carta que le solicitaba su presencia para una reunión “ESPECIAL” en las instalaciones Centrales de la presidencia del Banco.  Pues bien, todo estaba listo para que Marco asistiese a esa reunión, ese día, pero por cosas de la vida, cuando uno se le presenta algo importante casi siempre surge un imprevisto. Era ya casi la hora y Marco en esos casos siempre opta por tomar un taxi, en vez de irse en buseta que era lo habitual cuando había el pico y placa que lo dejaba sin chance de usar su carro. En estas circunstancias Marco confiado en el tiempo que podía ganar al transportarse en taxi, se dejó coger del tiempo. Cuando bajó dispuesto a llamar a un taxi, se quedó parado en la esquina de una avenida esperando que pasara uno. En estas se encontraba, pero iba transcurriendo el tiempo, y comenzaba a preocuparse, porque el tiempo seguía transcurriendo, y no pasaba ni un taxi. Así que optó por cambiar de esquina, pero nada, no pasaba ninguno. Ya desesperado, sudando frío, dentro del saco, en medio de la corbata y bajo un sol de diez y cuarenta de la mañana, decidió preguntarle a un embolador de zapatos, -“¿Que era lo que ocurría? ¿Por qué no pasaba ningún taxi?”,  y el ilustre embolador siempre bien informado de la actualidad Nacional le respondió con otra pregunta: -Que Señor ¿No sabía usted, que los chóferes de taxi se habían unido para hacer un paro? A Marco se le vino el mundo abajo con esta noticia, se lamentaba por no haber estado informado, para prever esa tan indeseable situación. Y es que Marco no le quedaba tiempo para ver los noticieros ni siquiera en la noche, y cuando cogía un periódico centraba su atención –Para no decir que solo leía las cosas que le interesaban- en la sección económica -que era de donde se basaba para poner en práctica nuevas medidas en su Banco-, y la sección deportiva en donde se enteraba de los triunfos y derrotas de su “glorioso” “Ciclón Bananero”, el resto simplemente le daba un vistazo rápido, o simplemente lo daba por visto –siempre decía: “puras malas noticias”-, y de este mal hábito ya tenía sus consecuencias, solo contaba con quince minutos para llegar a la reunión de su vida, en una distancia que se puede llevar de veinticinco a media hora, -dependiendo del tráfico-, para poder recorrerla. Sin embargo en pleno desespero en donde no sabía ya ni qué hacer,  se paró un auto en frente de él. Era una de sus “conejitas” más amañadoras, que entre una y otra promesa, le hizo el gran favor de llevarlo al ya inalcanzable sitio de la reunión. Sin embargo, como “La esperanza es lo último que se pierde”, logró llegar a la reunión a pesar de un retardo de quince minutos. Al llegar al lugar, pagó su respectivo Impuesto de transporte (un beso), y el pago legal de la carrera (una cita para salir el viernes con dicha ‘conejita’), que dejaron a la improvisada taxista más que satisfecha –y es que con una belleza de ese calibre, se podría ir hasta el fin del mundo. Sin embargo con estas mujeres, antes de llegar al fin del mundo ya estarás divorciado, emproblemado, nuevamente sólo y bien confundido-. Salió del carro como un cohete, subió las escaleras como una centella y cuando le preguntó a la secretaria desesperadamente si aún estaban ahí los miembros de la junta y los supervisores en la sala de audiencia, la secretaria le respondió, que los miembros de la junta se encontraban esperando desde hace rato, pero los supervisores llamaron a comunicar su retraso porque los había cogido un trancón en plena autopista, pero dijeron que ya venían en camino. Una gran noticia en medio de una gran confusión, le devolvía a Marco su estabilidad emocional. Solo suspiró en señal de alivio y dio la vuelta, y vio al comité de supervisión que se encontraba cruzando la puerta de la recepción del piso de juntas. Cuando lo vieron lo saludaron muy cordialmente, y al mismo tiempo se disculpaban por el retrazo. Los miembros de la junta directiva, estaban comiéndose las uñas, no tanto por el retrazo de los del comité, sino por la ausencia de Marco, no veían el momento de que cruzara la puerta para estrangularlo a punta de regaños. Cuando Marco se asomó a la puerta, el presidente de la junta lleno de cólera estuvo a punto de soltar un grito, pero cuando estaba listo para articular el sonido, tuvo que frenar el “maremoto” que iba a expulsar por su boca, al ver que uno de los miembros del comité supervisor cruzaba la puerta después de Marco, de manera, que además de aguantar sus ímpetus, le tocó fingir una estúpida sonrisa que le dio a más de uno de los presentes la impresión como si se le hubiese “mojado la canoa” o estuviese seriamente en cambiar su inclinaciones sexuales.

Al dar comienzo la reunión después de una interminable sesión de saludos, y uno que otro comentario sobre la “sospechosa” sonrisa del presidente  de la junta, los miembros del comité de supervisión tomaron la palabra y dieron a conocer las causas por las cuales estaban allí reunidos. Los motivos eran muy simples, querían saber cómo y quién había planeado el funcionamiento del Banco bajo esas circunstancias. Al principio todos tuvieron algo de temor al pensar que los miembros del comité habían encontrado algo malo en el funcionamiento del Banco, y por eso nadie se animó a salir al “ruedo”. Luego vino una pequeña aclaración por parte del comité, en donde resaltaban la labor cumplida y la gran sorpresa que se llevaron al evaluar el funcionamiento del Banco, y que por eso estaban dispuestos a recomendar a aquel que haya diseñado el plan de trabajo, a uno de los principales Bancos de la cadena a la cual representaban.

Y de esta forma se levantaron tres, dos “fantoches” de la junta directiva, y Marco. El presidente no dijo nada, dejó que los tres expusieran el trabajo que se venía realizando en el Banco, y que saliera el mejor, a pesar de saber quién era el verdadero merecedor del premio.

De esta forma, subió el primer fantoche a hablar delante del comité, y lo único que consiguió fue hacer el ridículo, porque no aguantó ni las dos primeras preguntas del comité con respecto a los resultados de las acciones que estaba exponiendo. El segundo, pasó con más seguridad y muchas más bases, hasta el punto de confundir al comité que seguía lanzando preguntas para ver si en verdad era él, el  precursor del trabajo que se venía efectuando. El comité quedó con muchas dudas al respecto, sin embargo no parecían convencidos, y decidieron darle la oportunidad de exponer sus ideas a Marco, quien no vaciló en ninguna pregunta, y sus respuestas eran perfectas y certeras, como para no dejar duda alguna acerca de quién había realizado el trabajo. Los miembros del comité quedaron satisfechos. Con solo cinco preguntas profundas y difíciles habían dado con el verdadero responsable del buen funcionamiento de la entidad.

Después de esto, a la salida de la reunión los miembros del comité invitaron a Marco a cenar con él esa misma noche, en plan de negocios. Marco asistió esta vez sin ningún inconveniente a la cena, y se volvió a entrevistar con los miembros del comité, que siguieron con el interrogatorio, como tratando de medir las capacidades de Marco. Pero por más que preguntaban, siempre encontraban a una muralla que repelía toda clase de ataques, de una u otra manera pero siempre le encontraba solución al problema que ellos le planteaban.

De esta forma concluyó la cena, al día siguiente los miembros del comité partieron hacia España para rendir su informe. Por otra parte, Marco quedó más que satisfecho, y con la tranquilidad de haber dado lo mejor de sí, para que se le dieran las cosas de manera favorable.

Y fue así, como en un mes le llegó una carta, a su correspondencia en donde uno de los miembros de la red Bancaria, le ofrecía trabajo en Argentina, en uno de sus Bancos. Una bonita posibilidad para Marco, para conocer y culturizarse, sin embargo él lo tomó más como un reto profesional. En la tarde de ese mismo día recibió una llamada del presidente del Banco de Argentina, quien lo llamaba para agilizar la negociación de su posible contratación. En estas circunstancias tan rápidas, Marco no sabía que decir, sin embargo puso sus condiciones y pidió plazo hasta el día siguiente para decidir y definir así su contratación.

Al colgar el teléfono, su mente se vio en blanco, tratando de buscar respuestas y pensar mejor la situación, pero la emoción no lo dejaba pensar con claridad. Fue entonces cuando decidió llamar a su principal apoyo en la vida, su Madre, que aunque se encontrara bien lejos de él, estaba bien presente con sus enseñanzas en la mente de Marco. De esta manera Marco, marcó el numero telefónico de su casa en La Samaria, para buscar el único concepto válido para él, en ese momento, una opinión sin intereses, sin complejos, sincera y que al mismo tiempo sabía y argumentada muy bien, pero sobre todo siempre buscaba el bien de él, una opinión o un apoyo que solo una madre  podía dar.

Al comenzar la conversación sólo se tocaron temas como el de la salud, el de la nostalgia y sobre todo el del amor. Marco dejó para lo último la noticia que le tenía que confiar a su madre. Cuando terminó por plantearle la situación a Cristina (su madre), ella le dio a conocer a su hijo sus dos puntos de vista como madre. El primero que tenía que ver con la distancia y el tiempo, en donde le planteaba su inconformidad al ver muy difíciles las posibilidades de volverlo a ver, en caso de irse para la Argentina, en este punto de vista también le planteaba la dificultad a su hijo de estar más solo, de volver a empezar, de volver a ganarse amistades, y de acomodarse a otra cultura. Y en el segundo punto de vista, le brindo su apoyo, manifestándole su deseo y el orgullo que sentía al ver que él se estuviera superando. Y al terminar le dio la clave que estaba buscando, Cristina le dijo a su hijo Marco, que no se preocupara tanto por pensar en los demás, que simplemente decidiera por lo que él creyese que fuera lo mejor, ya que las oportunidades sólo se presentan una vez en la vida, y por eso no hay motivo para desaprovecharlas, y como dijo la propia Cristina: -“Si crees que es lo correcto y al mismo tiempo es bueno para ti, hazlo, y no habrá ningún remordimiento de conciencia que te atormente por el resto de tu vida. Simplemente piénsalo bien, que tu decisión es como una ley que sólo a ti te va afectar.”

Después del dialogo con su madre Marco comenzó a pensar en medio de una turbulencia de pensamientos. De esta forma también comenzó a crear nuevamente un mundo ideal, un mapa de probabilidades y un cronograma de situaciones, tratando de evaluar su caso metódicamente. Sin embargo, no le era posible encontrar una razón empírica, porque no tenía muchos datos para realizar algo más concreto –que era lo que últimamente estaba realizando para planear su realidad-, de tal forma que volvió a implementar el método fantasioso –por decirlo así- que utilizaba cuando era niño, y que utilizó también en su juventud. De tal forma que se inventó una serie de posibilidades, y circunstancias, en donde él era el centro del “borbollón”, o en mejores términos él mismo se ponía en el ojo del “huracán” para evaluar así, de mejor forma la importante decisión que iba a tomar. De esta manera se la pasó en vela toda la noche, oyendo música y jugando con su mente, llegó a conciliar el sueño a las dos de la mañana, cuando sin querer se quedó dormido en el sofá de la sala de su apartamento.

Riiiiiin..... riiiiin....... riiiiiin. Estaba sonando un aparato que en ese entonces le cortó el pensamiento pasivo del Marco “soñador”. Abrió los ojos, percibió el singular sonido y al identificarlo se exaltó por completo. Saltó del sofá y buscó afanosamente al ruidoso aparato que lo había despertado de un sueño puramente instructivo. Antes de responder al aparato, miró el reloj, y soltó con muchas ganas un “madrazo” de consuelo. Eran las ocho y media de la mañana y él ya debería estar trabajando, en ese día viernes soleado y trascendental en toda su vida. Al contestar al teléfono, se encontró con el sonido de una voz muy formal y amigable, de acento castellano, que al principio lo sorprendió del todo, porque esperaba el cotidiano maremoto de los regaños del presidente de la junta directiva del Banco –que muchas veces eran sin razón, como para no perder la costumbre- o la alarma desesperante al estilo despertador que emitía su secretaría cada vez que lo llamaba a su casa para  comunicarle alguna situación concerniente a su trabajo. La voz buscó un diálogo de manera formal, a veces llevado a los extremos, sin embargo era bastante breve para decir las cosas, siempre iba al grano.

La singular voz estaba llamando desde Argentina, era de parte del  Banco que estaba interesado en los servicios de Marco. La llamada era para  concretar los datos para la contratación de Marco, al mismo tiempo que le informaban que el Banco había accedido a las exigencias básicas y más razonables que él había hecho. Todo estaba ya dado, sólo hacía falta la respuesta de Marco, un sí o un no, para que le enviaran los pasajes correspondientes, y pudiera firmar el contrato, y así comenzar a trabajar en “La Argentina” lo más pronto posible. Pero contrario a todo pronóstico, Marco no tuvo ningún problema en decidir, solamente dijo “acepto” en el momento que le tocaba hacerlo sin ninguna vacilación, algo que no era común en él, ya que siempre pensaba bien las cosas antes de decidirse, así ya lo hubiese pensado anteriormente. El siempre decía que “En un minuto, se puede acabar el mundo entero y en poco segundos se puede extinguir una vida”, de manera que siempre tenía por costumbre meditar y premeditar bien las cosas antes de acceder a ellas. Era un principio lógico que aprendió de su hogar desde pequeño, en donde de tanto observar había captado de su padre lo meticuloso y preciso que había que ser  antes de llegar a un diagnóstico. Pero al mismo tiempo y de la misma forma, había visto también los errores que cometía –no con sus pacientes, sino en la vida personal- cuando se salía de esos márgenes metódicos y caía en la intuición. Por otro lado también había aprendido a no pensar tanto las cosas, porque eso quita precisión y seguridad a la hora de tomar una decisión urgente, y este principio lo tomó de su madre, que actuaba cien por ciento por intuición, y alcanzaba una precisión de un noventa porciento de todos los objetivos que se proponía alcanzar, sin embargo, la velocidad con que hacía las cosas, le significaba el no conseguir a la perfección lo que en realidad quería y muchas veces le surgían pequeños problemas que no estaban en el inventario, pero que siempre solucionaba con su optimismo intuitivo, algo que no podía hacer Joaquín con su pesimismo metódico, que lo terminaba hundiendo en la desesperación y en el realismo subjetivo.

Estos dos aspectos son los que influyeron en Marco al tomar una determinación importante, por ello cada vez que tiene que decidir, recuerda y trata de poner en práctica las dos formas de actuar que vio desde que estaba pequeño.

De esta forma la conversación telefónica siguió transcurriendo con absoluta brevedad y consistencia, solo se limitaba a formular preguntas, -que más que curiosidades eran exigencias de lado y lado-, y cuyas respuestas completas eran un sí o un no. Las cosas estaban dándose tal y como Marco quería, de tal forma que no se le ocurría alguna objeción. Sin embargo volvió a hacer énfasis en su principal petición, que era la autonomía laboral, y esto era lo que en realidad quería Marco, que por cambiar su ambiente, sus actuales comodidades y su relativa cercanía a sus padres, le diesen libertad de desarrollar ampliamente sus ideas, sin que ningún necio, ignorante o prepotente tuviese la capacidad de restringirlo.

                        *                      *                      *                      *

En un mes ya estaba todo listo para que partiera para “La Argentina”, se despidió de sus compañeros de trabajo, quienes le brindaron una cordial despedida. Luego le llegó el turno a sus familiares, su madre, su padre y su hermana Isabel, viajaron a la Capital con el único propósito de despedirlo y desearle suerte en su viaje. Todo eso ocurrió en un lapso de cinco días, Marco se reunió con su familia en la Capital y no se separó de ella, hasta que le tocó embarcarse en el avión. La fiesta de despedida familiar tuvo lugar en la casa del tío Leonardo, quien recibió a su hermana Cristina y a toda su familia mientras estuvieron en la Capital. Marco que seguía viviendo en su apartamento de soltero arrendado, que solo tenía un cuarto, una pequeña sala y un remiendo de cocina, todo con un toque moderno y ejecutivo. Por la estrechez del apartamento de Marco sus padres no pudieron instalarse en él, porque simplemente no había el espacio para que pudieran convivir. Además el apartamento de Marco estaba ubicado a unas cuadras de donde se encontraba la casa de su tío Leonardo.

El reencuentro de Marco con su familia fue algo muy emotivo y lleno de sentimientos, ya hacía año y medio desde la última vez en que Marco estuvo junto a su madre, cuando esta decidió visitarlo en la Capital. La dura situación económica por la que atravesaba Joaquín en La Samaria y la fuerte jornada laboral que tenía Marco en la Capital se convertían en un “Muro de Berlín” que los había aislado carnalmente a los unos de los otros. Además los giros de dinero que le hacía Marco a su familia en La Samaria, solo ayudaban en parte a aliviar los gastos que tenía que afrontar Joaquín en el mantenimiento de su familia, ya que en el consultorio ya no le iba tan bien como antes, ya había mucha competencia y muchos otros doctores lo superaban en implementos y actualización. De tal forma, que Joaquín solo conservaba a sus pacientes más tradicionales. Mientras que por otro lado Cristina trabajaba en otro negocio para aliviar en gran parte los gastos de la familia. La situación era desesperante, se podría decir que la familia Calderón trabajaba para los Bancos, a los cuales les estaban debiendo el dinero que pagaron al comprar su casa.

Y esta fue otras de las circunstancias que influyeron en la determinación de Marco de irse del país, para poder mejorar su nivel de vida, mejorar sus ingresos y de esta forma ayudar de mejor manera a su familia. Porque como estaba la situación en su país, él no veía el suficiente progreso y desarrollo con el cual pudiese llenar sus aspiraciones o perspectivas. Además Marco necesitaba de un medio que no le impidiera sobresalir, o que le impidiera avanzar después de un determinado límite, porque en las sociedades con alta burocracia reinante, existe un límite de aprovechamiento del ser humano, porque en estas sociedades pueden existir muchos genios, pero no se ven los campos en los cuales se puedan desarrollar, y esto crea una desilusión en el genio y un estancamiento en la sociedad, al no haber un nivel más elevado en el cual poder desempeñarse. Esto era una conclusión a la que llegó Marco al verse cohibido de sus superiores, al ver que después de su cargo no había otro cargo más que llenara de mejor forma sus expectativas, porque después de él solo le quedaba el camino de ser inversionista, que para Marco no se constituía ya en un reto profesional. Al mismo tiempo Marco pensó que si ya estaba en uno de los cargos superiores, en donde podía tener estabilidad laboral, y un buen sueldo para pensar en casarse y organizarse, este mismo sueldo no era suficiente para ayudar a su familia y sacarla definitivamente de la situación en que se encontraba. Así que decidió irse para “La Argentina”.

[1]  Gaitán, Galán y Garzón

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